LA GROENLANDIA: SU SITUACIÓN.--LOS DINAMARQUESES EN
GROENLANDIA.--EL CANADÁ: SUS LÍMITES.--LUCHA ENTRE IROQUESES
Y HURONES.--AGRAMUNT, CORTEREAL Y CARTIER EN EL CANADÁ.--LA
CIUDAD DE MONT-ROYAL.--ROBERVAL Y CARTIER.--EL COMERCIO DE
TERRANOVA.--EL MARQUÉS DE LA ROCHE.--PEDRO DE MONTS.--CHAMPLAIN,
POUTRINCOURT Y PONTGRAVÉ EN AQUELLAS TIERRAS.--POUTRINCOURT
EN PORT-ROYAL.--CHAMPLAIN EN SAINTE CROIX.--LA MARQUESA DE
GUERCHEVILLE Y LOS JESUÍTAS.--LOS PADRES BIARD Y MASSE EN
AMÉRICA.--LUCHA ENTRE IROQUESES Y HURONES.--FUNDACIÓN DE
QUEBEC.--LA COLONIZACIÓN.--EL FUERTE PLACE ROYALE.--LOS FRANCESES
EN SAINT SAUVEUR.--LOS FILIBUSTEROS.--LOS MISIONEROS.--EL
COMERCIO.--COMPAÑÍA DE NUEVA FRANCIA.--GUERRA ENTRE INGLATERRA
Y FRANCIA.--LOS INGLESES EN QUEBEC.--EL CANADÁ EN PODER DE LOS
INGLESES.--MUERTE DE CHAMPLAIN.--COLONIA DE SANTA MARÍA.--FIEREZA
DE LOS IROQUESES.--FLORECIMIENTO DE QUEBEC.--LA SOCIEDAD DE NUESTRA
SEÑORA DE MONTREAL: EL CAPITÁN MAISONNEUVE.--ODIO DE LOS IROQUESES
A LOS JESUÍTAS.
Daremos comienzo a la época que denominamos de conquistas por la del
Canadá. Bien será advertir que las conquistas realizadas por los
franceses y en particular por los anglo-sajones, difieren notablemente
de las que los españoles llevaron a cabo en México, Perú y demás
posesiones de la Corona de Castilla. Tanto los franceses como los
anglo-sajones buscaron sólo una gran factoría donde ejercitar su
comercio; los españoles se fijaron en las minas de oro y de plata, en
las arenas auríferas de los ríos y en las pesquerías de madreperlas.
Tampoco debemos olvidar que los franceses y anglo-sajones apenas
hallaron oposición en los indígenas, y los españoles tuvieron que
pelear con enemigos poderosos; aquéllos encontraron en su camino tribus
débiles e ignorantes, y los últimos imperios fuertes y civilizados.
De los países situados al Norte de la América Septentrional apenas
citaremos los nombres del Archipiélago polar, de Alaska, de Groenlandia
y de Terranova. Todos estos territorios carecen de historia y apenas
conocemos su geografía. Escasas, confusas y aun contradictorias son
las noticias que se tienen de los habitantes del Archipiélago (islas
que se hallan en la dirección del Polo Norte y situadas casi todas
en el círculo polar) y de Alaska (territorio que forma una península
al Noroeste de la América del Norte y que pertenece a los Estados
Unidos). Acerca de la Groenlandia (Tierra Verde), recordaremos[1] que
es un país intermedio entre Europa y el Nuevo Mundo, y su distancia
de la tierra europea de Islandia es poco mayor que la que hay al
Archipiélago antes citado. No ignoramos que, después de los viajes de
Colón, realizaron exploraciones navegantes ingleses hacia los mares
comprendidos entre Groenlandia y el Archipiélago. Corría el siglo XVII
cuando los marinos dinamarqueses reanudaron sus tentativas, deseosos de
encontrar las minas de metales preciosos que Frobisher había anunciado.
Los extranjeros Hudson y Baffin reconocieron gráficamente aquellos
extensos pasajes del Norte, no debiéndose olvidar que mientras el
primero siguió en 1607 la costa oriental hasta los 73° de latitud,
el segundo bordeó la occidental, desde la punta del Sur hasta el
Estrecho de Smith. Respecto a Terranova (_Hellu-land_ o _Mark-land_),
depende directamente del gobierno inglés. Es la isla de Terranova la
colonia más antigua de la Gran Bretaña, y su interior ha permanecido
inexplorado hasta una época reciente. Aún es Terranova la _tierra de
los bacalaos_. Consultada varias veces, y con empeño, para que formase
parte integrante del _Dominión_ del Canadá, se ha negado a ello.
[1] Véase tomo I, capítulo III de esta obra.
Vamos a relatar los hechos más importantes del Canadá (_población_ o
_cabaña_ en el idioma indígena). Dice Reclus que «el Canadá propiamente
dicho, es decir, la parte del valle de San Lorenzo comprendida entre
los Grandes Lagos y el estuario fluvial, es la región poblada y de la
que se tienen mapas detallados»[2]. La frontera que separa el Canadá
de los Estados Unidos es puramente convencional en gran parte de su
trayecto[3]. No procede estudiar en este lugar las altas montañas y los
profundos valles del Canadá, ni sus varias islas, ni sus muchos lagos.
Llaman profundamente la atención los caudalosos ríos, interrumpidos
por formidables obstáculos que el agua salva precipitándose desde gran
altura y formando las renombradas cataratas del Niágara y del Otawa. En
este país si es rica la fauna, también es rica la flora.
[2] _Nueva Geografía Universal._--_América Boreal_, pág. 244.
[3] Ibidem, pág. 243.
Antes que los blancos llegasen al país y lo conquistaran, los indígenas
se exterminaban entre sí. De ello pudieron convencerse los primeros
misioneros que se establecieron en el Canadá. Iroqueses y hurones con
implacable hostilidad se declararon guerra a muerte. Las matanzas
entre los indígenas, a falta de historia escrita, se recuerdan en las
canciones populares, como puede verse en los siguientes versos:
Volando un negro cuervo a la ventura
vino a posarse de mi hogar no lejos;
le grité: «Comedor de carne humana,
no busques en mi carne tu alimento.
Huye de aquí; entre charcos y malezas
encontrarás los iroqueses cuerpos;
en sus malditos huesos y en su carne
cébate bien, y deja en paz mi techo.»[4]
[4] Ernest Gagnon, _Chansons populaires du Canadá_.
Hállanse además otros indios, como los sioux, Vabanaki (pueblo de la
Aurora), y los algonquines, raza poderosa, dividida en diferentes
tribus. De todos los algonquines que habitan en la vertiente
laurentina, los de la montaña casi se encuentran en su primitivo estado
a causa de vivir en los bosques o lejos de las ciudades. Los hurones
ocupaban las orillas orientales de la «mar dulce», y al Sudeste, vivían
en las cuencas del _Erié_ y del _Ontario_. A mediados del siglo XVII,
la población huronesa, al Oeste del lago _Simcoe_, llegó a su apogeo y
tenía 32 aldeas. Indican ciertas señales que antes de la fecha citada
poblaban comarca mucho más extensa. Desapareció toda aquella grandeza,
destruída por los valientes iroqueses, hasta el punto que en los mapas
franceses del siglo XVIII, en vez de los nombres de las aldeas, se
lee «nación destruída.» Las tribus neutrales, gentes que intentaron
mantener el equilibrio entre hurones e iroqueses, se hallaban
establecidas en las costas septentrionales del lago Erié y del valle
del Niágara.
Más adelantados los iroqueses que los otros indígenas, construían
cabañas con alguna perfección y cultivaban la tierra. Hallábase el
centro principal de la raza iroquesa en el Sur del lago _Ontario_,
y eran superiores a los otros salvajes, ya por su valor, ya por su
astucia. En ellos se ha querido ver al indio por excelencia. Aunque
los primeros europeos que lograron visitar el Canadá--según algunos
cronistas--fueron los genoveses Cabot (padre e hijo), los españoles
reivindican la prioridad de su descubrimiento para el catalán Agramunt
o Agramonte, a quien siguieron los hermanos portugueses Gaspar y Miguel
Cortereal. Ya en el año 1454, Joâo Var Cortereal, gobernador de la isla
Terceira (una de las Azores en el Océano Atlántico) hubo de visitar la
_terra do Bacalhao_ (Islandia o tal vez Terranova)[5]. De los viajes
de los hermanos Gaspar y Miguel Cortereal, hijos de Juan, se tienen
pocas y vagas noticias. Gaspar debió hacer en 1501 una expedición
hasta la costa del Labrador; se retiró a causa de la insalubridad
del clima, viniendo a parar a las rocas de Terranova. Encuéntrase la
tierra descubierta por Cortereal en los mapas antiguos entre los 50 y
53° de latitud Norte. Al año siguiente volvió Gaspar a continuar sus
descubrimientos con tres buques, teniendo la dicha de tocar en las
playas de la Nueva Escocia o en las de Nueva Inglaterra. Desde allí
mandó dos buques con unos 50 indios. Uno de los buques llegó el 8 y
el otro el 11 de octubre a Lisboa; pero ni de Cortereal ni del tercer
buque volvió a tenerse noticia. Entonces Miguel, también con tres
buques, fué en busca de su hermano y se aproximó asimismo a las costas
del continente, al Noroeste, no volviendo tampoco. Con el objeto de
averiguar lo que había sido de los Cortereal, el rey Manuel de Portugal
envió dos buques; mas todo fué inútil, siendo de creer que murieron a
manos de los indios o víctimas de la furia del mar.
[5] Reclus, _Geografía Universal._--_América Boreal_, pág. 23.
Francisco I de Francia, siguiendo la política de los españoles y
portugueses, dispuso que continuasen las lejanas expediciones. Habiendo
mandado algunas a los Estados Unidos, luego, a instancias de Felipe de
Brion-Chabot, encargó a Jacobo Cartier, viejo e inteligente marino de
Saint-Maló, que se hiciese a la vela (1535). Cartier llegó después de
atravesar mares tempestuosos, a la costa del Labrador, dirigiéndose
desde allí a la pequeña bahía que denominó San Lorenzo, nombre que
luego hubo de aplicarse a todo el golfo y al caudaloso río que en ella
desemboca. Llamóse luego Canadá al país adyacente. Donde hoy se levanta
la ciudad de Quebec, sobre el río San Lorenzo, había grupo de chozas
indias llamado _Stadaconé_, cuyo cacique tenía el nombre de Donacona.
Tierra adentro estaba la capital _Hochelaga_ y que Cartier denominó
_Mont-Royal_ (Montreal). Después de grandes penalidades, pudo regresar
a Francia, partiendo de las playas americanas (16 julio 1536).
Deseando un hijo de Picardía fundar una Nueva Francia en América,
recibió del Rey los recursos necesarios para armar otra expedición.
Llamábase Juan de la Roque, señor de Roberval, y obtuvo el nombramiento
de virrey, nombrando él a su vez capitán general al intrépido Cartier.
Salió Cartier en el año 1541, quedando convenido que Roberval le
seguiría con otros buques. Cuando el virrey entró en el puerto de San
Juan, capital de la isla de Terranova, llegó de regreso su capitán
general. Disgustados ambos jefes, en tanto que Cartier abandonaba
aquellos mares, Roberval tomaba rumbo al Norte, subía por el río San
Lorenzo y echaba anclas junto al Cabo Rojo, donde hizo construir una
fortaleza, molino harinero, horno de pan y almacenes para víveres. Se
echó encima el crudo invierno y con él el hambre y las enfermedades.
Nada más se sabe de la colonia.
Barcas pescadoras francesas, españolas, portuguesas e inglesas, como
también buques balleneros vizcaínos, visitaron las playas de Terranova,
donde adquirieron pieles de oso y de castor o colmillos de foca,
a cambio de cuchillos, abalorios, etc. Tan lucrativo resultó este
comercio, que verdaderas flotas de barcas procedentes de Saint-Maló
acudieron a Terranova, mientras otros especuladores europeos fueron en
busca de los mismos artículos; también iban a la pesca del bacalao, de
cuyo pez, además de la carne, aprovechaban el aceite que se extraía del
hígado.
Por último, constituyóse otra empresa de colonización. El marqués de
la Roche, noble bretón, obtuvo de Enrique IV de Borbón (1589-1610) el
privilegio de colonizar la Nueva Francia y el monopolio del comercio
(1598). Debía posesionarse del Canadá y de otros países comarcanos,
«que no hubieran sido poseídos por ningún príncipe cristiano.» Llegó
a América, estuvo en Sable Island y recorrió otras tierras, volviendo
a Francia y muriendo en la pobreza. Al fallecimiento de la Roche,
Pontgravé, comerciante de Saint Maló, y Chauvin, oficial de marina
emprendieron (1600) el lucrativo comercio de peletería, consiguiendo
grandes utilidades. En el año 1603 se otorgó una patente a Pedro
de Monts, caballero hugonote y gentil hombre de cámara del Rey,
concediéndole la Acadia, esto es, el territorio comprendido desde lo
que hoy se llama Filadelfia hasta más allá de Montreal o desde los 40
hasta los 46 grados de latitud Norte. Obtuvo el monopolio del comercio
de pieles. Anuláronse todas las concesiones análogas anteriores, lo
cual disgustó mucho a los comerciantes de Saint-Maló, Ruán, Dieppe
y la Rochela. Con el objeto de encontrar gente que fuese a tierras
tan lejanas, se le autorizó para llevar, ya a los perseguidos por la
justicia, ya a los encerrados en las cárceles. A bordo de sus buques
iba el barón de Poutrincourt, oficial de la expedición, individuos de
la nobleza, espadachines y ladrones. También le acompañaban sacerdotes
católicos, pues Pedro de Monts se había obligado, sin embargo de sus
ideas calvinistas, a consentir que los indígenas fuesen educados en
la religión católica. El 7 de abril de 1604 zarpó para su destino la
expedición.
En el mismo año de 1603 comerciantes de Ruán organizaron una compañía
y la compañía una expedición. El mando de ella se le confirió al
caballero Samuel de Champlain[6].
[6] Samuel de Champlain (1567-1635) nació en Brogage (Charenta
inferior).
En tanto que el barón de Poutrincourt recibía en calidad de feudo el
puerto y comarca de Annapolis, que él llamó de _Port-Royal_, Champlain,
habiendo explorado la bahía de Fundy, entró en un río en cuya
desembocadura halló pequeña isla; al río le denominó de _Saint-John_:
(San Juan) y a la isla _Sainte-Croix_ (Santa Cruz). En la isla y en
pobres viviendas protegidas por un fuerte se instaló Champlain con 80
hombres, siendo de notar que fué el único lugar habitado por la raza
blanca desde las colonias españolas hasta el polo. Posteriormente
Champlain, en compañía de Monts y de otros caballeros, salió de
Sainte-Croix, y habiendo recorrido toda la costa del actual estado del
Maine sin encontrar sitio a propósito para establecerse, regresó al
punto de partida para marchar hacia Port-Royal, lugar--como antes se
dijo--concedido a Poutrincourt, y donde definitivamente establecieron
la colonia. En rigor, bien puede afirmarse que Port-Royal fué la
primera colonia francesa establecida en el continente americano.
[Ilustración: Samuel de Champlain.]
Habiendo tenido noticia Monts de que en la corte de Francia se le
quería quitar su privilegio, salió del Canadá y llegó a París, donde
pudo convencerse de que no le habían engañado. Por entonces también
Pontgravé abandonó las playas americanas para retirarse a Francia.
Entretanto Poutrincourt, acompañado de Marcos Lescarbot (abogado, poeta
e historiador de excelente relación de los primeros establecimientos
franceses en América), salió en mayo de 1606 y a últimos de julio echó
anclas en el Puerto de Port Royal. Aunque el privilegio concedido a
Monts había sido anulado por las reclamaciones de los comerciantes y
navieros de los puertos de Normandía, Bretaña y Gascuña, sin embargo,
pudo lograr Poutrincourt que Enrique IV le confirmara en su posesión
de Port Royal. Los jesuítas, con su celo catequista, encontraron en
América nuevo y vasto campo de actividad. Asesinado Enrique IV y
habiendo quedado gobernadora del reino su viuda María de Médicis, los
hijos de Loyola contaron con apoyo en la corte. Declaróse protectora
de ellos Antonieta de Pons, marquesa de Guercheville, dama de honor
de la reina, la cual pudo conseguir que el joven Biencourt, hijo de
Poutrincourt, se llevase a América a los dos jesuítas Biard y Masse.
Inmediatamente que Biencourt llegó a América, Poutrincourt marchó a
Francia en busca de recursos. Tuvo que aceptarlos de la citada marquesa
de Guercheville, que también consiguió para Monts la confirmación
de los derechos concedidos a éste sobre la Acadia. Del mismo modo
Luis XIII dió a la marquesa todo el territorio desde el río San
Lorenzo hasta la Florida. La citada dama, o mejor dicho, sus amigos
los jesuítas, eran dueños nominales de la mayor parte de los futuros
Estados Unidos y de las posesiones británicas en la América del Norte,
quedando reducido el señorío del barón de Poutrincourt a una pequeña
isla en aquel vasto imperio.
Convenidos y en la mejor armonía Champlain y Pontgravé, en tanto que
este último se ocupaba en el comercio con los indígenas para cubrir los
gastos de la expedición, Champlain construyó varias casas de madera
protegidas por una empalizada en la parte interior y por una zanja en
el exterior (1608) que fueron el comienzo de la ciudad de Quebec y
también de la colonización en el Canadá. La nueva población se levantó
a orillas del San Lorenzo. Los iroqueses, que ocupaban las cuencas del
Mohawh, Onondaga y Genesee, ríos que se hallan en el actual Estado de
Nueva York, continuaron luchando con sus enemigos hurones. Victoriosos
los primeros, los segundos pidieron auxilio o formaron alianza con
Champlain. Salió Champlain a últimos de mayo de 1609, y subiendo por
el río San Lorenzo y su afluente el Otawa, llegó al campamento de los
hurones. Franceses y hurones pelearon juntos contra sus enemigos.
Los iroqueses, que nunca habían visto guerreros europeos, quedaron
asombrados, dándose a la fuga cuando vieron caer algunos de los suyos
por las balas de los arcabuces franceses. Desde aquel momento iroqueses
y franceses se declararon guerra a muerte, que duró mucho tiempo y
ocasionó horribles crueldades.
Champlain, por su cuenta y riesgo, sin recibir auxilio de la metrópoli,
aunque había ido a París con dicho objeto, construyó a su vuelta en
el sitio que al presente ocupa la ciudad de Montreal un fuerte que
llamó _Place-Royale_. Comprendiendo que el gobierno francés ni se
cuidaba de las colonias ni de los nuevos descubrimientos en América,
se entendió con Monts y con sus competidores, ya para la conservación
y engrandecimiento de las colonias, ya para hacer en común el comercio
de pieles. Entraron en la nueva compañía los comerciantes de Ruán y
de Saint Maló, no los de la Rochela, que eran hugonotes y prefirieron
hacer ellos solos el comercio. El 12 de mayo de 1613 salió para la
Nueva Francia un buque llevando a bordo a los padres jesuítas Quentin
y Du Thet, y al llegar a Port-Royal recibió a los otros padres Biard
y Masse, dirigiéndose todos a la costa de Maine, donde dieron fondo
en una bahía de la isla _Mount-Desert_, cuyo país denominaron _Saint
Sauveur_. Cuando los franceses acababan de establecerse en Saint
Sauveur, el contrabandista Samuel Argall, con su buque de 14 cañones y
con una tripulación de 60 hombres, cayó sobre los nuevos pobladores de
Mount-Desert y después de corta lucha, en la que murió como un héroe el
jesuíta Du Thet, se hizo dueño del campamento y llevó prisioneros a
algunos a Virginia, cuyo gobernador Tomás Dale los trató como si fuesen
filibusteros, y no contento con ello, dió pequeña escuadra a Samuel
Argall, quien redujo a cenizas, no sólo el campamento de Mount-Desert,
sino las colonias de Sainte Croix y Port-Royal. Así terminó la obra de
la marquesa de Guercheville y de los hijos de la Compañía de Jesús.
Creyendo Champlain que el único medio para lograr su objeto--pues poco
podía esperar de la metrópoli--era echarse en brazos de la religión,
acudió al prior del convento de recoletos franciscanos, situado cerca
del pueblo natal del dicho Champlain, con el fin de fundar misiones en
la Nueva Francia. Champlain, al ver que la orden carecía de recursos,
marchó a París; allí pudo conseguir pequeña cantidad de dinero para
comprar objetos sagrados y celebrar con esplendor el culto. Habiendo
el Papa autorizado la misión y concedido el Rey varios privilegios,
partió Champlain, acompañado de los frailes Dionisio Jamet, Juan
Dolbeau, José Le Caron y Pacífico Duplessis, llegando a Quebec a fines
de 1615. Después de encontrar sitio a propósito, Champlain hizo erigir
un convento, en él se levantó un altar y los Padres dijeron misa, la
primera que se celebró en el Canadá.
Comenzaron en seguida los franceses y los indios amigos la guerra
contra los iroqueses. Pasado algún tiempo, el P. Le Caron por un lado
y Champlain con algunos compatriotas suyos y unos cuantos pieles
rojas por otro, emprendieron un viaje de exploración al territorio
amigo de los hurones. Champlain y los suyos visitaron el gran lago
Hurón, pasando luego a la ciudad de Oluacha y a la capital Cahiagué,
encontrando ya instalado en una ermita al misionero P. Le Caron.
Siguieron adelante y pasaron el río Onondaga hasta penetrar en
territorio de los iroqueses. Franceses y hurones pelearon algunos
días, no logrando por cierto ventaja alguna, contra sus enemigos,
retirándose Champlain a Quebec el 11 de junio de 1616. Prosperó poco
la colonia, a pesar de los viajes anuales que hacía Champlain a París
para arbitrar recursos. No pasaremos en silencio que los misioneros
católicos, llevados de su celo religioso, penetraron en el país
valiéndose de sus «mensajeros del bosque» y de los indios convertidos;
pero también conviene no olvidar que al mismo tiempo que predicaban
el Evangelio cuidaban de sus intereses materiales, acaparando en
gran parte el comercio de aquellas comarcas[7]. «Aunque las Patentes
reales iban dirigidas a una verdadera colonización, los individuos que
tomaban parte en tales empresas--exceptuando quizás a Champlain--sólo
se cuidaban del comercio de pieles. Decían aquellos aventureros que
los colonizadores, en lugar de dar vida al comercio, lo mataban.
No procuraban establecer hogares felices para pacíficos colonos, ni
ponían los medios para formar una comunidad mediante leyes justas y
cierto estado de responsabilidad por parte de sus gobernantes; sólo
querían estaciones comerciales exclusivamente para ellos. La colonia
de Champlain, si en sus comienzos se componía de unas 30 personas,
en 1628 ya tenía 150, sucediendo lo mismo con las otras colonias de
_Trois-Riviéres_, _Saint-Louis_ y _Tadoussac_.
[7] Francis Parkman, _The Jesuits in North-América_.
Corría el año 1627 cuando el cardenal Richelieu, ministro de Luis
XIII, prestando oidos a las justas quejas de Samuel de Champlain sobre
el estado miserable de la colonia, su porvenir y la poca confianza
que debía esperarse de los esfuerzos meramente comerciales para el
desarrollo del país, decidió encargarse de los intereses de dicha
colonia. Su plan era crear poderosa compañía que actuase bajo su
inmediata autoridad. De aquí data la existencia de la _Compañía de
Nueva Francia_, más comúnmente conocida con el nombre de la «Compañía
de los bien asociados.» Hacíase notar en el preámbulo del edicto el
fracaso de las anteriores asociaciones comerciales, comprometiéndose
los nuevos asociados a llevar desde el mismo año de 1628 de 200 a
300 colonos, y en los quince años consecutivos un total no menor de
4.000 personas entre hombres y mujeres. El edicto contenía, además,
otras disposiciones útiles, como el mantenimiento del clero para las
necesidades espirituales de los colonos e indígenas. Cumpliendo las
condiciones dichas, la Compañía sería soberana, bajo la autoridad del
rey de Francia, de todas las posesiones comprendidas entre la Florida
y las regiones árticas, y desde Terranova hasta la parte de Occidente
de que pudieran apoderarse[8]. De la Compañía formó parte Champlain,
siendo pronto la primera figura, pues ninguno tuvo las cualidades de él.
[8] También concedió el Gobierno a la Compañía el monopolio
perpetuo del comercio de pieles, y por quince años el de todo
otro comercio.
Aconteció por entonces algo importante. Carlos I de Inglaterra
declaró la guerra a Francia y dirigió contra ella dos expediciones:
una se encaminó a La Rochelle, que tuvo desastroso fin, y otra a las
posesiones francesas del Canadá, bajo el mando de David Kirke. A
principios de 1628, Kirke, con su pequeña flota, consiguió apoderarse,
en la desembocadura del río San Lorenzo, de 18 barcos franceses
que transportaban nuevos colonos y también provisiones, géneros y
pertrechos militares para los de Quebec. Tenemos como cosa cierta que
si el capitán inglés se hubiera decidido a remontar el San Lorenzo con
un par de navíos bien acondicionados, es muy probable que Quebec se
hubiese rendido en el verano de 1628; pero Kirke no deseaba entablar
lucha si podía evitarla, y calculando que la falta de provisiones
reduciría a la corta guarnición en unos cuantos meses al último
extremo, aplazó la acción militar hasta el siguiente año. Sucedieron
las cosas como él esperaba, hasta el punto que cuando se presentó ante
Quebec en julio de 1629, Champlain no tuvo más remedio que capitular.
Durante unos tres años fueron dueños los ingleses de Quebec, bajo el
mando de un hermano de Kirke, teniendo que regresar a Francia Champlain
con la mayor parte de su gente. El 21 de julio de 1629 se izó la
bandera inglesa en la casa de Champlain; pero como anteriormente se
había firmado la paz entre Francia e Inglaterra, el Canadá fué devuelto
a sus antiguos poseedores, haciéndose entrega formal del territorio
en el verano de 1632. La compañía formada por Richelieu hizo poco
de provecho, sin embargo de las sobresalientes dotes que adornaban
a Champlain. Regresó el ilustre francés a Quebec en mayo de 1633,
llevando consigo más de 100 colonos; pero falleció a la edad de sesenta
y ocho años (25 diciembre 1635). Alzóse modesto sepulcro en Quebec a
una de las glorias más legítimas que ha tenido Francia en América.
Recordaremos algunos hechos acerca de las misiones de la Compañía de
Jesús entre los hurones. El superior de los Padres se llamaba Le Jeune.
No sería aventurado decir que la obra civilizadora de los jesuítas
franceses fué más simpática que la de los católicos españoles y la de
los protestantes ingleses. Ellos, con la bondad y el cariño, procuraron
ganarse, aunque frecuentemente no lo consiguieron, las simpatías de
los indígenas. Como tiempo adelante terrible epidemia diezmase las
aldeas iroquesas, los salvajes llegaron a sospechar que los hijos de
Loyola, a quienes consideraban dueños de la vida y de la muerte, habían
introducido las epidemias para exterminar a los pueblos indígenas de
América. Desde entonces fueron los jesuítas objeto de insultos y de
persecuciones.
La casa-residencia que fundaron los Padres hacia el año 1640, a
orillas del río Wye, junto a su desembocadura en una bahía del gran
lago Hurón, era también hospicio, hospital, depósito de mercancías
y fortaleza. Designóse con el nombre de _Santa María_ la citada
colonia. A ella acudían los hurones convertidos, buscando alivio á
sus males, y en el año del hambre (1647) muchos infelices encontraban
alimento en la colonia de Santa María. Pero los enemigos terribles
de los misioneros y de los hurones eran los iroqueses. Cuadrillas de
iroqueses, que aullaban como fieras, penetraban en los pueblos hurones
o en las estaciones de los jesuítas, martirizando con los tormentos más
horribles a los que caían bajo su poder. Llevaban doquiera el espanto
y el terror. El pueblo hurón quedó exterminado en el año 1650, después
de largas y sangrientas guerras con los iroqueses. Muchos misioneros,
entre otros Isaac Joques y Juan de Brébvent, murieron mártires de su
fe. La colonia de Santa María, que ya no tenía objeto, fué destruída
por los mismos misioneros franceses, marchando a Francia algunos pocos
y quedando en el país unos veinte individuos, que sucumbieron no mucho
después.
Mejor suerte tuvo la colonia de Quebec. Sucedió a Champlain en el
gobierno el caballero de la Orden de San Juan, Carlos de Montmagny, el
superior de los jesuítas y un síndico. Al mismo tiempo que se fundaba
en Quebec el Instituto de segunda enseñanza y varias comunidades
religiosas, se echaban los cimientos de la Sociedad de _Nuestra Señora
de Montreal_, con un capital de 75.000 pesetas. Dicha Sociedad alcanzó
de la _Compañía de la Nueva Francia_ la cesión de Montreal, «que venía
a ser--como escribe el Dr. Ernesto Otón Hopp--la llave de los ríos
San Lorenzo, con sus innumerables afluentes desde aquel punto, y el
Ottava»[9]. El Rey confirmó la donación y concedió otros derechos a
la Sociedad; pero le prohibió el comercio de pieles. Los seis socios
contrataron 40 hombres armados y nombraron Jefe de la fuerza al noble
y devoto Maisonneuve, los cuales desembarcaron el 17 de mayo de
1642. El gobernador de Quebec, Montmagny, en nombre de la Compañía
de la Nueva Francia, acudió para entregar al capitán Maisonneuve,
representante de la Sociedad de Nuestra Señora de Montreal, el país
conocido con este último nombre. De la dirección espiritual de la nueva
colonia se encargó el P. Vimont, sucesor de Le Jeune. Comenzóse en
seguida a construir un hospital, fundación piadosa que debía servir
para curar franceses e indios enfermos, lo mismo a unos que a otros.
Tranquilamente se desarrollaba la colonia, hasta que los iroqueses
tuvieron de ello noticia. En acecho estaban aquellos salvajes, y cuando
se presentaba ocasión, caían sobre algún padre jesuíta o sobre algún
otro individuo de la colonia, y le mataban de una manera cruelísima.
[9] _Los Estados Unidos de la América del Norte_, pág.
34.--_Historia Universal de Oncken_, tomo XII.