DE LO QUE SE HIZO SOBRE EL RESCATAR DEL ORO, Y DE OTRAS COSAS QUE EN EL
REAL PASARON.
Como vieron los amigos de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, que
algunos soldados rescatábamos oro, dijéronselo á Cortés que para qué
lo consentia, y que no lo envió Diego Velazquez para que los soldados
llevasen todo el más oro, y que era bien mandar pregonar que no
rescatasen más de ahí adelante, sino fuese el mismo Cortés, y lo que
hubiesen habido, que lo manifestasen para sacar el real quinto, é que
se pusiese una persona que fuese conveniente para cargo de tesorero.
Cortés á todo dijo que era bien lo que decian, y que la tal persona
nombrasen ellos; y señalaron á un Gonzalo Mejía.
Y despues desto hecho, les dijo Cortés, no de buen semblante:
—«Mirá, señores, que nuestros compañeros pasan gran trabajo de no
tener con qué se sustentar, y por esta causa habiamos de disimular,
porque todos comiesen; cuanto más que es una miseria cuanto rescatan,
que, mediante Dios, mucho es lo que habemos de haber, porque todas las
cosas tienen su haz y envés; ya está pregonado que no rescaten más oro,
como habeis querido; veremos de qué comeremos.»
Aquí es donde dice el coronista Gómora que lo hacia Cortés porque no
creyese Montezuma que nos daba nada por oro; y no le informaron bien,
que desde lo de Grijalva en el rio de Banderas lo sabia muy claramente;
y demás desto, cuando le enviamos á demandar el casco de oro en granos
de las minas, y nos veian rescatar. Pues que, ¡gente mejicana para no
entendello!
Y dejemos esto pues dice que por informacion lo sabe; y digamos cómo
una mañana no amaneció indio ninguno de los que estaban en las
chozas, que solian traer de comer, ni los que rescataban, y con ellos
Pitalpitoque, que sin hablar palabra se fueron huyendo; y la causa
fué, segun despues alcanzamos á saber, que se lo envió á mandar
Montezuma, que no aguardasen más pláticas de Cortés ni de los que con
él estábamos; porque parece ser cómo el Montezuma era muy devoto de
sus ídolos, que se decian Tezcatepuca y Huichilóbos; el uno decian
que era dios de la guerra, y el Tezcatepuca el Dios del infierno,
y les sacrificaba cada dia muchachos para que le diesen respuesta
de lo que habia de hacer de nosotros, porque ya el Montezuma tenia
pensamiento que si no nos tornábamos á ir en los navíos, de nos haber
todos á las manos para que hiciésemos generacion, y tambien para tener
que sacrificar; segun despues supimos, la respuesta que le dieron
sus ídolos fué que no curase de oir á Cortés, ni las palabras que le
enviaba á decir que tuviese cruz y la imágen de nuestra Señora, que no
la trujesen á su ciudad; y por esta causa se fueron sin hablar.
Y como vimos tal novedad, creimos que siempre estaban de guerra, y
estábamos muy más á punto apercibidos.
Y un dia estando yo y otro soldado puestos por espías en unos arenales,
vimos venir por la playa cinco indios, y por no hacer alboroto por
poca cosa en el real, los dejamos allegar á nosotros, y con alegres
rostros nos hicieron reverencia á su usanza, y por señas nos dijeron
que los llevásemos al real; y yo dije á mi compañero que se quedase en
el puesto, é yo iria con ellos, que en aquella sazon no me pesaban los
piés como agora, que soy viejo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba,
le hicieron grande acato y le dijeron: «Lopelucio, lopelucio;» que
quiere decir en la lengua totonaque, señor y gran señor.
Y traian unos grandes agujeros en los bezos de abajo, y en ellos unas
rodajas de piedras pintadillas de azul, y otros con unas hojas de oro
delgadas, y en las orejas muy grandes agujeros, y en ellos puestas
otras rodajas de oro y piedras, y muy diferente trage y habla que
traian á lo de los mejicanos que solian allí estar en los ranchos con
nosotros, que envió el gran Montezuma; y como doña Marina y Aguilar,
las lenguas, oyeron aquello de lopelucio, no lo entendieron; dijo
la doña Marina en la lengua mejicana que si habia allí entre ellos
naeyauatos, que son intérpretes de la lengua mejicana; y respondieron
los dos de aquellos cinco que sí, que ellos la entendian y hablarian;
y dijeron luego en la lengua mejicana que somos bien venidos, é que
su señor les enviaba á saber quién éramos, y que se holgara servir á
hombres tan esforzados, porque parece ser ya sabian lo de Tabasco y lo
de Potonchan; y más dijeron, que ya hobieran venido á vernos, si no
fuera por temor de los de Culúa, que debian estar allí con nosotros; y
Culúa entiéndese por mejicanos, que es como si dijésemos cordobeses ó
villanos; é que supieron que habia tres dias que se habian ido huyendo
á sus tierras; y de plática en plática supo Cortés cómo tenia Montezuma
enemigos y contrarios, de lo cual se holgó; y con dádivas y halagos que
les hizo, despidió aquellos cinco mensajeros, y les dijo que dijesen á
su señor que él los iria á ver muy presto.
Aquellos indios llamábamos desde ahí adelante los lopelucios.
Y dejallos he agora, y pasemos adelante y digamos que en aquellos
arenales donde estábamos habia siempre muchos mosquitos zancudos,
como de los chicos que llaman xexenes, y son peores que los grandes,
y no podiamos dormir dellos, y no habia bastimentos, y el cazabe se
apocaba, y muy mohoso y sucio de las fátulas, y algunos soldados de los
que solian tener indios en la isla de Cuba suspirando continuamente,
por volverse á sus casas, y en especial los criados y amigos de Diego
Velazquez.
Y como Cortés así vido la cosa y voluntades, mandó que nos fuésemos
al pueblo que habia visto el Montejo y el piloto Alaminos que estaba
en fortaleza, que se dice Quiahuistlan, y que los navíos estarian al
abrigo del peñol por mí nombrado.
Y como se ponia por la obra para nos ir, todos los amigos, deudos y
criados del Diego Velazquez dijeron á Cortés que para qué queria hacer
aquel viaje sin bastimentos, é que no tenia posibilidad para pasar más
adelante, porque ya se habian muerto en el real de heridas de lo de
Tabasco y de dolencias y hambre sobre treinta y cinco soldados, y que
la tierra era grande y las poblaciones de mucha gente, é que nos darian
guerra un dia que otro, y que seria mejor que nos volviésemos á Cuba á
dar cuenta á Diego Velazquez del oro rescatado, pues era cantidad, y de
los grandes presentes de Montezuma, que era el sol de oro y la luna de
plata y el casco de oro menudo de minas, y de todas las joyas y ropa
por mí referidas.
Y Cortés les respondió que no era buen consejo volver sin ver; porque
hasta entónces que no nos podiamos quejar de la fortuna, é que diésemos
gracias á Dios, que en todo nos ayudaba; y que en cuanto á los que se
han muerto, que en las guerras y trabajos suele acontecer; y que seria
bien saber lo que habia en la tierra, y que entre tanto del maíz que
tenian los indios y pueblos cercanos comeriamos, ó mal nos andarian las
manos.
Y con esta respuesta se sosegó algo la parcialidad del Diego Velazquez,
aunque no mucho; que ya habia corrillos dellos y plática en el real
sobre la vuelta de Cuba.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que más avino.