¿Por qué las lágrimas corrian lentas é incesantes á lo largo de sus
megillas?
¡Ay! Zoraida en aquella maravillosa cámara era una garza real
aprisionada en una jaula de oro y pedrería.
Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el
magnífico espectáculo de la tierra vista desde las alturas, y al
recordarlo inclina apenada la cabeza, así Zoraida recordaba otros
espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de
la felicidad.
¿Qué se habian hecho sus sueños?
Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.
En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alcázar de
Málaga en donde pasó su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y
de sus doncellas.
En mal hora la llevó á Granada.
Y en dia de muerte la llevó á los miradores de Bib-Arrambla, para que
con ocasion de unas cañas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y
vista su hermosura por los caballeros granadinos.
Y por el rey Boabdil.
Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.
* * * * *
Boabdil habia sido su esposo.
Ebn-Ahmed se habia atrevido á dirigirla primero miradas, y luego
suspiros, y al fin palabras de amor.
* * * * *
¡Oh, y cuán ardientes, cuán tristes, cuán apenadores eran los recuerdos
de la sultana Zoraida!
Una lámpara de oro incrustada en nácar, enviaba al semblante de Zoraida
una ténue y dulce claridad que brillaba en sus lágrimas.
Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.
Era cerca del amanecer.
Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueño, no dejaban
oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alcázar.
Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian
alejarse dos sombras hácia un ángulo de la muralla: á la dudosa luz del
alba que empezaba á esclarecer, se notaba que la una sombra era un
hombre, la otra una muger.
Al llegar á aquel ángulo, la muger desenvolvió una escala y la arrojo á
fuera.
--El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar á los
guardas: aprovecha este momento para alejarte, walí: recuerda que no es
tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.
--De un arcángel de muerte, murmuró con voz ronca el hombre.
-¡Ah! ¡infeliz!... ¡infeliz de ella! ¿olvidas que es esposa de Boabdil?
--¡Oh! ¡si me amara, qué importan la muerte y la deshonra, y los
tormentos, á trueque de un instante de felicidad!...
--Vete, vete, walí Ebn-Ahmed; ¡si los guardas volvieran!...
--He subido por esta escala con la alegría del sol que sale, y la bajo
con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo;
pero mi cielo ha estado nublado para mí.
--Oye, walí, y espera y alienta tu esperanza... mi señora me ha dicho
para tí estas palabras:
«Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.»
--¡Ah!
--Vete, pues.
--¡Otro dia!
--Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.
--¡Og-allah![129] esclamó Ebn-Ahmed; y arrancándose una joya la entregó
á la esclava, y se deslizó por la escala.
Cuando la escala perdió su fuerte tension, señal clara de que el que
habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogió.
Luego se inclinó sobre el adarve y escuchó atentamente.
Poco despues, allá á lo lejos, pasando por un puente del Darro, y
trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuchó el sonoro galope de
un caballo.