DE LA GRAN BATALLA QUE HUBIMOS CON EL PODER DE TLASCALTECAS, Y QUISO
DIOS NUESTRO SEÑOR DARNOS VITORIA, Y LO QUE MÁS PASÓ.
Otro dia de mañana, que fueron 5 de Setiembre de 1519 años, pusimos los
caballos en concierto, que no quedó ninguno de los heridos que allí no
saliesen para hacer cuerpo é ayudasen lo que pudiesen, y apercibidos
los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacen, unos
armando y otros soltando, y los escopeteros por el consiguiente, y
los de espada y rodela que la estocada ó cuchillada que diésemos, que
pasasen las entrañas, porque no se osasen juntar tanto como la otra
vez, y el artillería bien apercebida iba; y como ya tenian aviso los
de á caballo que se ayudasen unos á otros, y las lanzas terciadas sin
pararse á alancear sino por las caras y ojos, entrando y saliendo á
media rienda, y que ningun soldado saliese del escuadron, y con nuestra
bandera tendida, y cuatro compañeros guardando al alférez Corral.
Así salimos de nuestro real, y no habiamos andado medio cuarto de
legua, cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes
penachos y sus divisas, y mucho ruido de trompetillas y bocinas.
Aquí habia bien que escribir y ponello en relacion lo que en esta
peligrosa y dudosa batalla pasamos; porque nos cercaron por todas
partes tantos guerreros, que se podia comparar como si hubiese unos
grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas de largo, y en
medio dellos cuatrocientos hombres; así era: todos los campos llenos
dellos, y nosotros obra de cuatrocientos, muchos heridos y dolientes; y
supimos de cierto que esta vez venian con pensamiento que no habian de
dejar ninguno de nosotros á vida, que no habia de ser sacrificado á sus
ídolos.
Volvamos á nuestra batalla: pues como comenzaron á romper con nosotros,
¡qué granizo de piedra de los honderos! Pues flechas, todo el suelo
hecho parva de varas, todas de á dos gajos, que pasan cualquiera arma
y las entrañas, adonde no hay defensa, y los de espada y rodela, y de
otras mayores que espadas, como montantes y lanzas, ¡qué priesa nos
daban y con qué braveza se juntaban con nosotros, y con qué grandísimos
gritos y alaridos! Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto
con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les haciamos harto
daño, y á los que se nos llegaban con sus espadas y montantes les
dábamos buenas estocadas, que les haciamos apartar, y no se juntaban
tanto como la otra vez pasada; y los de á caballo estaban tan diestros
y hacíanlo tan varonilmente, que, despues de Dios, que es el que nos
guardaba, ellos fueron fortaleza.
Yo vi entónces medio desbaratado nuestro escuadron, que no aprovechaban
voces de Cortés ni de otros capitanes para que tornásemos á cerrar;
tanto número de indios cargó entónces sobre nosotros, sino que á puras
estocadas les hicimos que nos diesen lugar; con que volvimos á ponernos
en concierto.
Una cosa nos daba la vida, y era que, como eran muchos y estaban
amontonados, los tiros les hacian mucho mal; y demás desto, no se
sabian capitanear, porque no podian allegar todos los capitanes con sus
gentes; y á lo que supimos, desde la otra batalla pasada habian tenido
pendencias y rencillas entre el capitan Xicotenga con otro capitan hijo
de Chichimeclatecle, sobre que decia el un capitan al otro que no lo
habia hecho bien en la batalla pasada, y el hijo de Chichimeclatecle
respondió que muy mejor que él, y se lo haria conocer de su persona á
la suya de Xicotenga; por manera que en esta batalla no quiso ayudar
con su gente el Chichimeclatecle al Xicotenga, ántes supimos muy
ciertamente que convocó á la capitanía de Guaxolcingo que no pelease.
Y demás desto, desde la batalla pasada temian los caballos y tiros
y espadas y ballestas y nuestro buen pelear, y sobre todo, la gran
misericordia de Dios, que nos daba esfuerzo para nos sustentar; y como
el Xicotenga no era obedecido de dos capitanes, y nosotros les haciamos
muy gran daño, que les matábamos muchas gentes, las cuales encubrian,
porque, como eran muchos, en hiriéndolos á cualquiera de los suyos,
luego le apañaban y le llevaban á cuestas; y así en esta batalla como
en la pasada no podiamos ver ningun muerto; y como ya peleaban de
mala gana, y sintieron que las capitanías de los dos capitanes por mí
nombrados no les acudian, comenzaron á aflojar; porque, segun pareció,
en aquella batalla matamos un capitan muy principal, que de los otros
no los cuento; y comenzaron á retraerse con buen concierto, y los de á
caballo á media rienda siguiéndolos poco trecho, porque no se podian ya
tener de cansados, y cuando nos vimos libres de aquella tanta multitud
de guerreros, dimos muchas gracias á Dios.
Allí nos mataron un soldado é hirieron más de sesenta, y tambien
hirieron á todos los caballos; á mi me dieron dos heridas, la una en
la cabeza, de pedrada, y otra en un muslo, de un flechazo; mas no eran
para dejar de pelear y velar y ayudar á nuestros soldados; y asimismo
lo hacian todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy
peligrosas las heridas, habiamos de pelear y velar con ellos, porque
de otra manera pocos quedaron que estuviesen sin heridas; y luego nos
fuimos á nuestro real muy contentos y dando muchas gracias á Dios, y
enterramos los muertos en una de aquellas casas que tenian hechas en
los soterraños, porque no viesen los indios que éramos mortales, sino
que creyesen que éramos teules, como ellos decian; y derrocamos mucha
tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos, y se curaron
todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho.
¡Oh qué mal refrigerio teniamos, que aun aceite para curar heridas
ni sal no habia! Otra falta teniamos, y grande, que era ropa para
nos abrigar; que venia un viento tan frio de la sierra nevada, que
nos hacia tiritar (aunque mostrábamos buen ánimo siempre), porque
las lanzas y escopetas y ballestas mal nos cobijaban. Aquella noche
dormimos con más sosiego que la pasada, puesto que teniamos mucho
recaudo de corredores y espías, velas y rondas.
Y dejallo hé aquí, é diré lo que otro dia hicimos en esta batalla, y
prendimos tres indios principales.