Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en
mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo
puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas
desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible
discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba
Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones
publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se
presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la
mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en
bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á
la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.
Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente
vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose
pasmados y con la boca abierta.
--¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--.
Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.
Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.
--Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se
lo diga.
--Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero
no le dije á usted?...
--Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.
--Perdone usted...
--Hombre, que no.
--¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en
mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le
encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano
Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un
momento las Osunas... corren malos vientos.»
En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había
dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro
como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de
mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.
--¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso.
--Ahí es nada: un bajón horrible.
--Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.
--Mañana las darán á 30, y será lo mismo.
--¿Pero qué hay?
--Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana
la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se
empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted
esta semana al escritorio de Trujillo?
--No.
--¿Ni al Bolsín?
--Tampoco.
--¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?
--Tampoco.
--Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido
de su vida?
Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la
Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y
por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El
maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un
berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación
poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí,
deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia,
para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana
salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:
--Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos
vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías...
Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras
cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?
--No sé... déjame... creo que estoy loco.
--¿Pero no lo recuerdas?
--Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me
sucede!...
Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la
mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza,
miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella
noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama,
vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora
nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los
encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á
dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación
de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el
piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué
atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por
poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á
que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito
calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré
juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado
y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me
entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre,
con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre
amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi
alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo
hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en
el mundo.
Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de
mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis
nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las
ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco
más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por
fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de
un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por
mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba,
esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de
Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de
narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50,
y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo
quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de
Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi
amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.
Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos,
mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir
á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza.
Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle
mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí
conminándole de este modo:
--Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido
imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil
duros que te presté sobre las _Mezquitillas_. Pero búscame y facilítame
lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible,
no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras
de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los
quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto
me puedes dar?
--Nada --replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.
--¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de
juego. ¿No me ves con el agua al cuello?
--A mí me llega á la coronilla --díjome con la misma pachorra,
señalando lo más alto de su cabeza.
--¿No tienes quien te preste?
--¡Yo! --exclamó con el acento que se da á lo inverosímil--. ¡Yo quien
me preste!...
--Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la
camisa.
--La tengo empeñada --replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.
--Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.
--Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de
Villamejor.
--Pues vende las _Mezquitillas_... Véndelas. Yo necesito mi dinero.
--Estás turulato. Tratamos por cinco años.
--Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este
atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.
--Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No
pienses por ahora en eso.
--Pues tú verás lo que tienes que hacer --chillé exaltándome--. Es
forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir
doce, quince, diez y ocho mil duros?
Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y
echarle á puntapiés.
--Pero ven acá, perdido, ladrón --le dije cogiéndole por las solapas--.
¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es
que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?
Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy
natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de
mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra,
encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de
su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los
hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la
causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la
_señora_, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas
las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose
dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué _señora_ aquélla! Su
colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes
sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla
y Jerez, y su participación en la mina _Excelsa_ de Linares. Para que
se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su
ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía
la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía
que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba
dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir
billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos
con mozas del partido en el _Cielo de Andalucía_.
--¿Pero es posible --le dije clamando como si tuviera en mí la
autoridad de la religión y la justicia--, que hayas sido tan
imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?
--¡Y tú me predicas... tú!... --objetó echándose á reir.
--Hombre --repliqué algo desconcertado--, yo he hecho tonterías... pero
no tantas...
--Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he salvado
y tú no.
--¿Qué quieres decir?
--Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he tropezado
con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...
No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.
--No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las _Mezquitillas_.
Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...
--¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.
Echóse á reir y me dijo:
--Es un secreto. No me hagas preguntas.
--Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?
--¿Y qué remedio tiene?... --me dijo alzando los hombros y riéndose
tanto, tanto, que yo también me reí un poco.
--La verdad es --observé con sinceridad que me salía de lo mejor del
alma--, la verdad es que somos unos grandes majaderos.
--Lo somos tanto --afirmó él entusiasmándose-- que nos debían vestir
con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos
á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los
bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres
el que no quiere abrir los ojos.