Si cuando os encontrais en la plaza de los algibes de la Alhambra os
volveis hácia el palacio del emperador Cárlos V, y siguiendo á lo largo
de su fachada meridional, torceis á la izquierda entre este mismo
palacio y la iglesia de Santa María, y seguís luego un pequeño paseo
plantado de titos, continuando por el camino que conduce á la puerta de
Hierro, os encontrareis al poco espacio delante de la torre de los
Picos.
Por cima de los adarves del muro que se apoya en la torre, vereis sobre
el monte frontero, verde con el eterno verdor de sus laureles, las
blancas torrecillas y las galerías de Generalife: á la izquierda se
estenderá vuestra vista en un espacio mas ancho; vereis el monte de San
Miguel con el verde pálido de sus nopales, y la ermita del santo
Arcángel en la cima, y mas allá, dominándole, el alto y árido cerro de
Ainadamar.
Pero si volveis la vista á la derecha encontrareis á pocos pasos un muro
revestido de espesa yedra, que se apoya en la torre de los Picos, y en
el cual hay un porton de tablas.
Llegad, llamad á aquel porton, y pedid que os dejen pasar por favor,
porque aquella es una propiedad particular.
Una vez dentro, encontrareis un arroyo ruidoso que corre junto á las
banquetas de los adarves, por la izquierda, entre yerbecillas y
violetas, á la derecha árboles frutales y hortalizas, y entre estas y el
arroyo el estrecho sendero por donde marchais.
A poco que adelanteis encontrareis una pequeña torre, la torre del
Tesoro, abierta por el lado que mira á la parte de adentro del muro,
dejando ver los tramos cortados y ruinosos de su estrecha escalera
árabe, sus bóvedas grieteadas y su plataforma que amenaza un
hundimiento. Seguid adelante, y á medio tiro de fusil encontrareis la
torre que vamos buscando.
La torre de la Cautiva.
Entrase á esta torre por una puerta baja de herradura, situada al norte:
despues de un desmantelado ingreso, se entra en un patio sostenido en
pilares de ladrillo, patio cuya luz es tan estrecha, que mas que patio
parece una chimenea: al fondo de este patio sombrío está una pequeña
puerta, á la que se llega dejando á la izquierda la estrecha escalera
que conduce, ascendiendo, á la plataforma, descendiendo, á una
habitacion inferior y despues á los subterráneos.
Abierta la pequeña puerta del fondo que hemos citado, se penetra en una
cámara destrozada, pero que por los restos que en ella quedan de estucos
labrados, de alhamies, de ajimeces, de la cúpula de estalácticas; por la
faja de mosáico que orla la parte inferior de las paredes, se comprende
que debió ser tan magnífica como cualquiera otra de las hermosas cámaras
del alcázar.
Pero sus adornos están ahumados por el fogon de la pobre familia que
tiene por albergue miserable un alcázar destruido: tabiques que sirven
de compartimientos alteran el plano; los ajimeces están tapiados y
cubiertos por miserables ventanas de tablas tendidas; el pavimento
destrozado, polvoroso; la cúpula agujereada, rota por la lluvia que se
filtra por la desnuda plataforma, en la cual brota la yerba. Con la
Alhambra se han cometido y se están cometiendo barbáries inauditas: no
parece sino que se tiene empeño en que desaparezca, en que se destruya.
¡Como si fuera una cosa fácil y hacedera el construir una Alhambra!
Algunas tardes de invierno, envueltos en nuestra capa, cubierto el
rostro con un ancho calañés, bajo un cielo densamente nublado, bajo la
lluvia, hemos pasado por el sendero de esa huerta, junto á las torres de
los Picos, de la Cautiva y de las Infantas, y por las puertas y por las
ventanas de todas ellas hemos visto salir un humo espeso que arrebataba
incesantemente el viento, y que incesantemente se reproducia. Era que
las pobres familias habitantes de esas torres infortunadas, se
calentaban con la leña húmeda y verde que acababan de arrancar de los
desnudos árboles de la huerta.
Era que una nueva capa de ollin caia sobre los arabescos.
Y al ver esto, rebosaba de nuestro pecho un hondo suspiro, porque no
éramos bastante ricos, bastante poderosos para arrancar á aquellas
torres de su ignominiosa esclavitud.