La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su
fraseología.
Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida.
El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones.
Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la
Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía
medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus
lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.
La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana;
pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y
á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él.
Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.
Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su
hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de
Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde
trabajaba Manuel.
Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la
depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y
hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.
Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la
Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de
confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba
todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa.
Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de
bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los
cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con
sus bastidores á aprender á bordar.
Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche
en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes
ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había
dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que
persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la
Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese
podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.
Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la
barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de
tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le
ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.
Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y
sonreía variaba por encanto.
Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que
despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á
veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan
punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un
cuchillo.
Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la
ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido,
producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de
aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres
enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la
casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas,
palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y
un gatito rojo, que se llamaba Roch.
Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la
calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos,
hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la
mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos
maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón
y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer
la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la
mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba
del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos
marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin
cambiar una palabra.
A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y
constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su
lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.
* * * * *
A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los
Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien
arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en
auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería
Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes
La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un
hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había
aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á
discutir con él para no demostrar su ignorancia.
El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo
discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en
presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban
de orgullo y de júbilo.
Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo
chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los
pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.
--¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!--murmuraba
melancólicamente.
Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus
anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en
todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de
matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba
para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian
habilidad y paciencia.
--Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no
sabéis hacer nada.
Perico le dejaba hacer.
El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz
eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido
tremendo.
Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al
chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas
de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela;
Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la
Ignacia ó dejaba volar su imaginación.
En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban
un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.
Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia
á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto
en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa
corta entre los dientes.
--¡Fresco, fresco!--decía, frotándose las manos--. Buenas noches á
todos.
--Hola, señor Canuto--contestaban los demás.
--Siéntese usted--le indicaba el jorobado.
Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían
maliciosamente.
--¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?
--Nada, murmuraciones, nada--replicaba él--. Cuchichí, cuchichá...
cuchichear.
Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la
carcajada.
El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo,
que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.
Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo
que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni
periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había
llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de
conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo
que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas
oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus
consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones
para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y
abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo
había transformado para su uso particular.
Cuando murmuraba por lo bajo:
--¡Teorías, alegorías, chapucerías!--era que lo que le contaban le
parecía era una cosa desdichada y absurda.
En cambio cuando aseguraba:
--Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.
Ahora, cuando llegaba á decir:
--Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va _coayugando_, era que
para él no se podía hacer mejor una cosa.
Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para
hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el
dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se
contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una
terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el
coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.
El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:
--Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.
En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el
fresco.
Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de
Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las
once ú once y media estaban en casa.
Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría
tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también
sin grandes dolores.
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