Lit de J.J. MARTINEZ Madrid LETRE dibº y Litº]

--Dí al noble y magnífico sultan Nazar, que para quien tiene el alma

triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que

su esperanza, y que la soledad y las lágrimas son los mejores compañeros

de un desventurado.

--Tú se lo dirás al señor, noble sultana, porque el señor se acerca: ya

oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aquí; que

Allah te acompañe y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.

Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retiró

andando para atrás y repitió su reverencia otras dos veces antes de

desaparecer por la puerta.

Bekralbayda se sentó en un divan, y se replegó en sí misma, acongojada y

pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lánguida y vaga por las

celosías de la cúpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba

un tono incitante y lascivo á la blancura de su cuello y de sus hombros

desnudos; el blanco humo de un pebetero estendiéndose delante de ella,

la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura

eminentemente fantástica.

Y luego, aquella niña tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente

pura, con su tristeza de amor, con sus lágrimas de desconsuelo, con lo

elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como

implorando la misericordia de Dios, era una poesía viva, una poesía

humana, colocada en medio de otra poesía inmóvil, muda, pero

resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos

dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras

á través de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y á través

de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y

laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura

un pedazo de cielo resplandeciente, azul, diáfano, incomparable.

Sintiéronse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y

poco despues apareció en la puerta un hombre y se detuvo, se cruzó de

brazos y contempló profundamente conmovido á Bekralbayda.

Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.

Un silencio profundo envolvia la cámara, silencio que solo rompian de

una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos

trinos de los pájaros; por la otra parte el zumbido unísono, ténue,

perdido de los trabajadores.

El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de interés,

contemplaba á la jóven, era el rey Nazar.

Venia sencillamente vestido; únicamente brillaban en su cabeza entre su

toca, las puntas de su corona, y la empuñadura de su espada entre su

faja.

Durante algun tiempo permaneció inmóvil en su benévola contemplacion;

luego adelantó y fué á sentarse silenciosamente en el mismo divan en que

estaba replegada Bekralbayda, pero á cierta distancia.

Entonces la jóven pareció despertar de un sueño, se estremeció, levantó

la cabeza, fijó una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos,

esclamó:

--¡Ah, señor!

--¡Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.

Bekralbayda se puso de pie, mas pálida aun que lo que estaba, aterida,

muda, como aniquilada; guardó durante algunos momentos silencio, y luego

esclamó:

--¡Pero yo no puedo amarte... no!... ¡no puedo amarte como tú quieres

que te ame... no! ¡Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo

amarte así!

--Cuando te confesé mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, tú me

contestaste...

--¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.

--Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste,

quiero ser sultana.

--¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!

--Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una

hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que

el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna

eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... está

apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su

locura se la puede considerar muerta.

--¡Ah, poderoso señor!

--Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.

--La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija

perdida.

--¡Una hija! esclamó, levantándose aterrado, trémulo, herido como por un

rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. ¿Quién te ha dicho

que la sultana Wadah ha perdido una hija?

--¡Qué! ¿no has perdido tú tambien tu hija, poderoso señor? esclamó

aterrada por su imprudencia Bekralbayda.

--Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el príncipe

Juzef, contestó con voz cavernosa el rey Nazar.

--¡Oh! ¡yo me he engañado! ¡yo me he engañado! esclamó trémula la jóven.

--Tú no sabes mentir: dijo severamente el rey.

--¡Ah, señor!

--Tú eres cándida y pura como la azucena de los valles.

--Yo me he engañado.

--Pero... ¿por qué te has engañado?

--Yo he visto á la sultana buscar una rosa blanca.

--¡Ah!

--Yo la he escuchado decir...

--¡Oh! ¿qué has escuchado?...

--¡Mi rosa blanca! ¡la rosa de mis entrañas!

--¿Y no has escuchado mas?

--¿Y á qué puede llamar una muger la flor de sus entrañas, sino á su

hija? esclamó cubriéndose de un vivísimo rubor Bekralbayda.

--Sí, sí, te has engañado, dijo el rey Nazar reprimiéndose, volviendo á

la tranquila y benévola espresion de su semblante, y sentándose de nuevo

en el divan: ¡la rosa blanca! esa es una manía de la sultana.

--¡Infeliz! murmuró Bekralbayda.

--La locura de la sultana Wadah me obliga á tomar otra esposa, te dije:

puesto que quieres ser sultana, lo serás.

--¡Yo mentia! repitió Bekralbayda.

--Luego, continuó el rey, añadiste: no me basta ser sultana: yo quiero

que me dés un alcázar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos:

cuando me dés ese alcázar seré tuya.

--¡Ah! ¡no! ¡no!

--Yo he mandado fabricar este alcázar, una de cuyas pequeñísimas partes

es la que ocupamos...

--¡Pues bien! acaba ese alcázar, señor... y entonces...

--Este alcázar, que será la maravilla de las gentes, no puedo terminarlo

yo, ni lo verá terminado mi hijo ni mi nieto; si para cuando esté

terminado este alcázar has de darme tus amores... seria preciso que Dios

parase para nosotros solos el tiempo y que le apresurase para los demás.

--Pero lo que yo te he prometido no me obliga hasta que hayas cumplido

tu promesa: hasta que hayas terminado el Palacio-de-Rubíes: si para

entonces hemos muerto, la culpa no es mia.

--¡Cuán mal parece la mentira en boca tan hermosa! dijo el rey Nazar.

Ruborizóse Bekralbayda.

--¡Ah señor! si yo miento, esclamó arrojándose á sus pies, es porque la

mentira es la única arma que tengo para defenderme de tí.

El rey Nazar la levantó dulcemente y la sentó junto á sí.

--¿Piensas, la dijo, que si yo quisiera te podrias defender de mí?

--El generoso, el grande, el vencedor, el magnífico Nazar, no puede ni

debe amar á una desdichada que no puede amarle.

--Y... ¿por qué no puedes amarme?

--¡Porque amo á otro! esclamó con desesperacion Bekralbayda, ¡porque mi

alma está en la suya! ¡porque llevo en mis entrañas la flor de mis

amores!

Y Bekralbayda se cubrió el rostro con las manos y rompió á llorar.

El rey Nazar sintió que sus ojos se arrasaban: se dominó, apartó las

manos de la jóven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de

un amor inmenso, no á la muger, sino á la madre de su nieto, la atrajo á

sí y la estrechó entre sus brazos esclamando conmovido:

--¡Ah! ¡hija mia! ¡hija de mi alma!

Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separó

de sí á Bekralbayda, compuso su semblante, recobró su impasibilidad,

aunque aparente, y dijo:

--¿Amas á un hombre y eres madre?

--Tú me has llamado hija, señor; esclamó con ansiedad Bekralbayda.

--¡Yo! ¡que yo te he llamado hija! ¡no sabes que te quiero para esposa!

--¡Y serias tú, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger

que ama á otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!

--Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi

alcázar no vuelves á ver al hombre á quien amas, no importa que seas

madre... porque todos creerán que ese hijo es mio: eres mi esclava.

--¡Me matarás! ¡puedes matarme! ¡pero no puedes hacer que yo olvide mi

amor, que yo le ofenda! ¡no! ¡no! esclamó Bekralbayda desesperada.

--Escucha, dijo el rey: te cubriré de oro y perlas: te daré esclavas á

millares: te rodearé de cuanta grandeza puede disponer un rey tan

poderoso como yo.

--¡No! esclamó con energía Bekralbayda.

--No volverás á ver á ese hombre.

--Pero le guardaré su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un

santuario.

--Yo buscaré á ese hombre y le mataré.

--El querrá morir mejor que verme en tus brazos.

--Cuando nazca tu hijo te lo quitaré.

--Me volveré loca como la sultana Wadah, y llamaré en mi delirio á la

flor de mis amores, pero no seré tuya.

El rey Nazar se estremeció.

--¿Y si yo matase á tu hijo?

--Por la vida de mi hijo no mataré á su padre.

--¿Pero estás segura de que ese hombre merece tu amor?

--¡Oh! yo soy para él la luz, la alegría, la vida.

--¿Y si por acaso no pudiera ser tu esposo?

--Seria su esclava.

--¿Quién es ese hombre á quien tanto amas? esclamó afectando un furor

que no sentia el rey Nazar, como no ignoraba que el hombre á quien amaba

Bekralbayda, era su hijo el príncipe Mohammet.

--El hombre á quien amo... es un mancebo humilde... pobre... pero yo le

amo así... y no le cambiaria por todos los sultanes de la tierra...

--¿Qué, amas así á?...

El rey Nazar se detuvo; iba á decir, ¡á mi hijo!

--Quítame, señor, dijo la jóven, estas galas de sultana, estas alhajas;

no me dés para vivir este rico alcázar; no me saques de la condicion de

esclava: déjame sola, pobre con mi amor, y te bendeciré.

--Tú serás sultana, dijo el rey Nazar.

--¡Ah señor! ¡ten compasion de mí!

--Tú serás sultana, repitió el rey Nazar y salió.

Bekralbayda quedó anonadada.

En tanto el rey murmuraba saliendo:

--Es digna de mi hijo: digna de la corona de Granada: sultana será y

sultan mi hijo... ¡pero esa hija perdida de Wadah!... ¡ese misterio! ¡si

Allah me ayuda, ese misterio ha de aclararse ante mis ojos!... y si

fuera... ¡ah! ¡si fuera ella!... ¡si Bekralbayda fuera esa hija!

El rey Nazar se perdió poco despues entre los trabajadores del alcázar.

La alhambra; leyendas árabes · 第 51 / 311 题