Don Pantaleón se hallaba en el período de fiebre que suele preceder a
los grandes descubrimientos. No comía, no dormía, no sosegaba. Pasaba
pocas horas en el laboratorio. Los preparados y el microscopio ya le
habían dicho la última palabra. Su pensamiento corría desatado en busca
del misterioso origen, esperando una feliz casualidad como las que han
entregado muchas veces los secretos de la Naturaleza a los hombres de
ciencia. Discurría horas y horas al través de las calles, o por las
afueras, abstraído, ojeroso, inquieto, torturado por recónditos anhelos
de indagación, incomprensibles para los seres que cruzaban a su lado.
Sin embargo, aquel largo, vueludo gabán, que el gran antropólogo gastaba
desde su memorable conversión a las ciencias positivas, llamaba la
atención de los transeúntes. La llamaba especialmente cuando el viento,
introduciéndose entre sus pliegues, lo agitaba. Entonces el insigne
fisiólogo tomaba la apariencia de un negro bergantín desplegando sus
velas para alguna lejana región desconocida. Los transeúntes, al hacer
esta observación, se hallaban muy lejos de sospechar que tal fugaz
apariencia era un símbolo. Porque Sánchez, en las altas esferas de la
indagación científica, marchaba osadamente a regiones jamás exploradas
hasta entonces.
Una cosa le preocupaba hondamente en aquellos días. Había leído en un
libro reciente que el pensamiento debía de producirse en el cerebro por
medio de continuas explosiones, trasmitidas desde las células por las
fibras nerviosas. No lo creía; más aún: lo rechazaba indignado. Ya
sabemos que su teoría era la de la destilación. Pero necesitaba
demostrarla con pruebas irrefragables, necesitaba convencer al mundo de
la inepcia de los fisiólogos sus predecesores. Sólo sorprendiendo al
cerebro en funciones podía lograrse este resultado, que llenaría a los
hombres de felicidad y le coronaría a él de gloria.
¿Cómo alcanzar semejante sorpresa? He aquí el pequeño obstáculo en que
tropezaba este gran hombre. La primera idea que se le ocurrió fue
notabilísima, como todas las que brotaban de aquel cerebro privilegiado:
valerse de los reos condenados a muerte para una experimentación
adecuada. En este sentido llegó a escribir un artículo luminoso que
envió a los _Anales de las ciencias naturales_, ya que sus revistas _El
mundo orgánico_ y _El mundo inorgánico_ no se publicaban hacía tiempo
por falta de dinero. Desgraciadamente no fue posible insertarlo, ni allí
ni en otra revista extranjera adonde lo remitió. Los celos de sus
colegas le perseguían, como ha sucedido siempre en tales casos. El
ingenioso Sánchez sabía de largo tiempo atrás que existía una formidable
conjuración de antropólogos españoles, con ramificaciones en varios
puntos del extranjero, para destruir o evitar que se propagasen los
resultados de sus investigaciones. Así que no le sorprendió aquella
nueva contrariedad. A pesar de sus indignos perseguidores, estaba seguro
de llegar donde se había propuesto.
Pensó después encontrar algún hombre generoso, dispuesto a sacrificar su
vida en aras de la ciencia. Lo buscó con afán; pero no fue posible
hallarlo. Moreno, a quien propuso indirectamente y con muchas reservas
hacerle un agujero de siete milímetros de diámetro en el cráneo, por el
frontal, rechazó irritadísimo la proposición y se mostró desde entonces
tan huido que apenas lograba echarle la vista encima.
Entonces el ingenioso Sánchez, devorado por la pasión científica,
anhelando escrutar aquel gran misterio y temiendo fundadamente que si
retrasaba su descubrimiento algún otro sabio, nacional o extranjero, le
cogiese la delantera, en un rapto de admirable heroísmo, resolvió
ejecutar sobre sí mismo la experimentación. No se le ocultaba que
corría grave riesgo de morir; mas, en el caso de que esto sucediese, la
humanidad no perdería ninguno de los datos que había adquirido para su
gran descubrimiento. Escribió previamente una larga memoria donde se
apuntaban con toda claridad. Llegó el momento al fin. Encerrose en su
laboratorio; se colocó delante de un espejo con todos los instrumentos
necesarios al alcance de la mano. Y tomando la barrena fatal, comenzó a
horadarse la frente. La mucha sangre que brotaba le cegó. En vano se la
enjugó una y otra vez: necesitaba tener los ojos cerrados, lo cual hacía
inútil la operación. Además, cuando la barrena tocó en el hueso, el
dolor se hizo irresistible. Estuvo a punto de perder el sentido.
Suspendió el experimento y pensó si sería mejor que otro lo efectuase.
Pero en tal caso no sería él quien sorprendiese el misterioso origen del
pensamiento, sino el operador. Nada podría revelar por su cuenta.
Además, la operación necesitaba llevarse a cabo con cloroformo: de eso
estaba bien seguro. Una vez cloroformizado, sus facultades mentales
quedaban en suspenso. ¿Para qué valía entonces el agujero?
Se puso un trozo de aglutinante sobre la herida; vendose la frente con
el pañuelo y se dejó caer en una butaca. La tristeza y el desaliento se
apoderaron de aquel hombre ilustre. Era forzoso renunciar a la gloria
del gran descubrimiento que había de resolver de una vez todas las
dudas, que confundiría para siempre las insensatas aspiraciones de los
idealistas y metafísicos. Tal vez ¡oh dolor! no se pasaría mucho tiempo
sin que otro sabio tuviese la fortuna de hallar quien se prestase a
exhibir el cerebro voluntariamente; y entonces el nombre de aquel sabio
brillaría eternamente al través de las edades, mientras el suyo
eternamente quedaría sepultado en el olvido.
La voz dulce como un gorjeo de su nietecito Mario le sacó del letargo
doloroso en que yacía. El pequeño Mario solía subir a la guardilla a
interrumpirle en sus largos y profundos trabajos. Para el fisiólogo era
un descanso la llegada del niño. Le besaba, se entretenía algunos
instantes en charlar con él, y cuando le parecía que había robado
demasiado tiempo al estudio de la _sustancia gris_, le decía empujándole
hacia la puerta:
--Anda, chiquito, baja con tu abuelita, que yo no puedo perder un solo
minuto.
Dejole llegar hasta sus rodillas y le acarició distraídamente pasándole
la mano por los cabellos. Mas al tropezar sus dedos con la tersa frente
de la criatura quedó súbito paralizado. Sus grandes ojos opacos
brillaron con extraño fulgor. Incorporose vivamente y se llevó ambas
manos a las sienes como si temiera que por allí fuera a salir algo grave
y terrible que convenía tener encerrado. Se alzó de la silla y comenzó a
dar agitados paseos por la estancia. De vez en cuando se paraba delante
del niño y le clavaba una mirada ansiosa, profunda.
--Abuelo, ¿por qué me miras así?... ¿He sido malo?
--¡No, hermoso mío, no!--respondió el antropólogo cambiando de expresión
y volviendo a su benévola sonrisa habitual.
Tornó a pasear, y otra vez se detuvo frente a su nieto y le cogió la
cabeza con sus manos trémulas, febriles.
--¿Por qué me palpas, abuelo? ¡Si no tengo nada en la cabeza!... No me
he caído.
--¡Oh, sí!... ¡Aquí está! ¡aquí está!--exclamó con expresión concentrada
de rabia y de dolor el ingenioso Sánchez.
--¡No, no! ¡No hay nada! De veras no tengo nada, abuelito.
--¡Sí, sí! ¡Aquí está el gran misterio!... No hay más que abrir y
mirar... Pero yo no puedo mirar; yo, que he hecho dar tales pasos
gigantescos a la ciencia, me veo precisado a detenerme delante de esta
pequeña barrera... Necesito cruzarme de brazos y aguardar con paciencia
que llegue otro a recoger la gloria del descubrimiento... ¿Y para esto
he pasado los días y las noches contemplando con el microscopio los
cerebros de tanto organismo? ¿Para eso he comprado a peso de oro a los
mozos del hospital la masa encefálica de más de un cadáver?...
Su exaltación al proferir estas palabras era inmensa. Enrojeciósele el
rostro y sus ojos se inyectaron mientras con las manos crispadas
palpaba la cabeza del niño. De tal modo que éste, asustado, se echó a
llorar. D. Pantaleón recobró instantáneamente la calma y, abrazándole y
besándole, le bajó acto continuo a su casa.
Pero no sosegó desde entonces. Un pensamiento fatal le perseguía, le
atormentaba sin cesar. De día se le clavaba en el cerebro impidiendo la
entrada a otra idea cualquiera; de noche le despertaba con sobresalto y
le hacía pasar largas horas sin reposo revolcándose en el lecho,
sintiendo la sangre hervir y murmurar dentro de las venas y la frente
bañada por grandes gotas de un sudor frío. ¡Qué tormento espantoso! De
un lado la ciencia, los intereses de la humanidad, la gloria
inmarcesible de la más grande conquista que haya llevado a cabo el
entendimiento humano: de otro lado, la ternura instintiva de todo animal
a su progenie, los respetos tradicionales, las convenciones sociales.
¡Oh, si pudiera arrancarse de una vez toda ridícula preocupación y,
contemplando serenamente el pro y el contra de cada asunto, decidirse
por lo más útil!
En pocos días aquel hombre ingenioso se desmejoró visiblemente. Sus
grandes ojos melancólicos se hundieron, la nariz se afiló, las mejillas
se plegaron y todo su inteligente rostro antropológico adquirió un tinte
sombrío de dolor y desfallecimiento que puso en alarma a la familia.
Pero no quería oír que estaba enfermo. Se encontraba perfectamente. Su
abatimiento dependía del exceso en el estudio.
Al fin, como era de esperar, el interés de la ciencia predominó sobre la
lepra tradicional del sentimentalismo. Cierta mañana, después de haber
pasado una terrible noche de insomnio, noche de fiebre y terror en que
de todos los rincones de la estancia acudieron flotando grandes figuras
sombrías a incitarle a proseguir en su obra de regeneración; en que
escuchó voces proféticas que le anunciaron gloria inmortal, se arrojó
violentamente del lecho dispuesto a todo. ¡A todo!
Observó, vigiló, espió los pasos de su familia con astucia sorprendente.
Trascurrieron varios días sin que pudiese ejecutar su resolución, en
forma que no se descubriese. Al cabo cierto domingo, hallándose
apostado en uno de los portales de la calle Mayor, vio salir a las
criadas de su hija con el pequeño Mario. Siguiolas de lejos hasta el
Retiro. Allí, ocultándose detrás de los troncos de los árboles, estuvo
en acecho largo rato. El niño al fin en una de sus escapatorias acertó a
pasar junto a él. Le llamó, le besó, y rápidamente le arrastró consigo
lejos para comprarle confites. Cuando estuvo a buena distancia de las
criadas comenzó a seguir los caminos más extraviados del parque, y por
ellos fue a salir a Atocha. Desde allí, dando un gran rodeo para evitar
las calles céntricas, se trasladó a su casa. El pequeño se quejaba de
cansancio, lloraba. D. Pantaleón le cogía a ratos en brazos.
Antes de llegar a la puerta el fisiólogo dejó al niño en la acera solo,
después de cerciorarse de que no había nadie observándolos, y
adelantándose con premura ordenó a la portera que fuese a comprarle
cigarros mientras él se quedaba al cuidado. Salió la mujer al
estanquillo, que estaba a la derecha de la casa. Mientras tanto él cogió
al niño, que se hallaba a la izquierda, y más ligero que un gamo subió
a la guardilla. Inmediatamente, encargándole que le aguardase sin
chistar, bajó al portal y allí recibió los cigarros que la portera le
trajo. Luego, con la mayor tranquilidad, subió de nuevo a su
laboratorio.
¡Momentos de amarga felicidad para el sabio! Tenía en su poder el
instrumento que tanto apetecía. Iba por fin a sorprender el gran secreto
de la Naturaleza. Pero esta grandiosa invención costaría la vida tal vez
a una criatura de su misma sangre. Una agitación irresistible se apoderó
de su cerebro. Los lóbulos todos debían de hallarse en descompasado
movimiento. Presa de horribles vacilaciones, de temor, de anhelo y
compasión, se sentó delante de una mesa y metió la cabeza entre las
manos mientras el niño, en completa libertad, curioseaba por la estancia
enredando con los objetos que estaban a su alcance.
El ingenioso D. Pantaleón salió de su ensimismamiento para mirar el
reloj. Eran ya más de las seis. No tardarían en llamarle para comer. No
había más remedio que dilatar el experimento, tanto por esto cuanto
porque convenía hacerlo a la luz del día. Cogió a su nieto, y sin
decirle palabra lo llevó hasta una pieza que había debajo del alero del
tejado y servía de trastera. Al abrir la puerta y ver aquella cueva
tenebrosa, el niño retrocedió asustado.
--No, yo no entro ahí, abuelito.
--¡Silencio!--exclamó el antropólogo con terrible mirada. Y sacando al
mismo tiempo del bolsillo del gabán un enorme cuchillo resplandeciente,
añadió:--Como digas una sola palabra te corto ahora mismo el cuello.
El niño quedó paralizado por el terror. Hizo un pucherito y pronto
rompería a gritar si el fisiólogo con certero movimiento no le hubiese
tapado la boca. Sujetole al mismo tiempo por el cuerpo y lo metió en la
trastera de golpe. Tomó del suelo una mordaza y un cordel que allí tenía
preparados; le puso la primera; atole con el segundo las piernas y los
brazos y lo dejó tendido boca arriba sobre un felpudo diciéndole:
--No te muevas. Si haces el más pequeño movimiento, hay ahí unos
ratones que vendrán a comerte las narices.
Cerró la puerta, apagó la luz y se bajó a su casa, sentándose poco
después a la mesa con la tranquilidad que otras veces. Pero apenas se
habían sentado llegaron las criadas de Carlota con la noticia de la
desaparición del niño. Alarmose la casa vivamente. D.ª Carolina corrió
desalada a la de su hija. D. Pantaleón se vio precisado a acompañarla.
No le fue posible volver hasta las altas horas de la noche. Dejó a su
esposa acompañando a Carlota y vino pretextando una indisposición. Tomó
del comedor algunos comestibles, pan, leche, pastas y subió de nuevo
cautelosamente a su laboratorio. Abrió la puerta de la trastera, desató
al chico, y amenazándole de nuevo con el cuchillo si daba una voz le
quitó la mordaza. Le mandó comer. La infeliz criatura, entumecida, fría,
aniquilada por el miedo, no pudo hacerlo. D. Pantaleón le introdujo a la
fuerza algunas galletas en la boca y le hizo beber unos tragos de leche.
--¿Por qué me has atado, abuelito?--articuló al fin el niño.--Yo no
hice nada. Llévame con mamá.
D. Pantaleón le miró fijamente. Por sus ojos pasó un relámpago de razón.
Le trajo hacia sí, abrazole tiernamente y le besó con efusión repetidas
veces. El niño, animado, repitió:
--Llévame con mamá. Me has hecho mucho daño, abuelito, con el cordel.
Papá no me ata ni me encierra.
Aquel relámpago inteligente se desvaneció en los ojos del viejo. No
quedó más que una triste expresión de extravío y ferocidad.
--Tu papá es un ser frívolo, un hombre desequilibrado que prefiere
sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrás en la evolución. Yo
no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar más
tarde o más temprano con este cuchillo.
--¡No! ¡No mates a papá!--exclamó el chico aterrado, viendo a su abuelo
blandir el arma con ademán sanguinario.
--¡Silencio!--profirió con voz ronca aquél.--La ley de la selección se
cumplirá... Tú también morirás quizá, pobre niño, pero tu nombre vivirá
eternamente unido al mío en los anales de la ciencia y en el
agradecimiento de la humanidad.
Dicho esto con brusco ademán le puso de nuevo la mordaza, arrastrole
hasta la trastera, le amarró otra vez y le dejó como antes estaba
tendido sobre el felpudo.
Al día siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le
encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico,
que sólo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle
algún alimento. Además, tenía miedo de engendrar sospechas si se
retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la
energía y la astucia que desplegó durante aquellas críticas
circunstancias.
Nada se logró en todo el día del lunes ni en toda la noche. Las
esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban
desfallecidos al dolor y gemían por los rincones de la casa menos la
valiente Carlota, cuya actividad crecía a medida que las esperanzas
mermaban. Acompañada del inspector y algunos guardias recorría
incesantemente los parajes más apartados en pos de cualquiera vaga
noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.
Mientras tanto, D.ª Carolina y Presentación experimentaban fuertes
ataques de nervios. El mismo Mario se veía necesitado a apelar a los
antiespasmódicos para no ser presa de ellos.
Amaneció por fin el martes. El ingenioso Sánchez, sintiéndose olvidado,
comprendió que había llegado el instante de realizar su famoso
experimento, tanto más cuanto que el estado de la criatura ofrecía ya
temores. Una de las veces que fue a desatarlo lo halló privado de
sentido. Necesitó hacerle respirar algunas esencias y frotarle
vigorosamente encima del corazón para volverle a la vida.
A las once de la mañana subió el antropólogo a su laboratorio, echó
cuidadosamente el pestillo de la puerta y se dirigió al oscuro desván
donde yacía su nieto. Había llegado el momento supremo. Desatolo, le
quitó la mordaza y, después de reanimarlo con palabras y caricias, lo
llevó a la pieza más clara de la guardilla y lo sentó sobre una mesa
que tenía al objeto preparada. El estado del pobre niño inspiraría
compasión a una fiera. Pálido el rostro como la cera y descompuesto, los
ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos
trémulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, parecía
realmente que iba a exhalar el último suspiro.
Ya no hablaba, ya no imploraba como antes. El fisiólogo lo contempló con
expresión de sorpresa, como si por primera vez le viese en aquel
momento. Volvió a brillar en sus ojos opacos la luz de la razón. Su faz
se enrojeció fuertemente, sus labios temblaron, tapose la cara con las
manos y gritó con un sollozo:
--¿Quién ha sido; quién? ¿Quién ha puesto así a mi nieto?... Alguno de
esos infames que me persiguen... ¡La cabeza me arde!... ¡Quitadlo,
quitadlo de aquí! Que yo no lo vea... ¡No, no! ¡no he sido yo! Ha sido
un malvado fisiólogo que quería hacer con él un experimento... ¡Matadlo!
¡Matad a ese asesino!...Me ha robado mi nieto... Me ha robado el
descubrimiento. ¡Matadlo! ¡matadlo!
Después de este rapto de exaltación quedó tranquilo. Paseó con extravío
sus ojos por la estancia, convirtiolos a su nieto, y su faz reflexiva se
fue serenando poco a poco.
--¡Es preciso! ¡es preciso!--repitió sordamente. Y dirigiéndose a su
nieto, exclamó con acento profético:--¡Alégrate, hijo mío!... Los
dolores que has padecido y los que vas a padecer serán los más
fructíferos que haya experimentado jamás hombre alguno. Con ellos
comprarás la inmortalidad. Tu nombre, unido al mío, se repetirá de
generación en generación al través de las edades. Ni Colón, ni Galileo,
ni Arquímedes han prestado a la humanidad un servicio como el que tú y
yo vamos a prestarle...
--Dame agua--dijo con voz débil el niño, dejando caer su cabecita hacia
atrás.
D. Pantaleón se la alzó; pero como no podía ya sostenerse sentado, lo
tendió sobre la mesa y fue a buscarle agua.
El fuego de la inspiración ardió de nuevo en las pupilas del sabio. Un
estremecimiento poderoso sacudió su cuerpo. En un instante juntó los
instrumentos que le hacían falta; trajo esponjas, agua, paños. Después
de echar una profunda mirada investigadora al microscopio y cerciorarse
de que estaba limpio y preparado, sujetó al niño a la mesa con una larga
cuerda. Se detuvo unos momentos. Luego, con rápido ademán, tomó la
mordaza y fue a ponérsela...
En aquel instante un golpe violentísimo hizo saltar el pestillo de la
puerta. Batió ésta con estrépito contra la pared. Escuchose un grito
extraño, desgarrador; y unas manos crispadas se agarraron como tenazas a
la garganta del fisiólogo.
Éste y su yerno rodaron por el suelo. Fue una lucha furiosa, terrible.
Las sillas se volcaban; la palangana, las retortas y los frascos caían y
se hacían cachos. Los gritos, las imprecaciones de uno y otro aumentaban
el fragor del combate. Parecía que había veinte hombres luchando en
aquel pequeño recinto.
No era fuerte Mario, pero la defensa de su hijo quintuplicaba el vigor
de sus músculos. D. Pantaleón era un anciano, pero el estado de
exaltación de sus nervios le prestaba una fuerza portentosa. Por algunos
momentos la lucha se mantuvo indecisa. Varias veces cayeron el uno
debajo del otro y otras tantas se alzaron. Los gritos se fueron
apagando. El combate se hizo sordo, feroz, desesperado. La voz dolorida
del niño, amarrado a la mesa, repetía sin cesar:
--¡Abuelito, deja a papá!... ¡deja a papá!
El loco al fin fue adquiriendo alguna ventaja. Las fuerzas de Mario
mermaban. Sus dedos cedían: el peso y el volumen de D. Pantaleón le
asfixiaba. Logró éste al fin ponerse encima de él y sujetarle.
--¡Ya eres mío! ¡ya eres mío!--gritó lanzando feroces carcajadas.--Ahora
voy a verte el cerebro. ¡Aguarda un poco!
Y le oprimía con sus rodillas el pecho. De tal suerte que el infeliz
escultor hubiera perecido si Miguel Rivera no entrase en aquel momento.
Con su ayuda pudo levantarse, y con la de los vecinos que acudieron al
ruido se logró sujetar al loco y atarlo con la misma cuerda que
aprisionaba a la desgraciada criatura.