nosotros vi que él se besaba la señal de la cruz y hablaba en voz baja
con el compañero, como profiriendo una amenaza.
--¡Para que usted lo viera, don Lorenzo! ¿Qué quiere que haga ese
laucha?
--Era Martín, ¿no, Baldomero?
--Él era, don Melchor. ¡Fíjese!...
--No hay enemigo pequeño, Baldomero.
--¡Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martín no es hombre para
pararse.
--El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, ¿no?--dijo Ricardo.
--¿Ese?... ése es bravo con doña Ramona...
--¿Es posible?--preguntó Lorenzo.
--¡Le da una vida!... bueno que él se ha juntado por la necesidad no
más.
--Y ella parece una mujer excelente.
--Así es; sí, señor, ¡buenaza!... y no digamos que sea mala cosa...
porque aunque le ande cerca a los cuarenta...
--Realmente--dijo Ricardo,--es más bien buena moza... ¡y ha de haber
sido linda!
--¿Anastasio la castiga, Baldomero?--preguntó como dudando Melchor.
--¡Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, ¿a dónde va a ir la
infeliz?
--¿Por qué no la trae al campo, Baldomero?... Aquí habría trabajo que
darle... en el puesto de las aves... o para lavar.
--Para eso sí... nunca estaría de más.
--Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz--dijo Lorenzo.
--Mañana mismo nos vamos de un galope hasta el «Paso», ¿qué les parece?
y le hablo--respondió Melchor, que de pocos estímulos necesitaba, para
lanzarse en empresas de esa clase.
--¿Y piensa traerla, don Melchor?
--Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen
dejar a una mujer como ésa en semejante condición.
--Harás perfectamente.
--¿Y por qué no completa la obra, don Melchor?
--¿Cómo?...
--«Corriéndose» hasta el pueblo... y trayendo «alguien»... que sepa
tocar el piano... para que lo acompañe a don Ricardo...
--¿Y a quién podría traer?--preguntó éste, ¿o hay pianistas que se
«alquilen»?
--De eso no sé... yo conozco poco en el pueblo... ¿sabe quién le puede
informar? es don Casiano...
--Lo que es por mí se pueden ahorrar el trabajo, porque también,
tratándose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que «el buey
suelto bien se lame».
--¡Más mejor se lamen dos, don Ricardo!--dijo Baldomero coreado por las
carcajadas de todos.
--Así será... pero «solo» nací--replicó Ricardo siguiendo la
broma,--«solo» me como esta humita y «solo» toco el piano.
--¡No vaya a hablar solo también; no sea el diablo que lo tomen por
loco...!
--¿Y usted cree, Baldomero, que no hay más locos que los que hablan
solos?...
--¡Qué voy a creer, señor!... ¡si hay locos de toda laya!... locos de
hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... ¡Si hasta
hay locos por... la Pampita!.....
--Eso de los locos de hambre, ¿lo ha dicho por mí?...
--No, señor; eso, no... coma no más tranquilo...
--¡Qué Baldomero éste... es la piel de Judas!
--¡No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...!
--Y a todo esto--dijo Lorenzo,--¿qué programa tenemos para mañana?
--Si se animan iremos hasta lo de Anastasio.
--¿A caballo, Melchor?
--¡Claro está!
--¿No es muy lejos para un «debut»?
--¡No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio...
--Yo preferiría que nos ensayáramos de a poco.
--Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo.
--¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en
coche.
--Si quieren--dijo Baldomero--hay caballos muy mansos y de lindo
andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó
recapacitando.
--¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo!
--¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es
ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita».
--Realmente, valdría la pena--dijo Lorenzo,--conque yo que nunca me he
fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta.
--¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás
sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para
encontrarla.
--Ya me estás casando, Melchor.
--No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche
dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas.
--Por lo pronto hemos recogido una--dijo Ricardo,--que va contra tus
ideas.
--¿Cuál?...
--¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un
dolor moral.
--¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado
de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la
misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros
y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en
pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las
influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su
dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque
vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores;
pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que
estoy, felizmente.
--¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!--exclamó Baldomero.
--Yo censuro--continuó diciendo vehementemente Melchor--a los que
acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor
tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a
todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea,
y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos
pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública;
yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el
trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano.
Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación
irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era
inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que
Melchor desempeñaba una función trascendental.
--Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.
--¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac?
--Gracias, don Melchor, no tomo.
--¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes.
--¿Vas a tomar coñac, Melchor?--le dijo Lorenzo con visible extrañeza.
--¡Qué me va a hacer!... ¡una copita a la salud de ustedes... y de
Clota!... ¡agua... ché... me he abrasado!...
--¡Para qué tomaste!
--Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; ¿le digo entonces a Hipólito
que ate?
--Sí, que ate, y que me ensillen el zaino.
--¿Para qué hora piensan salir?
--Yo voy a ir a despertarlo.
--Será, señor, si no hace un paseo más largo...
--¿Qué paseo?
--El galope con la «Pampita»...
--La «Pampita»... la «Pampita»...--repetían Lorenzo y Ricardo.
* * *
En el momento en que Lorenzo abría la puerta para salir al corredor,
llegaba Baldomero con el mate en la mano.
--¡Vaya, don Lorenzo, así me gusta!
--Ya ve: lavado y listo.
--¿Y los compañeros?
--Ricardo se está vistiendo; pero Melchor duerme todavía.
--¿Duerme todavía?... Sabe que es raro.
--Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir.
--Y... ¿se anima a ir a caballo?
--Hasta el «Paso»... es demasiado.
--Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara
de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted
un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?...
--¿Dulce?
--¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para
allá?...
--Bueno, ¿y no me desconocerán los perros?
--Son mansos, no tenga reparo.
A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha
senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor
de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un
muchacho rasqueteaba previamente.
En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al
mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los
rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus
productos.
Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los
caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso
entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como
si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a
montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin
que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las
pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.
Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas
distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el
repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al
suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como
si hubiera realizado una hazaña prodigiosa.
Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los
reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba
a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada
de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos
que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja...
más!...»
El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas
haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles
de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un
perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas,
levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y
lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como
si lo paladeara...
--Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo...
--¿Es un poco chico, no?
--¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?...
--¡Lo he visto en botellas!
--¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!...
¡qué usted verá!...
--¿Y aquél?
--¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese
caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera
sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en
fin: es un gusto.
--¿Y qué quiere decir estrellero?
--Que va con la cabeza así... ¿ve?... y el cogote por lo
consiguiente--dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia
adelante.
--¿Y no tienen algún caballo de «sobrepaso»?--preguntó Lorenzo por
compensar en algo la ignorancia evidenciada.
--Hay un petizo. ¡Fíjese!... ¿Quiere verlo?--y volviéndose al muchacho
que rasqueteaba al malacara dijo:
--Ché, Juancito, echá el «Risueño»...
--Está en el potrero de las coloradas.
--¿Desde cuándo?
--Afloja una mano--respondió el muchacho como si contestara a la
pregunta.
--¿Y se llama «Risueño» el petizo?--preguntó sonriendo Lorenzo.
--¿Sabe por qué le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo
van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se
estuviera riendo.
--¡Ahí viene Ricardo!... ¡Qué _toilette_ tan larga!
--No, es que me quedé hablando con Melchor; buenos días, Baldomero.
--¿Cómo pasó la noche, don Ricardo?
--He dormido muy bien... ¡qué linda mañana! ¿eh?
--¿Y Melchor?
--Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene más pereza que
vergüenza.
--¡Y él sabe ser madrugador!... Estará cansado... o puede que tenga un
atraso de sueño.
--Voy a verlo, ya vuelvo, espérame aquí con Baldomero.
Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que
Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los
muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante
en que le golpeó el vidrio, Melchor le miró sonriendo como si hubiera
estado pensando en cosas alegres.
Lorenzo penetró en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud
en que había sorprendido a Melchor, y le dijo:
--¿No te sientes bien?
--¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué?
--Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.
--¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un
periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate.
Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del
jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas
rodeadas de corpulentos y seculares ombúes.
En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en
que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto,
si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que
hizo exclamar a Lorenzo:
--Parece una pajarera esta casa.
--¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y,
al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y
de maíz de guinea por todas partes.
--¡Qué lindo es eso!
--Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la
estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella
para siempre.
--¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.
--No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir;
pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por
mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí.
--¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no
hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta
soledad... este aislamiento...
--Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay
soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.
--¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú?
--¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han
frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y
distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o
preocupado.
--¡Eso me parece muy natural!
--¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias,
conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y
el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro
paredes de mi cuarto.
--¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie!
--¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis
amigos ahora?
--¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por
tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has
cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes.
--¡Yo no he cambiado!--le interrumpió Melchor con cierta vehemencia,
suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.--¡Son ellos los que me
habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me
necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de
ellos: ¡porque todos son así!...
--¡Son ganas de quejarte!
--¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa
ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel...
--¿Sabes cuál es su nombre técnico?
--¡Qué voy a saber!
--Troglodita.
--¡Eso querría ser yo!...
En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño
peón de la caballeriza, y dijo:
--Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir?
* * *
--¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!--dijo Ricardo poniendo en el
suelo un vaso con un poco de leche.
--Ni yo tampoco: he tomado demasiada.
--A mí sáqueme otro vaso, Águeda.
--¡Será a la vaca, niño Melchor!--contestó la vieja que ordeñaba, riendo
de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de
arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento,
como hueso de bagual en una zanja.
--¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también!
--¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan
todos!--replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en
cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras
movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios
garrones.
--Yo he tenido que desayunarme con leche--dijo Lorenzo,--cansado de
esperar un mate dulce que me ofrecieron...
--¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...
--Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.
--¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana?
--¡Cuando quieran!... ¿Van a ir a caballo?--preguntó Melchor.
--Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche.
--No, Lorenzo, iremos otro día; vamos a dar una vuelta por el campo, no
más.
--Entonces nos ensayaremos... ¿qué te parece, Ricardo?
--¡Convenido!... ¡a caballo!
--¿Y eso?... ¿No decía, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doña
Ramona?...
--Iremos mañana, Baldomero, u otro día... Cuando estén más acostumbrados
al caballo, ¿no le parece?...
--Como usted mande... ¿y no sería bueno consultarle primero al patrón?
--No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y
tratándose de una cosa así, más.
Al tomar los caballos, dijo Ricardo:
--¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad!
--Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama!
Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo
parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron
inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida.
Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa
trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina
resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de
intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito,
José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta
las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas
como para mirarlos mejor.
--¿Vamos?...--dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.
--Bue...e...no--Contestó Ricardo, pensando:--¡Aquí va a pasar algo!
Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su
cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por
instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo
que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto
mortificante, salió al trotecito.
Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no
perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía:
--Que se divierta.
A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a
quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el
equilibrio que a duras penas había podido conservar:
--¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me...
divierta?...
--¡Qué encuentras de raro en eso?
--¿Yo?... nada...--repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y
agregó:--no... vayamos... tan... ligero...
--Sujeta, si te incomoda el trote.
Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró.
--¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?...
--«Él»... se paró.
--¡Sigue... hombre!...
El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante
trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban
aceleradamente.
Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una
condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y
resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto.
De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al
malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra
del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta
libertad.
--Tu... caballo... sí... que... es... bueno...--dijo Lorenzo a quien el
zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres
sílabas seguidas.
--Tiene muy buen tranco, realmente.--contestó Ricardo;--pero el tuyo es
más bonito.
--¿Quieres... cambiar?...
--No; voy bien, en éste.
--Lolita hace lo que quiere en ese caballo--dijo Melchor.
--¡Quién fuera Lolita!--pensó Ricardo.
--¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!--pensó Lorenzo.
--Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.
--¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro...
Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo,
prorrumpió en una carcajada, diciéndole:
--¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!
--La... nena... ella... sabe... andar.
--¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!
--Es... que... yo... no... lo... conozco--repuso Lorenzo sudando a mares
y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo.
Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez
de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes,
calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza
por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que
Águeda desataba la cola de la lechera negra.
--¿Galopemos?...--dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia
adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación...
Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró
galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar,
que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba
algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al
lado.
Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en
un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será
al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!...
El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no
haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se
prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial,
Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los
que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado.
Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que
entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor,
pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como
el mejor.
Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no
experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas
consecuencias no podían calcular: punzadas agudas en las plantas de los
pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa
interior a desprenderse de algunas partes.
* * *
A la mañana siguiente, cuando Baldomero entró al dormitorio, con las
primeras luces del día, a despertarles, para montar en los caballos ya
ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unísono:
--¡Yo no puedo moverme!... ¡ay!...
Melchor insistió tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que
sentían y volver a repetir la prueba del día anterior; pero toda
dialéctica resultó estéril:
--«No puedo moverme.»
--«Me duele todo el cuerpo.»
--«No puedo darme vuelta»--contestaban.
--Mañana será peor, levántense, no sean maulas. Convénzanse de que a
esos dolores, «como a todos», se les domina y vence con un poco de
voluntad.
--¡Yo necesitaría toda la del mundo para mover una pierna!... ¡ay!...
--Después les va a pesar... ¡vamos!... ¡un poco de energía y arriba!...
Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paños tibios...
¡Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo...
-¡Ay!...
-¡Ay!...
--...y nos vamos de un galope...
-¡Ay!...
-¡Ay!...
--...hasta lo de Anastasio.
Todo fue inútil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, llegó
a la más rotunda negativa ante la idea de galopar «hasta lo de
Anastasio».
--¡Pues yo voy!--dijo Melchor,--y voy no sólo porque estoy comprometido
conmigo mismo a ir, sino porque también me duele el cuerpo y estoy en la
certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, mañana no podré
moverme; conque, hasta luego.
--¿No vendrás a almorzar?... ¡Ay!...
--Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes
les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto
que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez.
Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de
Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de
circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de
ejercicio.
--¡Pero no a caballo!--contestaban.
Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando
sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a
acompañarle en la tarea que iba a desempeñar.
Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las
gallinas.
--¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!...
--¿Cómo le va, Ramona?
--¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por
aquí?...
--Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?...