D. JOSÉ SELGAS

I

[Illustration: Y] HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es

necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles.

En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te

figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una

colección de artículos... Pero TÚ DIXISTI: «todo lo que el hombre puede

osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien

cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la

imprenta.

Para ello es indispensable adquirir LA MANZANA DE ORO, colección de

novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros

conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la

ha concedido; ya está en mi poder _La Manzana de oro_.

Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha,

bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la

hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora

en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los

ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á

la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto

de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del

firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo

predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que

asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con

emoción de las últimas capotas que han llegado de París.

Lindo por el Norte con _La mujer soñada y La criolla_; al Este con

_Venganza y castigo_ y _Miseria humana_; al Oeste con _Un rayo de

esperanza_ y _El dedo de Dios_. ¿Cuál de estas novelas leeré primero?

Leeré la última; me parece lo más original.

El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no

puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de

haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán

dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el

exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer _El dedo de

Dios_.

Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr.

Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese

montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para

arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y

regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con

Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo

bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»

Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre

ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como

las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?

Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para

todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del

día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía

majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia

las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste.

En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto,

y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad

de revelarlo jamás.

En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la

torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de

la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de

chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez

en sus dominios.

Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde

llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y

los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la

mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica

de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los

asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su

carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir,

sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no

cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del

viento.

Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á

darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar

albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos

robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»

Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de

ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.

Semblanzas literarias · 第 53 / 93 题