Diré que su frente brilla
más que nieve en valle oscuro:
diré su bondad sencilla,
y el carmín de su mejilla
como su inocencia puro.
GALLEGO.
--¡Qué hermosa noche! acércate Teresa, ¿no te encanta respirar una brisa
tan refrigerante?
--Para ti debe ser más hermosa la noche y las brisas más puras: para ti
que eres feliz. Desde esta ventana ves a tu buen padre adornar por sí
mismo con ramas y flores las ventanas de esta casa; este día en que
tanto has llorado debe ser para ti de placer y regocijo. Hija adorada,
ama querida, esposa futura del amante de tu elección, ¿qué puede
afligirte, Carlota? tú ves en esta noche tan bella la precursora de un
día más bello aún: del día en que verás aquí a tu Enrique. ¿Cómo lloras
pues?... Hermosa, rica, querida... no eres tú la que debes llorar.
--Es cierto que soy dichosa, amiga mía, pero cómo pudiera volver a ver
sin profunda melancolía estos sitios que encierran para mi tantos
recuerdos? La última vez que habitamos en este ingenio gozaba yo la
compañía de la más tierna de las madres. También era madre tuya, Teresa,
pues como tal te amaba: aquella alma era toda ternura!... cuatro años
han corrido después de que habitó con nosotras esta casa. Aquí lucieron
para ella los últimos días de felicidad y de vida. Pocos transcurrieron
desde que dejamos esta hacienda y volvimos a la ciudad, cuando la atacó
la mortal dolencia que la condujo prematuramente al sepulcro. ¿Cómo
fuera posible que el volver a estos sitios, que no había visto desde
entonces, no sintiese el influjo de memorias tan caras?
--Tienes razón, Carlota, ambas debemos llorar eternamente una pérdida
que nos privó, a ti de la mejor de las madres, a mí, pobre huérfana
desvalida, de mi única protectora.
Un largo intervalo de silencio sucedió a este corto diálogo, y nos
aprovecharemos de él para dar a conocer a nuestros lectores las dos
señoritas cuya conversación acabamos de referir con escrupulosa
exactitud, y el local en que se verificara la mencionada conversación.
Era una pequeña sala baja y cuadrada, que se comunicaba por una puerta
de madera pintada de verde oscuro, con la sala principal de la casa.
Tenía además una ventana rasgada casi desde el nivel del suelo, que se
elevaba hasta la altura de un hombre, con antepecho de madera formando
una media luna hacia fuera, y compuertas también de madera, pero que a
la sazón estaban abiertas para que refrescase la estancia la brisa
apacible de la noche.
Los muebles que adornaban esta habitación eran muy sencillos pero
elegantes, y veíanse hacia el fondo, uno junto a otro, dos catres de
lienzo de los que se usan comunmente en todos los pueblos de la isla de
Cuba durante los meses más calurosos. Una especie de lecho flotante,
conocido con el nombre de hamaca, pendía oblicuamente de una esquina a
la otra de la estancia, convidando con sus blandas ondulaciones al
adormecimiento que produce el calor excesivo.
Ninguna luz artificial se veía en la habitación alumbrada únicamente por
la claridad de la luna que penetraba por la ventana. Junto a ésta y
frente una de otra estaban las dos señoritas sentadas en dos anchas
poltronas, conocidas con el nombre de butacas. Nuestros lectores
hubieran conocido desde luego a la tierna Carlota en las dulces lágrimas
que tributaba todavía a la memoria de su madre muerta hacía cuatro años.
Su hermosa y pura frente descansaba en una de sus manos, apoyando el
brazo en el antepecho de la ventana; y sus cabellos castaños, divididos
en dos mitades iguales, caían formando multitud de rizos en torno de un
rostro de diez y siete años. Examinado escrupulosamente a la luz del
día, aquel rostro acaso no hubiera presentado un modelo de perfección;
pero el conjunto de sus delicadas facciones, y la mirada llena de alma
de dos grandes y hermosos ojos pardos, daban a su fisonomía, alumbrada
por la luna, un no sé qué de angélico y penetrante imposible de
describir. Aumentaba lo ideal de aquella linda figura un vestido
blanquísimo que señalaba los contornos de su talle esbelto y gracioso, y
no obstante hallarse sentada, echábase de ver que era de elevada
estatura y admirables proporciones.
La figura que se nota frente a ella presentaba un cierto contraste.
Joven todavía, pero privada de las gracias de la juventud, Teresa tenía
una de aquellas fisonomías insignificantes que nada dicen al corazón.
Sus facciones nada ofrecían de repugnante, pero tampoco nada de
atractivo. Nadie la llamaría fea después de examinarla; nadie empero la
creería hermosa al verla por primera vez, y aquel rostro, sin expresión,
parecía tan impropio para inspirar el odio como el amor. Sus ojos de un
verde oscuro bajo dos cejas rectas y compactas, tenían un mirar frío y
seco que carecía igualmente del encanto de la tristeza y de la gracia
de la alegría. Bien riese Teresa, bien llorase, aquellos ojos eran
siempre los mismos. Su risa y su llanto parecían un efecto del arte en
una máquina, y ninguna de sus facciones participaba de aquella
conmoción. Sin embargo, tal vez cuando una gran pasión o un fuerte
sacudimiento hacía salir de su letargo a aquella alma apática, entonces
era pasmosa la expresión repentina de los ojos de Teresa. Rápida era su
mirada, fugitiva su expresión pero viva, enérgica, elocuente; y cuando
volvían aquellos ojos a su habitual nulidad, admirábase el que los veía
de que fuesen capaces de un lenguaje tan terrible.
Hija natural de un pariente lejano de la esposa de don Carlos, perdió a
su madre al nacer, y había vivido con su padre, hombre libertino que la
abandonó enteramente al orgullo y dureza de una madrastra que la
aborrecía. Así fué desde su nacimiento oprimida con el peso de la
desventura, y cuando por muerte de su padre fué recogida por la señora
de B.... y su esposo, ni el cariño que halló en esta feliz pareja, ni la
tierna amistad que la dispensó Carlota fueron ya suficientes a despojar
a su carácter de la rigidez y austeridad que en la desgracia había
adquirido. Su altivez natural, constantemente herida por su nacimiento y
escasa fortuna que la constituía en una eterna dependencia, habían
agriado insensiblemente su alma, y a fuerza de ejercitar su
sensibilidad parecía haberla agotado. Ocho años hacía, en la época en
que comienza nuestra historia, que se hallaba Teresa bajo la protección
del señor de B...., único pariente en quien había encontrado afecto y
compasión, y aunque fuese este tiempo el que pudiera señalar por el más
dichoso de su vida, no había estado exento para ella de grandes
mortificaciones. El destino parecía haberla colocado junto a Carlota
para hacerla conocer por medio de un triste cotejo, toda la inferioridad
y desgracia de su posición. Al lado de una joven bella, rica, feliz, que
gozaba el cariño de unos padres idólatras, que era el orgullo de toda
una familia, y que se veía sin cesar rodeada de obsequios y alabanzas,
Teresa, humillada y devorando en silencio su mortificación, había
aprendido a disimular, haciéndose cada vez más fría y reservada. Al
verla siempre seria e impasible se podía creer que su alma imprimía
sobre su rostro aquella helada tranquilidad, que a veces se asemeja a la
estupidez; y sin embargo, aquella alma no era incapaz de grandes
pasiones, mejor diré, era formada para sentirlas. Pero ¿cuáles son los
ojos bastante perspicaces para leer en un alma, cubierta con la dura
corteza que forman las largas desventuras? En un rostro frío y severo
muchas veces descubrimos la señal de la insensibilidad, y casi nunca
adivinamos que es la máscara que cubre el infortunio.
Carlota amaba a Teresa como a una hermana, y, acostumbrada ya a la
sequedad y reserva de su carácter, no se ofendió nunca de no ver
correspondida dignamente su afectuosa amistad. Viva, ingenua e
impresionable, apenas podía comprender aquel carácter triste y profundo
de Teresa, su energía en el sufrimiento y su constancia en la apatía.
Carlota, aunque dotada de maravilloso talento, había concluído por
creer, como todos, que su amiga era uno de aquellos seres buenos y
pacíficos, fríos y apáticos, incapaces de crímenes como de grandes
virtudes, y a los cuales no debe pedírseles más de aquello que dan,
porque es acaso el tesoro de su corazón.
Inmóvil Teresa enfrente de su amiga, estremecióse de repente con un
movimiento convulsivo.--Oigo,--dijo,--el galope de un caballo: sin duda
es tu Enrique.
Levantó su linda cabeza Carlota de B.... y un leve matiz de rosa se
extendió por sus mejillas.--En efecto,--dijo,--oigo galopar; pero
Enrique no debe llegar hasta mañana: mañana fué el día señalado para su
vuelta de Guanaja. Sin embargo, puede haber querido anticiparlo.... ¡Ah,
sí, él es!.... ya oigo su voz que saluda a papá. Teresa, tienes
razón,--añadió echando su brazo izquierdo, al cuello de su prima
mientras enjugaba con la otra la última lágrima que se deslizaba por su
mejilla;--tienes razón en decirlo.... ¡soy muy dichosa!
Teresa, que se había puesto en pie y miraba atentamente por la ventana,
volvió a sentarse con lentitud; su rostro recobró su helada y casi
estúpida inmovilidad, y pronunció entre dientes:--¡Sí, eres muy dichosa!
No lloraba ya Carlota; los penetrantes recuerdos de una madre querida se
desvanecieron a la presencia de un amante adorado. Junto a Enrique nada
ve más que a él. El universo entero es para ella aquel reducido espacio
donde mira a su amante; porque ama Carlota con todas las ilusiones de un
primer amor, con la confianza y abandono de la primera juventud y con la
vehemencia de un corazón formado bajo el cielo de los Trópicos.
Tres meses habían corrido desde que se trató su casamiento con Enrique
Otway, y en ellos diariamente habían sido pronunciados los juramentos de
un eterno cariño: juramentos que eran para su corazón tierno y virginal
tan santos e inviolables como si hubiesen sido consagrados por las más
augustas ceremonias. Ninguna duda, ningún asomo de desconfianza había
emponzoñado un afecto tan puro, porque cuando amamos por primera vez
hacemos un Dios del objeto que nos cautiva. La imaginación le prodiga
ideales perfecciones, el corazón se entrega sin temor y no sospechamos
ni remotamente que el ídolo que adoramos puede convertirse en el sér
real y positivo que la experiencia y el desengaño nos presentan, con
harta prontitud, desnudo del brillante ropaje de nuestras ilusiones.
Aun no había llegado para la sensible isleña esta época dolorosa de una
primera desilusión: aun veía a su amante por el encantado prisma de la
inocencia y del amor, y todo en él era bello, grande y sublime.
¿Merecía Enrique Otway una pasión tan hermosa? ¿Participaba de aquel
divino entusiasmo que hace soñar un cielo en la tierra? ¿Comprendía su
alma a aquella alma apasionada de la que era señor?... Lo ignoramos; los
acontecimientos nos lo dirán en breve y fijarán en este punto la opinión
de nuestros lectores. No queriendo anticiparles nada, nos limitaremos
por ahora a darles algún conocimiento de las personas que figuran en
esta historia, y de los acontecimientos que precedieron a la época en
que comenzamos a referirla.