Pero ya no es Fortuna la gloriosa divinidad pagana que recibía culto en
las aras ceñidas de mirto, ni recorre el mundo en una rueda, mostrando
desnuda la majestad de su hermosura: se ha hecho un palacio que es
centro y emporio de las grandezas modernas, y en vez de un santuario de
diosa habita un camarín de cortesana, donde por ásperas cuestas y
empinadas pendientes suben los que la solicitan echándose a la espalda
cuanto les pesa o les estorba. La ambición les guía, el amor propio les
alienta, el egoísmo les sostiene, la impudencia les basta, y entre los
riscos del camino se van dejando, sin sentirlo, la hombría de bien, la
amistad y el cariño. Muchos emprenden la jornada: los más se rinden,
pocos la terminan, y al llegar con el corazón helado por el frío de la
cumbre, se desvanecen con la altura, imaginando ver empequeñecido y
diminuto lo que dejaron en el llano. Luego Fortuna les atormenta con
esquiveces, les engolosina con veleidades, y tanto se hace desear, o
pone tal precio a sus caricias, que algunos al conseguirla, echan de
menos lo que inmolaron por gozarla. Unos le sacrifican la honradez,
otros la fe; quién ahoga brutalmente la concienciar el que menos, pierde
por ella la vergüenza. Es, en fin, la gran ramera de la vida, que se
resiste al esforzado, se entrega al ruin, a cualquiera se vende, y hasta
de largo en largo se deja conquistar por el bueno, convirtiéndolo en
blanco de envidiosos.