Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si
se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia
suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha
dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un
duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y
González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que
su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo
cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una
pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier.
No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás
escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que
he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo
comunicar datos interesantes para tu trabajo.»--Vengan esos
datos--repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi
oído este inverosímil y descabellado relato:
«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te
figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus,
pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación
histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su
generación. Vosotros los humanos...»--Aquí el fantasma se despachó á su
sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica,
que no les habría de complacer gran cosa.
«Castelar--prosiguió el espíritu--es un regalo que el viejo Oriente
envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las
estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo
infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy
quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los
misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta,
postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando
el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su
grito de amor y de esperanza.
»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su
abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos,
haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos
perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de
dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada
para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas
de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró
rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué
abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias
comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación
del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á
empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia
venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del
Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de
libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la
libertad y al arte.
«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los
jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora
también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de
las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz
y no me preocupé más de él.
»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta,
fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su
orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión
del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro.
Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del
cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el
templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo
la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las
entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y
glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon
que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el
recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de
Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á
sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos
senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación.
Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al
presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de
aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de
su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los _padres_.
Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio
tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había
acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de
oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y
entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los
ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se
elevaba al _príncipe del Senado_ Antonio á la categoría de _Eterno_, la
cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas
muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta
pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado,
decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á
dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar
para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de
la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidió la
palabra desde su _subsellium_ y reconocí en él á Castelar. Pronunció una
brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la
defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos
días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que
más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso,
pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían
que su voz llegase muchas veces á mi oído.
»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media.
En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de
Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de
cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito
de las obras de Homero.
»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid.
Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro
con honores de pasillo. «¡Ay--exclamé para mis adentros,--y cómo echarás
de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde
tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»
»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si
viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:
* * * * *
».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes
de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos,
de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que
descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo
siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas
del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol,
la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso
convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo
cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los
aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de
verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y
parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al
cristianismo.»