II

Ya está leído _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el

corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan

impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al

Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes

el oído con gorjeos y trinos de filomena.

En esta novela, última de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se

resuelve ningún problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el

día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo

aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal.

Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso

reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título _El

dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el

público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda

filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran

filósofo.

La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera

que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que

se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia

misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al

germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será

inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay

en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los

que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con

ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y

guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los

palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas

direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una

cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes

inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del

francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que

queráis de la _Crítica de la razón pura_. Saldréis con la cabeza dada á

pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero

con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.

Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más _animado_ que

come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última

becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una

palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la

frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas

alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os

ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las

gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he

visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y

sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no

es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin

dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal

humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que,

cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os

halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido

de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la

orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una

atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de

felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y

después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas

direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que

traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de

una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa

había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto

cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron

desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué

no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió

pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la

sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos.

Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus

puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca

barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos,

con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones

encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con

una sonrisa feroz.

«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este

palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes,

yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la _Razón pura_,

tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant,

Kant, Kant!»

El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal

fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y

aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más

tristes y monstruosas.

Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es

entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas

mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi

concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada

más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón

sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos

por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que

cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que

comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil

veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi

vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado

de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran

cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que

no os diré una palabra.

Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro.

Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba

y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son

mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si

las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían

en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan

triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con

algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien

pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que

envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y

correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen

agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una

escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de

jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta

que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace

en el aire.

¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho

me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la

digestión.

Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos

he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más

conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno

desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero

diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco

á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los

ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin

vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio

sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen

los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes:

«Caballero, escuche usted».

Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se

hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le

oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía

libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo,

cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía

los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura

levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué

amarguras hacéis sufrir á los humanos!»

Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado

al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué

haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!

Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un

escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que

tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?

El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni

doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é

ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan

á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.

Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren;

escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He

aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en

mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma

le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería,

¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy

perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos

en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es

siempre lo primero.

De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de

nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de

la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se

apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se

apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su

blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que

escribo se está apagando por falta de petróleo.

En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el

Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.

Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas

clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por

derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes

superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría,

directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre.

Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales,

rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares,

clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á

la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los

cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son

alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal.

Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género

tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún

otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes

escritores que sigan sus huellas.

El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le

ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública.

Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas

que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que

emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un

poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada

para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser

poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de

considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no

obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico.

¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto

desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles

experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un

hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la

última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin

fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si

el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por

todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta

insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego

al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces

hijos con prolijos.

Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los

estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos

de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y

fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos

de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran

lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan

caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer

tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con

atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á

recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las

húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos;

que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar,

las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra;

que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan

gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y

fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como

hoy vegetan en nuestra literatura.

Semblanzas literarias · 第 54 / 93 题