UNA PROCLAMACION

Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una

noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la

noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.

Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y

patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de

la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos

del candidato.

Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el

haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato.

Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de

los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos

cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto

gringo que habló en el teatro, y que se fué.

Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay

que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.

¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del

elector.

* * * * *

Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento

de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.

Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia

la tanda de los discursos.

La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales

doscientos por lo menos están beodos.

El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción,

caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de

cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus

alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.

Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es

a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es

decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al

botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que

su instinto presiente como signos de excelencia.

Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y

exclama en alta voz:--¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...

Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le

muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado,

vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín

que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe

de grasa y de sudor.

En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención

de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica

inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos

se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más

en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el

vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.

El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se

mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse

apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en

vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.

Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente,

vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el

pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de

libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración

política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.

Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido,

y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar

de hallarse afiliados.

Y exclama con gran énfasis oratorio:

"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan

tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer

nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el _cuarto

oscuro_? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin

vergüenza?"

Una voz aguardentosa replica a gritos:

--¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza!

¿Sabe?...

Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos

dicen siempre la verdad.

Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el

día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.

Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que

aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de

las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca

de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá

mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del

lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.

Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.

Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo

irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.

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