--¿Y cómo aconteció eso? dijo María, que escuchaba con sumo interés al
mago.
--De una manera muy sencilla. El infante cuando pudo dominar á su
caballo, comprendió la situacion en que se encontraba: no le cupo duda
de que su enemigo habia sido declarado vencedor y de que se le habria
entregado la infanta Walidé.
Al pensar esto, la venganza lució como un relámpago sombrío en el alma
del infante.
--¡Oh! dijo, tú me has robado mi amante, yo te robaré tu hermana, la
hermosa doncella de las crenchas de oro.
Y desde que el infante adoptó esta resolucion, como que le pareció menos
dolorosa la pérdida de Walidé.
Pero para ello era necesario ser muy prudente. Se encontraba en medio de
los campos y se dirigió sin vacilar á un caserío.
Un labriego le salió al encuentro.
--Tú eres pobre: le dijo el infante, que hablaba bien el español.
--Ni pobre ni rico, le contestó el labriego.
--Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por
uno de tus rocines.
--No por cierto, señor.
--Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.
--¡Ah! no por cierto.
--Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.
Allí se efectuó el cambio.
--Escucha, le dijo el infante: cura á este caballo, la herida es ligera,
y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de él.
--¡Ah! si señor, dijo admirado el labriego.
--Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas
ropas; mañana vendrán á comprártelo todo, y te darán por ello un monte
de oro.
--¡Ah! señor.
--Y á persona viviente digas que me has visto.
--Descuidad, señor.
Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el
campesino por su magnífico caballo de batalla, y vestido como un
rústico, se alejó hácia Tarazona; esperó á que cerrase la noche, y
cuando esta hubo estendido su sombra entró en la ciudad, sin que nadie
reparase en él á causa de su disfraz y se entró en la casa donde estaban
las gentes de su embajada.
--Abdelamar: dijo á uno de sus escuderos favoritos, tú no me has visto:
guarda un profundo secreto, y búscame una de esas viejas embaucadoras
que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.
Abdelamar salió y poco despues volvió con una de esas viejas que viven
de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.
El infante se encerró con ella, y la dijo:
--Amo á una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor:
¿quieres tú, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?
Y puso en manos de la vieja un bolsillo.
--¿Y cómo se llama esa doncella, hermoso señor?
--Doña Catalina de Cardona, contestó el infante.
--¡Ah, señor! ¡que es mas dura que una peña! ¡tiene amores con un
caballero muy noble y muy rico, que se llama Men Jorge de Ariza, y diz
que se vá á casar con él; muchos enamorados me han encargado de lo mismo
que vos me encargais; pero aunque la he hablado, porque yo tengo un
compadre que es escudero de su hermano, no he podido recabar nada de
ella: ni aun siquiera que se asome á los miradores para que la vea el
enamorado!
--No importa, dijo el infante: id, puesto que podeis hablarla y decidla
que un caballero estrangero á quien vió hace cinco dias en el alcázar, y
que hace cuatro comió á su mesa con ella y con su hermano, muere por
ella; que no ha podido olvidarla un momento y que la ruega le permita la
ventura de hablarla á solas.
--Iré, hermoso señor, iré; pero mucho me temo que mi ida sea en vano
como tantas otras.
Y la vieja salió, y el infante se quedó entregado á su rabia y á su
duda, y despues de haberse dado á conocer á los principales caballeros
de su embajada, de haberles recomendado el secreto, y de haberles
mandado que se despidiesen del rey de Aragon, como si él no hubiese
parecido, se encerró en un aposento y se acostó para no dormir.
Al dia siguiente al medio dia, Abdelamar avisó al infante de que la
vieja que habia hablado con él la noche anterior estaba en el zaguan.
El infante mandó que tragese á la vieja y se encerró con ella.
Revosaba la alegría del semblante de aquella muger.
--¡Ah, señor! esclamó: ¡y qué dichoso sois! ¡doña Catalina os ama! ¡una
doncella tan noble, y tan hermosa, y tan rica! ¡oh! ¡qué buena ventura
os acompaña, señor!
--¡Que me ama! ¡os lo ha dicho ella! esclamó el infante cuyo corazon se
habia abrasado al recibir aquella noticia, en un fuego para él
desconocido.
--Ella no me lo ha dicho, señor, dijo la vieja: pero yo no necesito que
me digan las cosas: cuando la dí vuestro recado me contestó poniéndose
muy pálida:--¿Es un caballero jóven, moreno, que tiene los ojos
negros?--El mismo, señora mia, la contesté.--¿Y decis que quiere
hablarme?--Por veros muere.--Guardó algun tiempo silencio aquella luz de
los cielos, y luego poniéndose muy colorada me dijo:--Id y avisadle, que
aprovechando el estar mi hermano en el lecho guardando una herida, le
veré esta noche por la reja del huerto, á la media noche. Que venga solo
y disfrazado.--Y cuando yo oí esto vine deshalada á avisároslo, mi
hermoso señor.
Informóse el infante de las señas del lugar de la cita de doña Catalina,
dió otro bolsillo á la dueña y la despidió.
Cuando llegó la hora de la cita, que el infante esperó con una
impaciencia mortal, salió, atravesó las calles desiertas iluminadas á
medias por la luz de la luna, y llegó á un lugar, despues de haber
andado mucho, donde en una tapia, por cima de la cual se veian árboles
frutales, vió una ancha reja.
Pero aquella reja estaba cerrada.
Acercóse á ella el infante y esperó muriendo de ansiedad.
Pasó algun tiempo y ya temia que la vieja le hubiese engañado, cuando
sintió por dentro de la reja unas pisadas de muger, que se acercaron, y
detrás de la reja se detuvieron.
Al fin, y pasado un corto espacio rechinaron los postigos, se abrieron y
apareció á la luz de la luna una muger vestida de blanco.
Era doña Catalina.