CAPÍTULO LXVI.

CÓMO OTRO DIA ENVIAMOS MENSAJEROS Á LOS CACIQUES DE TLASCALA,

ROGÁNDOLES CON LA PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO HICIERON.

Despues de pasada la batalla por mí contada, que prendimos en ella los

tres indios principales, enviólos luego nuestro capitan Cortés, y con

los dos que estaban en nuestro real, que habian ido otras veces por

mensajeros, les mandó que dijesen á los caciques de Tlascala que les

rogábamos que vengan luego de paz y que nos dén pasada por su tierra

para ir á Méjico, como otras veces les hemos enviado á decir, é que

si ahora no vienen, que les mataremos todas sus gentes; y porque los

queremos mucho y tener por hermanos, no les quisiéramos enojar si

ellos no hubiesen dado causa á ello, y se les dijo muchos halagos para

atraerlos á nuestra amistad.

Y aquellos mensajeros fueron de buena gana luego á la cabecera de

Tlascala, y dijeron su embajada á todos los caciques por mí ya

nombrados; los cuales hallaron juntos con otros muchos viejos y papas,

y estaban muy tristes, así del mal suceso de la guerra como de la

muerte de los capitanes parientes ó hijos suyos que en las batallas

murieron, y dice que no les quisieron escuchar de buena gana; y lo que

sobre ello acordaron, fué que luego mandaron llamar todos los adivinos

y papas, y otros que echaban suertes, que llaman tacalnagua, que son

como hechiceros, y dijeron que mirasen por sus adivinanzas y hechizos y

suertes qué gente éramos, y si podriamos ser vencidos dándonos guerra

de dia y de noche á la contina, y tambien para saber si éramos teules,

así como lo decian los de Cempoal, que ya he dicho otras veces que son

cosas malas, como demonios; é qué cosas comiamos, é que mirasen todo

esto con mucha diligencia.

Y despues que se juntaron los adivinos y hechiceros y muchos papas,

y hechas sus adivinanzas y echadas sus suertes y todo lo que solian

hacer, parece ser dijeron que en las suertes hallaron que éramos

hombres de hueso y de carne, y que comiamos gallinas y perros y pan

y fruta cuando lo teniamos, y que no comiamos carnes de indios ni

corazones de los que matábamos; porque, segun pareció, los indios

amigos que traiamos de Cempoal les hicieron encreyente que éramos

teules é que comiamos corazones de indios, é que las bombardas echaban

rayos como caen del cielo, é que el lebrel, que era tigre ó leon, y que

los caballos eran para lancear á los indios cuando los queriamos matar;

y les dijeron otras muchas niñerias.

É volvamos á los papas: y lo peor de todo que les dijeron sus papas é

adivinos fué que de dia no podiamos ser vencidos, sino de noche, porque

como anochecia se nos quitaban las fuerzas; y más les dijeron los

hechiceros, que éramos esforzados, y que todas estas virtudes teniamos

de dia hasta que se ponia el sol, y desque anochecia no teniamos

fuerzas ningunas.

Y cuando aquello oyeron los caciques, y lo tuvieron por muy cierto, se

lo enviaron á decir á su capitan general Xicotenga, para que luego con

brevedad venga una noche con grandes poderes á nos dar guerra.

El cual, como lo supo, juntó obra de diez mil indios, los más

esforzados que tenia, y vino á nuestro real, y por tres partes nos

comenzó á dar una mano de flechas y tirar varas con sus tiraderas de un

gajo y de dos, y los de espadas y macanas y montantes por otra parte;

por manera que de repente tuvieron por cierto que llevarian algunos

de nosotros para sacrificar; y mejor lo hizo nuestro Señor Dios, que

por muy secretamente que ellos venian, nos hallaron muy apercebidos;

porque, como sintieron su gran ruido que traian á mata-caballo,

vinieron nuestros corredores del campo y las espías á dar el arma, y

como estábamos tan acostumbrados á dormir calzados y las armas vestidas

y los caballos ensillados y enfrenados, y todo género de armas muy á

punto, les resistimos con las escopetas y ballestas y á estocadas; de

presto vuelven las espaldas, y como era el campo llano y hacia luna,

los de á caballo los siguieron un poco, donde por la mañana hallamos

tendidos muertos y heridos hasta veinte dellos; por manera que se

vuelven con gran pérdida y muy arrepentidos de la venida de noche.

Y aun oí decir que, como no les sucedió bien lo que los papas y las

suertes y hechiceros les dijeron, que sacrificaron á dos dellos.

Aquella noche mataron un indio de nuestros amigos de Cempoal, é

hirieron dos soldados y un caballo, y allí prendimos cuatro dellos; y

como nos vimos libres de aquella arrebatada refriega, dimos gracias

á Dios, y enterramos el amigo de Cempoal, y curamos los heridos y

al caballo, y dormimos lo que quedó de la noche con grande recaudo

en el real, así como lo teniamos de costumbre; y despues amaneció,

y nos vimos todos heridos á dos y á tres heridas, y muy cansados, y

otros dolientes y entrapajados, y Xicotenga que siempre nos seguia,

y faltaban ya sobre cincuenta y cinco soldados, que se habian muerto

en las batallas y dolencias y frios, y estaban dolientes otros doce,

y asimismo nuestro capitan Cortés tambien tenia calenturas, y aun

el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, con el

trabajo y peso de las armas, que siempre traiamos á cuestas, y otras

malas venturas de frios y falta de sal, que no la comiamos ni la

hallábamos; y demás desto, dábanos qué pensar qué fin habriamos en

aquestas guerras, é ya que allí se acabasen, qué seria de nosotros,

adónde habiamos de ir; porque entrar en Méjico teníamoslo por cosa de

risa á causa de sus grandes fuerzas y deciamos que cuando aquellos

de Tlascala nos habian puesto en aquel punto, y nos hicieron creer

nuestros amigos los de Cempoal que estaban de paz, que cuando nos

viésemos en la guerra con los grandes poderes de Montezuma, que ¿qué

podriamos hacer?

Y demás desto, no sabiamos de los que quedaron poblados en la

Villa-Rica, ni ellos de nosotros; y como entre todos nosotros habia

caballeros y soldados tan excelentes varones y tan esforzados y de

buen consejo, que Cortés ninguna cosa decia ni hacia sin primero tomar

sobre ello muy maduro consejo y acuerdo con nosotros; puesto que el

coronista Gómora diga: «Hizo Cortés esto, fué allá, vino de acullá;»

dice otras cosas que no llevan camino; y aunque Cortés fuera de hierro,

segun lo cuenta el Gómora en su historia, no podia acudir á todas

partes; bastaba que dijera que lo hacia como buen capitan, como siempre

lo fué; y esto digo, porque despues de las grandes mercedes que Nuestro

Señor nos hacia en todos nuestros hechos y en las vitorias pasadas y en

todo lo demás, parece ser que á los soldados nos daba gracia y consejo

para aconsejar que Cortés hiciese todas las cosas muy bien hechas.

Dejemos de hablar en loas pasadas, pues no hacen mucho á nuestra

historia, y digamos cómo todos á una esforzábamos á Cortés, y le

dijimos que curase de su persona, que allí estábamos, y que con el

ayuda de Dios, que pues habiamos escapado de tan peligrosas batallas,

que para algun buen fin era nuestro Señor servido de guardarnos; y que

luego soltase los prisioneros y que los enviase á los caciques mayores

otra vez por mí nombrados, que vengan de paz é se les perdonará todo lo

hecho y la muerte de la yegua.

Dejemos esto, y digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra,

qué esfuerzo tan varonil tenia, que con oir cada dia que nos habian

de matar y comer nuestras carnes, y habernos visto cercados en las

batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes,

jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer;

y á los mensajeros que ahora enviábamos les habló la doña Marina y

Jerónimo de Aguilar, que vengan luego de paz, y que si no vienen dentro

de dos dias, les iremos á matar y destruir sus tierras, é iremos á

buscarles á su ciudad; y con estas resueltas palabras fueron á la

cabecera donde estaba Xicotenga el viejo.

Dejemos esto, y diré otra cosa que he visto, que el coronista Gómora

no escribe en su Historia ni hace mencion si nos mataban ó estábamos

heridos, ni pasábamos trabajos ni adoleciamos, sino todo lo que escribe

es como si lo halláramos hecho.

¡Oh cuán mal le informaron los que tal le aconsejaron que lo pusiese

así en su Historia! Y á todos los conquistadores nos ha dado qué pensar

en lo que ha escrito, no siendo así; y debia de pensar que cuando

viésemos su Historia habiamos de decir la verdad.

Olvidemos al coronista Gómora, y digamos cómo nuestros mensajeros

fueron á la cabecera de Tlascala con nuestro mensaje; y paréceme que

llevaron una carta, que aunque sabiamos que no la habian de entender,

sino porque se tenia por cosa de mandamiento, y con una saeta; y

hallaron á los dos caciques mayores que estaban hablando con otros

principales, y lo que sobre ello respondieron adelante lo diré.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3) · 第 81 / 133 题