Ya está leído _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el
corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan
impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al
Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes
el oído con gorjeos y trinos de filomena.
En esta novela, última de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se
resuelve ningún problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el
día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo
aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal.
Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso
reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título _El
dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el
público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda
filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran
filósofo.
La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera
que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que
se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia
misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al
germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será
inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay
en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los
que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con
ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y
guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los
palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas
direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una
cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes
inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del
francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que
queráis de la _Crítica de la razón pura_. Saldréis con la cabeza dada á
pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero
con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.
Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más _animado_ que
come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última
becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una
palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la
frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas
alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os
ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las
gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he
visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y
sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no
es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin
dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal
humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que,
cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os
halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido
de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la
orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una
atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de
felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y
después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas
direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que
traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de
una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa
había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto
cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron
desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué
no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió
pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la
sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos.
Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus
puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca
barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos,
con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones
encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con
una sonrisa feroz.
«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este
palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes,
yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la _Razón pura_,
tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant,
Kant, Kant!»
El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal
fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y
aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más
tristes y monstruosas.
Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es
entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas
mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi
concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada
más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón
sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos
por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que
cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que
comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil
veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi
vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado
de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran
cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que
no os diré una palabra.
Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro.
Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba
y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son
mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si
las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían
en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan
triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con
algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien
pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que
envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y
correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen
agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una
escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de
jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta
que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace
en el aire.
¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho
me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la
digestión.
Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos
he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más
conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno
desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero
diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco
á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los
ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin
vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio
sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen
los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes:
«Caballero, escuche usted».
Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se
hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le
oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía
libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo,
cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía
los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura
levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué
amarguras hacéis sufrir á los humanos!»
Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado
al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué
haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!
Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un
escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que
tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?
El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni
doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é
ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan
á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.
Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren;
escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He
aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en
mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma
le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería,
¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy
perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos
en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es
siempre lo primero.
De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de
nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de
la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se
apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se
apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su
blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que
escribo se está apagando por falta de petróleo.
En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el
Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.
Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas
clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por
derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes
superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría,
directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre.
Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales,
rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares,
clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á
la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los
cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son
alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal.
Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género
tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún
otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes
escritores que sigan sus huellas.
El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le
ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública.
Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas
que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que
emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un
poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada
para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser
poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de
considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no
obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico.
¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto
desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles
experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un
hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la
última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin
fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si
el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por
todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta
insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego
al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces
hijos con prolijos.
Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los
estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos
de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y
fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos
de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran
lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan
caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer
tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con
atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á
recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las
húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos;
que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar,
las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra;
que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan
gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y
fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como
hoy vegetan en nuestra literatura.