CAPITULO I

--¿Quién eres? ¿cuál es tu patria?

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

--Las influencias tiranas de mi

estrella, me formaron monstruo de

especies tan raras, que gozo de heroica

estirpe allá en las dotes del

alma siendo el desprecio del mundo.

CAÑIZARES.

Veinte años hace, poco más o menos, que al declinar una tarde del mes de

junio un joven de hermosa presencia atravesaba a caballo los campos

pintorescos que riega el Tínima, y dirigía a paso corto su brioso alazán

por la senda conocida en el país por el nombre de camino de Cubitas, por

conducir a las aldeas de este nombre, llamadas también tierras rojas.

Hallábase el joven de quien hablamos a distancia de cuatro leguas de

Cubitas, de donde al parecer venía; y a tres de la ciudad de Puerto

Príncipe, capital de la provincia central de la isla de Cuba en aquella

época, como al presente, pero que hacía entonces muy pocos años había

dejado su humilde dictado de villa.

Fuese efecto de poco conocimiento del camino que seguía, fuese por

complacencia de contemplar detenidamente los paisajes que se ofrecían a

su vista, el viajero acortaba cada vez más el paso de su caballo y le

paraba a trechos como para examinar los sitios por donde pasaba. A la

verdad, era harto probable que sus repetidas detenciones sólo tuvieran

por objeto admirar más a su sabor los campos fertilísimos de aquel país

privilegiado, y que debían tener mayor atractivo para él si como lo

indicaban su tez blanca y sonrosada, sus ojos azules, y su cabello de

oro había venido al mundo en una región del Norte.

El sol terrible de la zona tórrida se acercaba a su ocaso entre

ondeantes nubes de púrpura y de plata, y sus últimos rayos, ya tibios y

pálidos, vestían de un colorido melancólico los campos vírgenes de

aquella joven naturaleza, cuya vigorosa y lozana vegetación parecía

acoger con regocijo la brisa apacible de la tarde, que comenzaba a

agitar las copas frondosas de los árboles agostados por el calor del

día. Bandadas de golondrinas se cruzaban en todas direcciones buscando

su albergue nocturno, y el verde papagayo con sus franjas de oro y de

grana, el cao de un negro nítido y brillante, el carpintero real de

férrea lengua y matizado plumaje, la alegre guacamaya, el ligero

tomeguín, la tornasolada mariposa y otra infinidad de aves indígenas,

posaban en las ramas del tamarindo y del mango aromático, rizando sus

variadas plumas como para recoger en ellas el soplo consolador del aura.

El viajero después de haber atravesado sabanas inmensas donde la vista

se pierde en los dos horizontes que forman el cielo y la tierra, y

prados coronados de palmas y gigantescas ceibas, tocaba por fin en un

cercado, anuncio de propiedad. En efecto, divisábase a lo lejos la

fachada blanca de una casa de campo, y al momento el joven dirigió su

caballo hacia ella; pero lo detuvo repentinamente y apostándole a la

vera del camino pareció dispuesto a esperar a un paisano del campo, que

se adelantaba a pie hacia aquel sitio, con mesurado paso, y cantando una

canción del país cuya última estrofa pudo entender perfectamente el

viajero.

Una morena me mata

tened de mí compasión,

pues no la tiene la ingrata

que adora mi corazón[1].

El campesino estaba ya a tres pasos del extranjero, y viéndole en

actitud de aguardarle detúvose frente a él y ambos se miraron un

momento antes de hablar. Acaso la notable hermosura del extranjero causó

cierta suspensión al campesino, el cual por su parte atrajo

indudablemente las miradas de aquél.

Era el recién llegado un joven de alta estatura y regulares

proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo

blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los

primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto

singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en

que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con

los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto.

Era su color de un blanco amarillento con cierto fondo oscuro; su ancha

frente se veía medio cubierta con mechones desiguales de un pelo negro y

lustroso como las alas del cuervo; su nariz era aguileña pero sus labios

gruesos y amoratados denotaban su procedencia africana. Tenía la barba

un poco prominente y triangular, los ojos negros, grandes, rasgados,

bajo cejas horizontales, brillando en ellos el fuego de la primera

juventud, no obstante que surcaban su rostro algunas ligeras arrugas. El

conjunto de estos rasgos formaba una fisonomía característica; una de

aquellas fisonomías que fijan las miradas a primera vista y que jamás se

olvidan cuando se han visto una vez.

El traje de este hombre no se separaba en nada del que usan generalmente

los labriegos en toda la provincia de Puerto Príncipe, que se reduce a

un pantalón de cotín de anchas rayas azules, y una camisa de hilo,

también listada, ceñida a la cintura por una correa de la que pende

ancho machete, y cubierta la cabeza con un sombrero de yarey bastante

alicaído:[2] traje demasiado ligero, pero cómodo y casi necesario en un

clima abrasador.

El extranjero rompió el silencio y hablando en castellano, con una

pureza y facilidad que parecían desmentir su fisonomía septentrional,

dijo al labriego:--Buen amigo, ¿tendrá usted la bondad de decirme si la

casa que desde aquí se divisa es la del ingenio[3] de Bellavista,

perteneciente a don Carlos de B...?

El campesino hizo una reverencia y contestó:--Sí, señor, todas las

tierras que se ven allá abajo, pertenecen al señor don Carlos.

--Sin duda es usted vecino de ese caballero y podrá decirme si ha

llegado ya a su ingenio con su familia.

--Desde esta mañana están aquí los dueños, y puedo servir a usted de

guía si quiere visitarlos.--El extranjero manifestó con un movimiento

de cabeza que aceptaba el ofrecimiento, y sin aguardar otra respuesta,

el labriego se volvió en ademán de querer conducirle a la casa, ya

vecina. Pero tal vez no deseaba llegar tan pronto el extranjero, pues

haciendo andar muy despacio a su caballo volvió a entablar con su guía

la conversación, mientras examinaba con miradas curiosas el sitio en que

se encontraba.--¿Dice usted que pertenecen al señor de B... todas estas

tierras?

--Sí, señor.

--Parecen muy feraces.

--Lo son, en efecto.

--Esta finca debe producir mucho a su dueño.

--Tiempos ha habido, según he llegado a entender,--dijo el labriego

deteniéndose para echar una ojeada hacia las tierras objeto de la

conversación,--en que este ingenio daba a su dueño doce mil arrobas de

azúcar cada año, porque entonces más de cien negros trabajaban en sus

cañaverales; pero los tiempos han variado y el propietario actual de

Bellavista no tiene en él sino cincuenta negros, ni excede su zafra[4]

de seis mil panes de azúcar.

--Vida muy fatigosa deben de tener los esclavos en estas

fincas,--observó el extranjero,--y no me admira se disminuya tan

considerablemente su número.

--Es una vida terrible a la verdad,--respondió el labrador arrojando a

su interlocutor una mirada de simpatía:--bajo este cielo de fuego el

esclavo casi desnudo trabaja toda la mañana sin descanso, y a la hora

terrible del mediodía, jadeando, abrumado bajo el peso de la leña y de

la caña que conduce sobre su espaldas, y abrasado por los rayos del sol

que tuesta su cutis, llega el infeliz a gozar todos los placeres que

tiene para él la vida: dos horas de sueño y una escasa ración. Cuando la

noche viene con sus brisas y sus sombras a consolar a la tierra

abrasada, y toda la naturaleza descansa, el esclavo va a regar con su

sudor y sus lágrimas el recinto donde la noche no tiene sombras, ni la

brisa frescura, porque allí el fuego de la leña ha sustituído al fuego

del sol, y el infeliz negro, girando sin cesar en torno de la máquina

que arranca a la caña su dulce jugo, y de las calderas de metal en las

que este jugo se convierte en miel a la acción del fuego, ve pasar horas

tras horas, y el sol que torna le encuentra todavía allí... ¡Ah! sí; es

un cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres

convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud

y en su alma la desesperación del infierno.

El labriego se detuvo de repente como si echase de ver que había hablado

demasiado, y bajando los ojos, y dejando asomar a sus labios una

sonrisa melancólica, añadió con prontitud:

--Pero no es la muerte de los esclavos causa principal de la decadencia

del ingenio de Bellavista: se han vendido muchos, como también tierras,

y sin embargo, aun es una finca de bastante valor. Dichas estas palabras

tornó a andar con dirección a la casa, pero detúvose a pocos pasos

notando que el extranjero no le seguía, y al volverse hacia él,

sorprendió una mirada fija en su rostro con notable expresión de

sorpresa. En efecto, el aire de aquel labriego parecía revelar algo de

grande y noble que llamaba la atención, y lo que acababa de oirle el

extranjero, en un lenguaje y con una expresión que no correspondían a la

clase que denotaba su traje pertenecer, acrecentó su admiración y

curiosidad. Habíase aproximado el joven campesino al caballo de nuestro

viajero con el semblante de un hombre que espera una pregunta que

adivina se le va a dirigir, y no se engañaba, pues el extranjero no

pudiendo reprimir su curiosidad le dijo:--Presumo que tengo el gusto de

estar hablando con algún distinguido propietario de estas cercanías. No

ignoro que los criollos, cuando están en sus haciendas de campo, gustan

vestirse como simples labriegos, y sentiría ignorar por más tiempo el

nombre del sujeto que con tanta cortesía se ha ofrecido a guiarme. Si no

me engaño es usted amigo y vecino de don Carlos de B...

El rostro de aquel a quien se dirigían estas palabras no mostró al

oirlas la menor extrañeza, pero fijó en el que hablaba una mirada

penetrante: luego, como si la dulce y graciosa fisonomía del extranjero

dejase satisfecha su mirada indagadora, respondió bajando los ojos:

--No soy propietario, señor forastero, y aunque sienta latir en mi pecho

un corazón pronto siempre a sacrificarse por don Carlos, no puedo

llamarme amigo suyo. Pertenezco,--prosiguió con sonrisa amarga,--a

aquella raza desventurada sin derechos de hombres... soy mulato y

esclavo.

--¿Con que eres mulato?--dijo el extranjero tomando, oída la declaración

de su interlocutor, el tono de despreciativa familiaridad que se usa con

los esclavos:--bien lo sospeché al principio; pero tienes un aire tan

poco común en tu clase, que luego mudé de pensamiento.

El esclavo continuaba sonriéndose; pero su sonrisa era cada vez más

melancólica y en aquel momento tenía también algo de desdeñosa.

Es,--dijo volviendo a fijar los ojos en el extranjero,--que a veces es

libre y noble el alma, aunque el cuerpo sea esclavo y villano. Pero ya

es de noche y voy a conducir a su merced[5] al ingenio ya próximo.

La observación del mulato era exacta. El sol como arrancado

violentamente del hermoso cielo de Cuba, había cesado de alumbrar aquel

país que ama, aunque sus altares estén ya destruídos, y la luna pálida y

melancólica se acercaba lentamente a tomar posesión de sus dominios.

El extranjero siguió a su guía sin interrumpir la conversación.

--¿Con que eres esclavo de don Carlos?

--Tengo el honor de ser su mayoral[6] en este ingenio.

--¿Cómo te llamas?

--Mi nombre de bautismo es Bernabé, mi madre me llamó siempre Sab, y así

me han llamado luego mis amos.

--¿Tu madre era negra, o mulata como tú?

--Mi madre vino al mundo en un país donde su color no era un signo de

esclavitud: mi madre,--repitió con cierto orgullo,--nació libre y

princesa. Bien lo saben todos aquellos que fueron como ella conducidos

aquí de las costas del Congo por los traficantes de carne humana. Pero

princesa en su país fué vendida en éste como esclava.

El caballero sonrió con disimulo al oir el título de princesa que Sab

daba a su madre, pero como al parecer le interesase la conversación de

aquel esclavo, quiso prolongarla.--Tu padre sería blanco

indudablemente.

--¡Mi padre!... yo no le he conocido jamás. Salía mi madre apenas de la

infancia cuando fué vendida al señor don Félix de B... padre de mi amo

actual, y de otros cuatro hijos. Dos años gimió inconsolable la infeliz

sin poder resignarse a la horrible mudanza de su suerte; pero un

trastorno repentino se verificó en ella pasado este tiempo, y de nuevo

cobró amor a la vida porque mi madre amó. Una pasión absoluta se

encendió con toda su actividad en aquel corazón africano. A pesar de su

color era mi madre hermosa, y sin duda tuvo correspondencia su pasión

pues salí al mundo por entonces. El nombre de mi padre fué un secreto

que jamás quiso revelar.

--Tu suerte, Sab, será menos digna de lástima que la de los otros

esclavos, pues el cargo que desempeñas en Bellavista, prueba la

estimación y afecto que te dispensa tu amo.

--Sí, señor, jamás he sufrido el trato duro que se da generalmente a los

negros, ni he sido condenado a largos y fatigosos trabajos. Tenía

solamente tres años cuando murió mi protector don Luis, el más joven de

los hijos del difunto don Félix de B... pero dos horas antes de dejar

este mundo aquel excelente joven tuvo una larga y secreta conferencia

con su hermano don Carlos, y, según se conoció después, me dejó

recomendado a su bondad. Así hallé en mi amo actual el corazón bueno y

piadoso del amable protector que había perdido. Casóse algún tiempo

después con una mujer... un ángel! y me llevó consigo. Seis años tenía

yo cuando mecía la cuna de la señorita Carlota, fruto primero de aquel

feliz matrimonio. Más tarde fuí el compañero de sus juegos y estudios,

porque hija única por espacio de cinco años, su inocente corazón no

medía la distancia que nos separaba y me concedía el cariño de un

hermano. Con ella aprendí a leer y a escribir, porque nunca quiso

recibir lección alguna sin que estuviese a su lado su pobre mulato Sab.

Por ella cobré afición a la lectura; sus libros y aun los de su padre

han estado siempre a mi disposición, han sido mi recreo en estos

páramos, aunque también muchas veces han suscitado en mi alma ideas

aflictivas y amargas cavilaciones.

Interrumpíase el esclavo no pudiendo ocultar la profunda emoción que a

pesar suyo revelaba su voz. Mas hízose al momento señor de sí mismo;

pasóse la mano por la frente, sacudió ligeramente la cabeza, y añadió

con más serenidad:

--Por mi propia elección fuí algunos años calesero, luego quise

dedicarme al campo, y hace dos que asisto en este ingenio.

El extranjero sonreía con malicia desde que Sab habló de la conferencia

secreta que tuviera el difunto don Luis con su hermano, y cuando el

mulato cesó de hablar le dijo:

--Es extraño que no seas libre, pues habiéndote querido tanto don Luis

de B... parece natural te otorgase su padre la libertad, o te la diese

posteriormente don Carlos.

--¡Mi libertad!... sin duda es cosa muy dulce la libertad... pero yo

nací esclavo: era esclavo desde el vientre de mi madre, y ya...

--Estás acostumbrado a la esclavitud;--interrumpió el extrangero, muy

satisfecho con acabar de expresar el pensamiento que suponía en el

mulato.

No le contradijo éste; pero se sonrió con amargura, y añadió a media voz

y como si se recrease con las palabras que profería lentamente:

--Desde mi infancia fui escriturado a la señorita Carlota: soy esclavo

suyo, y quiero vivir y morir en su servicio.

El extranjero picó un poco con la espuela a su caballo. Sab andaba

delante apresurando el paso a proporción que caminaba más de prisa el

hermoso alazán de raza normanda en que iba su interlocutor.

--Ese afecto y buena ley te honran mucho, Sab, pero Carlota de B... va a

casarse y acaso la dependencia de un amo no te será tan grata como la de

tu joven señorita.

El esclavo se paró de repente, y volvió sus ojos negros y penetrantes

hacia el extranjero que prosiguió, deteniendo también un momento su

caballo:

--Siendo un sirviente que gozas la confianza de tus dueños, no ignorarás

que Carlota tiene tratado su casamiento con Enrique Otway, hijo único de

uno de los más ricos comerciantes de Puerto Príncipe.

Siguióse a estas palabras un momento de silencio, durante el cual es

indudable que se verificó en el alma del esclavo un incomprensible

trastorno. Cubrióse su frente de arrugas verticales, lanzaron sus ojos

un resplandor siniestro, como la luz del relámpago que brilla entre

nubes oscuras, y como si una idea repentina aclarase sus dudas, exclamó

después de un instante de reflexión:

--¡Enrique Otway! ese nombre lo mismo que vuestra fisonomía indican un

origen extranjero... Vos[7] sois pues, sin duda, el futuro esposo de la

señorita de B...!

--No te engañas, joven, yo soy en efecto Enrique Otway, futuro esposo de

Carlota, y el mismo que procurará no sea un mal para ti su unión con tu

señorita: lo mismo que ella, te prometo hacer menos dura tu triste

condición de esclavo. Pero he aquí la taranquela:[8] ya no necesito

guía. Adiós, Sab, puedes continuar tu camino.

Enrique metió espuelas a su caballo, que atravesando la taranquela

partió a galope. El esclavo le siguió con la vista hasta que le vió

llegar delante de la puerta de la casa blanca. Entonces clavó los ojos

en el cielo, dió un profundo gemido, y se dejó caer sobre un ribazo.

Sab (novela original) · 第 9 / 30 题