II

Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si

se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia

suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha

dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un

duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y

González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que

su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo

cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una

pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier.

No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás

escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que

he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo

comunicar datos interesantes para tu trabajo.»--Vengan esos

datos--repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi

oído este inverosímil y descabellado relato:

«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te

figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus,

pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación

histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su

generación. Vosotros los humanos...»--Aquí el fantasma se despachó á su

sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica,

que no les habría de complacer gran cosa.

«Castelar--prosiguió el espíritu--es un regalo que el viejo Oriente

envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las

estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo

infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy

quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los

misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta,

postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando

el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su

grito de amor y de esperanza.

»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su

abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos,

haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos

perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de

dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada

para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas

de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró

rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué

abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias

comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación

del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á

empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia

venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del

Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de

libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la

libertad y al arte.

«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los

jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora

también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de

las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz

y no me preocupé más de él.

»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta,

fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su

orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión

del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro.

Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del

cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el

templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo

la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las

entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y

glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon

que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el

recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de

Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á

sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos

senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación.

Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al

presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de

aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de

su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los _padres_.

Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio

tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había

acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de

oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y

entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los

ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se

elevaba al _príncipe del Senado_ Antonio á la categoría de _Eterno_, la

cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas

muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta

pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado,

decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á

dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar

para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de

la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidió la

palabra desde su _subsellium_ y reconocí en él á Castelar. Pronunció una

brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la

defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos

días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que

más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso,

pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían

que su voz llegase muchas veces á mi oído.

»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media.

En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de

Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de

cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito

de las obras de Homero.

»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid.

Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro

con honores de pasillo. «¡Ay--exclamé para mis adentros,--y cómo echarás

de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde

tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»

»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si

viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:

* * * * *

».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes

de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos,

de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que

descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo

siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas

del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol,

la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso

convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo

cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los

aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de

verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y

parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al

cristianismo.»

Semblanzas literarias · 第 40 / 93 题