La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya estaba bien.--Habla el
Libertario.
Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.
La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron
desoladas.
--¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?
--Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está
desmayado.
Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y
llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando
en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.
--¿Cómo está?--le preguntó la Salvadora al médico.
--Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se
encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.
Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche
durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía
bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del
agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no
alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la
respiración.
La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al
enfermo.
Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.
--Vete tú también á la imprenta--dijo la Salvadora á Manuel--; si pasa
algo, ya te avisaré.
Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la
Salvadora:
--¿Se ha marchado Manuel?
--Sí.
--Me alegro.
--¿Por qué?
--Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está
deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.
Quedó la Salvadora azorada con la noticia.
--¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?--preguntó.
--Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.
--Yo no, yo no se lo digo.
--Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.
--No, no le despiertes.
--Déjame.
En aquel momento sonó la campanilla de la casa.
--Aquí está--dijo la Ignacia.
Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la
Salvadora sonrió.
--Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho
rato?--preguntó.
--Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande--balbuceó la
Salvadora--, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está
ahí.
El rostro de Juan se demudó:
--¿Está ahí?--preguntó intranquilo.
--Sí.
--No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis
últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.
--No tengas cuidado--dijo ella--. Si no quieres, no entrará.
--No, no, nunca.
--Espera un momento, le voy á decir que se vaya.
Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una
sotana raida, paseaba de arriba á abajo.
--Permítame usted, señor cura--le dijo la Salvadora.
--¿Qué quieres, hija mía?
--Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande.
Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted;
pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.
--¿Asustarle?--repuso el cura--no, al revés; se tranquilizará.
--Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.
--No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero
de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es
necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.
--No entre usted, señor cura--murmuró la Salvadora.
--Mi obligación es salvar su alma, hija mía.
--Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo--replicó
ella--. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.
--¿Se ha marchado?--la preguntó Juan débilmente.
--Sí.
--Defiéndeme, hermana mía--gimió el enfermo--, que no entre nadie más
que mis amigos.
--Nadie entrará--repuso ella.
--¡Gracias! ¡gracias!--murmuró él--y volviéndose de lado añadió--: Voy á
seguir con mi sueño.
De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta
de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.
--Si vieras--murmuró el enfermo--las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh
qué sueños tan hermosos!
En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la
puerta de la alcoba.
--Abre, Salvadora--dijo la voz de Manuel.
Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.
--Ya se ha marchado--advirtió en voz baja.
--Tu mujer es una mujer valiente--murmuró sonriendo Juan--; le ha
despedido al cura que venía á confesarme.
Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.
--Nunca he sido tan feliz--dijo--. Parece que la proximidad de la muerte
ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan
vaga, tan dulce...
Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la
infancia, de sus ideas, de sus sueños...
Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.
Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la
puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el
Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado
de Juan, hizo un ademán de desesperación.
Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían
dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral
y probablemente moriría.
--¿Va usted á entrar á ver á Juan?--le preguntó Perico Rebolledo.
--No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.
Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats,
del Bolo y del Madrileño.
Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía
una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:
--Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros.
Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis
papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!
Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón
abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la
gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y
desde la misma calle gritaba:
--¿Eh?
--¿Quién es?--decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.
--¡Salud, compañero!
--Salud.
--¿Cómo está Juan?
--Mal.
--¡Qué lástima! Vaya... salud.
--Salud.
Al cabo de un rato se repetía lo mismo.
La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba
continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á
cada paso preguntaba si no había amanecido.
Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro
empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el
cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.
En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y
llameantes del crepúsculo.
--Abrid el balcón--dijo Juan.
Manuel abrió el balcón.
--Ahora levantadme un poco la cabeza.
Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la
cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más
cómodo.
Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando
el cuarto.
--¡Oh! Ahora estoy bien--murmuró el enfermo.
El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto
hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.
Estaba muerto.
La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un
esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.
Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.
Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban,
hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.
Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel
entraba también á contemplarle.
¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en
tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!
Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta.
El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer?
pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna
de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre
en la muerte?
--¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño--y miraba el cadáver de
Juan--, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni
resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas
partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes
de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.
--¡Acuéstate!--dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.
Estaba rendido y se tendió en la cama.
Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se
celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de
estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la
otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una
bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un
guardia le dijo:
--¡Descúbrete, compañero!
--¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?
--Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al
Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y
los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.
--Está la policía--le dijo.
Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante,
acompañado de otros dos.
--¿Qué quiere usted?--le dijo Manuel.
--Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á
hacer un registro.
--¿Trae usted auto del Juez?
--Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.
--¡A mi hermano! Ha muerto.
--Está bien; pasemos.
Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al
ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:
--¿Qué hacen ustedes aquí?
--Estamos velando á nuestro compañero--contestó el Libertario--. ¿Es que
está prohibido?
El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo
contempló un instante.
--¿Cuándo lo van á enterrar?--preguntó á Manuel.
--Mañana á la tarde.
--Es usted su hermano, ¿verdad?
--Sí.
--A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna
manifestación en el entierro.
--Está bien.
--Nosotros haremos lo que nos parezca--dijo el Libertario.
--Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.
--Eso lo veremos--y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró
su revólver.
--Bueno--dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel--; usted es hombre de
buen sentido y atenderá mis indicaciones.
--Sí, señor.
--Buenas noches--saludaron los policías.
--Buenas noches--contestaron los anarquistas.
--Cochina _rasa_--gruñó Prats--. Este maldito pueblo había que quemarlo.
Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración
contra la sociedad.
Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el
Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la
Filipina.
La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le
notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado
á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la
cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló
con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil,
las entrañas quemadas por el cirujano...
--¡Maldita vida!--murmuró--. Había que reducirlo todo á cenizas.
Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos,
y los echó en el suelo delante de la caja.
A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo
grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo,
Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron
hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del
ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas,
hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche,
cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y
siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban
garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el
barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el
cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás
de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio
había un piquete de guardias á caballo.
Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde
de la fosa y la rodearon los acompañantes.
Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida
de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó,
cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo
mismo.
--Habla--le dijo Prats al Libertario.
El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz
apagada y temblorosa, dijo.
--Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que
acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de
niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y
prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió
ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños;
entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la
serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades.
Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un
justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que
acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á
nuestras casas á seguir trabajando.
Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que
sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron
saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera
hacia Madrid. Había obscurecido.