III

Cuando una idea baja de la _región de las madres_ á tomar carne en un

hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos

los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse

admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos

presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las

pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y

sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador

en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed

cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello,

vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio

tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y

al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción,

estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro

corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre

un orador.

¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega

la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para

sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero

esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada

como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió

contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la

Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras

salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son

las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios

como Perier.

La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el

calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el

profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de

Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.

Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes

poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación

á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que

sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente

que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple

que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.

Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que

en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado

en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y

sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.

Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan

necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del

ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de

imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con

la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.

¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante

una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se

muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón?

¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre

en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas

también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver

los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra

humana.

Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de

Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer

indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela

para servir de plato en sus festines.

¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid?

¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el

P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos

de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?

No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva

que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción.

Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas

sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha

emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política?

Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en

dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de

corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que

alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted

qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la

libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde

del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario

hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera,

símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y

esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos

de un partido ensangrentado y delirante.

El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y

aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el

_simoun_ de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al

_simoun_ el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si

la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á

este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus

pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con

sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el

amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa,

goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no

desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria,

con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.

[Illustration]

Semblanzas literarias · 第 41 / 93 题