Cuando una idea baja de la _región de las madres_ á tomar carne en un
hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos
los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse
admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos
presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las
pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y
sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador
en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed
cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello,
vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio
tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y
al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción,
estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro
corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre
un orador.
¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega
la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para
sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero
esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada
como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió
contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la
Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras
salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son
las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios
como Perier.
La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el
calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el
profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de
Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.
Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes
poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación
á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que
sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente
que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple
que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.
Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que
en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado
en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y
sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.
Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan
necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del
ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de
imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con
la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.
¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante
una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se
muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón?
¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre
en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas
también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver
los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra
humana.
Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de
Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer
indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela
para servir de plato en sus festines.
¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid?
¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el
P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos
de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?
No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva
que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción.
Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas
sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha
emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política?
Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en
dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de
corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que
alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted
qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la
libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde
del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario
hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera,
símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y
esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos
de un partido ensangrentado y delirante.
El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y
aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el
_simoun_ de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al
_simoun_ el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si
la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á
este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus
pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con
sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el
amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa,
goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no
desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria,
con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.
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