CÓMO FUÉ TENDILE Á HABLAR Á SU SEÑOR MONTEZUMA Y LLEVAR EL PRESENTE Y
LO QUE HICIMOS EN NUESTRO REAL.
Desque se fué Tendile con el presente que el capitan Cortés le dió para
su señor Montezuma, é habia quedado en nuestro real el otro gobernador
que se decia Pitalpitoque, quedó en unas chozas apartadas de nosotros,
y allí trajeron indios para que hiciesen pan de su maíz, y gallinas,
fruta y pescado, y de aquella proveian á Cortés y á los capitanes que
comian con él (que á nosotros los soldados, si no lo mariscábamos é
íbamos á pescar, no lo teniamos); y en aquella sazon vinieron muchos
indios de los pueblos por mí nombrados, donde eran gobernadores
aquellos criados del gran Montezuma, y traian algunos dellos oro y
joyas de poco valor y gallinas á trocar por nuestros rescates, que
eran cuentas verdes, diamantes y otras cosas, y con aquello nos
sustentábamos, porque comunmente todos los soldados traiamos rescate,
como teniamos aviso cuando lo de Grijalva que era bueno traer cuentas,
y en esto pasaron seis ó siete dias; y estando en esto vino el Tendile
una mañana con más de cien indios cargados, y venia con ellos un gran
cacique mejicano, y en el rostro, facciones y cuerpo se parecian al
capitan Cortés, y adrede lo envió el gran Montezuma; porque, segun
dijeron, cuando á Cortés le llevó Tendile dibujada su misma figura,
todos los principales que estaban con Montezuma dijeron que un
principal que se decia Quintalbor se le parecia á lo propio á Cortés,
que así se llamaba aquel gran cacique que venia con Tendile; y como
parecia á Cortés, así le llamábamos en el real Cortés allá, Cortés
acullá.
Volvamos á su venida y lo que hicieron en llegando donde nuestro
capitan estaba, y fué que besó la tierra con la mano, y con braseros
que traian de barro, y en ellos de su incienso le zahumaron, y á todos
los demás soldados que allí cerca nos hallamos; y Cortés les mostró
mucho amor y asentólos cabe sí; é aquel principal que venia con aquel
presente traia cargo juntamente de hablar con el Tendile (ya he dicho
que se decia Quintalbor); y despues de haberle dado el parabien venido
á aquella tierra, y otras muchas pláticas que pasaron, mandó sacar
el presente que traian encima de unas esteras que llaman petates, y
tendidas otras mantas de algodon encima dellas, lo primero que dió fué
una rueda de hechura de sol, tan grande como de una carreta, con muchas
labores, todo de oro muy fino, gran obra de mirar, que valía, á lo que
despues dijeron que le habian pesado, sobre veinte mil pesos de oro, y
otra mayor rueda de plata, figurada la luna con muchos resplandores,
y otras figuras en ella, y esta era de gran peso, que valía mucho, y
trujo el casco lleno de oro en granos crespos como lo sacan de las
minas, que valía tres mil pesos.
Aquel oro del casco tuvimos en más, por saber cierto que habia buenas
minas, que si trujeran treinta mil pesos. Más trajo veinte ánades de
oro, de muy prima labor y muy natural, é unos como perros de los que
entre ellos tienen, y muchas piezas de oro figuradas de hechuras de
tigres y leones y monos, y diez collares hechos de una hechura muy
prima, é otros pinjantes, é doce flechas y arco con su cuerda, y dos
varas como de justicia, de largo de cinco palmos, y todo esto de oro
muy fino y de obra vaciadiza; y luego mandó traer penachos de oro y de
ricas plumas verdes y otras de plata, y aventadores de lo mismo, pues
venados de oro sacados del vaciadizo; é fueron tantas cosas, que, como
há ya tantos años que pasó, no me acuerdo de todo; y luego mandó traer
allí sobre treinta cargas de ropa de algodon tan prima y de muchos
géneros de labores, y de pluma de muchos colores, que por ser tantos no
quiero en ello más meter la pluma, porque no lo sabré escribir.
Y despues de haber dado, dijo aquel gran cacique Quintalbor y el
Tendile á Cortés que reciba aquello con la gran voluntad que su señor
se lo envia, é que lo reparta con los teules que consigo trae; y Cortés
con alegría los recibió; y dijeron á Cortés aquellos embajadores que le
querian hablar lo que su señor Montezuma le envia á decir.
Y lo primero que le dijeron, que se ha holgado que hombres tan
esforzados vengan á su tierra, como le han dicho que somos, porque
sabia lo de Tabasco; y que deseara mucho ver á nuestro gran Emperador,
pues tan gran señor es, pues de tan léjas tierras como venimos tiene
noticia dél, é que le enviaria un presente de piedras ricas, é que
entretanto que allí en aquel puerto estuviéremos, si en algo nos puede
servir que lo hará de buena voluntad; é cuanto á las vistas, que no
curasen dellas, que no habia para qué; poniendo muchos inconvenientes.
Cortés les tornó á dar las gracias con buen semblante por ello, y con
muchos halagos dió á cada gobernador dos camisas de Holanda y diamantes
azules y otras cosillas, y les rogó que volviesen por su embajador
á Méjico á decir á su señor el gran Montezuma que, pues habiamos
pasado tantas mares y veniamos de tan léjas tierras solamente por le
ver y hablar de su persona á la suya, que así se volviese, que no lo
receberia de buena manera nuestro gran rey y señor, y que adonde quiera
que estuviese le quiere ir á ver y hacer lo que mandare.
Y los embajadores dijeron que irian y se lo dirian; que las vistas que
dice, que entienden que son por demás.
Y envió Cortés con aquellos mensajeros á Montezuma de la pobreza que
traiamos que era una copa de vidrio de Florencia, labrada y dorada, con
muchas arboledas y monterías que estaban en la copa, y tres camisas de
Holanda y otras cosas, y les encomendó la respuesta.
Fuéronse estos dos gobernadores, y quedó en el real Pitalpitoque, que
parece ser lo dieron cargo los demás criados de Montezuma para que
trujese la comida de los pueblos más cercanos.
Dejallo hé aquí, y diré lo que en nuestro real pasó.