Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados
instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame
yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel
día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras
que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran
razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos
en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento
y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria;
olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras
que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del
pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame
un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas
de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin
poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había
financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada
pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las
barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en
un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por
la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos
que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el
más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces,
ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la
compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi
casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por
las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de
ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse
en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.
Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan
ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas
por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para
consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban
profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para
Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal,
que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado
la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis
solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el
genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su
marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.
--Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea
del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era
ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A
golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su
propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios
que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia.
Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero
fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos
ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones
radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias
tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no
es superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto:
¿no es ésta la moral de los tiempos en que los hombres supieron hacer
cosas grandes, que no se hacen ahora?... Usted era antes para él el
mejor de los amigos; ahora es una víbora, un animal venenoso. Mi
hermano no transige: su tosquedad le mantiene un tanto alejado de la
región de las ideas, y me alegro, porque si se le antojara tenerlas
políticas, sería ó el socialista más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo
procuro traerle á los términos medios; pero es inútil. Es que no sabe,
no puede; su inteligencia no percibe sino lo gordo, lo elemental, la
pepita nativa de las ideas. Sus sentimientos son lo mismo: siente mucho
y fuerte, como los niños y los poetas primitivos.
Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila
no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una
pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin
castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo
no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba
disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué
la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto
seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo
varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto
cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.
Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para
estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los
medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En
cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas
en el cuerpo, y á vivir.
Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en
la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por
María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi
inquilino.
--¡Qué delicados están los tiempos! --dije--. ¿Y por qué no se muda de
una vez?
Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á
Julio. «Pues si tan largo me lo fías --pensé, metiendo el revólver en
un cajón de la mesa--, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y
no volví á sacarlo.
También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos
les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires
las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de
invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por
consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos
de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó
delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza,
que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos
felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la
malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la
sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras
se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el
mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada
de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas
entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que
andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras,
y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir
ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y
despótico imperio de la opinión.
Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad
cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi
pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me
preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada.
Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria
de su finca _las Mezquitillas_, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo
lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil
dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa
pronunciaba los sacramentales _doy_ y _tomo_, sin saber ni lo que daba
ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador,
y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido
favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en
combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas,
porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar
considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en
otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los
aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada
me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía
hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero
el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que
indiferente.
Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria
padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la
palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para
ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar
lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice
para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como
pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo
y rogarle que me lo repitiera.
--¿Qué, hombre?...
--La matraca, hijo; la recetita aquélla del _triple trapecio_.
Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera
á olvidar.
Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo
con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran
violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las
Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más
remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado
ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés,
el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis
negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad
más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría
á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á
mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás
de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo.
Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles
extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los
añadiera á la suma por que se había de hacer el giro.
A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había
entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme
cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros,
le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo
mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi
vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome
con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes
nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más
desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba,
ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas,
y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con
manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él
en aquella evolución postrera. Estaba _suspendido_ todo el día, y no se
atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él.
A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los
italianos de _santi boniti barati_, y creía ser llevado por la calle
en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en
marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para
caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas
veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una
tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de
mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació
todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y
atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco
que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen
interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había
logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.
--Aquí me tienes --añadió á lágrima viva--, en el fin de mi vida,
expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir
un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de
haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho
Madrid éste!...
Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del
asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie
nos oía, me dijo con voz cautelosa:
--Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada
nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha
ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba
yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y
conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo,
¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan
á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde
han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los
teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y
desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de
mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el
_quid_. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos
lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como
económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte
el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito
para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos
de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen
_elegantes y distinguidas_, y aquí paro de contar, porque no acabaría.