¡Ah! ¡y cómo corre entretanto el rey Chico!
¡Cómo hiere los ijares de su blanca yegua!
Parece que devora la distancia deseoso de perder en ella el estruendo de
la alegria de los vencedores.
¡Ay! ¡y cómo corre tambien la comitiva del cuitado rey!
Huyen de su desventura y de su vergüenza, porque nadie los persigue.
Y los moros que van por el camino con sus mugeres en sus asnos y sus
bienes en sus acémilas, maldicen al pasar el rey.
Y le llaman cobarde.
Y el rey aprieta los acicates á la yegua, que gime dolorosamente y
apresura su carrera.
Y la comitiva del rey apresura tambien á sus caballos que vuelan.
Falta entre ellos el infante Muza: Muza el valiente.
Muza que no ha tenido bastante valor para presenciar la pérdida de su
patria.
¡Corre, miserable rey!
¡Corre, como correrá tu llanto lejos de ese jardin de delicias donde
brotan flores de púrpura bajo los rayos de un sol de oro!
¡Corre, miserable, corre, y oculta tu miseria y tu deshonra entre los
pelados riscos de las Alpujarras!
Pero detente en esa aldea de Armilla.
Detente de nuevo y rinde un nuevo homenage.
Ahí en esa aldea está la reina Isabel de Castilla.
Arrójate de tu yegua, besa la mano de esa noble señora, torna á
cabalgar, y huye de nuevo.
* * * * *
Ya las nieblas de la tarde flotan en el horizonte.
El último rayo del sol poniente refleja á lo lejos sobre las torres de
Granada.
En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.
Míralas, Boabdil, míralas.
Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.
Pero esas armas no son las de tus moros.
Son las de tus conquistadores.
Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque
cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque
vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.
* * * * *
¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?
¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?
* * * * *
[imagen no disponible: El suspiro de Moro]
El rey habia llegado á una colina á dos leguas de Granada.
Junto á ella habia encontrado á las dos sultanas, su madre y su esposa.
Aixa-la-Horra le miró con cólera.
Zoraida con desprecio.
En la cima de la colina se veia una estrecha quebradura, desde la cual
se divisaba por última vez á Granada.
El rey, al llegar á aquella quebradura, se detuvo, echó pie á tierra,
estendió los brazos hácia su querida Granada, y cayó de rodillas.
Luego esclamó exhalando un grito desgarrador:
--¡Alah-ku-Akbar[162]!
Y cayó de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.
Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando así le vió, dicen que dijo trémula y
demudada señalando á la ciudad:
--Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como
hombre[163].
Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompañaba, para consolarle dijo:
--Considera, señor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien
famosos á los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo
en ellas con valor y fortaleza.
Y el cuitado rey llorando le dijo:
--¿Pues cuáles igualan á las estraordinarias adversidades mias?
Y montó á caballo, se volvió al oriente, y partió.
Al partir la yegua, dicen que dejó señaladas sus herraduras en la roca,
y aun se muestran hoy al viajero aquellas señales.
Los moros, en memoria de aquella tristísima despedida, llamaron al alto
del Padul, á la quebradura donde se prosternó el rey, _Ojo de lágrimas_,
y los castellanos le señalan todavía con el nombre de _Suspiro del
Moro_.
* * * * *
Entretanto los cristianos ponian una cruz en la sala de Justicia del
patio de los Leones.