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[Illustration: Y] HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es
necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles.
En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te
figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una
colección de artículos... Pero TÚ DIXISTI: «todo lo que el hombre puede
osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien
cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la
imprenta.
Para ello es indispensable adquirir LA MANZANA DE ORO, colección de
novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros
conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la
ha concedido; ya está en mi poder _La Manzana de oro_.
Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha,
bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la
hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora
en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los
ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á
la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto
de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del
firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo
predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que
asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con
emoción de las últimas capotas que han llegado de París.
Lindo por el Norte con _La mujer soñada y La criolla_; al Este con
_Venganza y castigo_ y _Miseria humana_; al Oeste con _Un rayo de
esperanza_ y _El dedo de Dios_. ¿Cuál de estas novelas leeré primero?
Leeré la última; me parece lo más original.
El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no
puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de
haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán
dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el
exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer _El dedo de
Dios_.
Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr.
Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese
montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para
arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y
regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con
Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo
bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»
Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre
ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como
las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?
Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para
todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del
día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía
majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia
las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste.
En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto,
y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad
de revelarlo jamás.
En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la
torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de
la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de
chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez
en sus dominios.
Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde
llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y
los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la
mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica
de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los
asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su
carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir,
sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no
cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del
viento.
Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á
darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar
albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos
robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»
Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de
ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.