--Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,--le dije al
ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes
adecuados.
El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas,
el alcohol y demás cosas necesarias.
--Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva
para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a
contraluz.
En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.
--¡Es singular!--objeté,--pues ayer mismo la estuve mirando en el
fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?
--_¡Non signore!_
--Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los
alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.
La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del
Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de
Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.
Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a
buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del
microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a
caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche
que lo encontré por una calle haciendo eses.
No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era
tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde
el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le
descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo
saltar del Colegio.
Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una
cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez
amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era
barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy
largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si
se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de
tristeza en la mirada.
Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y
experimentado.
Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista
Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y
después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.
Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves,
entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección
de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini
hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un
loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.
Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas
piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las
tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.
--Tenga usted más cuidado, Escalandrini--, le dije al
ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.
Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como
escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de _crótalus_, que
sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni
por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse
desgarrados.
--Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque
dil_ gabinete--, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y
expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la
expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras;
circunstancia que no dejó de impresionarme.
Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.
Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.
Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se
entraría de noche, y con vela.
No pregunté nada.
En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo,
buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los
estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,--se conocía--,
con sumo cuidado.
Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...
Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga,
a develar el misterio de un temperamento.
En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se
cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado
la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos
esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó
de través, y el hombre quedó manco.
Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a
auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública
y allí le contuvieron la hemorragia.
Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano.
Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín,
pero no la hallaron. La mano se había extraviado.
Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios
perros que olfateaban la sangre...
Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:
--Parece que un perro se la ha comido...
* * * * *
La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran
sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros,
llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...
Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado
por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.
De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En
eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo
mayor.
El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de
alcohol y de gula bestial.
Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada
le cercenó el abdómen.
* * * * *
Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta
a los trogloditas antropófagos.
Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelandés educado en Londres,
que se comió viva a una niña de cinco años.