Música, iluminación y limpieza de arañas 360

Las dos comidas del día en que entra el virrey y el

siguiente, y refrescos para ambas noches 3.700

Para manteles, marcar y devolver la plata labrada, que se

busca prestada para estas funciones, y para pagar pérdidas

y daños 850

Propinas a la guardia, porteros de la Audiencia y criados

de librea 88

Para fuegos artificiales y gastos menudos o imprevistos,

no designados 527

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12.000

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Fray Diego Morcillo, arzobispo de Lima, desempeñó el cargo de virrey

desde el 1720 al 1724. Tuvo la satisfacción de que en su tiempo se

verificase la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo. Por lo demás,

sólo disgustos tuvo en su gobierno. Nada pudo hacer contra el corsario

inglés Chiperton, que amenazaba las costas del Pacífico; ni contra la

Gran Bretaña, que abusando de un tratado hecho con Felipe V, introducía

mercancías en el Perú, ocasionando la ruina del comercio español;

ni contra el Paraguay, donde ocurrían desórdenes originados por el

gobernador Antequera; ni contra los araucanos de Chile, que invadían

las poblaciones fronterizas.

Con aplauso de gran parte del clero y con gran contento del Rey y

de la corte, ocupó el virreinato D. José Armendariz, marqués de

Castel-Fuerte. Comenzó su gobierno el 1724 y terminó el 1736. Hombre de

severas costumbres, quiso, con exageración manifiesta, restablecer la

disciplina eclesiástica en el Perú, ocasionándole su manera de obrar

varios conflictos, entre ellos el del mismo obispo de Guamanga. A la

sazón recibió Real cédula (13 febrero 1727) ordenándole que llamase

secretamente a los prelados de las Órdenes y les dijese que el Rey

tenía noticia de los muchos sacerdotes regulares y seculares «que con

escándalo mantenían familias enteras de mujeres e hijos, tolerándolo

los prelados, por las utilidades que de ello percibían en visita.»

Disponía el Rey que el prelado--«si resultase delincuente en descuido

tan culpable--se mandara a España, encargando también que los ministros

reales castigasen con todo rigor a las mujeres prostitutas»[473].

[473] _Arch. hist. nac.--Cedulario índico de Ayala_, letra A,

tomo I, documento 36.

Decidido protector de la Inquisición, tuvo el singular placer de que

en el año 1731, en la iglesia de Santo Domingo, se verificase un auto

de fe, en el cual salieron varios sentenciados como hechiceros y por

otros delitos. Asistió el virrey al auto citado «haciendo con esta

solemnidad una nueva concordia de Magestad y Religión...»[474]. En su

afán de propagar la religión católica, ayudó con todas sus fuerzas

las misiones del reino de Chile y la de Chiloe, dirigidas por los PP.

Jesuítas; las de las provincias de Tarma, Jauja y ciudad de Guanuco, en

que está comprendida la principal del Cerro de la Sal, realizadas por

los PP. Franciscanos, «héroes de Dios» como les llama el virrey. Dictó

algunas disposiciones encaminadas a proteger y ayudar al Hospital de

Santa Ana, fundado por la ardiente piedad de Santo Toribio, arzobispo

de Lima, y entregado después a la protección de nuestros monarcas. Sin

embargo de su ferviente catolicismo, hubo de decir que era conveniente

«resistir el aumento de Religiones y conventos de ambos sexos en esta

ciudad (Lima), cuyo número ha crecido más de lo que pedía el de los

vecinos que contiene, siendo todos 34, los 19 de religiosos y 15 de

monjas, fuera de algunos beaterios y casas de recogimiento y colegios

de mujeres»[475].

[474] _Memorias de los virreyes_, etc., tomo III, pág 119.

[475] Ibidem, pág. 137.

Cuidó del fomento de las minas, publicando con tal objeto acertadas

ordenanzas; en particular se fijó en las minas de azogue de

Guancavélica y de la plata del Potosí. También fueron objeto de su

atención las casas de moneda de Lima y Potosí. La defensa del reino fué

asunto que preocupó al marqués de Castel-Fuerte, mereciendo no pocas

alabanzas por las obras que dispuso lo mismo en el Callao que en Lima.

Tuvo capital importancia la alteración del orden en el Paraguay.

Habiendo nombrado la Real Audiencia de la Plata, para la averiguación

de ciertos hechos, a D. José de Antequera, de la orden de Alcántara y

promotor fiscal de aquella misma Audiencia, llegó a la Asunción, y

después de poner preso al gobernador, asumió este cargo. Don Diego de

los Reyes, que este era el nombre del gobernador, logró escapar de la

prisión, en tanto que el virrey Morcillo (1723) ordenaba que Antequera

cesase en el gobierno de dicha provincia del Paraguay y en su comisión,

sin embargo de cualesquiera despachos contrarios de la Real Audiencia

de la Plata, y saliese de aquella jurisdicción dentro de veinte días, y

dentro de cinco meses volviera a la ciudad de la Plata, dando cuenta de

haberlo ejecutado bajo la pena de 8.000 pesos. No obedeciendo la orden

ni Antequera ni tampoco el cabildo de la Asunción, los cuales pensaban

del mismo modo, se dispuso que D. Baltasar García Ros, teniente de R.

E. I. de Buenos Aires, acudiese con las armas reales a castigar la

rebelión. Dióse la batalla entre Antequera y García Ros el 24 de agosto

de 1724, consiguiendo la victoria el primero. Poco después, el virrey

marqués de Castel-Fuerte despachó a D. Bruno de Zavala, gobernador de

Buenos Aires, para que pasase desde luego a pacificar la provincia

del Paraguay. Huyó entonces Antequera a la Plata, donde fué preso

por el presidente de la Real Audiencia. Antequera y D. Juan de Mena

(otro de los jefes sediciosos) fueron mandados a Lima, a cuya ciudad

llegaron por abril del año 1726. Tiempo adelante, se les condenó a

muerte, que sufrieron el 8 de julio de 1731. Gran disgusto ocasionó

a los religiosos franciscanos la muerte de Antequera, hasta el punto

que fueron causa de un alboroto. La conducta del virrey mereció la

aprobación del monarca. También dispuso que fuese separado de su cargo

el comisario general de la orden de San Francisco, protector decidido

de Antequera.

Nombrado posteriormente gobernador propietario del Paraguay don Manuel

de Ruilova, volvió a tener fuerza la rebelión. Ruilova murió de un tiro

de trabuco, teniendo el marqués de Castel-Fuerte que enviar por segunda

vez a D. Bruno de Zavala para poner orden en el Paraguay.

En la Memoria que el marqués de Castel-Fuerte dejó a su sucesor el

marqués de Villagarcía, pudo decirle lo siguiente: «Con todo esto

dejo a V. E. descubierta mayor numeración de Indios, aumentados los

tributos, fomentadas las minas, corrientes ambos minerajes, bien

administrados los Reales derechos, pagados los salarios, remitidos los

situados, pacificadas las provincias, seguro el mar, construídos los

navíos del Rey y otro nuevamente fabricado, reedificada la muralla del

principal puerto, la capital por la mayor parte, no sólo moderada, sino

también devota.»[476]. También en la citada Memoria hubo de decir que

la extinción de las encomiendas era el origen de la decadencia de la

nobleza del país, pues mientras se han ido incorporando con justicia al

real patrimonio, la citada nobleza, como cuerpo a quien se quita el

alimento, ha sentido, primero la debilidad y después el fallecimiento.

¿Fueron o no fueron convenientes las encomiendas? Ya sabemos que el

Padre Las Casas, dejándose llevar de su entusiasmo por los indios, dijo

que ni a los diablos en los infiernos se les hubiera ocurrido inventar

las encomiendas. De igual manera los jesuítas las combatieron, hasta

el punto que no llegaron a establecerse en Chile por la influencia

de los hijos de Loyola. Por el contrario, el Dr. Juan de Solórzano,

en la _Política indiana_, y D. Antonio de León Pinedo, en el tratado

de _Confirmaciones reales_, intentan justificar la creación de las

encomiendas.

[476] _Memorias de los virreyes_, etc., tomo III, págs. 61 y

62.

Grato nos es referir que durante el virreinato de D. Juan Antonio

de Mendoza, marqués de Villagarcía, hicieron un viaje científico al

Perú los sabios españoles D. Jorge Juan y D. Antonio Ulloa, con los

franceses La Condamine, Godin y Jussieu. Declarada la guerra entre

Felipe V e Inglaterra, una escuadra británica al mando del almirante

Anson recorrió el Pacífico, entrando en la villa de Paita, donde

recogió rico botín. Todavía fué más funesta la sublevación de los

indios de Chanchamayo, quienes dieron muerte á varios misioneros,

encerrándose luego en sus inaccesibles bosques, donde, ayudados o

protegidos de los chunchos, se resistieron a las armas españolas.

Si en el año 1687 doña Mariana de Austria solicitó del Papa la

beatificación del P. Francisco del Castillo, natural de Lima, a la

sazón el rey Felipe, desde San Ildefonso (22 agosto 1741) escribió al

cardenal Aguaviva para que éste, a su vez, rogase al Papa la pronta

beatificación del P. Francisco[477]. Pasados algunos años, por cédula

dada en el Palacio del Buen Retiro el 4 de diciembre de 1762, se

hicieron trabajos para la beatificación de la venerable María Ana de

Jesús y Paredes[478]. Mediante Real cédula, dada en el Palacio del Buen

Retiro el 20 de diciembre de 1736, se mandó al marqués de Villagarcía

remitiese dos millones de pesos que había correspondido al Perú y

Tierra Firme para la edificación de un real palacio en Madrid, pues el

que existía se hubo de incendiar en el año 1734[479].

[477] _Cedulario índico_, tomo VII, núm. 288, fols. 210 v.º y

211.

[478] Ibidem, tomo VIII, núm. 120, fols. 78 y 79.

[479] Ibidem, tomo XI, núm. 185, págs. 193 y 194.

Al marqués de Villagarcía, virrey del Perú desde el año 1736 al

1745[480], le sucedió D. José Manso de Velasco, conde de Superunda, que

gobernó desde el 9 de julio de 1745 hasta 31 del mismo mes en el de

1756. El distrito del virreinato del Perú comprendía las diócesis de

los arzobispados de Lima y la Plata y obispados del Cuzco, Arequipa,

Trujillo, Paz, Huamanga, Santa Cruz de la Sierra, Tucumán, Buenos

Aires, Paraguay, Santiago y Concepción de Chile. El virrey alentó a

los misioneros jesuítas y franciscanos, y reedificó los hospitales,

arruinados por el terremoto de 1746. La Hacienda, que se hallaba en

lamentable estado cuando el conde de Superunda se hizo cargo del

virreinato, mejoró bastante, gracias a las disposiciones acertadas

de dicho virrey. La justicia se compraba a cualquier precio y en su

perfeccionamiento se fijó mucho el conde de Superunda. Encontróse dicha

autoridad con la herencia de la enemiga de los indios chunchos y con

las flotas de Inglaterra que amenazaban nuestros puertos. Creyendo

Ensenada--según comunicó el 12 de enero de 1745 al virrey--que una

escuadra inglesa compuesta de cuatro navíos de guerra al cargo del

comandante Barnet se dirigía al mar del Sur, encargó a Superunda que

tomase las providencias necesarias para combatirla. Del mismo modo,

el marqués de la Ensenada--con fecha 28 de agosto de 1746--mandó Real

orden, y en ella anunciaba que del puerto de Pormouth había salido

una flota inglesa compuesta de 17 navíos de guerra bajo el mando del

almirante Lecotok, con mucha tropa de desembarco, y que recelaba que

iba dirigida contra alguna de nuestras posesiones de América[481].

[480] Terminó el virreinato de Mendoza a mediados de 1745.

Murió luego en alta mar, no lejos de Patagonia, el 15 de

diciembre del citado año.

[481] Véase _Memorias de los virreyes_, etc., tom. IV, págs.

263-267

Importante conspiración de los indios se verificó en el año 1750.

Del virrey son las palabras que copiamos a continuación: «La primera

noticia adquirida--dice--en el secreto inviolable de la confesión, me

la comunicó el 21 de junio con misteriosa reserva un Religioso, a fin

de que resguardase mi persona...»[482]. Confiado el asunto al Dr. D.

Pedro José Bravo y Castilla, oidor de esta Real Audiencia de Lima, se

descubrió la conspiración, siendo ajusticiados seis en el día 22 de

julio. Los que se sublevaron en Huarochiri merecieron severo castigo

por parte del marqués de Monterrico, pues siete sufrieron la última

pena y otros fueron desterrados a la isla de Juan Fernández y al

presidio de Ceuta. Premió el Rey al oidor Bravo, concediéndole honores

del Supremo Consejo de las Indias, y al marqués de Monterrico lo

promovió al grado de brigadier.

[482] Ibidem, tom. IV, pág. 95.

Un hecho verdaderamente aterrador registra la historia del Perú en el

año de 1746. El 28 de octubre un terremoto casi destruyó a Lima y el

puerto del Callao. Bastará decir que de la primera quedaron en pie 25

casas de 12.204 que tenía, y del segundo, que fué cubierto por las

olas, se salvaron 100 habitantes de 5.000 de que constaba la población.

Los buques se estrellaron en la playa y algunos cerros se hundieron con

estrépito. No es de extrañar que los habitantes de Lima, para aplacar

la cólera divina, hiciesen pública penitencia y saliesen recorriendo la

arruinada ciudad descalzos y con sogas al cuello.

Don Manuel Amat y Juniet, que había ascendido del gobierno de

Chile al virreinato del Perú, se ocupó mucho tiempo en los asuntos

siguientes: gobierno eclesiástico, gobierno de Regulares, monasterios

de Religiosas, de las misiones, de los hospitales y de la Inquisición.

«Cierro--dice--el título relativo a puntos eclesiásticos con el de la

expatriación de los jesuítas, mandada hacer por S. M. de todos estos

sus Reales dominios, que ha sido uno de los sucesos más árduos que

sobrevinieron a mi gobierno, cuyas resultas han dejado bastante materia

a mi aplicación y desvelo»[483]. El 20 de agosto de 1767, a cosa de

las diez de la mañana, llegó un oficial procedente de Buenos Aires y

entregó al virrey un paquete, en el cual se hallaba el Real decreto y

dos instrucciones relativas al modo que debía hacerse la expulsión. El

Real decreto estaba firmado en El Pardo el 27 de febrero de 1767, y

las instrucciones las firmaba el conde de Aranda en Madrid el 1.º de

marzo del mismo año. Venía en el mismo pliego una carta escrita de la

Real mano, que decía así: «Por asunto de grave importancia, y en que se

interesa mi servicio y la seguridad de mis Reinos, os mando obedecer

y practicar lo que en mi nombre os comunica el conde de Aranda,

Presidente de mi Consejo Real, y con él sólo os corresponderéis en lo

relativo a él.

[483] Ob. cit., pág. 493.

Vuestro celo, amor y fidelidad me aseguran el más exacto cumplimiento y

del acierto de su ejecución.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II · 第 49 / 141 题