LA MUERTE DEL MUERTO

La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo

abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos

preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme

arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el

estigma de mi existencia.

¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme

atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.

Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun

espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad,

escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos

timoratos.

Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron,

fielmente.

Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la

calle Estados Unidos, de Buenos Aires.

Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.

Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.

Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de

profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba

sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una

frase de expansión o de confianza.

Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que

inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren.

Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en

silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y

bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y

respetable.

Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones

íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su

pieza, por librarse de la gente.

Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que

siempre merecí calabazas en inglés.

Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la

palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.

No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el

director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un

síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.

Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias

previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle

Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente

dormido en la eternidad.

El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.

Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre

las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el

arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.

Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín,

en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin

agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de

cierto poema que pensaba escribir.

Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un

pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el

patio.

Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero

estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho,

ahogando el ruido, como habrá de verse luego.

Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la

cabecera contra la pared del fondo.

Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un

confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una

Biblia y algunos libros ingleses.

Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la

cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la

sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos

pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.

¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en

aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!

¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién

sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!

Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa

de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.

Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un

afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se

agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.

Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con

elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y

noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme

decisión de voluntad.

De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore

se habían abierto...

¿Sería posible?...

Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me

acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.

Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos

y sombras.

Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando

inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al

galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!

Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con

imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.

En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en

tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en

vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de

mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se

sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante,

absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o

gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso,

que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.

Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante,

fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo

vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que

no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía

asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...

Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una

pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie

descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en

abanico!

¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin,

rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome

impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie

junto a la cama!

¡No pude más!

Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de

terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una

bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.

Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a

poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del

peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese

oído el ruido.

Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie

acudió.

¡Mi delito quedaba impune para siempre!

Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis

condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de

Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.

Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera

resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico

acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme."

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