La Coronación.--Las que encarecen los garbanzos. El final del señor
Canuto.
No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin
ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de
Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril.
De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta
romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las
prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para
excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.
Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se
había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había
hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el
día de la Coronación.
--Con que uno dé la señal--decía Trascanejo--, yo me echo al centro con
la gente de barrios bajos.
El más convencido de todos era Juan.
--La cosa está ya hecha--le dijo el Madrileño á Manuel una vez--. Ahora
se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han
venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y
extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido
instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á
esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.
Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en
constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á
sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el
acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de
príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las
bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito
estridente de ¡Viva la Anarquía!
La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa.
Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.
Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No
le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio,
le agarró de la solapa, y le dijo:
--Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.
Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó
dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó
el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna,
el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo,
recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á
correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á
atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.
--¿Era un polizonte?--dijeron Prats y el Madrileño asombrados.
--Sí.
--¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?
--Y tan mentira.
Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La
Salvadora quedo cosiendo, desazonada.
Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz
intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y
rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las
iluminaciones.
Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas,
en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se
amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las
mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas,
en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de
Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una
vibración de llama.
Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba
á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante
algún tiempo.
Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir
una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo
avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.
--¿Ha pasado algo?--dijo Manuel á un municipal.
--No.
--¿Por qué va la gente hacia allá?
--Para ver otra vez al rey.
--¿Tiene que volver á pasar por aquí?
--Sí.
Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en
la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los
compañeros. No vió á nadie.
No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la
Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el
paso.
La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en
oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres
congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera,
hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.
Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los
cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros
á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media
blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de
concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y
sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos
hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos.
Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados,
ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje
cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire
insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de
cruces y de placas.
--¿Quiénes son?--preguntó Manuel.
--Serán diputados ó senadores.
--No--repuso otro--; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.
Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente,
llegaron hasta ponerse en primera fila.
--Ahora veremos bien--dijo una de ellas.
--¿Ve usted esas que pasan ahí?--las dijo un aprendiz con sorna
señalando á las damas con el dedo--. Pues esas son las que hacen subir
los garbanzos.
--Y que el pueblo no pueda vivir--añadió un hombre de malas trazas.
--¡Qué feas son!--murmuró una de las viejas gordas á su compañera.
--No, que serán guapas--replicó el aprendiz--. Con esa señora se podría
poner una carnicería--añadió señalando con el dedo una anciana y
melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.
--Y _tó_ lo llevan al aire--siguió diciendo la vieja á su compañera sin
hacer caso de las observaciones del muchacho.
--_Pa_ que no las entre la polilla--replicó el aprendiz.
--Y _tien_ las tetas _arrugás_.
--No, que las tendrán duras.
--¿Y esas señoras son las ricas?--preguntó la lugareña á Manuel muy
preocupada.
--Sí.
--Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad,
usted?--preguntó el aprendiz en serio.
--Ya vienen, ya vienen.
Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus
coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de
Asturias.
--¡Ahí va Caserta!--se oyó decir.
Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos
soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.
El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado
é inexpresivo.
La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los
ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de
alegría.
--Qué delgado está.
--Parece enfermo--se oía decir á un lado y á otro.
Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel
pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con
el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía
estar borracho.
--¿Qué hay?--le dijo Manuel--. ¿De donde viene usted?
--De Barcelona.
--¿Ha visto usted á Juan?
--Ahí está en la calle Mayor.
--¿No ha pasado nada?
--¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina--dijo el
señor Canuto en voz alta--. Esta buena señora tendrá muchas virtudes;
pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya
un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos
en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal
fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre...
miseria... ¡Vaya un reinado!
Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la
esquina de la calle Mayor.
Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y
el Madrileño.
Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.
--Vamos, tú--le dijo Manuel á Juan--. Esto se ha terminado.
Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario
y con el señor Canuto.
--¿No decía yo que no pasaría nada?--dijo el Libertario sarcásticamente.
Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles
revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de
hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía,
modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á
derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada.
Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la
indiferencia de un pueblo de eunucos.
El Libertario tenía una exaltación fría.
--Aquí no hay nada--siguió diciendo burlonamente--; esto es una raza
podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones;
aquí todo es m...--y repitió la palabra dos ó tres veces.--Política,
religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste
recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos
con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.
--¡Tienes razón!--exclamó el señor Canuto.
En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban
estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al
llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso
doble.
Se pararon.
--Aquí está la _mili_, como siempre, haciendo la pascua--dijo el señor
Canuto.
Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía:
¡Firmes! y saludaba con el sable.
--El trapo glorioso--exclamó alto el señor Canuto--; el símbolo del
despotismo y de la tiranía.
Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo
amenazadoramente.
Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.
--No se puede pasar--dijo un sargento.
--Estos _sorchis_, porque visten con galones--dijo el Madrileño--, ya se
figuran que son superiores á nosotros.
Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de
ellos.
El teniente se acercó al señor Canuto:
--Quítese usted el sombrero--le dijo.
--¿Yo?
--Sí.
--¡No me da la gana!
--Quítese usted el sombrero.
--He dicho que no me da la gana.
El teniente levantó el sable.
--¡Eh, guardias!--gritó--. ¡Prendedle!
Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.
--¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la
Anarquía!--gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en
el aire.
Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se
arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la
gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las
fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué
sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los
caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba
poniéndose muy pálido.
--Ten fuerza un momento, ya vamos á salir--le decía Manuel.
Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa
en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas
llenas de sangre.
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