En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en
decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo
común ricos doctores y acomodados artesanos.
Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor
con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero
comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en
garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo
techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la
camisa.
El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias
dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite
el acceso a cualquiera de ellas.
La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y
barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura
van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de
ladrillos.
En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de
empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave
cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un
alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico,
de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las
condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus
gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros
limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se
bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde
rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro
cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.
La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se
mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para
ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en
intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que
no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar
con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le
pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite
entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.
Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo
ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace
preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en
éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que
el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo
equilibran.
Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que
corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar
sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua
a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a
diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la
taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.
El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de
sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al
morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo
que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder
la golilla y no la cabeza.
Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre
animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le
hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo
han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le
untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la
superchería de creer que por este medio el contendiente dispara,
avisado por el instinto.
Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el
juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se
respeten los compromisos.
Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una
gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.
Suena una campanilla.
Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen,
esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada
por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su
campanilla. La riña va a empezar.
Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el
pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.
El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras.
Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón,
y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los
botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un
digno silencio, prueba de sendos temores.
La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña.
Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo
embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran,
arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas
semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los
dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo,
cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la
seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa,
de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.
Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la
heroicidad es la misma.
A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores
se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la
cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario.
De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le
encaja con fragor las chuzas en el cráneo.
El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto.
El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las
tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó!
Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el
uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al
corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron
que había muerto de rabia.
El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la
arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si
está acobardado, vencido al empezar la pelea.
Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores,
resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes
en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las
heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del
horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien
sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo.
Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no
se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria,
según una prudente cábula profesional.