SE DAN LECCIONES

El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á

un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja,

en donde resonaban fuertemente los pasos.

Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con

grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de

escombros.

Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no

transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.

Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra,

contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la

cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por

aquellos campos baldíos.

Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos

llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en

donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente

se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía

melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...

* * * * *

Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista,

Perico y Manuel charlaban.

--¿No salís hoy?--preguntó Perico.

--¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.

--Sí, es verdad.

Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el

ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y

envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia

cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la

calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de

los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.

--¿Y la Salvadora?--preguntó Perico.

--Bien.

--¿Ya está mejor?

--Sí. No fué nada... un vahído.

--Trabaja mucho.

--Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.

--Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.

--¡Pchs!... no sé.

--¡Bah!... que no sabes...

--No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se

cuánto... para emprender algo; nada.

--¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?

--¡Hombre!... tomaría una imprenta.

--¿Y qué le parece eso á la Salvadora?

--Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con

voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se

vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero

todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.

Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le

contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como

perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco

después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se

aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico

Rebolledo quedó á obscuras.

Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo

espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones

oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba

los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se

derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna

recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía

arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión

del espacio.

El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del

electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de

barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra

en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la

madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta,

un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la

ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada,

y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último

estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba

con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes

un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de

cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario

desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de

porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era

difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al

segundo.

Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en

el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un

motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de

cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el

agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la

cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del

aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por

último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos

delante de la ventana y le quitaban la luz.

* * * * *

--Sí, hombre--dijo Perico después de un largo rato de silencio--, debías

establecerte cuanto antes y casarte.

--¡Casarme! ¿Con quién?

--¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y

ella... podéis vivir al pelo.

--Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico--dijo Manuel--¿Tú la

entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy

de la casa, como al gato; pero en lo demás...

--¿Y tú?

--Hombre, yo no sé si la quiero ó no.

--¿Aún te acuerdas de la otra?

--Al menos aquella me quería.

--Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.

-¡Qué sé yo!

--No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?

--Estaría hecho un golfo.

--Me parece.

--Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.

--¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?

--No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer

cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi

como si fuera mi madre.

Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y

un amigo suyo entraron en el taller.

Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba

Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran

gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos,

del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de

cuerno.

El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y

brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y

canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como

piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de

puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre

se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas

al cementerio de la Patriarcal.

--¿No está tu hermana?--preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.

--No; ya ve usted.

--Pero bajará.

--Creo que sí.

--La voy á llamar.

El jorobado salió al portal y gritó varias veces:

--¡_Señá_ Ignacia! ¡_Señá_ Ignacia!

--Ya vamos--contestaron de arriba.

--¿Tú querrás jugar?--preguntó el barbero á Manuel.

--Hombre... la verdad; no me distrae.

--¿Y tú?--añadió, dirigiéndose á su hijo.

--No, padre, no.

--Bueno; como quieras.

--A éstos no les gustan las diversiones manuales--dijo muy serio el

señor Canuto.

--¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado--murmuró

el barbero.

Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta,

muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.

--¿Y Enrique?--la dijo Manuel.

--En el patio de al lado, jugando.

--¿Quieres echar una partida?--preguntó Rebolledo á la muchacha.

--Bueno.

--Entonces somos dos contra dos.

--Ya la han pescado á usted--dijo Perico á la Salvadora--; la

compadezco.

--Tú cállate--exclamó el barbero--; estos muchachos son unos sosos.

Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la _señá_ Ignacia y

del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos

marrajos. Corte usté, _señá_ Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y

la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero

ganaba.

Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en

la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las

cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba

haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos;

pensaba pedir una patente para explotar su invento.

Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la

Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció

en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando

hacia adentro.

--¿Quién es ese fisgón?--preguntó Rebolledo.

Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado,

con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven

retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.

--Parece que anda buscando algo--dijo Manuel.

--¿Quién es?--preguntó la Salvadora.

--Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose--contestó Perico.

La Salvadora se levantó para verle.

--Será algún pintor--dijo.

--Mal tiempo ha escogido para pintar--repuso el señor Canuto.

El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el

portal.

--Vamos á ver lo que quiere--murmuró Manuel, y abriendo la puerta del

cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido

de un perro negro de lanas finas y largas.

--¿Vive aquí Manuel Alcázar?--preguntó el joven de las melenas, con

ligero acento extranjero.

--¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!

--¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.

--¿Qué Juan?

--Juan... tu hermano.

--¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?

--Vengo de París, chico; pero déjame que te vea--y Juan llevó á Manuel

hasta la calle. Sí, ahora te reconozco--le dijo y le abrazó, echándole

los brazos al cuello--pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!

--Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos

visto.

--¿Y las hermanas?

--Una vive conmigo. Anda, sube á casa.

Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó

hasta el piso principal.

Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller

presenciaron la entrevista con el mayor asombro.

La lucha por la vida: Aurora roja · 第 23 / 63 题