obligaciones especiales; no se exime de ningún deber oficial, y
concurre á la inauguración de un monumento con la misma exactitud con
la que recibe á un visitante. Presta paciente oído á toda petición,
demanda, protesta y adulación; recibe á los funcionarios y visitantes
extranjeros, ministros y cónsules, gobernadores, jefes políticos,
etc., y á todos los escucha, silencioso y atento, inescrutable, avaro
de palabras, ambiguo en sus promesas, deliberado en sus discursos
y maneras. Con un conocimiento instintivo y profundo del hombre,
aumentado por la larga experiencia adquirida en el poder, y dotado
de una memoria prodigiosa para los nombres y las facciones de los
individuos, es una enciclopedia viviente que contiene á todo el pueblo
mexicano. Tiene siempre un ojo fijo en cada amigo y en cada enemigo,
perdonando algunas veces, pero sin olvidar nunca.
Una vez que el General Reyes, de Colombia, le preguntó si consideraba
á Limantour un gran estadista, le contestó: “--No, porque Limantour
nunca perdona á sus enemigos, y en política es necesario algunas veces
perdonar.”
Después de haberse deshecho de sus rivales más peligrosos, presintiendo
que las ejecuciones al por mayor no podían seguir á la orden del día,
comenzó á utilizar á todos los pícaros y á algunos de sus enemigos
para la prosecución de sus propios fines, así como á veces se usa de
mortíferos venenos con propósitos medicinales.
Fué favorecido con un gran sentido común que se dislocó á causa de su
ambición personal. Si la ambición egoísta desnaturalizó su sentido
común, el miedo le hizo cometer todos los errores de su carrera
política. Como todo individuo propenso á la ira, Porfirio Díaz no es
realmente hombre de valor, pues, como dice La Canción de la Selva,
“La ira es el huevo que contiene el germen del miedo”. Miedoso y, por
lo tanto, vigilante, se ha salvado por estar siempre alerta, como la
liebre por tener siempre abiertas sus largas orejas.
Equivocó la crueldad considerándola como fuerza de carácter, y por
eso siempre estuvo listo para aterrorizar, temiendo que lo tuvieran
por débil. Como resultado de la ultrajante ley del níquel y del pago
de la famosa deuda inglesa, en el período de González, hubo un motín.
“Apuñaléalos á todos” aconsejó Porfirio Díaz á González. Pero González
no tuvo miedo.
La ambición y el miedo son las dos pasiones que han dominado á Porfirio
Díaz en su vitalicia carrera política. Una ambición gigantesca,
ultraegoísta, venal, monopolizadora y personalísima. Un miedo,
resultante de dicha ambición egoísta, de naturaleza rastrera pusilánime
y cobarde.
En el año próximo pasado, con motivo del 16 de Septiembre, los
estudiantes de México quisieron hacer una procesión en las calles de
la capital, y enviaron á un Señor Olea en representación de ellos para
solicitar el permiso del Presidente. Porfirio Díaz le contestó:--“Sí,
pero téngase mucho cuidado, porque los mexicanos tienen en la sangre
la tendencia revolucionaria”. No se comprende como tres puñados de
muchachos, en una manifestación desarmada, podían constituir una
amenaza para la República, cuando estaba la capital guardada por 5,000
soldados, rurales y policías.
Sólo admitiendo este estigma vergonzoso y bien oculto bajo la, en
apariencia, frente intrépida de este hombre, pueden explicarse
lógicamente actos tan viles é infames como los asesinatos de Veracruz
y la carnicería de Orizaba. En ellos aparece Díaz poseído del pánico,
como un vagabundo que dispara desatinadamente á los fantasmas que
vuelan en las tinieblas; tan aterrorizado que el único medio de
deshacerse de su infundado miedo fué aterrorizar á los demás.
Otra de las características de su madera mestiza, pintada de manera
que parezca de hierro, es su facilidad para derramar lágrimas. Tuve
oportunidad de verlo anegado en llanto con motivo de la recitación de
un poema romántico por una bonita muchacha, en un acto público.
Sus enemigos le han dado el apodo de “el llorón de Icamole”.--Perdió
Díaz la batalla de ese nombre, el 20 de Mayo de 1876, ganándola el
General Fuero, y como se suponía que ese encuentro decidiría de su
fortuna política, en medio de su desesperación y rabia dió el ridículo
espectáculo de ponerse á llorar por su derrota.
Cuando sus visitantes, nacionales ó extranjeros, le hacen
manifestaciones de aprecio, celebrándole sus victorias militares, su
habilidad de estadista, su patriotismo y su generosidad, entonces se
deshiela y brotan las lágrimas de sus ojos y corren sobre sus mejillas,
como se funde en la primavera la helada laguna inundando el llano.
Cuando el capitán Clodomiro Cota fué sentenciado por un consejo de
guerra á ser fusilado, su padre fué á ver al Presidente, y de rodillas,
llorando, imploró el perdón de su hijo. Porfirio Díaz lloró también,
y levantando á aquel desgraciado padre, murmuró la siguiente ambigua
frase:--“Hay que tener fe en la justicia”. El padre salió consolado,
creyendo que se le había otorgado su petición. Pero á la mañana
siguiente su hijo murió en el cadalso. Las lágrimas de Porfirio Díaz
son lágrimas de cocodrilo.
Lo que es más raro aún en la constitución de este camaleón moral é
intelectual, es su espíritu epigramático el que, según las noticias que
circulan sobre el particular, es muy agudo y siempre da en el blanco.
Cuando aprehendieron al General Escobedo, sus amigos se quejaron con
el Presidente Díaz sobre la falta de consideraciones hacia su víctima
política, que había sido el más inteligente de los generales durante la
guerra de la Intervención y del Imperio, y una de las más puras glorias
del país. “Sí, respondió meditabundo el Presidente, estoy de acuerdo
con ustedes, y mi mayor deseo es verlo en el Panteón de los Hombres
Ilustres”. Los que conocen cuál ha sido la suerte que han corrido los
demás generales ambiciosos son los que pueden apreciar en todo su valor
esa salida macabra.
El yerno del Presidente iba con frecuencia á tomar el lunch al Castillo
de Chapultepec y siempre llegaba con retardo. Cuando por tercera vez
trataba de disculpar su falta de puntualidad, achacando la causa al
automóvil, el Presidente le dijo: “¿Acaso ignora Vd. que el automóvil
requiere gasolina y no alcohol para su locomoción?”
En una ocasión Mrs. A. Tweedy preguntó á Porfirio Díaz cómo concibió la
primera inspiración de ser presidente, y éste le respondió con el aire
más inocente del mundo: “--Nunca la tuve.--Fuí meramante arrastrado á
la posición que hoy ocupo, y con frecuencia me admiro al considerar
cómo ha podido suceder”. Este es un rasgo clásico de humorismo, que
acredita á Porfirio Díaz para candidato del Club de Ananías, ó sea el
de los embusteros.
Nada es más divertido que ver á este déspota sin escrúpulos que “puso
de su parte todo cuanto le fué posible para vivir y luchar sin capital
moral”, sermoneando á hombres prominentes para hacerlos bajar uno ó dos
grados cuando los ve demasiado presuntuosos y envanecidos.
El presidente y el abogado de la “Mexican Light and Power Co.”
entablaron negociaciones para la absorción de otras dos empresas
rivales. El Sr. Joaquín D. Casasús, prominente abogado y político
de México, estaba interesado en los negocios de una de las
compañías absorbidas. Aguardaba su “pot de vin” correspondiente de
la transacción, pero Mr. Cahan no veía las cosas desde el mismo
punto, y acostumbrado á la usanza antigua, á los escrupulosos
métodos canadienses, objetó contra esta benévola forma de picardía.
Unas cuantas semanas más tarde, Mr. Cahan fué invitado á visitar
á Limantour, quien, en la acostumbrada manera mexicana política y
cautelosa, comenzó á hacer la batida del matorral, como se dice en
términos de montería. Cuando Mr. Cahan le pidió una explicación
sincera, Limantour lo acusó francamente de que procuraba cohechar
á jueces y á tribunales. Indignado Mr. Cahan, preguntó á Limantour
si le hablaba como amigo ó como Ministro.--“Como amigo”, contestóle
Limantour.--“Entonces, prosiguió Mr. Cahan, no tiene Vd. derecho para
hacerlo, á menos que nombre Vd. á la persona que le ha traído este
chisme.” Después de una larga discusión, mencionó Limantour el nombre
de Mr. Scherer, y en el acto se dirigió Mr. Cahan á dicho individuo,
para hacer averiguaciones, enterándose de que el responsable de aquella
especie era Casasús. Este abogado no sólo repitió á Mr. Cahan sus
vehementes protestas de amistad, sino que el mismo Cahan, al entrar
en el despacho del abogado, vió salir á otro individuo que le enseñó
el famoso cheque de $30,000, tanto por ciento arañado en la operación
consabida, el que, según dijo, devolvía generosamente Casasús. Algo
más tarde Limantour pidió á Mr. Cahan la correspondencia cambiada
entre éste y las partes interesadas en la operación. Mr. Cahan rehusó
al principio acceder á esa petición; pero ante la amenaza que le hizo
Limantour de que la obtendría á toda costa, no tuvo más remedio que
entregarla, y entonces se enteró Porfirio Díaz de todos los detalles
del asunto.
En una fiesta que tuvo lugar poco tiempo después halláronse presentes
Mr. Cahan y Casasús; después llegó el Presidente y rogó á Casasús que
tuviese la bondad de servirle de intérprete para lo que quería decir á
Mr. Cahan. Entonces el Presidente, por medio de Casasús, habló á Mr.
Cahan del pretendido cohecho, y le dió las gracias por haber resistido
con tanta firmeza la tentativa de soborno, así como por haber ido hasta
el fondo del asunto con tanto denuedo y conforme á la honrada manera
británica. Le reiteró las gracias también por el buen ejemplo que daba
á los demás extranjeros, etc.--Porfirio Díaz no usó en esta ocasión
como intérprete á su ayudante Pablo Escandón, quien habla correctamente
el inglés, sino á Casasús, al ambicioso y orgulloso abogado, estrella
de los “científicos”, para darle una lección sutil y efectiva.
Este es una rasgo característico de la diplomacia innata de Porfirio
Díaz.
Como político latinoamericano, Díaz ha establecido un patrón y creado
una escuela. Las repúblicas más importantes y más ilustradas, como
Brasil, Argentina y Chile, no copian tales métodos, pues sus gobiernos
son una oligarquía templada por la democracia; pero los directores de
los Estados más pequeños y más atrasados, como Cabrera en Guatemala,
Zelaya en Nicaragua, Castro en Venezuela, y Reyes en Colombia, son
sus imitadores serviles. El último mencionado, Reyes, creyó que valía
la pena pasar un año cerca de Díaz para iniciarse directamente en sus
métodos.
Hagamos un breve examen de Porfirio Díaz como estadista.
Al principio de su administración preparó el reconocimiento de su
gobierno inconstitucional, aceptando las reclamaciones por las deudas
inglesa, francesa y de los Estados Unidos. Este fué sin duda golpe
maestro, pues lo ponía en aptitud de hacer nuevos empréstitos, como
el individuo que paga $5 para poder más tarde pedir prestados $20.
Divinizó, ó, al menos, siguió el axioma del Barón Louis: “El Estado
que aspira á tener crédito, debe pagarlo todo, hasta sus desatinos.”
Siguió por el cultivo de relaciones amistosas con los Estados Unidos.
Esa política no sólo sirvió para robustecerlo en el extranjero, sino
también para imposibilitar las revoluciones en la frontera. Para
continuar libre de toda traba, como amo y señor del país, jugó una
partida intrincada de ajedrez político, llegando á hacer trampas cuando
el contrario se descuidaba, hasta que al fin quedaron en el tablero
sólo el rey, la reina y unos cuantos peones.
Su ambición y la eliminación de todos sus rivales, concentraron por
completo el poder en sus manos. Como dice Bulnes en alguna parte, si se
deja á una casta y pura muchacha en un cuarto con diez sátiros, estará
perfectamente segura y salva, pues que los sátiros se encontrarán
ocupados en pelear los unos contra los otros; pero el peligro sería
efectivo si la dejasen á solas con un sátiro. Así México puede ser
comparado con una joven que permaneció libre y pura mientras varios
sátiros políticos lucharon entre ellos mismos para obtener su posesión;
pero en cuanto llegó Díaz y destruyó uno á uno á los sátiros, es decir
á todos sus lujuriosos y ambiciosos rivales, la nación perdió su
pureza y su libertad, convirtiéndose en su esclava y prostituta. En
otras palabras, Porfirio Díaz ha llevado á cabo su obra esclavizadora,
corruptora y antipatriótica de un modo tan completo y absoluto, que el
Señor Iglesias Calderón se hizo el verdadero intérprete del sentimiento
de multitud de mexicanos patriotas cuando dijo: “¡Sin libertades
corremos un peligro más bochornoso que el de la desmembración de
nuestra Patria por la fuerza de las armas, el de la desmembración
traidoramente espontánea de quienes llegan á renegar de la Patria por
amor á la Libertad!” Y un alto pensador sud-americano, Don Nicanor
Bolet Peraza, ha dicho: “que el gran peligro para las naciones
hispano-americanas no está en la colosal potencia militar de la Unión
americana, sino en su admirable régimen de libertad que hace envidiable
la condición de ciudadano de los Estados Unidos de Norte América.”
En el error político de Porfirio Díaz se encuentra incluída su
indiferencia hacia lo relativo á la inmigración, pues que de lo
contrario el influjo europeo ya sería una barrera contra la conquista
pacífica y la agresión yanki. Su impotencia para agarrar por los
cuernos este gran problema latinoamericano está demostrada por el
pequeño número de europeos que hay en México, y el comparativamente
grande de americanos que hoy reside en el país, y que se calcula en
65,000. Pues la cuestión de la inmigración tanto para México como
para Chile, Brasil y Argentina, es de vida ó muerte, y descuidarlo es
invitar, más tarde ó más temprano, á la destrucción, como lo asienta
Bulnes.
También prueba su falta de patriotismo la indiferencia marcada con
que considera la cuestión de la instrucción pública. El número de los
analfabetos en México alcanza la asombrosa proporción del 84 %.
Otro de sus grandes errores consiste en no haber cortado el nudo
gordiano de la política centroamericana.
La feliz circunstancia de que el progreso de México creciese á la par
que la fama de Porfirio Díaz, ha inducido á los que han estudiado
superficialmente el país y su política, á creer que al Presidente
corresponde todo el mérito de haber aumentado su maravillosa
prosperidad. Pero Díaz y la camarilla que refleja sus ideales, son
políticos demasiado miopes, pequeños, presuntuosos y mezquinos, exentos
de todo ideal patriótico. No pasan de ser grandes ranas en un pequeño
estanque.
La cuestión centroamericana, que debía haberse resuelto desde hace diez
años, ha quedado en el aire, no porque el General Díaz quiera la paz en
México, sino por que ha tenido miedo y se ha sentido demasiado viejo
para pelear. Hace diez años contaba con 68 de edad y, por lo tanto,
estaba ya incapacitado físicamente para dirigir con buen éxito una
campaña contra Guatemala; y en caso de que hubiese encomendado el mando
á otro general, si éste salía victorioso, perdía Porfirio Díaz todo su
prestigio y poder.
Porfirio Díaz no es un militar en ningún sentido de la palabra; su
condición es más bien la de un político, una imitación liliputiense
del Cardenal Richelieu, dirigiendo á un rey impasible, quien en el
presente caso está representado por la nación mexicana. Posee todas
las sinuosidades, traiciones, y métodos de trasmano de los prelados
militantes del siglo XII.
Las relaciones de sus campañas no prueban que sea ni un gran
estratégico ni un gran táctico. Fué únicamente lo que los franceses
llaman “un beau sabreur”, con tanta habilidad estratégica cuanto era
necesaria para un capitán de bandoleros y para su cuadrilla á fin de
estar en aptitud de atacar y de destruir un convoy bien protegido.
Su fama de general es otra bola de nieve que ha rodado de la montaña
de los hechos militares de México, impelida por sus subordinados y
sus aduladores. Qué formidable avalancha cuando llegó al fondo del
valle; pero al rayo de luz de la escudriñadora historia, se derretirá,
convirtiéndose en un lodazal.
Según sus admiradores oficiales, ha ganado 41 batallas, acciones ó
encuentros; posee 14 condecoraciones nacionales y 13 con que le han
obsequiado gobiernos extranjeros, entre las cuales se encuentra la de
primera clase del Libertador de Venezuela.
A medida que dura en el poder, aumenta el número de las batallas que
parece estar ganando, y crece con inaudita rapidez. Ya me imagino á
su fiel y útil ayuda de cámara, el millonario coronel Pablo Escandón,
entrando en el sanctum sanctorum de su jefe, llevándose la mano derecha
á la altura de la frente, poniendo los pies en escuadra al estilo
militar y dándole el parte:--“Mi General, tengo la honra de informar á
Vd. que ha ganado otra batalla.”--“¿Cuál?” pregunta el General Díaz. Y
la gloriosa nueva se esparce á los cuatro vientos y se consigna en la
hoja de servicios.
Las batallas del 5 de Mayo de 1862 y del 2 de Abril de 1867, que se
celebran oficialmente como grandes victorias alcanzadas por Porfirio
Díaz, jamás fueron victorias suyas. La del 5 de Mayo fué ganada por
el General Zaragoza, y la acción del 2 de Abril se llevó á cabo en
virtud de haberla forzado en un consejo de guerra un civil, Justo
Benítez, secretario de Díaz. La organización del asalto se debió al
General Alatorre, y Porfirio Díaz entró en acción cuando terminaba el
encuentro. La batalla de Tecoac, que decidió la caída de Lerdo, se ganó
gracias á la oportuna llegada del General González.
¿Qué es lo que queda, pues, á este héroe de las Mil y una batallas?
Solamente dos acciones sangrientas: los asesinatos de Veracruz y la
carnicería de Orizaba; victorias dignas de él, que serán inscritas con
letras de sangre en su panteón de inmoralidad.
He examinado su obra de estadista, de patriota y de general, y me
quedo azorado ante la impudencia de esa fama política y militar falsa
y plagiada, inaudita en los anales de la historia, y me veo obligado á
repetir con Bulnes que lo único que hay verdaderamente maravilloso en
la América latina es la mentira.
Porfirio Díaz ya está viejo, tiene ahora 80 años de edad, demasiado
viejo para continuar en la silla presidencial de un modo digno y útil.
Aunque de facto es un Czar, finge que le llamen Presidente, porque el
título de Emperador es de mal agüero en México. Los cuatro últimos
Emperadores de México han perecido de muerte violenta: Motecuhzoma,
Cuauhtemóctzin, Iturbide y Maximiliano.
Los días del Czar de México están contados; se está derrumbando en la
decrepitud física y mental. Parécese al lobo que llegó á ser cabeza de
la manada y conservó su supremacía por la fuerza de sus dientes. El día
en que los demás lobos notaron que su jefe había perdido la dentadura,
lo hicieron pedazos. Otro tanto puede acontecerle á Porfirio Díaz.
En la actualidad no pasa de ser un león disecado, un gigante con los
pies de barro, y si un chiquillo lo advirtiese y lo empujase con uno
de sus pequeños dedos, esto bastaría para hacerlo rodar al cajón de la
basura.
Y cuando muera--¡Dios bendiga su alma!--con él morirá el último de los
bandidos políticos de México.
Sabemos lo que somos, pero no lo que podremos ser.
HAMLET. ACT IV.
La Cuestión Centroamericana.
La influencia de los Estados Unidos en el istmo de Panamá ha modificado
por completo la manera de ser de la política centroamericana. Ha
cubierto con la sombra del águila americana toda la faja que se
extiende desde el Río Grande hasta el Chagres. Los acontecimientos que
antes pasaban inadvertidos, hoy son escudriñados atentamente y no se
aparta la vista de lo futuro.
Toda la situación de la América Central descansa sobre una base débil,
á semejanza de un argumento con premisas falsas. La independencia de
las cinco repúblicas centroamericanas tiene tan poca razón de ser
como la tendría la de los 27 Estados de México ó los 47 de la Unión
norteamericana.
En 1821 las cinco antiguas provincias de España entraron en la
federación mexicana, permaneciendo en ella hasta la caída de Iturbide
(11 de Mayo de 1823); separándose entonces, con excepción de Chiapas
que mantuvo sus vínculos con México. Desde esa época Guatemala,
Salvador, Honduras y Nicaragua han estado riñendo constantemente entre
ellos, ó envueltos en revoluciones intestinas, pudiendo decirse que
en el espacio de noventa años no han tenido un sólo año de paz, con
excepción de Costa Rica con razón llamada la Suiza de América.
Desde 1821 á 1885 el centro de acción residió en Salvador, Honduras y
Nicaragua, contra Guatemala, la que aspiraba á ejercer la soberanía
moral y material sobre las otras repúblicas, lo que consiguió. Pero
en 1885, con la muerte de Rufino Barrios, acaecida en la batalla de
Chalchuapa, Guatemala perdió su supremacía, aunque todavía ejerce
influencia aislada alternativamente sobre Honduras ó sobre el Salvador.
En esa fecha no sólo recobró Nicaragua su independencia moral, sino
que se convirtió en el centro de un movimiento que tenía por objeto
favorecer la unión federal de los cinco Estados.
Como cuestión de hecho, la federación de esas repúblicas es imposible,
tanto á causa de las dificultades para crear un ejército esencialmente
federal, como por la intensa rivalidad de los respectivos gobiernos, la
que les impide poder llegar á una “entente cordial”, y por que existe
un conflicto de personalidades y una competencia entre rapiñadores.
Toda la situación política de los últimos diez años se reduce á una
lucha personal entre el presidente de Guatemala, Estrada Cabrera, y
el presidente de Nicaragua, Zelaya. Ambos han protegido toda clase de
planes revolucionarios, concebidos por los refugiados rebeldes de las
otras repúblicas. Zelaya, doctor en medicina, educado en París, es
enérgico é inteligente; Estrada Cabrera, abogado, no le es inferior
ni en talento ni en fuerza de voluntad, y su astucia é intrepidez son
reconocidas aun por sus propios enemigos. Como fácilmente se comprende,
hombres de esa naturaleza no pueden estar dispuestos á sumergir la
individualidad de su poder supremo en una federación ideal, pues esta
traería consigo la pérdida de los monopolios exclusivos y de los planes
para el enriquecimiento personal. En los doce años que hace que Estrada
Cabrera está en el poder, ha hecho una fortuna de muchos millones de
pesos, gracias á los negocios y empresas de su asociado, un judío
alemán americano, llamado Stahl, á quien se le paga un tanto por cada
saco de café que se exporta, y quien trató de sacarle á la empresa del
Ferrocarril Pan-Americano $1,500,000 en oro por la concesión que los
demás países le habían hecho gratuitamente.
Estas malhabidas ganancias no se emplean en los países de los que se
han obtenido, sino que van al extranjero. Estrada Cabrera posee un
hermoso palacio en Hamburgo; Zelaya envía todos los años á su esposa al
extranjero con el propósito aparente de que se compre ropa en París;
pero con el propósito real de que sitúe en los bancos europeos buenas
cantidades de oro. En realidad ser presidente en Centro América,
equivale á algo así como á ser entre bandido y ejecutivo de un vasto
establecimiento de misceláneas.
La lucha hubiera sido interminable si no hubiesen intervenido los
Estados Unidos y México. Siempre se inicia con la romántica fórmula
de “el derecho es la fuerza”, y acaba por la intervención armada. Los
Estados Unidos tienen que favorecer la absorción de Centro América
por México, y ya esto se habría llevado á cabo, hace diez años, á no
ser por la política de Porfirio Díaz, la que siempre ha sido inerte,
cobarde y morosa.
En 1898, con motivo del peligro de una guerra entre México y Guatemala,
el Estado de Jalisco ofreció hacer la campaña por sí solo y con
sus propios recursos de hombres y de dinero, contra la república
centroamericana; y si se hubiese admitido su proposición, Jalisco la
habría llevado á cabo con buen éxito, pues es el Estado más rico y más
poblado de México.
Como Guatemala es, por su posición geográfica, la llave del istmo, su
anexión á México concluiría con el caótico estado de los negocios en
Centro América, pues que entonces México tendría el control de Honduras
y Salvador y, por ende, el de Nicaragua también.