EL SUICIDIO DE BURELA

El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del

cerro, que conduce al Redentor.

Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó

la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez.

He aquí el caso:

Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en

trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía

descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo

Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.

No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla.

--¡Hola, Dávalos!--me dijo.--¿Qué andás haciendo?

Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo

Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo

enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y

una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por

un agujero apical del incoloro chamberguito.

Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un

monstruoso "acullico" de coca.

Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el

vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.

Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada

inseparable y vecino de barrio.

Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un

escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de

_Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un

telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.

Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a

los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él

le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente;

con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con

manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por

la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día

concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un

ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.

--Yo voy allá arriba--le contesté.--Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te

hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?

Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:

--Soy socio de Vago Hermanos y Cía...

Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que,

sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.

--No tengo casa en el pueblo--añadió.--Van dos meses que vivo aquí en

el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.

Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del

pantalón:

--Estoy dispuesto a no sufrir más--me dijo, hablando con calma.--Ayer

traje esta piola para ahorcarme...

Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un

sollozo harto húmedo.

Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias,

uñas negras y crecidas.

--¡Cáspita!--exclamé.--¿Y porqué no te ahorcaste ayer?

--No quiero morir de noche,--contestó con melancolía.

Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban

deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me

rozó el cerebro, como una ala negra.

--Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te

ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no

puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!

Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.

--Ahora a buscar un árbol.

--¡Allí!--respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome

uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.

Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al

pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.

El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul,

el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el

chamberguito barranca abajo.

Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida

y prenda de gratitud.

Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una

horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por

roldana, saltó al aire.

Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la

cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta

a la eterna vida.

Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.

El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.

Yo había cumplido un deber de amistad.

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