I.

¿SULTANA Ó ESCLAVA? ¿AMANTE Ó HIJA?

Empezaron á cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes,

cargadas de mármoles labrados.

Veíanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los

bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las

durísimas losas de mármol.

Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.

En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo

los muros y las torres, y levantándose los compartimientos, formando un

verdadero laberinto.

Veíanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante

otros pedazos de madera, en que trazaban con el compás y con la escuadra

las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del

rey Nazar.

Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al

otro, estimulando con alabanzas á los mas.

Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un número

incalculable de albañiles y de alarifes se empleaban en ella.

Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa

de la moneda no cesaba de acuñar aquel oro que inmediatamente se

repartia entre los industriales de Granada.

Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa é incansable, y por

todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el

sordo y contínuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra

murallas de piedra.

El rey Nazar se levantaba con el alba, iba á buscar á Bekralbayda, se

perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la

casa del Gallo de viento, causando mortales angustias á su hijo el

príncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos

á la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosías de los

miradores.

Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba á

sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de

viento: oía las quejas y las peticiones de sus súbditos; las castigaba ó

premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba á la

Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban

los trabajadores.

Entonces el rey se volvia á la casa del Gallo de viento, hacia su

segunda comida, se encerraba en su cámara, y pasaba la noche hasta una

hora avanzada leyendo antiguos libros, ó estudiando y comentando leyes.

La obra del Palacio-de-Rubíes crecia, pero su estraordinaria magnitud la

hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.

--¡Oh, señor Dios! esclamaba contristado: ¿no tendré yo vida para ver

terminada y resplandeciente esta maravilla?

Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos

trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos á los otros: los

muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido

embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco

tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar fúlgidos destellos de los

vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cúpula.

Aquel era un pequeñito alcázar, al que el rey Nazar habia dado el nombre

de Mirador de la sultana.

Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una

elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con

celosías doradas.

Una galería con columnas semejantes é iguales celosías: tres pequeños

retretes con alhamíes ó alcobas, pavimentadas de mosáicos, con las

paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y

versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera

imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sándalo, el nacar, el

marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una

manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y

en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.

Una escalera de mármol estrecha y como construida por el genio del

misterio, conducia á otros no menos lindos compartimientos bajos, que

daban á una galería semejante á la galería superior, de arcos calados

sostenidos en columnas, y de aquella galería se pasaba á un jardin

formado de repente, con árboles y flores trasplantados de los cármenes

del Darro.

Las copas de los árboles frutales que se cruzaban; las galerías de

cipreses y laureles que se estendian formando bóvedas, y que iban á

concurrir en una cúpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo

cubierto de cesped, se veia una fuente de mármol de la que saltaba un

rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse á las

personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre

cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseñores y gilgueros y

cuantos pájaros tienen un canto melodioso.

Al menos, dijo el rey Nazar cuando vió terminado aquel pequeñito

alcázar, ya no moriré sin haber visto una de las maravillas de esta obra

del hombre: ahora es necesario que venga á ser su alma una de las

maravillas de la obra de Dios.

Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y

cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte

esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza

soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á

aquella primera construccion á Bekralbayda.

Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado,

conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada

por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.

Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en

el pórtico del Mirador de la sultana.

Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el

deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del

collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los

diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las

magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del

alcaide de los eunucos.

Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.

A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo

un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.

Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo

apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego

recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.

--El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide,

quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de

Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea

si la contenta el alcázar que ha construido para ella.

--Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por

única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39].

--Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien

dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien

dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.

--¡Me llamas sultana! dijo con acento de estrañeza y de gran interés

Bekralbayda; ¡saludas á lo que nacerá si Allah lo permite, príncipe si

es varon y sultana si es hembra! ¿Sabes tú, acaso, algo acerca de mi

destino?

--Solo Dios sabe lo oculto, contestó inclinándose de nuevo y mas

profundamente el alcaide de los eunucos.

--Me han puesto vestiduras régias, perlas sobre el seno, diamantes y

esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis

orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos;

antes me han bañado en aguas olorosas, han vertido sobre mí esencias:

¿no se engalana así á las esclavas del harem á quien el señor elije para

sus placeres?

--Pero el alcaide de los eunucos solo acompaña á las sultanas: solo las

sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco

señaló con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubíes que

Bekralbayda llevaba cerrando su riquísimo caftan sobre su medio desnudo

seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar,

con su empresa en que se leia en caracteres africanos ¡solo Dios es

vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y

guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo

desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana,

alegría del mundo; por eso me humillo ante tí, lucero de los luceros.

Y se inclinó de nuevo.

--¿Pero nada seguro puedes decirme?

--Solo Dios sabe lo oculto, repitió el eunuco.

--¿Es decir que solo me acompañas para mostrarme este alcázar?

--Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.

[imagen no disponible: Contempló profundamente conmovido à Bekralbayda

La alhambra; leyendas árabes · 第 50 / 311 题