Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa,
observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel
tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado
como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de
espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en
este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de
asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque
nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que
se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones
nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos
productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la
edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de
pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y
lo expresaba de una manera gráfica diciendo:
--El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la
absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.
Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo
y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas
del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba
yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer
alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa
con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no
correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba
ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver
un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.
Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:
--La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico
parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha
vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la
inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se
discuten y se temen.
Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como
un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar
varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba,
haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser
alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice
caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa
que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos
dijimos adiós.
¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la
travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y
había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del
propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe
tenía gracia.
Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni
á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa.
Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la
finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi
amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras
me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en
poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme
su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar
regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan
retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á
ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y
alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las
mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas;
gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una
soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande;
la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían
de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era
casa; lo demás... basura.
Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los
Miquis le habían pedido uno de los terceros.
--Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos
pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra
parte.
En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:
--Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.
--Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo
blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su
armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?
Y rompió en una risa estúpida.
--No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á
pegarle.
Recogió velas al momento, diciendo:
--No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y
que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre
las creo.
--Pues cree usted mil desatinos.
--Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.
No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de
romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos
con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á
pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho
este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la
mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían
recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente
ó á que me despidiesen.
Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero
ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:
--No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo
que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero
no puedo vivir sin vosotros.
Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro
pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del
gabinete, diciendo:
--¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...
--Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve
en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo
consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de
balde.
Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir
con ironía:
--Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere
hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A
dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...
--Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las
bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance.
Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.
--¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se
bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público...
Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la
cabeza.
--¿Es verdad esto, Constantino?
--Es verdad --replicó él con su sincera honradez.
La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que
tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con
susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía
ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de
aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les
dije:
--Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con
vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.
--No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía.
--¿Pues qué queréis?
--Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.
Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su
ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué
cobardía...
--Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta
afuera.
--¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?
--Yo la primera.
--Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice
una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me
pida perdón...
Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de
la frase. Ella se la había enseñado.
--¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán.
--Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.
--¿Y si lo hiciera...?
--Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi
amigo para poner varas á mi mujer.
--Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas.
Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio
de la esposa maestra un mérito mayor.
--¿De modo que no os dais á partido?
--Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me
parece que hablo castellano.
--¡Y tan castellano!
--Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata,
señalándome la puerta--. Que aquí estás de más.
Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible,
porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y
adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz.
Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí
mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de
un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y
marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula
y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo
bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí
acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en
momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas;
vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y
con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y
escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las
puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí,
me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las
plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta
negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi
rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media
voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no
podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»