--Pero lo que hizo aquella muger fué infame, dijo María.
--Escucha, escucha, continuó el mago, y verás hasta dónde puede llegar
el amor de una mora.
María escuchó de nuevo y el mago continuó:
--Cuando Walidé vió ante sí muerto y ensangrentado á Men Roger, tuvo
miedo. Buscó una puerta, y huyó á la ventura, atravesó una galería,
llegó á unas escaleras, las bajó, se encontró en un huerto; iluminado
por la luna, le recorrió buscando otra salida y encontró un postigo.
Aquel postigo tenia la cerradura rota y corridos los cerrojos.
Estaba abierto.
Walidé se lanzó, á la ventura siempre, por aquel postigo.
Pero de repente se encontró con un hombre.
La luna daba de lleno en su semblante, y Walidé arrojó un grito de
alegría.
Porque aquel hombre era el infante Abd-el-Rahhaman, que mientras sus
gentes ponian en salvo á doña Catalina, que habia huido, se habia
quedado con algunos de los suyos cubriendo por sí mismo la salida, y
resuelto á todo.
Del mismo modo que Walidé habia reconocido al infante, este la reconoció
á ella.
Una intensa alegría inundó el alma de entrambos.
La de ella, porque se veia al fin salvada por el hombre que vivia en su
alma; la de él, porque se vengaba de una doble manera de la falta de fé
de Men Roger.
Walidé comprendió que no debia decir á su amante que habia matado á su
esposo.
Abd-el-Rahhaman comprendió que debia encubrir el motivo porque se
encontraba allí á tales horas.
--¡He huido! ¡he huido, amado mio, aprovechando la confusion de la
fiesta de mis bodas! dijo Walidé ¡pero vámonos de aquí, vámonos porque
dentro de poco nos perseguirán!
--¡Ah! dijo el infante asiendo de Walidé y llevándola consigo: yo creia
que te habian avisado que encontrarias franco el postigo del huerto, y
que yo te esperaba fuera para salvarte.
--¡Oh! nadie me ha dicho nada, dijo Walidé siguiendo á buen paso al
infante, al que á medida que adelantaba se iban incorporando sus gentes,
que estaban apostadas en las calles inmediatas: pero antes de ser de
otro hombre lo arrostré todo; sino te hubiera encontrado, sino hubiera
podido huir, me hubiera dejado matar antes que faltar á tu fé.
--¡Alma de mi alma! esclamó el infante.
Pero al pronunciar aquella esclamacion mentia: su amor hácia Walidé
habia pasado vencido por el amor de doña Catalina de Cardona.
El infante y los suyos iban vestidos á la aragonesa: la infanta para no
hacerse reparable, si por ventura los encontraban los guardas de la
ciudad, se habia despojado de sus joyas y habia cubierto su rico trage
con la capa del infante. Además de esto Abd-el-Rahhaman y los suyos
llevaban puestas las manos en las empuñaduras de las espadas.
Muy pronto, franqueada por los guardas pagados una de las puertas de la
ciudad, los fugitivos se encontraron en el campo.
El infante llamó á parte Abdelamar.
--Oye, le dijo: sigue tú adelante, muy adelante con la cristiana, de
modo que durante el camino hasta Granada no pueda verla la infanta
Walidé, con la cual seguiré yo el mismo camino. Que ninguno de los tuyos
se quede atrás y pueda decir que contigo vá una muger. Adelante,
adelante y á la carrera.
Y montando á caballo, tomó sobre el arzon á Walidé, y partió.
Muy pronto los fugitivos se perdieron entre el silencio y las brumas de
la noche.
* * * * *
En vano el rey de Aragon quiso saber lo que habia sido de la infanta
mora, y de la rica-hembra cristiana.
Parecia que el mar se habia tragado á Walidé y á doña Catalina.
Alonso IV, pues, hubo de contentarse con hacer unas ostentosas exequias
á su favorito.
Hablóse de ello durante muchos dias en la córte, y al fin todos se
olvidaron de Men Roger, de su hermana y de la infanta Walidé.
[imagen no disponible: ¡He huido! ¡he huido, amado mio.!