II

La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte

de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la

acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado

con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los

temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de

hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en

nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los

españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles

de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha

devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el

sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire

libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo

dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la

vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo

sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento

de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe

ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.

Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer

una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro.

Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas

candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que

ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en

nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros

jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro

apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso

y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones

del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el

camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á

pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las

notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía

se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su

gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho

heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas

costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la

escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja

nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no

engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos

algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los

Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus

autores.

No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los

autores que han intentado representar á la sociedad española de este

siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á

mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el

destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad

en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos

generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan

consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni

lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que

intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias.

La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo

primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto

es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los

demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su

espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó

leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte

á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le

acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de

expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace

amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los

sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han

sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la

luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar

aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es

un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces,

se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse

febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños

modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la

vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de

juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo

hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma.

Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera;

mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi

espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan

pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos

fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que

exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi

pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda,

sería un poeta.

Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los

hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias

de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro

acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético

hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.

Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de

esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema

moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios

y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que

aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los

pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean

consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de

los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que,

rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero

sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el

converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste,

sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia

deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como

el de _El tejado de vidrio_.

¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas

que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos

generosos y los afectos dulces del corazón? El interés--que responde á

uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana--no es un vicio

peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta

caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el

transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado

un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de _negocios_.

Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha

con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en _El

tanto por ciento_, la más trascendental sin duda, y en concepto de

muchos, la más bella de sus obras.

Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas

niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas

y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de

un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un

muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad

de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra

conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con

Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la

vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y

le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido

acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la

encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco

expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven

estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á

parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?--Á lo mejor vemos su

nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión

científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!

¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de

las obras más admirables del teatro moderno.

Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no

se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la

amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin

empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su

amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué

corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas

vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura.

Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto

ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.

¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo

arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había

visto por vez primera sentada al piano,

«muy sorprendida y risueña

de que mano tan pequeña

moviese tan grande estruendo»,

aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no

era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El

oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había

recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por

conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su

vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular!

¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba

ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien

afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.

Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando.

Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo

se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de

éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su

madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre

también! Así terminó el acto primero.

Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño

que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de

miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una

vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible

satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á

una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el

amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena

ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo

y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado

Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en

compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.

Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera

sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con

Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando,

apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan

natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo

poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca

de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones,

que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.

Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole:

«Pues, Fernando, que nos veas

antes de irte; no seas

ingrato...»

Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa

dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y

distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando

cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la

ama todavía!

Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con

Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor

para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á

que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita

á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete,

porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo

deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había

recogido el billete, se lo entrega.

¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos

renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y

hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas.

Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y

resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo.

Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado

al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la

doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan

extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El

suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios

artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause

efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta

en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con

voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival

luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el

mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece

Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo

igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios

algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus

celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante

de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la

casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á

hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una

carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa.

Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le

presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había

sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de

señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que

se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía

delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se

para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en

su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué

intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy

habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y

ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le

disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre

que había protegido su amor en otro tiempo.

«¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda,

si hasta le prestan su ayuda

la virtud y la bondad!»

exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó

si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre

Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida.

La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y

ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con

los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se

va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada,

tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación

contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero

Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer

de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se

había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía

compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono?

Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse

á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su

madre se había ido también á otro mundo mejor!

«¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose)

¡Que espantosa soledad!»

Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en

esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace

sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que

debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa

misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura

sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para

mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una

figura verdaderamente grande y patética.

He relatado adrede el argumento de _Consuelo_, por ser éste tal vez la

más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido

para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho

una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo.

Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos

trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que

tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos

por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los

jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque

trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por

asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una

discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos

estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.

Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo

para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van

ustedes á ver.

Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el

fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de

ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado

por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el

arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla

general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y

extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren

estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi

entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre

aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos

inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las

asientan y perfeccionan.

Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y

proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el

desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca

desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción

pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me

llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que

el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano

atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo.

Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo

menos ese compás que el entendimiento--no la fantasía--va marcando

fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta

percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna

á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero

conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en

vez de arte, no den en llamarle artificio.

Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza

que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en

ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para

todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á

lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un

bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también

aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen

en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles,

pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el

esmero de su dueño.

Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un

no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse

á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando

salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana,

sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca,

y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere

para llevarme a casa un ligero y elegante _landó_ con dos caballos.

Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de

nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial,

reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que

saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente.

¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros

detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á

persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas

que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida

sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la

prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y

apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la

mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero

su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave

declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de

aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla

presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido

por una melena.

La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos

en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la

inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra

es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por

encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y

baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la

charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el

redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia.

La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul,

donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un

momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara

con él, interpelándole:--¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S.

de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece

siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia

inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro.

Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á

toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas

la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente

en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo

las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar

aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura

renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en

la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una

cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo

sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con

aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos

para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos,

ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay!

¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita

blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no

obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella

con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos,

después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco

más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de

los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y

vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos

los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas

partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras

de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un

duende.

El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en

esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los

ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de

diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de

espíritus.

¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros

rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó

risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y

delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me

perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con

más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de

ellos se efectúan.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 70 / 93 题