CONQUISTA DE MÉXICO.--HERNÁN CORTÉS.--CORTÉS Y VELÁZQUEZ EN
SANTIAGO DE CUBA.--CORTÉS EN TRINIDAD, EN LA HABANA EN EL CABO
DE SAN ANTONIO, EN LA ISLA DE COZUMEL Y EN LA DESEMBOCADURA
DEL GRIJALBA.--LLEGA Á TABASCO: MARINA.--CORTÉS EN SAN JUAN
DE ULÚA.--EMBAJADA DE MOCTEZUMA.--EL GOBERNADOR PILPATOE Y
EL GENERAL TEUTILE.--OBSEQUIOS DE MOCTEZUMA Á CORTÉS Y DE
CORTÉS Á MOCTEZUMA.--«VILLA RICA DE LA VERA CRUZ.»--CORTÉS EN
ZEMPOALA Y EN QUIABISLÁN.--POLÍTICA DE CORTÉS.--NUEVA EMBAJADA
DE MOCTEZUMA.--CORTÉS «QUEMA LAS NAVES», PASA Á ZOCOTHLÁN Y
LLEGA Á TLASCALA.--GUERRA ENTRE ESPAÑOLES Y TLASCALTECAS: EL
GENERAL XICOTENCAL.--PORTOCARRERO Y MONTEJO EN SEVILLA Y EN
MEDELLÍN: ENEMIGA DE FONSECA Á CORTÉS.--CORTÉS EN CHOLULA
Y EN MÉXICO: SU ENTREVISTA CON MOCTEZUMA.--DESCRIPCIÓN DE
MÉXICO.--GUERRA ENTRE QUELPOPOCA Y ESCALANTE.--SUPLICIO DE
QUELPOPOCA.--PRISIÓN DE MOCTEZUMA.--QUETLAVACA EMPERADOR.--«NOCHE
TRISTE».--OTUMBA.--QUANHTÉMOC, EMPERADOR.--GUERRA ENTRE ESPAÑOLES Y
MEJICANOS.
Si Juan de Grijalba tuvo la dicha de pisar el primero tierra de
México, la gloria de la conquista pertenece a Hernán Cortés, natural
de Medellín (Badajoz), hijo de familia distinguida y aficionado a
grandes y maravillosas empresas. Ganoso de gloria y de riquezas y en
busca de ellas se embarcó camino de la Española llevando cartas para
el gobernador Don Nicolás de Ovando. Estuvo a las órdenes de Don Diego
Velázquez y se distinguió en la conquista de Cuba. Enemigos después los
dos y reconciliados al poco tiempo, Velázquez, gobernador de la isla
de Cuba, le nombró capitán general de la flota que se destinaba a la
conquista de México. Cortés gastó su fortuna, que no era pequeña, en
armar una flota, y, cuando pudo lanzarse a la mar, después de dar el
último adiós a su mujer Doña Catalina Suárez, embarcó sus tropas y al
amanecer del 18 de noviembre de 1518 salió del puerto de Santiago de
Cuba con 6 carabelas y 300 soldados. Cuando Velázquez, que ya andaba
receloso de la conducta del valeroso extremeño, corrió presuroso al
muelle, encontró la armada dándose a la vela. Cortés, embarcado en
una lancha, se aproximó al sitio donde estaba su jefe, quien le dijo:
_«¡Pues cómo, compadre, así os vais?» Buena manera es esa de despediros
de mí.--Señor, respondió Hernán Cortés, perdóneme Vuestra Merced, pues
estas cosas y las semejantes, antes han de ser hechas que pensadas;
vea, Vuestra Merced, qué me manda[29]._ Mientras Cortés volvía a
sus buques y se lanzaba a la mar, Diego Velázquez, viendo tanto
atrevimiento y resolución, no supo qué contestar.
[29] Herrera, _Década_ II, libro III, capítulo XII.
Dispuso Hernán Cortés que uno de sus barcos marchase a Jamáica a
comprar víveres, ordenándole que se incorporase a la escuadra en
el cabo de San Antonio. El tomó bastimentos en Macaca y fondeó en
Trinidad. Allí, delante de su posada, mandó poner su estandarte y
pregonar la jornada. En dicha villa de la Trinidad hubo de reclutar
unos doscientos soldados procedentes de las expediciones de Córdova
al Yucatán y de Grijalba a México, logrando también que se le
uniesen algunos nobles caballeros, entre otros, Gonzalo de Sandoval,
Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, deudo del Gobernador.
Sumadas las fuerzas que sacó de Santiago de Cuba a las reclutadas en
Trinidad, componían: 110 marineros, 508 soldados, 32 ballesteros y 13
arcabuceros. Como maestre de campo llevaba Cortés a Cristóbal de Olid.
Desde Trinidad se dirigió Cortés a la Habana y desde la Habana salió
en la noche del 10 de febrero de 1519 hacia el cabo de San Antonio. Lo
mismo en Trinidad que en la Habana se recibieron órdenes de Velázquez
por las cuales se destituía a Cortés del mando de la flota; pero ni
las autoridades de las citadas poblaciones mostraron gran voluntad en
ejecutarlas, ni el futuro conquistador de México estaba dispuesto a
obedecerlas. En cabo San Antonio pasó revista á sus tropas, las arengó
y se hizo a la vela para las costas de Yucatán el 18 de febrero.
[Ilustración: MOCTEZUMA.]
Detúvose en la isla de Cozumel, fondeó en la desembocadura del río
Grijalba, e internándose en el país se apoderó de la ciudad de Tabasco.
De ella salió para vencer en las llanuras de Ceutla a 30.000 indios.
Desde Tabasco continuó su viaje, llevando ricos presentes, entre ellos
el de una joven y agraciada india, a quien se dió el nombre de _Marina_
en el bautismo. Marina, que comenzó siendo intérprete de Cortés, pasó
luego a ser su confidente y secretaria, terminando por hacerse dueña
del corazón del valeroso caudillo. Mujer tan singular, amó con toda su
alma a Cortés y siempre guardó fidelidad a los españoles[30].
[30] Marina era--según Bernal Díaz del Castillo--hija del
cacique de Oluta, pasando luego a ser esclava del cacique de
Tabasco, y después, ora por venta, ora por despojo, vino a
parar al poder de Cortés. Su nombre era _Mallinalli Tenépal_ y
vulgarmente la llamaban la _Malinche_.
Siguiendo Cortés la costa llegó a la isla de los Sacrificios y a otros
lugares ya descubiertos por Juan de Grijalba, y por último, a San
Juan de Ulúa, donde vió acercarse dos canoas (piraguas) y en ellas
algunos indios, los cuales le dijeron lo siguiente: «Que Pilpatoe
y Teutile, gobernador el uno y capitán general el otro de aquella
provincia, por el grande emperador Moctezuma, los enviaban a saber
del capitán de aquella Armada, con qué intento había surgido en sus
costas, y a ofrecerle el socorro y la asistencia de que necesitase para
continuar su viaje.» Moctezuma era el segundo Emperador de este nombre
y el undécimo de México. Hernán Cortés hubo de contestar lo que al
tenor copiamos: «Que su venida era a tratar sin género de hostilidad
materias muy importantes a su Príncipe y a toda su Monarquía, para cuyo
efecto se vería con sus gobernadores y esperaba hallar en ellos la
buena acogida que el año antes experimentaron los de su nación»[31].
[31] Solís, _Conquista de la Nueva España_, lib. I, cap. XXI,
págs. 71 y 72.
Ordenó Cortés que desembarcase toda su gente y estableciera el
campamento en la costa llamada Chalchiuhcuencan. Con la ayuda de muchos
indios que mandó Teutile, se levantaron barracas que fueron de no poca
utilidad en aquellos días calurosos. Los indios, con sus instrumentos
de pedernal, cortaban las estacas y las fijaban en tierra; ramas de
árboles y hojas de palmera colocaban entre las estacas, formando
también con aquellas el techo. Las barracas mejores o las destinadas
a los jefes fueron cubiertas por los indios, para defenderlas de los
rayos solares, de mantas hechas con algodón. En la mejor de todas
ordenó Cortés que se levantara un altar y sobre él se puso la imagen de
la virgen María: a la entrada se colocó una cruz.
Llegó el momento en que el gobernador Pilpatoe y el general Teutile,
con numeroso acompañamiento, se presentaron al capitán español en
nombre de Moctezuma. Antes de comenzar la conferencia, los llevó Cortés
a la barraca que hacía veces de templo, donde todos oyeron misa, que
celebró Fray Bartolomé de Olmedo. Después les invitó a un banquete;
luego les dijo que estaba resuelto--pues así lo había ordenado su
Rey--a no salir de aquel país sin ver antes al emperador Moctezuma.
Y habiendo dispuesto remitir a Moctezuma un regalo (algunas cosas
de vidrio, una camisa de Holanda, una gorra de terciopelo carmesí,
adornada con una medalla en que estaba la imagen de San Jorge, y una
silla labrada de taracea), despidió a los embajadores.
En tanto que Teutile remitía a su Emperador la respuesta de Hernán
Cortés, Pilpatoe, a poca distancia de los españoles, levantaba algunas
barracas, formando con ellas un lugar para que residiesen allí los
indios destinados a cuidar de las provisiones y necesidades de nuestro
ejército. Aunque Cortés comprendió que la idea era muy diferente, no se
mostró ni receloso ni desconfiado.
Llegó la respuesta de Moctezuma a los siete días. Antes de dar cuenta
de ella creyó Teutile mejor entregar el obsequio que había mandado su
Emperador. Manifestó el ilustre extremeño su agradecimiento por el rico
presente de Moctezuma, que consistía en finísimas telas de algodón,
penachos de plumas de diferentes colores, dos láminas grandes, la una
de oro, en la que se destacaba la imagen del Sol, y la otra de plata,
en la que venía figurada la Luna; y por último, muchas joyas y piezas
de oro con alguna pedrería. En seguida Teutile, en nombre de Moctezuma,
le dijo que no se le concedía permiso para pasar a México. No se dió
por vencido el general español y despidió a los indios con otro regalo
para el Emperador, insistiendo con más energía en su propósito de
visitar la corte. Mientras que esperaba la respuesta, envió dos bajeles
a reconocer la costa.
Moctezuma contestó a la última embajada mandando otros regalos y
negándose decididamente a conceder la licencia pedida. Así lo dijo
Teutile. El futuro conquistador de México insistió en su demanda, no
sin indicar la bárbara idolatría en que estaba sumido el Imperio. Entre
turbado y colérico replicó Teutile que, si Moctezuma hasta entonces
le había tratado como huésped, en adelante lo trataría como enemigo;
retirándose inmediatamente, seguido de Pilpatoe y de los demás que le
acompañaban. En aquella misma noche los indios, que bajo las órdenes de
Pilpatoe se habían establecido cerca de nuestro campamento, abandonaron
sus viviendas y se retiraron tierra adentro.
Hernán Cortés, después de atraerse a algunos descontentos partidarios
de Velázquez y después de aceptar la amistad que le brindaba el
cacique de Zempoala, se fijó en un hecho de suma importancia. Aquellas
barracas donde habitaban, se convirtieron en una población a la que
dieron el nombre de _Villa Rica de la Vera Cruz_. Se llamó _Villa
Rica_, en memoria del oro que se encontró en aquella tierra, y _de la
Vera Cruz_, porque a ella llegaron el viernes de la Cruz. Nombróse
Ayuntamiento, única y legítima autoridad representante de la Corona en
aquellos remotos países, y ante él renunció el mando que le diera Diego
Velázquez, saliendo poco después elegido y nombrado Gobernador del
ejército de México.
Con la autoridad y poder que le daba este nombramiento, castigó con
alguna severidad a varios sediciosos y turbadores de la quietud
pública. Inmediatamente dispuso la marcha. En tanto que los bajeles se
dirigían a la ensenada de Quiabislán, él siguió por tierra el camino
de Zempoala, atravesó el río de este nombre, pasó por poblaciones
abandonadas y luego por prados amenos, teniendo la suerte de encontrar
a doce indios que venían en su busca, con un regalo de gallinas y pan
de maíz que le mandaba el cacique; continuó su marcha y por fin llegó
a Zempoala, población situada entre dos ríos y en campiña fértil.
Las casas eran de piedra, cubiertas las paredes con cal blanca y
brillante. Los españoles atravesaron calles y plazas llenas de gente,
llegando a Palacio, en cuya puerta estaba el cacique, obeso y ridículo
personaje, quien recibió a Cortés con señaladas muestras de cariño.
Cuando el cacique hubo alojado convenientemente a sus huéspedes,
se dispuso a visitar al jefe español haciéndole antes un regalo de
alhajas de oro y otras cosas. Presentóse en unas andas, que traían
sobre sus hombros jóvenes principales. La entrevista fué afectuosa y
en ella el cacique reveló que tenía deseos de libertar su país de las
violencias y tiranías de Moctezuma; a ello contestó Cortés que él no
temía las fuerzas del Emperador y que su misión era ponerse al lado de
la justicia y de la razón. Desde este momento los españoles pudieron
contar con un poderoso aliado entre los indios.
Salieron los nuestros para Quiabislán auxiliados en su camino por los
fieles zempoalos. Era Quiabislán un lugarcillo situado sobre altos
peñascos con calles estrechas y pendientes. El cacique y los vecinos
se habían retirado bastante lejos, no fiándose de las intenciones
de nuestra gente; mas pronto acudieron algunos, en seguida otros y
últimamente el mismo cacique en compañía del de Zempoala. También el
cacique de Quiabislán se puso al lado de los futuros conquistadores de
México, deseoso de vengarse de Moctezuma. Durante estas conferencias
pasaron por el mismo cuartel de los españoles seis ministros reales,
quienes solo se ocupaban en cobrar los tributos de Moctezuma. Venían
adornados de plumas y pendientes de oro, vestidos de fino algodón,
seguidos de muchos criados que movían grandes abanicos para comunicar
el aire o la sombra a sus señores. Los tales ministros, habiendo puesto
su audiencia en la casa de la Villa, hicieron llamar a los caciques, a
quienes reprendieron por haber admitido en sus pueblos gente forastera,
enemiga de Moctezuma; además del servicio ordinario les pidieron como
castigo de su delito, veinte indios para sacrificarlos a los dioses.
Al tener noticia Cortés de estas cosas, llamó a los dos caciques y les
dijo que no sólo habían de negarse a entregar indios destinados a los
sacrificios, sino que les ordenaba mandasen gente a prender y encerrar
a los ministros en las cárceles. Así se hizo. Pensó el jefe español
que si le convenía tener contentos a los caciques, también debía
atraerse a Moctezuma. Fijo en este día, y sin que los caciques pudieran
sospecharlo, dejó en libertad a dos de los ministros e hizo llevar a su
armada a los otros. Mientras los mencionados dos ministros se dirigían
a dar cuenta del suceso a Moctezuma y mientras más de treinta caciques,
que habitaban en las próximas montañas, se ponían bajo las órdenes
del caudillo español, se trató de dar asiento fijo a la Villa Rica de
la Vera Cruz, que hasta entonces se movía con el ejército. A media
legua de Quiabislán y próxima al mar, en tierra fértil, _abundante
de agua y copiosa de árboles_, como escribe Solís[32] comenzó a
levantarse aquella población, que había de servir de apoyo para futuras
operaciones y de puerto para la armada.
[32] Op. cit., lib. II, cap. X, pág. 113.
La llegada a México de los dos ministros y la relación hecha por ellos
a Moctezuma de las bondades de nuestro caudillo, hicieron que se
trocasen en la corte mejicana los vientos de guerra en aires de paz.
Mandó el Emperador nueva embajada con su correspondiente regalo; pero
el destinado por la fortuna a conquistar el imperio de los aztecas, sí
se mostró cariñoso con los representantes de Moctezuma, a quienes dió
algunas _bujerías castellanas_, no desistió de pasar a México.
Con el objeto de poner paz entre el cacique de Zimpazingo y el de
Zempoala, Cortés, al frente de 400 soldados, se dirigió a aquel pueblo,
asentado en lo alto de una colina, entre grandes peñascos. Ajustada
la paz entre ambos enemigos, pensó Cortés acabar de una vez con la
idolatría de los zempoales. Más arrojado que prudente, en presencia
del cacique y de los indios más principales, mandó que varios soldados
subieran las gradas del templo, arrojando desde allí el ídolo principal
y otros, no sin el asombro de los sacerdotes y el terror de la
muchedumbre. En el sitio en que había estado colocado el citado ídolo,
se levantó un altar y se colocó en él una imagen de la virgen María.
A la sazón ocurrieron dos hechos que demandan nuestra atención.
Consistía el primero en la llegada a Vera Cruz de un bajel, procedente
de la isla de Cuba, a cargo del capitán Francisco de Saucedo, natural
de Medina de Rioseco (Valladolid), a quien acompañaban el capitán Luis
Marín y diez soldados; además, traía un caballo y una yegua. Fué el
otro hallar el medio de precaverse contra la enemistad de Velázquez,
a cuyo fin despachó a España un buque con diferentes regalos para
el emperador Carlos V y una carta en la que pedía el nombramiento
de capitán general. Castigó de un modo ejemplar a algunos soldados
partidarios de Velázquez, y, por último, barrenó los bajeles, _quemó
las naves_, para acabar de este modo las conjuraciones de los soldados.
Ya no quedaba más camino que vencer ó morir. «Resolución dignamente
ponderada por una de las mayores de esta conquista, y no sabemos
si de su género se hallará mayor alguna en todo el campo de las
historias»[33].
[33] Solís, Ob. cit., lib. II. cap. XIII, pág. 127.
Dispuso luego mandar un navío a la isla de Cuba, y en él podrían
marcharse los que no quisieran acompañarle en la conquista de México.
Dió licencia a todos los que la solicitaron, exclamando: «Porque yo
determino de ganar de comer en esta tierra o morir en ella, échense
todos los demás navíos al través, demás de los que se habían echado, e
los que no quisieren seguir mi opinión, ahí queda ése en que se vayan.»
Después--añade Andrés de Tapia--«que los otros fueron echados al
través, echó también éste, e quedó certificado de quienes eran los que
no querían su compañía»[34].
[34] _Relación_, etc., _Colec. de doc. para la Hist. de
México_, publicada por García Icazbalceta, tomo II, pág. 563.
Después de dejar Hernán Cortés al capitán Juan de Escalante como
gobernador de la guarnición (150 hombres y dos caballos) de Vera
Cruz, y después de encargar a los caciques de las inmediaciones que
respetasen al dicho gobernador, al frente de 500 infantes, 15 caballos
y 16 piezas de artillería se preparó a penetrar en el corazón del
imperio mejicano[35]. Acompañábanle, además, unos 400 indios de
Zempoala y entre ellos algunos nobles de los más influyentes en aquella
tierra. Todavía le detuvo algunas horas la presencia de un escribano
que con sus correspondientes testigos acababa de llegar en un bajel;
venía a notificarle que Francisco de Garay, gobernador de la isla de
Jamaica, había tomado posesión de aquel país por la parte del río de
Pánuco e intentaba hacer una población cerca de Nauthlán, intimándole
y requiriéndole para que no se alargase por aquel paraje. No haciendo
caso de requerimientos, ni de autos judiciales del tenaz y testarudo
escribano, emprendió la marcha el 16 de agosto de 1519. Atravesó
con gran trabajo la sierra y llegó al valle, donde se levantaba la
ciudad de Zocothlán con sus numerosos y blancos edificios; el cacique
se llamaba Olinteth y en sus visitas a Cortés procuró encarecer las
grandezas de Moctezuma.
[35] No se olvide que Cortés con los pilotos y marineros de
su destruída armada había aumentado su ejército en más de 100
hombres.
Pasados cinco días de descanso en Zocothlán continuó su camino. El
cacique Olinteth le aconsejaba que fuese por la provincia de Cholula
y los indios principales de Zempoala que iban con él insistían en que
el camino mejor era el de la provincia de Tlascala. Aceptó Cortés la
última opinión y penetró en la provincia de Tlascala, cuyos términos
confinaban con los de Zocothlán. En el lugar de Zimpazingo[36] hizo
alto para adquirir noticias exactas del país. Por entonces llegaron
a presencia de Cortés algunos indios y presentándole cinco de los
suyos, le dijeron: «Si eres dios de los que se alimentan de sangre e
carne, cómete estos indios, e traerte hemos más: e si eres dios bueno,
ves aquí encienso e plumas; e si eres hombre, ves aquí gallinas
e pan e cerezas.» «Yo e mis compañeros--contestó Cortés--hombres
somos como vosotros; e yo mucho deseo tengo de que no me mintáis,
porque yo siempre os diré verdad, e de verdad os digo que deseo mucho
que no seais locos ni peléis, porque no recibáis daño[37].» Como
posteriormente se presentasen otros indios y confesaran, ante las
recriminaciones del capitán español, que eran espías, se les hizo
cortar las manos, volviendo de esta manera ante los suyos, los cuales
no se atrevieron ya a poner obstáculos a la marcha de los españoles.
Antes de seguir adelante, Hernán Cortés llamó a Teuche, indio que le
había acompañado desde la costa, para conocer su opinión. «Señor--le
dijo--, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo,
siendo mancebo, fuí a México, y soy experimentado en las guerras, e
conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e
que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que
pasado desta provincia hay tanta gente, que pelearán contigo cient mill
hombres agora, y muertos o vencidos éstos vernán luego otros tantos, e
así podrán remudarse o morir por mucho tiempo de cient mill en cient
mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de
cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sóis hombres,
e yo no tengo más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si
determináredes de morir, yo iré con vos.»
[36] Otros dicen Xacacingo.
[37] _Relación de Andrés de Tapia_, Ibidem, páginas 569 y 570.
Era a la sazón Tlascala ciudad populosa y floreciente, cabeza de la
provincia de su nombre, enclavada en medio del imperio. La ciudad
estaba asentada sobre cuatro eminencias, con estrechas calles de casas
de un sólo piso; la fábrica de las casas era de piedra, y en vez de
tejados tenían azoteas. Aunque el país era montuoso y quebrado, no
carecía de cultivo ni de fertilidad en las llanuras y en las cañadas;
abundaba el maíz y varias clases de frutas. La caza en los campos era
mucha. Tierra toda ella montuosa y desigual, tenía varios pueblos
en los sitios más elevados. Tuvieron reyes al principio, cuyo yugo
sacudieron. Formaron entonces especie de República y la formaron del
siguiente modo: dividieron sus pueblos en varios partidos o cabeceras,
y cada partido o cabecera nombraba uno de sus magnates para que
residiese en Tlascala. Estos magnates constituían un Senado, que era la
autoridad suprema y a la cual todo el país prestaba obediencia.
Una embajada, compuesta de cuatro indios zempoales, mandó Cortés
a Tlascala. Cuando parecía que el Senado se iba a inclinar a la
paz, uno de los senadores, general del ejército y joven valeroso,
proclamó la guerra. Llamábase Xicotencal y era digno de pelear con
los españoles. El 5 de septiembre de 1519 se hallaron los españoles
enfrente de los tlascaltecas, Cortés enfrente de Xicotencal. Comenzó
la batalla, y cuando se convencieron los indios del poco efecto que
hacían las flechas y piedras arrojadas sobre los españoles, echaron
mano de los chuzos y de las espadas. En cambio nuestra caballería,
y artillería hacían grandes estragos en las apiñadas masas de los
indios. Habiéndose separado de los suyos el soldado Pedro de Morón,
_que iba en una yegua muy revuelta y de grande velocidad_, cayeron
sobre él algunos tlascaltecas, quienes lograron matar al animal y
cortarle la cabeza; Morón pudo escapar, merced al auxilio que recibió
de otros soldados de caballería. Retiróse Xicotencal, dejando el campo
en poder de los nuestros. Aunque vencido, se creía victorioso, pues
consideraba como triunfo que uno de los suyos llevara la cabeza de la
yegua sobre la punta de una lanza. Iba a continuar la guerra con más
fuerza. Presentáronse unos después de otros y por diferentes sendas y
rodeos los cuatro indios zempoales que en calidad de embajadores había
mandado Cortés a Tlascala. Dijeron que cuando ya estaban destinados
a morir en los altares de sus dioses, lograron escaparse de estrecha
prisión. Xicotencal, no atendiendo otras proposiciones de paz que le
hizo Cortés, hubo de presentarse a la cabeza de unos cincuenta mil
hombres, decidido a vencer o morir en la contienda. Cuando parecía
que llevaban la mejor parte los tlascaltecas, las rencillas y aun
la enemiga de unos caciques a otros fueron causa de turbaciones y
tumultos, viéndose obligado Xicotencal a ponerse en salvo, dejando
a los españoles el campo y la victoria. No amedrentados los indios
por las derrotas, aconsejados por sus magos, se decidieron a atacar
de noche el campamento enemigo, pues a dicha hora lograrían que el
Sol, como padre de los españoles, no comunicaría a sus hijos fuerza
superior a la naturaleza humana. No encontró Xicotencal desprevenidos
a los españoles; antes, por el contrario, los halló dispuestos a la
lucha, que fué tenaz y sangrienta. Convencidos los tlascaltecas del
valor de los nuestros, lo mismo el Senado que el pueblo clamaron por la
terminación de la guerra; Xicotencal se negó decididamente a obedecer.
Mandó espías al campamento español, quienes fueron descubiertos y
castigados con bastante rigor. Entonces, separado del mando por el
Senado, no tuvo más remedio que dejar las armas, retirándose a la
ciudad, acompañado solamente de sus parientes y amigos.
Ajustóse la paz entre el Senado y Cortés, no sin que tratase de
impedirla Moctezuma, que temeroso de lo que podía sucederle, intentaba
echar leña al fuego de las pasiones de tlascaltecas y españoles. Tal
vez comprendiendo esto mismo Xicotencal, se presentó a Cortés al frente
de una embajada y le dijo que si prolongó la guerra fué creyendo que
los españoles eran amigos de Moctezuma, cuyo nombre aborrecía.
Antes de narrar la larga y enconada lucha de los nuestros con
Moctezuma, recordaremos un hecho que se relaciona con la política de
España en sus posesiones ultramarinas. En el navío que desde las aguas
de México mandó a España Hernán Cortés venían, como representantes
del citado caudillo, los capitanes Alonso Hernández Portocarrero y
Francisco de Montejo, quienes llegaron a Sevilla por octubre de 1519.
Hallábase a la sazón en la ciudad andaluza el capellán Benito Martín,
amigo y representante de Diego Velázquez; Martín se querelló ante
los ministros de la Casa de la Contratación de Sevilla del futuro
conquistador de México y de los que venían en su nombre. Mal vieron el
asunto los citados capitanes cuando se encaminaron a Medellín con ánimo
de visitar a Martín Cortés, padre del héroe.
Portocarrero, Montejo y Martín Cortés, acompañados de Alaminos, piloto
del barco que desde Veracruz había llegado a Sevilla, tuvieron la dicha
de hablar al Emperador en Tordesillas (Valladolid), adonde estaba para
despedirse de su madre y emprender en seguida, al mismo tiempo que se
organizaba la guerra de las Comunidades, la jornada a Alemania y ceñir
en sus sienes la corona del imperio.
Camino de Alemania D. Carlos, ni el gobernador Adriano, ni el
presidente del Consejo de Indias D. Juan Rodríguez de Fonseca,
obispo de Burgos, se mostraron benévolos con los citados comisarios,
los cuales más de dos años estuvieron en la corte «siguiendo los
Tribunales, como pretendientes desvalidos.»
Explícase la influencia poderosa de Diego Velázquez, del siguiente
modo: «Este Diego Velázquez, teniendo la dicha gobernación (de la isla
de Cuba) se hizo rico, e habiéndose muerto su mujer, procuró amistad
con D. Juan de Fonseca, obispo de Burgos, que a la sazón era presidente
en el Consejo de Indias, e sañaló a algunos de los del consejo del
rey pueblos de indios en la dicha isla, para los aprovechar. El dicho
obispo pretendía casalle con una parienta suya, e así estaba hablado e
concertado, e desta manera el dicho Diego Velázquez se creia que en el
consejo del rey tener mucho favor...»[38].
[38] Andrés de Tapia. Ibidem, pág. 564.
Prosiguiendo el hilo de la conquista de México, comenzaremos
consignando que cuando Hernán Cortés se convenció que nada tenía que
temer de los valerosos hijos de la provincia en que residía, mandó
alzar el real y se dirigió a la ciudad de Tlascala; en ella hizo su
entrada el 23 de septiembre de 1519. Aposentóse en un adoratorio o
lugar donde había diferentes ídolos.
Grande era el empeño de Cortés de acabar con la idolatría. Si los
tlascaltecas se allanaron desde luego a ser vasallos de Carlos V,
negáronse a abandonar sus dioses. Cuando se proponía derribar los
ídolos, como en otro tiempo había hecho en Zempoala, el P. Fray
Bartolomé de Olmedo, más prudente o menos fanático, hubo de decir que
se compadecían mal la violencia y el Evangelio.
A los veinte días de su permanencia en Tlascala, en cuyo tiempo hubo
de despachar a los embajadores mejicanos, retenidos en su campamento
para que se convencieran del poder de los españoles, tomó el camino
de Cholula[39]. Antes dió permiso a Diego de Ordaz para que con dos
soldados de su compañía y algunos indios principales se dirigiera a la
cumbre de una sierra para observar de cerca el volcán de Popocatepec.
[39] Chitrula escribe Tapia.
Los tlascaltecas, como antes los zampoales, le rogaron que no penetrase
en la provincia de Cholula. Por el contrario, nuevos embajadores de
Moctezuma, le dieron a entender que ya tenía prevenido alojamiento en
la citada ciudad. Cumplióse al pie de la letra el refrán que dice _Del
enemigo el consejo_. Cortés, para que no se dijese que recelaba del
Emperador, se dirigió a Cholula, _ciudad de tan hermosa vista, que la
comparaban a nuestra Valladolid_, según Solís[40], y penetró en ella
con gran regocijo de sus habitantes.
[40] Ob. cit., lib. III, cap. VI, pág. 197.
Mensajeros de Moctezuma anunciaban a los españoles que no debían seguir
adelante porque no tendrían alimentos para comer; otras veces decían
que no había caminos para llegar a México, añadiendo también que el
Emperador soltaría gran número de leones, tigres y otras fieras que
despedazarían y se comerían a los españoles. Como Cortés no hacía caso
de tales amenazas, se prepararon los indios a realizar mayores empresas.
Terrible conjuración, dispuesta según todas las señales por Moctezuma,
fué descubierta y denunciada por Marina. Cortés, dejándose llevar de su
natural fiero, mató, incendió y entró a saco en las casas principales.
Murieron entre naturales y mejicanos--según Solís--más de 6.000
hombres[41]. Antes de salir de Cholula, Cortés pudo escribir a Carlos
V lo siguiente: «Después de este trance pasado, todos han sido y son
muy ciertos vasallos de V. M. y muy obedientes a lo que yo en su real
nombre les he requerido y dicho, y creo lo serán de aquí en adelante.»
[41] Ibidem, lib. III, cap. VII, pág. 204. Parécenos excesivo
el número.
Todo dispuesto para emprender la marcha, llegaron nuevos embajadores
de Moctezuma y se presentaron al caudillo español, a quien dieron las
gracias--pues estos eran los deseos del Emperador--por haber castigado
con severidad a los sediciosos de Cholula, ofreciéndole, como siempre,
ricos presentes.
Salió al fin nuestro ejército, y penetrando en la provincia de
Guajocingo, después de atravesar la sierra, llegó a la llanura y se
alojó en pequeño lugar de la provincia de Chalco, donde acudieron
varios caciques y--según Solís--todos ellos se quejaron de las
crueldades y tiranías de Moctezuma[42]. ¡Desgraciado Emperador que
era aborrecido de todos los caciques que Cortés encontró en su
camino! Continuó su marcha, llegando a una inmensa laguna en cuyas
inmediaciones se veían espesas alamedas y artísticos jardines. Cuatro
caballeros mejicanos llegaron al cuartel de los nuestros para notificar
a Cortés que Cacumatzín, señor de Tezcuco y sobrino de Moctezuma,
venía de parte de su tío a visitarle. En efecto, se presentó con otros
nobles de su señorío y dió la bienvenida al jefe español. Después que
tuvo la dicha de acompañar a los españoles á la capital de su Estado,
se dirigió presuroso a dar cuenta al Emperador de su embajada. Entre
tanto Hernán Cortés, siguiendo la calzada oriental de México, pasó
la noche en un lugar situado sobre la misma calzada, que se llamaba
Quitlabaca. «Registrábase desde allí--escribe Solís--mucha parte de la
laguna, en cuyo espacio se descubrían varias poblaciones y calzadas que
la interrumpían y la hermoseaban; torres y capiteles que, al parecer,
andaban sobre las aguas; árboles y jardines fuera de su elemento, y una
inmensidad de indios que, navegando en sus canoas procuraban acercarse
á ver los españoles, siendo mayor la muchedumbre que se dejaba reparar
en los terrados y azoteas más distantes»[43]. También--y nadie debe
extrañarse de ello--el cacique de Quitlabaca manifestó a Cortés el poco
afecto que tenía a Moctezuma y el deseo de sacudir el yugo intolerable
del gobierno imperial.
[42] Ob. cit., libro III, cap. IX, pág. 213.
[43] Ob. cit., libro III. cap. IX, pág. 216.
Al día siguiente, poco después de amanecer, se puso la gente en
marcha sobre la misma calzada, llegando a la grande y hermosa ciudad
de Iztacpalapa y siendo recibida por el cacique de dicha población,
acompañado de los príncipes de Magicalzingo y Cuyoacán; los tres traían
sus correspondientes regalos. El ejército, que a la sazón contaba con
unos 450 españoles y 6.000 indios (tlascaltecas, zempoales, etc.), hizo
su entrada en Iztacpalapa. Causó a los españoles no poca admiración el
palacio y una extensa huerta con un gran estanque del cacique. Solís
confiesa que en dicho lugar se alababa el gobierno de Moctezuma, tal
vez--añade--porque los de aquella región eran parientes del cacique o
porque estaban más cerca del tirano.
Faltaban dos leguas para llegar a México. Emprendióse muy de mañana el
viaje, y dejando a un lado la ciudad de Magicalzingo y en la ribera la
de Cuyoacán, sin contar otras grandes poblaciones que se descubrían en
la laguna, dió vista a la hermosísima ciudad de México.
Numerosas comitivas salieron a recibirle, y en medio de la principal
venía Moctezuma en unas andas de oro bruñido llevadas en hombros de
señores del imperio; delante de él iban tres magistrados con varas de
oro en las manos, que levantaban en alto para que todos se humillasen;
detrás seguían el paso de las andas cuatro personajes, que le llevaban
debajo de un palio, hecho de plumas verdes entretejidas y que formaban
tela, con algunos adornos de plata. Arrojóse Cortés del caballo, al
mismo tiempo que Moctezuma se apeó de sus andas. Frisaba Moctezuma
en unos cuarenta años, de pequeña estatura, más delgado que robusto,
aguileño el rostro y menos obscuro que el natural de aquellos indios,
el cabello largo, los ojos vivos y el semblante magestuoso. Consistía
su traje en un largo manto de finísima tela de algodón, sembrado de
joyas de oro, perlas y piedras preciosas; su corona era de oro en forma
de mitra y sus sandalias consistían en unas suelas de oro macizo, cuyas
correas, tachonadas de lo mismo, ceñían el pie y abrazaban parte de la
pierna.
Cuando Cortés estuvo cerca de Moctezuma, se quitó una cadena de
vidrio, compuesta vistosamente de varias piedras, que imitaban los
diamantes y las esmeraldas y se la echó sobre los hombros al Emperador.
Correspondió Moctezuma del mismo modo, pues hizo traer un collar de
conchas carmesíes, engarzadas con tal arte, que de cada una de ellas
pendían cuatro cangrejos de oro, imitados perfectamente del natural, y
con sus manos se lo puso a Cortés en el cuello.
Entró el ejército español en México el 8 de noviembre de 1519 y fué
alojado en un grandioso palacio. En la primera visita que Moctezuma
hizo al capitán español, le obsequió con diferentes piezas de oro,
ropas de algodón y alguna cantidad de plumas. Devolvió al día siguiente
Cortés la visita, llevando consigo a los capitanes Pedro de Alvarado,
Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León y Diego de Ordaz, con
unos pocos soldados, entre los cuales se encontraba Bernal Díaz del
Castillo, _que ya trataba de observar para escribir_. Entrábase en el
palacio de Moctezuma por treinta puertas que daban a diferentes calles.
La fachada principal, hecha de jaspes negros, rojos y blancos, daba a
espaciosa plaza; sobre la portada había un escudo con las armas de los
Moctezumas. Pasados tres patios se llegaba al cuarto donde residía el
Emperador. Los pavimentos se cubrían con esteras de diferentes labores;
las paredes con telas de algodón y con plumas, y los techos estaban
formados de madera de ciprés, cedro, etc. Moctezuma recibió a los
jefes del ejército español con señaladas muestras de cariño. Empeño
tuvieron Cortés y el P. Olmedo en traer al Emperador a la religión
verdadera, contestando siempre el soberano indio que sus dioses eran
buenos en aquella tierra como el de los cristianos era bueno en su
país. En una visita que los españoles, estando presente Moctezuma,
hicieron a un templo, Cortés se atrevió a decir que aquellos dioses
eran imágenes del demonio; palabras imprudentes que disgustaron a los
indios, muy especialmente a los sacerdotes. Por consejo del P. Olmedo y
del licenciado Juan Díaz resolvió Cortés no hablar por entonces más de
religión, logrando--y esto es una prueba de tolerancia y aun de bondad
que no tenían los nuestros--que Moctezuma dispusiera que a su costa se
levantase por sus alarifes una iglesia católica. El mismo Emperador con
los príncipes y ministros asistió alguna vez a las funciones religiosas
que celebraban los españoles.
Llegados a este punto, bien será decir que la ciudad de México,
llamada antiguamente _Tenuchtitlán_, se hallaba, cuando los españoles
penetraron en ella, dividida en dos barrios: el uno tenía el nombre
de _Tlatehullo_, habitado por gente popular o del pueblo; el otro,
denominado _México_, residencia de la corte y de la nobleza. Población
tan importante estaba situada en una llanura, rodeada de altísimas
montañas, de las cuales bajaban ríos al valle, donde se formaban
diferentes lagunas, y en lo más profundo los dos lagos mayores,
divididos por un dique de piedra. Este pequeño mar vendría a tener
30 leguas de circunferencia. El asiento de la ciudad estaba casi en
el medio del lago más pequeño. El clima era benigno y saludable. La
población se comunicaba con la tierra por sus calzadas o diques, y
las calles estaban bien niveladas y eran espaciosas; por los lados
o aceras pasaba la gente y por enmedio las canoas. Los Templos o
Adoratorios se elevaban sobre los demás edificios, hallándose el mayor
de aquéllos dedicado al Dios _Virtcilipuztli_ (Dios de la guerra). La
plaza tenía cuatro puertas, una en cada uno de sus cuatro lienzos, y
encima de ellas una estatua de piedra. En el centro de la plaza se
levantaba especie de pirámide bastante gruesa y alta; en la parte
superior se verificaban los sacrificios humanos. Además del palacio,
tenía Moctezuma algunas casas de recreo, siendo las principales la de
las Aves de rapiña, la de las Aves que se distinguían por la pluma o
por el canto, la Fábrica de armas, el Depósito de armas y la Casa de la
tristeza. Había diferentes tribunales: Tribunal de Hacienda, Tribunal
de Justicia, Consejo de Guerra y Consejo de Estado; este último era el
principal de todos.
Pronto iba a comenzar la guerra entre Moctezuma y los españoles.
Mientras que el Emperador se desvivía por obsequiar a Cortés; mientras
que los nobles, a imitación de su Príncipe, deseaban mostrarse, más que
obsequiosos, obedientes; y mientras que el pueblo doblaba las rodillas
ante el español más humilde, llegaron dos soldados tlascaltecas con
una carta de la Vera Cruz. Decíase en ella que el general mejicano
Quelpopoca, con objeto de cobrar los impuestos para el emperador
Moctezuma, había invadido las tierras de los indios confederados;
Juan de Escalante, nuestro gobernador de Vera Cruz, se creyó en el
deber de salir a la defensa de los indios rebeldes, castigando, por
consiguiente, al citado General. Cerca de un lugar pequeño, que se
llamó después Almería, diéronse vista los dos ejércitos. Los españoles
compraron cara la victoria, porque Juan de Escalante quedó herido
mortalmente, con otros siete soldados; de los últimos se llevaron los
indios a Juan de Argüello, cuya cabeza fué paseada triunfalmente por
los pueblos, llegándose a decir que se mandó como rico presente a
Moctezuma.
Sea de ello lo que quiera--pero creyendo siempre en el natural
bondadoso de Moctezuma--decidióse el capitán español a tomar resolución
tan enérgica como audaz, cual fué apoderarse del Emperador y llevarle
a su campamento. Acompañado de Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval,
Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo y Alfonso Dávila, y seguido
de treinta soldados de su satisfacción, llegó a palacio, conversó
con Moctezuma, a quien engañó al fin--influyendo en ello el talento
y discreción de Doña Marina--para que marchase al cuartel de los
españoles. También se pudo lograr, sin gran esfuerzo, que Moctezuma
impusiera pena de la vida a los que tomasen las armas para sacarle del
poder de los españoles. Del mismo modo ordenó el Emperador la prisión
de Quelpopoca.
Moctezuma fué trasladado a la morada de Hernán Cortés. Cometió tan
grande desacato el capitán español, pretextando--pretexto fútil por
cierto--de que el Emperador había sido cómplice de Quelpopoca. Confióse
la guarda del Emperador a Juan Velázquez de León. Posteriormente entró
en México el general Quelpopoca con su hijo y otros, quienes para
escapar de la muerte hubieron de confesar--según dijeron luego los
españoles--que habían dado muerte a los dos castellanos por orden de
Moctezuma. Llevados Quelpopoca y los suyos a una de las plazas de la
ciudad, fueron arrojados a la hoguera.
Llegó el turno a Moctezuma. Hernán Cortés mandó ponerle grillos.
Cuando Moctezuma se vió en aquel estado, mostró grandísima tristeza:
sus deudos y los señores del imperio, «estando--dice Herrera--como
atónitos, lloraban»[44]. Creyendo Cortés que había conseguido lo
que deseaba, sin temor alguno ni a propios ni a extraños, fingiendo
una compasión y un amor que no sentía, dispuso quitar los grillos al
Emperador mejicano, o (como escriben algunos cronistas) se puso de
rodillas para quitárselos él mismo por sus manos. Acerca del juicio
que tales hechos merecen al historiador, diremos con Solís: «Dejémonos
cegar de su razón, ó no la traigamos al juicio de la Historia,
contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez ejecutado,
fué de gran consecuencia para dar seguridad á los españoles de la Vera
Cruz, y reprimir, por entonces, los principios de rumor, que andaban
entre los nobles de la ciudad»[45].
[44] _Década II_, lib. VIII, cap. IX.
[45] Ob. cit., lib. III, cap XX, pág. 278.
Prisionero Moctezuma; nombrado gobernador de Vera Cruz, por muerte
de Juan de Escalante, el capitán Gonzalo de Sandoval; declarado el
Emperador azteca feudatario del rey de España; dueños los españoles
de los impuestos del imperio, y en manos de Cortés el absoluto poder,
parecía haberse concluído la conquista. Sólo en asuntos religiosos
estaban decididos a no ceder Moctezuma ni los suyos. Sin embargo,
Cortés, con una tenacidad como no hay ejemplo, se dispuso a acabar
con la idolatría de los mejicanos. Penetró en un Adoratorio, y al
contemplar tantos ídolos, exclamó: «¡Oh Dios! ¿por qué consientes que
tan grandemente el Diablo sea honrado en esta tierra?» Mandó llamar
a los intérpretes, y ante ellos y ante otros muchos que acudieron,
dijo lo siguiente: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo á
vosotros y á nosotros é á todos, é cría lo con que nos mantenemos, é
si fuéremos buenos nos llevará al cielo, é si no, iremos al infierno,
como más largamente os diré cuando más nos entendamos; é yo quiero que
aquí donde teneis estos ídolos, esté la imagen de Dios y de su Madre
bendita, é traed agua para lavar estas paredes, é quitaremos de aquí
todo esto.» Ellos se reían; pero Cortés, dirigiéndose a los sacerdotes
indios, añadió: «Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra
vuestros dioses, que son nonada»; y tomando una barra de hierro que
estaba allí, comenzó a dar golpes a un ídolo. Cuando Moctezuma tuvo
noticia del hecho, le mandó un enviado para que no hiciese mal a los
ídolos. Presentóse luego el Emperador y pidió los ídolos, con el objeto
de llevarlos a otra parte. Accedió Cortés, si bien dispuso que se
levantasen dos altares, colocando en uno la imagen de Nuestra Señora,
y en otro la de San Cristóbal. Al poco tiempo llegaron algunos indios
trayendo varias manadas de maíz verde y muy lacias, diciendo: «Pues que
nos quitastes nuestros dioses, á quien rogábamos por agua, haced al
vuestro que nos la dé, porque se pierde lo sembrado.» Ordenó Cortés que
los cristianos pidiesen a su Dios que lloviese, y en efecto, con gran
sorpresa de los indios, los campos se regaron completamente.
Apartando por un momento la vista de los sucesos ocurridos en México,
veamos lo que se trataba contra el valeroso Hernán Cortés. Enterado
Velázquez de los tratos que traían en la corte Alonso Hernández
Portocarrero y Francisco de Montejo, comisarios de Hernán Cortés,
y habiendo recibido las cartas de su capellán Benito Martín, con
nombramiento de Adelantado, no sólo de aquella Isla, sino de las
tierras que se descubriesen y conquistasen por su inteligencia,
reunió fuerte ejército (800 infantes, 80 caballos y 10 ó 12 piezas de
artillería) mandado por el valisoletano Pámfilo de Narváez; diez y ocho
navíos condujeron al ejército citado al puerto de San Juan de Ulúa. El
clérigo Juan Ruiz de Guevara, con un escribano real y tres soldados, en
nombre de Narváez, se dirigió a conferenciar con el gobernador Gonzalo
de Sandoval. De la conferencia salió el rompimiento entre ambas partes,
llegando al extremo Sandoval de reducir a prisión al sacerdote, a
quien, en unión de sus tres compañeros, resolvió enviar a México para
que Cortés tomase la determinación que creyera conveniente. En efecto,
llegaron a México y Cortés salió á recibirlos con más que ordinario
acompañamiento, les agasajó y les hizo algunos regalos, despachándolos
a los cuatro días para que volviesen al lado de Narváez. Como esto
pudiera no darle resultado y pensando siempre en hacer la paz con
Narváez, mandó como mensajero a Fray Bartolomé de Olmedo, sacerdote que
gozaba con justicia de mucho prestigio.
Como era de esperar, Pámfilo de Narváez, que tenía su cuartel
establecido en Zempoala, recibió primero al licenciado Guevara, el
cual, como se inclinase a la paz, fué arrojado de su presencia con
desabrimiento. Llegó su turno al P. Olmedo, quien nada pudo conseguir
del duro corazón de Narváez.
Cuando Cortés tuvo noticia de todo por el P. Olmedo, se decidió a
vencer o morir. No le quedaba otro camino. Dejó en México hasta 80
españoles a cargo de Pedro de Alvarado, y mandó un correo a Vera
Cruz, ordenando a Gonzalo de Sandoval que saliese a recibirle a sitio
determinado. Despidióse de Moctezuma. Ofrecióle el Emperador no
desamparar a los españoles que quedaban con Alvarado, ni hacer mudanza
en su habitación durante su ausencia. Ambas cosas cumplió fielmente el
bueno e inocente Moctezuma. Cortés pasó por Cholula, llegó a Tlascala
y recibió en Matalequita a Gonzalo de Sandoval con la gente de su
cargo. Siempre deseando la paz, despachó segunda vez al P. Olmedo, que
pronto hubo de avisarle del poco efecto que producían sus diligencias.
Deseando hacer algo más por la razón, o ganar algún tiempo, determinó
enviar al capitán Juan Velázquez de León, que tampoco pudo traer al
buen camino a Narváez. Entonces, cuando se convenció que no había
esperanza alguna de concordia, movió su ejército y asentó su cuartel
a una legua de Zempoala y en las riberas del río Canoas, llamado
también Chachalaca. Dividió su fuerza en tres pequeños escuadrones, uno
al mando de Gonzalo de Sandoval con la orden de caer sobre Narváez;
otro dirigido por Cristóbal de Olid para apoyar a Sandoval; y el
tercero, bajo su propia autoridad, que acudiría donde su presencia
fuera necesaria. Pasó el citado río y entró en Zempoala atacando
valerosamente a su enemigo. Narváez fué vencido y hecho prisionero.
Cuando Cortés visitó a Narváez (si damos crédito a Solís) el prisionero
le dijo: «Tened en mucho, señor capitán, la dicha que habéis conseguido
en hacerme vuestro prisionero.» «De todo, amigo--respondió el
vencedor--se deben las gracias a Dios; pero sin género de vanidad os
puedo asegurar que pongo esta victoria y vuestra prisión entre las
cosas menores que se han obrado en esta tierra.»
Sometidas las tropas de Narváez y habiendo recibido malas nuevas de
México, al frente de 1.000 soldados de infantería y 100 de caballería,
se encaminó a la corte con ánimo de salvar a Alvarado y castigar a los
revoltosos mejicanos. Llegó a México, día de San Juan, siendo recibido
por Moctezuma con afectos de copiosa alegría, «que tocó en exceso y
se llevó tras sí la Magestad.» Correspondió Cortés con desabrimiento
y aspereza a tales manifestaciones de cariño. Los motivos que tuvo
el general español para mostrarse enojado con el emperador azteca,
fueron los siguientes. Parece ser que Pedro de Alvarado, durante la
ausencia de su jefe, creyó o aparentó creer en una conjuración de los
mejicanos contra los españoles, y para castigarla, cuando se hallaban
celebrando una fiesta en el Adoratorio principal, se puso al frente de
cincuenta de los suyos y cayó sobre los indios, a quien atropelló con
poca o ninguna resistencia, hiriendo y matando a los que no pudieron
huir o tardaron más en arrojarse por las ventanas del templo. No huelga
decir que los españoles despojaron de sus joyas a los heridos y a los
muertos. El pueblo mejicano vió el estrago de los suyos y el despojo de
las joyas, irritándose, al extremo de tomar las armas y lanzarse á la
pelea.
Presentóse Cortés durante la insurrección, que ya llevaba algunos
días, y encargó a Diego de Ordaz el castigo de los rebeldes. Portóse
muy bien Ordaz; pero los enemigos, cada vez más valerosos, pusieron en
cuidado a Cortés, quien dividió sus fuerzas en tres escuadrones y peleó
como un león, hasta que huyeron por entonces para volver a la carga al
día siguiente. No atendidas las proposiciones de paz hechas por el
capitán español, volvióse al combate con más furia. Aunque la victoria
acompañaba siempre a los nuestros, no por eso dejaban de hacer mella
las pérdidas sufridas. Fueron éstas las siguientes: 40 muertos, la
mayor parte tlascaltecas; considerable número de heridos y maltratados,
contándose entre ellos más de 50 españoles.
Tampoco era tranquilizadora la conducta de Moctezuma. Dícese--y
queremos ser parcos en el relato--que Cortés, cuando la lucha estaba
más empeñada, rogó a Moctezuma que, adornado de las vestiduras reales,
para atajar tanta sangre, aconsejara la paz a los suyos. Accedió el
Emperador, subió al terrado, arengó a los sediciosos, no fué atendido,
y una piedra lanzada por sus mismos súbditos--según cuentan nuestros
historiadores--le dió en la sien y le derribó en tierra, sucumbiendo
poco después. Era el 30 de junio de 1520. En sus últimos momentos,
lo mismo Cortés que el P. Olmedo le rogaban que se volviese a Dios y
asegurase la Eternidad recibiendo el Bautismo. «Sintió Cortés esta
desgracia tan vivamente, que llegó a tocar su dolor en congoja y
desconsuelo»[46]. Dice Herrera que Moctezuma se dirigió a sus vasallos
mandándoles que no continuasen la batalla. Alguno de los suyos hubo de
contestar al Emperador: _calla_, _bellaco_, _afeminado_, _nacido para
tejer é hilar_; _esos perros te tienen preso_; _eres una gallina_.
«Quiso la desgracia que le acertó una piedra en las sienes: bajó a su
aposentó, echóse en la cama, y estuvo tan avergonzado y corrido, que
aunque la herida no era mortal, por el sentimiento, y por no querer
comer ni ser curado, en cuatro días se murió». Más adelante añade el
mismo cronista: «Jamás consintió paño ni cosa sobre la herida: y si
se los ponían, muy enojado se los quitaba, deseándose la muerte»[47].
Dijeron algunos cronistas que la flecha o piedra que hirió gravemente
a Moctezuma fué arrojada por su primo Cuauhtémoc o Guatimozín. Reinó
diez y siete años. «No faltaron plumas, añade el historiador Solís,
que atribuyesen a Cortés la muerte de Moctezuma, o lo intentasen
por lo menos, afirmando que le hizo matar para desembarazarse de
su persona»[48]. Considera Solís semejante afirmación como una
calumnia[49].
[46] Solís, ob. cit., lib. IV, cap. XV, pág. 367.
[47] Herrera, _Década II_, lib. X, cap. X. Debió ser enterrado
en el monte de Chapultepeque.
[48] Ob. cit., lib. IV, cap. XV, pág. 369.
[49] Dos hijos que le asistieron en sus últimos momentos
fueron muertos por los mejicanos; dos o tres hijas se casaron
con españoles y se convirtieron al catolicismo. El principal
de los hijos se redujo también a la religión católica y tomó
el nombre de Pedro en el bautismo. Era hijo de una de las
reinas, natural de la provincia de Tula, la cual, a imitación
de don Pedro, se bautizó y se llamó desde entonces doña María
de Niagua Suchil.--Solís, Ob. cit., lib. IV, cap. XV, pág. 371.
Fué elegido emperador Quetlavaca, rey de Iztapalapa y segundo elector
del imperio[50]. Quetlavaca era digno sucesor de Moctezuma. Renovóse
la guerra con verdadero furor en toda la ciudad, especialmente en el
gran Adoratorio, ocupado por los mejicanos. Comprendiendo Hernán Cortés
que su situación era muy difícil y cada vez más peligrosa, ordenó
que inmediatamente se reuniesen sus capitanes y les consultó lo que
en semejante apuro debía hacerse, decidiéndose, por último, salir de
México aquella misma noche (1.º julio 1520). Formó su vanguardia con
200 soldados españoles, buen número de tlascaltecas y 20 caballos, bajo
el mando de Gonzalo de Sandoval, asistido por Acevedo, Ordaz y otros;
el centro, parte de la artillería, los hijos de Moctezuma y varios
prisioneros de importancia, con el tesoro real; y la retaguardia con
el grueso de la fuerza y el resto de la artillería a las órdenes de
Pedro de Alvarado, Vázquez de León y otros. Cortés se reservó unos 100
soldados escogidos y los capitanes Alonso Dávila, Cristóbal de Olid y
Bernardino Vázquez de Tapia.
[50] Otros le llamaban Cuitlahuactzin.
Molestados por menuda lluvia, los españoles abandonaron sus cuarteles
y cruzaron la silenciosa ciudad. Llegaron a la calzada de Tlacopan, y
habiendo encontrado a su entrada una cortadura, arrojaron sobre ella
el único puente volante que habían tenido tiempo de construir. Tanto
penetró el puente en las piedras, a causa del peso de la artillería
y caballería, que ya fué imposible mudarlo a las demás cortaduras.
Tampoco por el pronto hubieran pensado en ello, pues los españoles y
tlascaltecas se vieron atacados por todas partes. La laguna estaba
cubierta de millares de canoas, y desde ellas lanzaban los mejicanos
espesas granizadas de flechas y dardos sobre sus enemigos. Una segunda
cortadura vino a detener la marcha de la columna, que pasó al fin
por un vado o a nado, según unos historiadores, o por una viga de
bastante latitud, que dejaron de romper los indios, según otros. Una
tercera y última cortadura, más larga que las anteriores, aunque menos
profunda, también pudieron salvar, no sin sangrientos combates. Llegó
el ejército a tierra con la primera luz del día e hizo alto en Tacuba.
Murieron casi 200 españoles, más de 1.000 tlascaltecas, los prisioneros
mejicanos que llevaban y 46 caballos. Dióse con razón el nombre de
_Noche Triste_ a la citada de 1.º de julio de 1520.
Encaminóse Cortés, primero, hacia el Norte, pasando por Cuantillón
y Tepotzolán, y luego, dirigiéndose al Este, por entre la laguna de
Tzonpango y el lago de Xaliotán, a Teotihuacán en los llanos de Apán,
siempre por caminos ásperos y estériles, luchando con los habitantes
del país; al séptimo día de marcha, encontró las montañas que dominan
el valle de _Otumba_. Cuarenta mil guerreros--si damos crédito a las
crónicas--esperaban a los españoles en el citado valle. Arremetió
contra ellos Cortés, encontrando una resistencia como no podía
esperar; pero no había más remedio que la victoria o la muerte. Estaba
el general mejicano sobre ricas andas y con el estandarte real al lado.
Nuestro caudillo, volviéndose a los suyos, ayudado de los capitanes
Gonzalo de Sandoval, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Alonso
Dávila, se dirigió a ganar aquella insignia, que cayó bajo su poder,
y muerto a sus pies, atravesado de un lanzazo, el citado jefe de los
indios. Diéronse entonces a la fuga. Cortés se coronó de gloria en la
batalla de Otumba (8 julio 1520). Al día siguiente entró en Tlascala
con grande alegría de su ejército y más todavía de los tlascaltecas.
Cuando se hallaron los heridos, entre ellos el mismo Cortés, en buena
disposición, y cuando el ejército obtuvo refuerzos de Vera Cruz y del
Senado de Tlascala, la provincia de Tepeaca debía sufrir severo castigo
porque en ella fueron asesinados algunos soldados españoles.
Habiendo muerto de viruela el emperador Cuitlahuactzin, fué elegido
sucesor Cuauhtémoc, joven belicoso y de grandes arrestos[51]. La
guerra iba a continuar con más fuerza. Envió el nuevo Emperador una
embajada al Senado de Tlascala ofreciendo de su parte paz y alianza
perpetua entre los dos pueblos, libertad de comercio y comunicación
de intereses, con la sola condición de que tomase la República las
armas contra los españoles. La respuesta fué negativa, a disgusto por
cierto de Xicotencal el _Mozo_, quien, sin embargo de su enemiga a
los españoles, hubo de callar, ya porque temió la indignación de sus
compañeros, ya porque le detuvo el respeto a su padre.
[51] Otros le llaman Guatimocin.
No dejó de poner en cuidado a Cortés la actitud de algunos de sus
soldados, procedentes del ejército de Narváez, los cuales deseaban
retirarse a Vera Cruz, para solicitar desde allí recursos de Santo
Domingo y Jamaica. Muchos deseaban aproximarse a la costa, tal vez con
la idea de abandonar a México. Recordaban seguramente las granjerías
que dejaron en la isla de Cuba.
Aunque la situación de Hernán Cortés era poco halagüeña, decidido
a llevar adelante su empresa, penetró en territorio tepaocano por
Teompantzinco, Zacatepec y Guecholac. En Acatzinco atacó y venció al
enemigo, logrando después derrotarle completamente, hasta el punto que
los españoles pudieron entrar en Tepeaca. En seguida mandó expediciones
contra algunos pueblos que se mantenían fuera de su obediencia, siendo
los principales Tecamachalco, Cuauhtichán y Tepexic. Habiendo sometido
toda la provincia, no pocos caciques de las cercanías llegaron al
cuartel general de Cortés, establecido en Tepeaca, alistándose bajo sus
banderas.
No fuera aventurado el indicar que de todos sus cuidados, el mayor
sin duda alguna, estaba en México. Cuauhtémoc ganó el corazón del
pueblo mejicano y se dispuso con verdadero entusiasmo a luchar por
la independencia y la libertad. El joven Emperador, pariente y
yerno de Moctezuma, merecía ocupar el trono de sus antepasados. A
los caciques de las fronteras les exhortó a la fidelidad y procuró
atraérselos con ofertas y dádivas. Poniendo manos a la obra el
Emperador, mandó un ejército a pelear con los españoles. Cortés lo
destruyó en _Guacachula_, mas no convenía dormirse en los laureles,
y comprendiéndolo así el general español, se decidió a emprender la
vuelta a México, recordando, sin duda, la Noche Triste y la batalla de
Otumba. Por entonces llegó un bajel a San Juan de Ulúa con 13 soldados
españoles mandados por Pedro de Barba; traía también dos caballos,
algunos bastimentos y municiones. Dicha fuerza, que por orden de Diego
Velázquez venía a ponerse al servicio de Narváez--pues ignoraba el
gobernador de Cuba los sucesos de México--pasó a aumentar el ejército
de Cortés. Lo mismo sucedió con otro bajel que llegó a la costa con
nuevo socorro, dirigido al citado Narváez; conducía ocho soldados a
cargo del capitán Rodrigo Morejón de Lobera, una yegua y buena cantidad
de armas y municiones.
Ya decidido Cortés a reconquistar la ciudad de México, comprendió que
necesitaba 12 o 13 bergantines que pudieran resistir a las canoas de
los indios y transportar su ejército a la ciudad. Sabía por experiencia
el mal resultado de los pontones levadizos. Se comenzó a cortar madera
y ordenó que se trajesen de Vera Cruz la clavazón, jarcias y demás
adherentes de los bajeles que él hizo echar a pique cuando formó la
resolución de conquistar la citada ciudad.
Nuevos e importantes auxilios recibió Cortés por entonces. Francisco de
Garay, que intentaba introducirse en el corazón del imperio mejicano
por la parte de Pánuco, tuvo que desistir de su empresa; luego la
armada del mencionado Garay, después de andar perdida algunos días por
el mar, llegó a la costa de Vera Cruz, donde la gente pasó al servicio
de Cortés. Arribó primero un navío con 60 soldados, que mandaba el
capitán Camargo; en seguida otro con más de 50, a cargo del capitán
Miguel Díaz de Auz, y, por último, un tercero con más de 40 soldados y
cuyo capitán se llamaba Ramírez. Habiendo aumentado el número de los
españoles, pudo ya Cortés--dada la insistencia de los soldados que
vinieron con Narváez, cada vez más deseosos de volver a Cuba--publicar
en el Cuerpo de Guardia y en los alojamientos lo siguiente: _que todos
los que se quisiesen retirar desde luego a sus casas, lo podrían
ejecutar libremente y se les daría embarcación con todo lo necesario
para el viaje_. No todos, aunque sí la mayor parte, usaron del permiso.
[Ilustración:
FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID
QUAUHTEMOC.]
En tanto que Cortés mandaba a España como comisarios a los capitanes
Alonso de Mendoza y Diego de Ordáz para que diesen noticia al emperador
Carlos del estado de la conquista, y llevando también una carta, en la
cual se resumía lo más substancial de los despachos que remitió el año
antecedente con Fernández Portocarrero y Montejo; en tanto que los dos
ayuntamientos de la Vera Cruz y de Segura de la Frontera escribían sus
correspondientes cartas, representando a Su Majestad lo que importaba
mantener a Cortés al frente de aquel gobierno; en tanto que el valeroso
hijo de Medellín fletaba un bajel para que los capitanes Alonso Dávila
y Francisco Alvarez Chico pasasen a la isla de Santo Domingo y dijeran
a los religiosos de San Jerónimo cuánto importaba enviar sacerdotes
de probada virtud que ayudasen al P. Olmedo en la conversión de los
indios; en tanto que los cuatro procuradores de Cortés (Portocarrero,
Montejo, Ordáz y Mendoza), acompañados y dirigidos por Martín, padre
de nuestro héroe, conseguían audiencia del Cardenal Gobernador
Adriano--pues el Emperador estaba por entonces en Alemania--, en la
que hubieron de representar los motivos que tenían para desconfiar de
la justicia del Obispo de Burgos, presidente del Consejo de Indias,
motivos que fueron atendidos, puesto que consiguieron su recusación;
en tanto que el Emperador, de vuelta de Alemania, nombraba una Junta
compuesta, entre otros, de Mercurino de Gatinara y del Dr. Lorenzo
Galíndez de Carvajal, Comendador Mayor de Castilla, para que estudiase
detenidamente el pleito que tenían el Gobernador de Cuba y el futuro
conquistador de Nueva España, y que se decidió en favor del último; y
en tanto o antes que éstas y otras cosas ocurrían, Cortés, en el mismo
día que se celebraba la fiesta de los Inocentes del año 1520, se puso
a la cabeza de su ejército, compuesto de unos 600 hombres, de ellos 80
arcabuceros y ballesteros y 40 ginetes con 9 cañones y alguna pólvora;
además llevaba numeroso ejército de aliados. Pernoctó nuestro héroe
el primer día en Texmeliuán, el segundo en la sierra de Telapón, y
el tercero descendió a la llanura. Continuó su camino, descubriendo
a largo trecho el ejército enemigo, el cual hubo de retirarse poco a
poco. No quiso seguir el alcance, porque le importaba ocupar lo antes
posible la populosa ciudad de Tezcuco, lugar ventajoso para establecer
allí plaza de armas y necesario para la realización de su empresa.
Penetró en Tezcuco, destituyó del señorío al tirano Cacumazin y nombró
en su lugar a Ixtlixoquedalte, quien, a ruegos de Fr. Bartolomé de
Olmedo, se dejó bautizar, tomando el nombre de D. Hernando Cortés, en
obsequio de su padrino.
De Tezcuco pasó a Iztapalapán, populosa ciudad de 50.000 habitantes,
situada en la misma calzada por donde hicieron su primera entrada los
españoles. Cortés, llevando consigo a los capitanes Pedro de Alvarado y
Cristóbal de Olid, se situó en parte de la ciudad edificada en tierra
firme, teniendo que abandonarla a toda prisa, porque los enemigos,
rompiendo las acequias, consiguieron inundar aquella parte de la
población. Acamparon nuestras tropas en próxima y pequeña montaña,
retirándose a Tezcuco, no sin ser molestadas por los mejicanos.
Chalco, provincia situada en la extremidad oriental del lago de su
nombre, se entregó a Gonzalo de Sandoval, y la provincia de Otumba, ya
famosa en esta crónica, prestó vasallaje a Francisco de Lugo. Otras
provincias pidieron, del mismo modo, protección a los españoles.
Cuando Cortés vió llegar a Tezcuco el maderamen de los bergantines,
tuvo momentos de verdadera alegría. En un grande astillero, que se
formó cerca de los Canales, comenzó la tablazón, herraje y demás
operaciones de la marinería. Sin embargo de la prisa que todos se
daban, dijeron los maestros que se necesitaban más de veinte días
para poder servirse de las embarcaciones. En este tiempo se propuso
reconocer personalmente las poblaciones próximas, observando los sitios
que debía ocupar para impedir los socorros de México y castigando a los
rebeldes del pueblo de Yaltocán y de otras poblaciones.
Llegó por este tiempo a Vera Cruz un navío (lo cual era señal casi
evidente--según Solís--de que corría por cuenta del cielo esta
conquista) dirigido a Hernán Cortés, y en él Julián de Aldrete, natural
de Tordesillas (Valladolid) y algunos religiosos y soldados con un
socorro considerable de armas y pertrechos. Pasó la gente a Tlascala y
luego a Tezcuco.
No cesaba la guerra entre españoles y mejicanos. El odio era mayor cada
día. Cuauhtémoc, a diferencia de sus antepasados, se hallaba decidido
a vengar cara su libertad y la de su pueblo. Verdad es que ya sabía de
lo que eran capaces los españoles. El esforzado Gonzalo de Sandoval
por un lado y el mismo Cortés por otro, pelearon valerosamente. Vióse
este último en gran peligro al tomar la ciudad de Suchimilco (distante
cuatro leguas de México), hasta el punto que cayó del caballo, y cuando
iba a ser presa de los mejicanos, el soldado Cristóbal de Olea, natural
de Medina del Campo, poniéndose a la cabeza de algunos tlascaltecas
dió muerte por sus manos a los que oprimían al héroe, restituyéndole
la libertad. Retiróse a Tezcuco, muy descontento de su jornada a
Suchimilco, habiendo perdido nueve o diez españoles.
Poco después le causó profunda pena la noticia de que un soldado
español llamado Antonio de Villafaña se había puesto al frente de una
conjuración. Dicha conjuración se disponía matar a Cortés y a los
principales jefes, único medio de abandonar la conquista y retirarse
a Cuba. Villafaña fué preso y colgado en una ventana de su mismo
alojamiento.
Otro embarazo, aunque de diferente género, se ofreció en seguida.
Dícese que el general Xicotencal (a cuyo cargo--según Solís--estaban
las primeras tropas que vinieron de Tlascala) se decidió a desamparar
el ejército, sirviéndose de la noche para su retirada; y también se
dice que Cortés mandó a su alcance dos o tres compañías de españoles,
con suficiente número de indios fieles, llevando la orden de que le
prendiesen o le matasen. Ejecutóse lo último y su cadáver apareció
colgado de un árbol[52].
[52] Ob. cit., lib. V, cap. XIX, págs. 510 y 511.
En la mañana del 28 de abril de 1521 Hernán Cortés formó sus tropas
y pasó revista a su ejército, compuesto de 818 infantes (118 entre
arcabuceros y ballesteros), 87 soldados de caballería, 3 grandes
cañones de hierro y 11 falconetes, con abundantes municiones. El P.
Olmedo bendijo la flotilla y los bergantines resbalaron en el canal,
descendiendo por sus aguas hasta entrar en el lago Tezcuco.