¡EL REY NAZAR ES UN SABIO!
Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido á los caballeros del
reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al
frente de la costa.
El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las
puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus
taifas en número de cincuenta mil hombres[34].
En el centro del aduar ó campamento formado por cada una de estas
taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la
ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en
cautivos.
Notábase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si
los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de
llevarlas á Granada, enviándolas con algun ligero resguardo á sus
posesiones.
El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros
cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron
de la presencia de aquellas gentes de la Vega, salió de su castillo
rodeado de su córte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.
Cuando el rey salió á la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas,
las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus
caballeros, tocaron la zambra, á la que contestaron los músicos del rey.
Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:
--Al-Hhamar le galib[35].
A lo que el rey Nazar contestaba, sonriéndose benévolamente, á walíes y
soldados.
--¡We! ¡le galib ille Allah![36]
El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37] de las tribus, y de
los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual
habia amontonado un botin inmenso.
--Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques,
señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa
que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.
Y empezó á poner de manifiesto la presa.
Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles,
cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y
por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.
--Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.
--Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.
--Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las
algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio:
la presa de las algaras se paga.
--Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y
millares de infieles.
--Pero no es esto lo que os he pedido.
--Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho
los que han pasado á Africa.
Entró en la tienda el rey Nazar.
Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el
incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas,
diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número
pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas
marroquíes.
--Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni
preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis
traido!
--Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos
y cabales los treinta mil esclavos.
--¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.
--Sí, poderoso señor.
--¿Y todos fuertes y robustos?
--Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á
los enfermos.
--¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia
por cada cautivo!
--¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los
circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?
--El rey Nazar está loco.
--¿Y dónde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey
Nazar.
--Al punto van á pasar por delante de tí, magnífico sultan.
Y saliendo algunos walíes, se oyó poco despues la música tañendo la
zambra.
El rey Nazar, en la puerta de la tienda, á caballo, rodeado de su córte,
á ambos lados los xeques y los walíes espedicionarios, empezaron á pasar
por delante de él entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.
Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento:
todos jóvenes, todos robustos, todos bravíos: su número llegaria á diez
mil: venian despues los cautivos españoles, avergonzados por su derrota,
pero al mismo tiempo altivos: conocíase que pertenecian á todas las
clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero:
todos fuertes, todos robustos, todos jóvenes; pero impresas en las
frentes de todos la desesperacion de la desgracia.
El rey Nazar contempló los esclavos trasportado de alegría.
En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la
desolacion de un esclavo no conmovia á nadie.
Aquella época endurecia el corazon.
Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegría del rey Nazar.
Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á
los xeques y á los walíes, y les dijo:
--Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino
cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.
Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de
los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.
--¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le
hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está
loco!
* * * * *
Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil
cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera
de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente
arriba.
Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.
El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió
adelante.
--¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.
Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre
contra la corriente del rio.
El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia
aguijando á su caballo.
Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y
empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del
nacimiento del rio.
Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una
colina deprimida y estrechísima.
En la cumbre de ella se detuvo.
--¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un
anciano que iba entre su córte.
--¿Qué me mandas, poderoso señor?
--¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?
--Los veo, señor.
--¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?
--Sí señor.
--Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el
aduar de los cautivos.
Despues revolviendo su caballo, gritó:
--¡Ah del alcaide de mi guardia negra!
Adelantó un africano atlético.
--Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten
presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te
corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.
Y solo con su córte se volvió al Albaicin.
--No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello:
el buen rey Nazar se ha vuelto loco.
* * * * *
* * * * *
Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por
aduar de sus cautivos.
Los pinos habian sido derrocados de la montaña, y las piedras alzadas
del lecho del rio.
La poblacion habia sido dividida en cuarteles.
Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar á los
cautivos y de cuidar que trabajasen.
En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.
Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se
preguntaban:
--¿Querrá el rey levantar en estas solitarias breñas una ciudad?
Y volvian á recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.
Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado á los mecánicos para
que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su
maza.
Dos dias antes, el rey Nazar convocó su córte, salió con ella de su
palacio del Gallo de viento, y tomó el camino de la sierra.
Al llegar á Dar-al-Huet[38], encontraron los que le acompañaban
escuadronados sobre una loma los treinta mil cautivos custodiados por
seis mil esclavos negros de la guardia del rey Nazar.
A una señal del rey la guardia y los cautivos siguieron tras de la
córte, y caminaron hasta que llegaron á unos altísimos barrancos, sobre
los cuales brillaba el sol en cortados mármoles de mil colores
distintos: aquellas eran las ricas canteras de la sierra, las canteras
del rey Nazar: una maravilla de la mano de Dios.
Aquellos lugares, famosos hoy por sus mármoles, se llaman el barranco de
San Juan.
Muchos de los que iban con el rey no habian visto aquel prodigio, y les
maravilló su hermosura. Pero lo que mas les maravilló, fué ver en el
fondo del barranco una interminable sucesion de filas de morteros de
granito negro con su maza.
Los canteros, los menestrales, orgullosos con su gigantesca obra, salian
á recibir al rey Nazar tocando sus dulzainas y atabalejos, como
celebrando una gran fiesta.
--¿Están los treinta mil? preguntó con anhelo el rey.
--Sí señor, contestó el que hacia de cabeza de los mecánicos: sin faltar
ni sobrar uno.
El rey mandó que cada cautivo tomase sobre sus hombros un mortero, y se
notó que solo quedaba un mortero, cuando llegó el último cautivo.
Cuando al dia siguiente entró el rey en Granada con aquella estraña
procesion, todos se confirmaron en que habia perdido el juicio.
--¿A no ser, decian algunos, que quiera moler á todos sus vasallos?
Pero cuando los curiosos vieron algunos dias despues que á lo largo del
rio Darro, desde Granada hasta su nacimiento, se estendian los treinta
mil cautivos machacando arenas sacadas del rio hasta reducirlas á polvo;
cuando vieron que lavadas aquellas arenas dejaban en el fondo de los
morteros partículas de oro; cuando supieron que el oro obtenido por este
medio por cada esclavo, ascendia al valor de mas de una dobla, entonces
el desprecio se trocó en admiracion, y todos, chicos y grandes,
esclamaron:
--¡El rey Nazar es un sabio!