[Illustration: P]ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor
es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época
presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más
que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace
algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, _El amor y el
río Piedra_. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados
desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las
zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me
representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un
desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río
abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al
dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste;
suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su
camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y
también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no
descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á
parar al escepticismo, dirán ustedes.--Tal vez.--¿Y entonces?--Entonces
¿qué?...--Nada.
Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla,
el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de
revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la
literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano,
pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo
de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido.
Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde
conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los
demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el
Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros
próceres del Reino.
En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya
lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse
en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta
aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los
del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos.
Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable
desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo,
unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa
romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es
hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo
han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich,
de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una
conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la
conclusión es la siguiente.
Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas
del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa
la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento
consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra
naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida
indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las
risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se
ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si
se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.
No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y
cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para
la emisión del pensamiento, se le llama _humorista_, aunque la palabra
no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma.
_Humorista_, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción
su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en
cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción
su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire
á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario
poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en
su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El
_humorismo_ es un soplo delicado que se esparce por todos los
pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus
tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo.
Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida,
colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El _humorista_ ríe;
pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas
se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira
risa. El _humorista_ llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en
percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa.
En este mundo no todo arranca lágrimas. El _humorista_ ridiculiza los
actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata,
antes vivifica. Cervantes, el más grande de los _humoristas_,
ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras
caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los
corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla
dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la
humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar,
y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos.
Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta
_humorístico_. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que
este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa
musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después
de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras
musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que
al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le
dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los
últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la
frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de
aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene
demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los
órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del
señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor
lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo
le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de
Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan
fétido, puf!»
Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la
tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted
muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y
_Lo absoluto_. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en
los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de
los _Pequeños poemas_ para arrojarlas de sí enteramente.
Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un
desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el
tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en
ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la
prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia
posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr.
Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las
formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos
del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al
propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy
lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito
entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no
obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta
al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.
En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan,
se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el
Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no
hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es
confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco
en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no
tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en
mis palabras ninguna alusión concreta?
La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que
en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras
esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos
de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la
suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor.
El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el
único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua
extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á
prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y
tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se
guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío
la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta
suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de
los españoles leyesen los poemas de Byron y de Goethe.
Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la
tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el
veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos
franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano
con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la
quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso,
quedándose tranquilo con su pobre pero honrada _silva_, es un rasgo de
audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros
vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por
capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta
repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo.
Verbi y gracia: días atrás he visto los _pequeños poemas_ de un joven
vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que
hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la
Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes
poetas!
La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo
excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su
opinión sobre el siguiente caso.
Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro
ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada
de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de
talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en
colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y
presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones
predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la
noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando
humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva
belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila
un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á
felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la
fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es
cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y
unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no
pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia
y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila.
Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la
imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy
lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.
Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha
repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y
otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un
modo decisivo en la opinión.
Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la
de Melita?