Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo,
gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos
irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor,
todo misterio debe encerrar.
Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos
supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de
sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil
de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta.
Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a
referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo
extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de
mis convicciones.
El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa.
Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que
tenía el apodo de _Chivo Pedro_. Ciertamente, aquel señor de cara
morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo,
con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos
de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban
además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos
nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el
inevitable apodo.
Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la
esperanza de salvarle.
Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe
rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues
mi familia estaba en el campo.
Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había
alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio
silbando, y entré en mi cuarto.
Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me
quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del
patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas
y de silencio.
Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.
No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que
me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me
abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa
ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra,
junto a los ojos saltados del agonizante.
Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo
un zapallo.
De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un
murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome
de paso, desapareció con un débil chillido.
La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi
espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la
puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que
estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite,
se pusiese a chillar.
Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su
mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en
los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.
Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.
Ya no pensaba en nada. Solamente oía.
Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El
grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el
corazón en desórden.
Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló
contra una pared y se dobló con ruido desigual.
¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!
Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso
instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el
patio y avanzó en dirección a mi cuarto.
¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media
habitación!
Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían
ser de gente!
Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré:
¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me
observaba, rumiando con espantosa impavidez.
Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia,
asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció
en la sombra.
Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había
sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la
panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad,
escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta
de casa de la panadería.
Por la mañana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche.