Algunos medicamentos recetados por el doctor calmaron en pocas horas el
terrible acceso de Sánchez. Se le quitó la camisa de fuerza. Siguiose un
estado de grave postración; se temió por su vida. Pero a los pocos días
se inició la mejoría; no tardó en ponerse bueno, aunque disparatando
cada vez más. Su locura tomó un aspecto apacible. Hablaba de todo con
bastante lucidez menos cuando se tocaba el punto de la antropología. El
médico, temiendo y aun augurando un nuevo acceso de furia, aconsejó a la
familia que lo recluyese cuanto más pronto en alguna casa de salud,
Mario se resistía, lleno de compasión.
--¡Pobre viejo!--decía.--Le vamos a dar la muerte encerrándolo en un
manicomio. ¡Dejadlo al pobre! ¿Quién sabe si irá mejorando poco a poco
hasta ponerse enteramente bueno? Con un par de criados que le vigilen
día y noche todo queda arreglado.
Pero Carlota no quería oír de este arreglo. Su temperamento sano,
equilibrado, rechazaba con profunda aversión toda insanidad del
espíritu. Mientras Mario perdonaba y aun olvidaba el martirio de su
hijo, ella lo tenía grabado a fuego en el corazón; no podía arrojar de
su alma cierto rencor contra su padre, aunque fuese irresponsable.
Tampoco Presentación le había perdonado las quemaduras del rostro. Fue
necesario pensar en el establecimiento adonde le habían de conducir.
Después de varias conferencias se convino en llevarlo a un manicomio de
Carabanchel. Para efectuarlo sin violencia forjaron, como suele hacerse
en tales casos, una comedia. Miguel Rivera fue el inventor de ella. Se
escribió desde Carabanchel una carta al loco, «el más insigne
antropólogo con que hoy contaba la Europa civilizada,» noticiándole la
existencia de cierto individuo que ofrecía en sus funciones vitales
algunas anomalías reversivas con extraños caracteres zoológicos que
hasta entonces no había podido descifrar ningún fisiólogo. Se hacía una
descripción, bastante cómica por cierto, de estas anomalías y se le
invitaba a él, gran anatómico, gran paleontólogo, gran embriólogo, para
que viniese a examinarlo y emitir su opinión.
No bien hubo leído la carta el ingenioso Sánchez, cuando comunicó a la
familia su propósito de trasladarse aquella misma tarde a Carabanchel.
Se aplaudió su decisión: se le facilitaron los medios. Timoteo salió a
alquilar un carruaje. Tanto él como Mario se brindaron a acompañarle y
sus esposas respectivas lo mismo. Miguel Rivera, que estaba allí
casualmente, también quiso ser de la partida.
A las tres de la tarde salieron todos, en un _familiar_, de la calle de
Ramales, célebre ya en todo el orbe, en dirección a la puerta de Toledo.
El día claro y apacible. Saltaba alegremente el carruaje sobre el
empedrado de las calles. El gran fisiólogo iba de humor excelente y
departía sobre su famoso descubrimiento con Rivera, que apoyaba con
vivos movimientos de cabeza sus disquisiciones.
Luego que salieron de la villa y empezaron a correr por la carretera
tuvieron un gracioso encuentro. D. Laureano Romadonga iba de paseo en la
misma dirección en compañía de su querida; una nodriza delante llevando
en brazos un niño. La chula vestía ya de señora con capota y sombrilla:
no le sentaba mal. Por iniciativa de Rivera, al tiempo de cruzar a su
lado sacaron todos la cabeza por las ventanillas y gritaron:
--¡Adiós, D. Laureano! ¡Adiós!
El viejo seductor saludó visiblemente molestado. La chula les clavó una
mirada inquisitorial, agresiva, sin hacer la más leve inclinación de
cabeza.
--¿Pero se ha casado ese hombre?--preguntó Presentación.
--No lo sé--contestó Miguel riendo.--Dicen que sí. Al fin ha encontrado
lo que tanto apetecía: una mujer enérgica. Creo que le da cada pie de
paliza que lo deja verde.
--¡Qué horror!--exclamó la joven estupefacta.--¡Parece mentira!
--¿Mentira? Repárela usted bien.
La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresión tan fiera y
despreciativa que fascinaban como los de una pantera.
--En efecto, debe de ser bien dominante--manifestó Carlota.
--¡Un cabo de vara!--repuso Rivera.--Lo que le hacía falta a ese cínico
que se ha pasado la vida burlándose de todas las leyes divinas y
humanas.
Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentación se quedaron a la
puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emoción. Los
tres hombres subieron con el fisiólogo con pretexto de examinar también
el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortésmente. D.
Pantaleón se dejó conducir por él a otra estancia para conferenciar
secretamente acerca de las anomalías orgánicas del ser que iba a
mostrarle. Trascurrió media hora. Al cabo se presentó de nuevo el jefe.
--Ya está, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.
--¿Ha puesto alguna resistencia?--preguntó Rivera.
--Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que mañana le he
de enseñar el consabido individuo... Hoy no puede ser--añadió
sonriendo;--se encuentra ya durmiendo.
Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario preguntó al fin
tímidamente:
--¿Sería posible verlo sin que él nos viese, antes de irnos?
--No hay inconveniente. Se halla en el jardín en este momento... Pasen
ustedes por aquí.
Los condujo al través de varias estancias y corredores hasta una
puertecita. Abrió un ventanillo que tenía y les invitó a mirar. Miró
primero Timoteo, luego Rivera; el último fue Mario. El ingenioso D.
Pantaleón se hallaba sentado en uno de los bancos de piedra del jardín
rodeado de seis u ocho individuos. Llevaba él la palabra acompañándola
con graves y persuasivos ademanes. Aunque no oían lo que decía,
supusieron con fundamento que disertaba sobre algún interesante problema
antropológico.
Retiráronse al fin en silencio. Todos iban serios. El semblante de
Mario, sobre todo, reflejaba tristeza profunda, una emoción que en vano
trataba de ocultar. Después de dar algunos pasos por el corredor,
todavía se volvió para mirar otra vez por el ventanillo. Le costaba
trabajo arrancarse de aquel sitio donde la compasión le tenía clavado.
Cuando salieron no hallaron a la puerta a Carlota y Presentación. El
cochero les dijo que las dos señoras se habían ido llorando por el
camino de la derecha. No estarían lejos. En efecto, apenas habían dado
algunos pasos las vieron a lo lejos en medio del campo. Sus elegantes
siluetas se destacaban del fondo claro del cielo con líneas bien
recortadas. Ambas se llevaban con frecuencia el pañuelo a los ojos.
Juntáronse los hombres a ellas, y sin decirse una palabra volvieran
lentamente en busca del coche. Marchaban mudos y cabizbajos. Carlota,
acercándose a Rivera, le preguntó al fin en voz baja y temblorosa:
--¿Ha hecho resistencia?
--Nada. Queda muy contento. Tranquilízate. El director nos ha asegurado
que no tardará mucho tiempo en volver sano a su casa.
Mario se había quedado atrás y contemplaba abstraído la puesta del sol.
El cielo estaba azul. Sus profundidades se extendían sin nubes sobre su
cabeza. Pero la brisa del Norte había amontonado allá en el horizonte
montañas flotantes de nubes de fuego formando fantásticas ciudades,
cuyas flechas y cúpulas resplandecían temblorosas al través de una gasa
azul. La campiña estaba dormida: el aire callado. La tierra se extendía
desnuda y árida.
La bóveda celeste brillaba como un inmenso fanal de luces de oro,
sublime, infinito, envolviendo los mundos que pueblan sus abismos y
soledades profundas. Algunas estrellas azuladas se encendían tímidamente
en los confines del Oriente. Desde el Occidente el ojo sangriento del
sol las miraba severo.
El sol se acostaba en un mar de púrpura, sobre un vapor flotante y
encendido, exhalando sus ardores de reposo y de amor. Balanceábase
majestuoso sobre las nubes resplandecientes con melancolía infinita,
escuchando graves y sublimes armonías que no llegarán jamás al oído de
ningún mortal. El manto carmesí de la tarde tachonado de estrellas caía
de las profundidades del firmamento.
Ante el esplendor glorioso de aquel ocaso Mario permaneció inmóvil de
sorpresa y admiración. En el paisaje no había más que luz, pero la luz
bastaba para llenar de colores y formas el cielo y la llanura. Allá a lo
lejos las torres de Madrid temblaban en un vapor azulado debajo de la
fantástica ciudad flotante de las nubes.
La noche llega. ¡Oh, quién pudiera vagar por las regiones del aire entre
las brisas y los rayos de luz! El joven artista sintió una emoción
intensa que enajenó su alma y la suspendió en un paraíso de inmortal
claridad y alegría.
--¡Oh, quién fuese una de esas nubes de oro--pensó--para hender con mis
alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir
el fresco rocío sobre las flores dormidas! ¡Oh, quién pudiera huir sobre
las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las
noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el frío de
la vida hiela mi corazón. ¡Glorioso sol, llévame contigo, llévame por
encima de las montañas y las olas, sobre las verdes llanuras y las
espumas del Océano; llévame lejos del triste sueño de la existencia, a
reposar bajo tu pabellón tejido de estrellas! He visto a mi hijo
inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ahí
queda infligírselos por un impulso fatal. Mi espíritu sangra y no
comprende nada. ¡Glorioso sol, arrástrame contigo; condúceme al templo
de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo
seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se
apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu
presencia a esta mísera tierra encadenada a su feroz egoísmo, a su
tristeza y oscuridad...
Un estremecimiento de anhelo sacudía, el cuerpo del escultor. Su faz
parecía iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la
emoción: en sus ojos extáticos, clavados en el cielo, temblaba una
lágrima.
--¿Qué hace Mario allí parado?--preguntó Carlota volviendo la vista
atrás.
Rivera se volvió también y, al observar la actitud contemplativa del
artista y la extraña expresión mística de sus ojos, comprendió lo que
pasaba en su alma.
--Déjalo--manifestó gravemente.--Tu marido quizá sepa en este momento
dónde se halla el origen del pensamiento.
--¡No, por Dios!--exclamó la fiel esposa, asustada, corriendo hacia él.