II

Pero ya no es Fortuna la gloriosa divinidad pagana que recibía culto en

las aras ceñidas de mirto, ni recorre el mundo en una rueda, mostrando

desnuda la majestad de su hermosura: se ha hecho un palacio que es

centro y emporio de las grandezas modernas, y en vez de un santuario de

diosa habita un camarín de cortesana, donde por ásperas cuestas y

empinadas pendientes suben los que la solicitan echándose a la espalda

cuanto les pesa o les estorba. La ambición les guía, el amor propio les

alienta, el egoísmo les sostiene, la impudencia les basta, y entre los

riscos del camino se van dejando, sin sentirlo, la hombría de bien, la

amistad y el cariño. Muchos emprenden la jornada: los más se rinden,

pocos la terminan, y al llegar con el corazón helado por el frío de la

cumbre, se desvanecen con la altura, imaginando ver empequeñecido y

diminuto lo que dejaron en el llano. Luego Fortuna les atormenta con

esquiveces, les engolosina con veleidades, y tanto se hace desear, o

pone tal precio a sus caricias, que algunos al conseguirla, echan de

menos lo que inmolaron por gozarla. Unos le sacrifican la honradez,

otros la fe; quién ahoga brutalmente la concienciar el que menos, pierde

por ella la vergüenza. Es, en fin, la gran ramera de la vida, que se

resiste al esforzado, se entrega al ruin, a cualquiera se vende, y hasta

de largo en largo se deja conquistar por el bueno, convirtiéndolo en

blanco de envidiosos.

Cuentos de mi tiempo · 第 25 / 43 题