--¿Y usted está sola?...
--Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y
no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted.
Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que
tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso;
una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con
diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y
paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las
paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja
del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con
el retrato del gobernador.
--Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha
venido?
--Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo
doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.
--Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no?
--¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado
el zaino!
Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que
aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por
un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel
contacto.
--¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito?
Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco
en decirle:
--He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted
y me alegro de encontrarla sola.
Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona echó hacia adelante su
larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad ató con una hilacha que
arrancó del ruedo de su vestido.
--Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata...
--El hombre es bueno, pero tiene mal genio, sí, señor.
--...y un hombre así no la merece... Que varias veces la ha echado de
aquí...
--Así es, sí, señor...
--...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa...
allí tendrá algún trabajito liviano... y podrá vivir respetada...
--...¡Siempre tan bueno, don Melchor!
--...y cuando venga la familia podrá ganar un sueldito ayudando en la
casa.
--¡Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida,
señor...
--La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.
--Si hasta ha querido llegar a matarme...--dijo Ramona derramando
algunas lágrimas.
--Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al
fin y al cabo, ¿qué le da?...
--Así es... sí, señor.
--Bueno, déjese de llorar--dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole
cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó
suavemente entre las suyas.
Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la
torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al
crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido
para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.
--Ya vuelve don Melchor--dijo Baldomero, divisándolo a la distancia,
desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían
trasladado los «doloridos».
--¿Dónde?...
--Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero...
--Yo no veo nada.
--¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses»
aquellos...
--Y eso que se ve, ¿es Melchor?
--Él es, señor.
--¡Qué vista!
--Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino.
--¿No decía usted que es un mancarrón?
--Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles
mejores... de más vista... y de más lindo andar.
--¿Y por qué lo ha elegido Melchor?
--¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno,
que lo conoce.
--¿Él lo amansó?
--No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de
amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los
Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve?
--Algún domador de escuela, ¿no?
--Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como
él!...
--¿No sabía domar?
--No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le
hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su
lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender!
--Ahora sí se distingue a Melchor.
--¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir!
--¿Qué bien viene, eh?
--¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el
bien...
--¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional--dijo Lorenzo.
--¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?--preguntó Ricardo.
--¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don
Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le
amontonan las gatos.
* * *
--Ahora un poco de música, Ricardo--dijo Melchor levantándose de la
mesa.
--Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...
--¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que
llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a
cabeza!
--A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy
contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico--dijo Ricardo
abrazando efusivamente a su noble amigo.
--¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos
meses hablaremos.
Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor,
débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de
sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más
blancas del jardín.
--¿Qué quieren que toque?--preguntó Ricardo mientras procuraba encender
una lámpara de pie que estaba junto al piano.
--Lo que quieras--le contestó Lorenzo,--aunque sea el quinto nocturno.
--No, voy a tocar--dijo sentándose en la banqueta--la serenata de
Schuber.
En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y
Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo:
--Con permiso, don Melchor, si no incomodo.
--¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el
piano.
--Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría,
señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta
me parece que el viejo anda por aquí.
--Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no
ha oído aquí más que a las muchachas.
--Así es, don Lorenzo.
--Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se
actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la
primera vez.
--...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don
Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano!
--Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical,
cuando por lo común son fugaces.
--¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por
más tiempo se fija en nosotros.
--Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la
última temporada teatral?
--Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de
algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que
me rodeaba, la primera vez que lo escuché.
--Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues
la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para
ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo
repito, es fugaz.
--¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música!
--Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro
cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima
parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén
vinculadas a sensaciones de otro orden.
--¿Qué están diciendo ustedes de la música?--preguntó Ricardo, que se
aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó.
--¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?--le preguntó Baldomero, al mismo
tiempo en que Melchor le decía:
--¡Macanas de éste!--señalando a Lorenzo.
--No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando
está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído
«Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!,
y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso,
que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues
desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero
secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella
noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en
los bomberos que sudan...
--¡Pero lo hay en la música!
--No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una
ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo
cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de
algo conocido?...
--En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te
representaría la escena de la otra noche.
--¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral
inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.
--¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!...
--¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...
Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después
de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza:
--Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?...
--Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo...
--Ya es algo--le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y
tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había
tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar
la mirada del cielo:--por ahí se empieza... tras la incredulidad
adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la
indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un
buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se
contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía
sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el
alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la
ilumina...
--¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!--dijo Ricardo,
riéndose.
--Es que tu espíritu estará aún en estado sólido--le contestó Melchor.
--¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso!
--Parece un disparate--insistió Melchor,--un contrasentido; pero acaso
no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de
nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos
en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu--continuó
Melchor atentamente escuchado por Baldomero--está ante la idea de Dios,
por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de
equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le
permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las
cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados
anteriores.
--¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de
psicofísica!--le dijo Ricardo.
--Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas.
--¿Tan cierto estás de mi conversión?
--Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla--dijo Melchor,
señalando al astro.
--Realmente--exclamó Lorenzo;--qué bueno sería tener aquí un telescopio
para observarlo y ver sus satélites.
--¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro.
--Menos yo, ché, Melchor.
--¿Por qué, Ricardo?
--Porque me marea mirar al cielo.
--¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?...
--Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me
esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo!
--¡Pues, hombre!--dijo Lorenzo,--a mí me ha sucedido algo análogo; sobre
todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las
pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil
años en llegar a la tierra.
--¡Ni con tropilla!--exclamó Baldomero.
--Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor.
--Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero,
para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con
telescopio, el alpha del Centauro?
--Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este
espectáculo grandioso--continuó Lorenzo,--hay algo en el firmamento más
grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su
origen...
--¿Y la de su fin?--le preguntó Ricardo.
--¿Cómo la de su fin?
--Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo,
admitiendo--lo que no es difícil,--que Dios existe y que ha hecho todo
eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?...
* * *
--Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos--exclamó
Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban
tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana
diciendo:
--Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño.
--¡Y está linda la tarde!... fresquita.
--¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?--le preguntó Lorenzo.
--No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.
--¿Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro día?
--Así es, sí, señor, son datos que tengo que mandarle al patrón que me
los ha pedido.
--¿Por qué no le encarga ese trabajo a Hipólito?
--¿En cuestión de cuentas?--dijo Baldomero riéndose, y agregó:--ése «no
arrima ni bocha».
En eso apareció Ricardo y preguntó:
--¿Saldremos en los mismos caballos del otro día, no?
--Menos don Lorenzo que me decía que quería un caballo más grande que el
overo.
--¿Cuál le han ensillado, Baldomero?
--El tostado, don Melchor; es el más grande que hay...
--Grande y manso, le pedí; ¡no vaya a darme un potro!
--¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro
usted no había nacido!...
--Bueno: andando--dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.
Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta
entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del
campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres
y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al
placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso.
Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato
contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la
noche--aunque remota,--se entregaban al laborioso trajín de buscar
ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros,
en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que
parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se
agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos
cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que
parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte
quieta!»
Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban
y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la
formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos
encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos
caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas,
combatieran por la dama.
Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado
cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato
barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y
transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia
las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su
nido.
Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó:
--¡Qué caballo tan ancho!
--Así es; sí, señor; es un poco «sillón»--le contestó Baldomero, pero
ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su
vez:
--¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas!
--Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin
asco.
--¿Es muy lerdo?
--Regular, señor; como todo caballo viejo.
--¡Caramba con tus investigaciones!--dijo Melchor, agregando:--¡ni que
fueras a comprarlo!
--Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural.
--Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.
El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se
había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que
Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:
--¿Continúa el interrogatorio?
--No... ché...
--¿Y qué haces ahí?... ¡Ven!
--¡Es que este caballo no anda!....
--Castíguelo sin recelo, don Lorenzo--le dijo Baldomero,--es medio
remolón al salir.
Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el
tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la
amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la
intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de
talón.
--¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!--le decía Baldomero.
--Es que no anda...
--Trae ese arreador, Juancito--dijo Baldomero al pequeño peón, que le
entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante,
mientras Lorenzo le decía:
--¡No le pegue muy fuerte!
Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la
caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose
con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus
rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso
era igual.
El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los
pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla
enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del
perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto
a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla...
Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado
comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo
sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que
el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección
aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo.
Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las
piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin
comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero
corría hacia el caído, que se levantó diciéndole:
--¿Vio qué corcovo, eh?...
--¿Se ha hecho daño, don Lorenzo?
--No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé!
Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y
Ricardo, que reían desconsideradamente.
--¿Cómo te caíste?--le preguntó éste.
--¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví
bajarme... ¡qué pavada!...
Y como viera que la causa principal--el perrazo bayo--había
desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de
nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba
cuánto suelen ser de soportables algunas caídas.
El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus
encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su
caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado
tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo
que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba
demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren.
El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo:
--¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene!
Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando
Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites
adecuados.
En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron
con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la
estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle
escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:
--¿Qué es eso?
--¿Cómo se llama ese pájaro?
--¿Qué animal es aquél?, etc., etc.
Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios
para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del
nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces,
que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para
alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus
procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la
observación entusiasta de sus dos amigos.
Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo
sugería, Lorenzo dijo:
--Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta
ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo!
--¿Más interesante que la «Pampita»?--le preguntó Melchor sonriéndose.
--No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí--y agregó:--Ricardo está
enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.
--¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?...
--¿Hace mucho que está al servicio de ustedes?
--Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque
tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es
honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso.
--¿Y su familia, ché?
--La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas
larguísimas sin salir de sus piezas.
--¿Será neurasténica?
--¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos.
--¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.
En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho,
que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del
otro lado.
--A ver, Ricardo... ¡salta!
El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a
medio metro, juntó las cuatro patas y a una incitación de su jinete,
saltó con él, que se había tomado prolijamente de la cabezada de su
montura y que experimentó, después del salto, la grata sensación de
conservarse en ella.
--Ahora tú...
--¿Y éste sabe saltar?--preguntó Lorenzo ligeramente pálido, mientras su
caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda
dirección.
--¡Anímalo!...
Así lo hizo Lorenzo, a puro talón, ocupadas las manos en funciones
previsoras, y cuando el tostado comprendió que se le ordenaba salvar el
obstáculo, estiró una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando
despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso
aquélla, quedando en la violenta posición consiguiente; aproximó en
seguida las patas traseras una de las cuales metió en la zanja, que
finalmente pasó tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensación de
haber transmontado en dos trancos la mismísima cordillera de los Andes.
* * *
Después de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardín
Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos veían, por entre las plantas y
los arbustos, la silueta de Melchor dando órdenes en la caballeriza.
--¡No ha de ser sólo por buscar correspondencia!... don Ricardo--decía
Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo
exterior pasó por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la
yema del pulgar pasada de punta a punta.
--Y por pasear un poco, Baldomero.
--¡Y por hacer alguna visita!...
--No haría más que cumplir lo prometido.
--¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño!
--Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con
ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan
educadita!...
--En eso, dificulto--dijo Baldomero--que haya otra igual... ¡porque
miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que
pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que
la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los
días con los libros... y «meta» piano de sol a sol.
--Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre
ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita?