--¿Y qué has contestado á tu padre? dijo el rey Nazar.
--No le he contestado todavía; pero mi respuesta la llevará un embajador
tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de
Granada.
--¡Oh! ese embajador partirá para Tlencen, antes que salga el sol del
nuevo dia.
En aquel momento se oyó fuera un ténue silvido, un silvido semejante al
de un buho.
El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se
trasladaron á oscuras á aquel desde donde se veia la cámara de
Bekralbayda.
Veamos lo que pasaba en esta cámara.
Estaba desierta.
Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre
del Gallo de viento, que se veia á lo lejos allá en el distante estremo
del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el
reflejo de una luz.
Bekralbayda creia ver en aquella ventana al príncipe que velaba como
ella.
Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á
ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:
--Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea
verte.
--¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda,
porque amaba á Wadah.
--Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.
Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.
En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah,
indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.
Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.
--¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde
el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te
amo, ya lo sabes.
--¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!
--¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á
revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey...
Bekralbayda palideció.
--¡Oh! ¡y cómo le ama! pensó Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el
rey piensa casarte... con...
--¿Con quién?... esclamó pálida Bekralbayda.
--Con mi hijo: respondió la sultana.
--¡Con tu hijo! ¡con el príncipe Juzef-Abdallah!
--¿Qué, no te parece bastante hermoso mi hijo?..
--¡Ah! ¡sí! si señora, pero es muy jóven... demasiado jóven.
--¡Ah! ¿tú quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?
--Yo... no... ya es demasiado.
--¡Jóven el uno! ¡el otro viejo!
--¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en
casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo sé que el rey no
quiere casarme con nadie.
--¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el
otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo.--¿Y con
quién, señor?--Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú
conoces.--¿Que yo conozco?--Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su
nombre.--Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y
te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y
guardas... magestad de sultana, y yo... yo creí que era porque te
destinaba á nuestro hijo... al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!
--¡Ah, señora! le respeto... pero amarle... no.
--¿Y á quién amas?
--Yo... á nadie.
--¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?
Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.
La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.
--Ha sido una violencia, una horrible violencia...
--¡Del rey!
--¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.
--¿Por qué tiemblas?...
--Has dicho que el rey...
--Es tu amante.
--No; no; y cien veces no.
Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.
Sus ojos arrojaban llamas.
Estaba trémula de cólera.
--¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por
los celos y por el ódio Wadah.
--¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó
Bekralbayda.
--¿Qué me has hecho? ¿qué me has hecho? ¿Pues no te ama el rey Nazar?
--¡Dios mio!
--¿No eres tú su esclava querida?
--Soy su esclava... sí, es verdad, pero...
--No, tú no eres su esclava: tú eres su señora.
--Yo... ¿pero tú estas loca, sultana?
--¡Loca! ¡loca! ¡sí, es verdad! ¡loca de celos! ¿sabes tú quién soy yo?
--¡Ah! ¡Dios mio! esclamó Bekralbayda levantándose y pretendiendo huir.
Wadah la asió de un brazo y la atrajo á sí:
--¡Socorro! gritó la jóven: ¡socorredme!.. ¡libradme de esta muger!
--Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven
alejados; nadie te oirá.
--¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de
rodillas.
--Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí:
delante de la esposa á quien has injuriado.
--Yo os juro que no amo al rey.
--Pero él te ama.
--Yo no puedo impedirlo.
--Pero no se ama á los muertos.
--¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres
asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al
rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte...
no... no puedo ser suya.
--Te obligará.
--¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del
príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.
--¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo
perderte en los bosquecillos con el rey?
--Pero yo no tengo la culpa...
--Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar...
yo maté á aquella muger.
--¡Oh, Dios mio!
--Pero la maté á puñaladas y su sangre...
Wadah se detuvo.
--Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo
me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella
la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver
mas sangre y no te mataré á puñaladas.
--¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora... no... yo te
amaba...
--¡Que me amabas!
--Sí... como amaría á mi madre.
--¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria
tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató... la mató: yo
encontré sus ropas ensangrentadas... por eso maté á esa miserable muger
que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y
pálida como un espectro... por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo
te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de
sangre... no... tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis
soledades, roja de los pies á la cabeza... yo soy sábia... yo conozco
las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.
Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.
--¡Ah! ¿y qué es eso?... esclamó aterrada la jóven.
--Esto... esto es... mira, tú beberás esto.
--Yo... yo no beberé... no... yo resistiré... yo gritaré...
--Resistir... ¿piensas acaso que puedes resistirme?... gritarás... ¿te
escuchará alguien? tú beberás...
--¡Oh Dios poderoso!
--Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te
dormirás y no despertarás... no despertarás... y yo no tendré celos,
porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.
Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.
Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y
fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.
--¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger
que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi
espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas
hermosa que tú... sí, mas hermosa... y la mataron... ¡la mataron!... yo
maté á su asesino, á la infame... á la miserable Leila-Radhyah... ahora
tú me robas á Al-Hhamar... ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia,
y morirás... morirás tambien!
--¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo.... el rey me
aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey...
yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo
entiendes... de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre
porque me ama.
Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.
La jóven continuó:
--Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero él me
ama; él moriria si yo muriese...
--¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el
que tú amas y morirá si tú mueres?
--¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus
manos.
--¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!
--No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á
quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.
--¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!
--Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te
contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso:
pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y
ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman,
se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.
--¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.
--¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun
tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no
mates á mi hijo, no... mi hijo es inocente.
--Inocente era tambien mi hija y la mataron.
--¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada
Bekralbayda.
--¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por
tí!
Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.
La jóven cayó de rodillas.
--¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.
--¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á
Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.
--¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion
rechazando el pomo.
--¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.
--No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.
--¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!
--¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no
serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.
--¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia,
como me despreciaba por Leila-Radhyah!
Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.
De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el
terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de
Wadah, la muerte en sus ojos.
Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que
parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo
temblar.
--¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.
Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á
Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.
Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como
petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.
--¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra
ensangrentada!
--Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo
Leila-Radhyah con acento solemne.
Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en
sus brazos y la besó en la boca.
--¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!
--¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.
--¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.
Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el
hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia
sobre el hombro.
--¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.
Pasó una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su
frente se cubrió de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre
el corazon, cayó de rodillas y se abalanzó á Bekralbayda; la abrazó y la
besó llorando y riendo.
--¡Mi rosa blanca! esclamó: ¡mi hija!
--¡Tu hija! esclamó Bekralbayda rechazándola: no, tú no eres mi madre:
si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido
matarme; ¡mi madre tú!
--¡Sí, sí, yo soy tu madre! esclamó arrastrándose á sus pies Wadah:
mírame mírame bien... yo tuve una hija... yo creí que la habian
matado... pero
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