no... no, eres tú... yo te conozco ahora... ese lunar que tienes sobre
el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeñita y te tenia
sobre mis rodillas: ¡oh! ¡sí, sí! ¡tú eres mi hija: mi hermosa hija; mi
preciosa rosa blanca!
Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de
ella.
--¡Esa muger está loca! dijo Bekralbayda.
--¡Oh! sí, sí, dijo Wadah, he estado loca por tí, hija mia; porque te
lloraba muerta: pero he vuelto á encontrarte y ya no estoy loca, no...
¿no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? ¿no es verdad? díselo tú,
díselo, dile que es mi hija... no te vengues de mí porque te maté... yo
te maté porque creí que habias matado á mi hija... ¡perdóname!
¡perdóname! ¿qué hubieras tú hecho con la muger que hubiera matado á tu
hija?
--Tú no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo
muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.
--¡Ah! esclamó Wadah levantándose y pasándose ambas manos por la frente
como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre;
¿con que no eres un espectro? ¿con que eres tú... tú... la amante de
Al-Hhamar viva delante de mí? ¿con que lo que sucedió aquella noche fué
un horrible sueño?
--Sueño que ha durado diez y siete años, dijo profundamente
Leila-Radhyah; pero yo no sé vengarme, sultana: vete, vete, has querido
matar á tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crímen.
--¡Mi hija! esclamó Wadah y lanzó una horrible carcajada: ¡mi hija
amante de mi esposo! ¡ah! ¡ah!
Wadah volvia a su locura.
--¡Mi madre! esclamó Bekralbayda volviendo de su sorpresa, ¡es mi madre!
--Sí, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.
--¡Y es hijo suyo el príncipe Mohammet! esclamó con espanto Bekralbayda.
--No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es
hijo de Sobeya mi primera esposa.
--¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por
un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé;
pero yo te amaba... estaba loca por tí... yo te encubrí mi historia, yo
te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.
--Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.
--¡Un sueño!
--¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.
--¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando
Wadah.
--No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te
servirán esclavos, pero no me volverás á ver.
--¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí... sola y
desesperada!.. ¡no... no... Nazar! ¡yo no puedo vivir así!
--Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y
sed felices.
--El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada
ha partido ya, dijo Nazar.
--¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor
Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.
Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni
impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.
--¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.
--¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el
rostro con las manos.
--Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la
cámara.
Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.
--¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres
astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.
--Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah
de su semblante que estaba pálido é inmóvil.
--¡Muerta! esclamó el rey Nazar.
--Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel
el Bokarí.
--¿Y has sido tú?
--Sí, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.
--¡Y tú, tú acaso tambien!... esclamó el rey mirando con ansiedad á
Leila-Radhyah.
--¡Oh! ¡no! esclamó horrorizada Leila-Radhyah: ¡yo no se asesinar!
--He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y salió lentamente de la cámara.
El rey Nazar huyó de ella.
Leila-Radhyah levantó á Bekralbayda y se la llevó consigo.
El cadáver de Wadah quedó allí solo y abandonado.