EL PALACIO DE RUBIES.

Habian pasado muchos dias.

El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.

El príncipe continuaba preso.

Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia á privar con el rey.

Ninguno mejor que él descifraba los sueños del rey, ni respondia mejor á

sus dudas.

El rey Nazar empalidecia.

Comprendíase que minaba algo su existencia.

Sus ojos empezaban á tener cierto brillo fosforescente como los de la

sultana Wadah.

Dormia poco, y aun así de una manera inquieta.

En medio de sus sueños, quien hubiera estado cerca de él, le hubiera

oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.

Una noche el rey velaba.

Tenia junto á sí en una pequeña mesa un cuadrante y un pergamino

estendido.

El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino líneas y

compartimientos, los media con un compás, y volvia á meditar y á marcar

líneas y puntos y á tomar medidas.

Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de

Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25] que se ocupaba en formar

el plano de un palacio.

El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.

Pero de repente le interrumpió un ruido inesperado.

El batir de las alas de un pájaro.

El rey Nazar se estremeció y miró.

Vió un enorme buho que revolaba en su cámara.

El rey Nazar se puso mortalmente pálido, y se levantó en busca de su

arco.

Pero el buho estrechó su vuelo sobre la mesa, apagó la lámpara y escapó

por la ventana.

Entonces resonó á alguna distancia una carcajada hueca.

El rey Nazar dió voces: entraron sus esclavos con luces.

El rey Nazar hizo que encendiesen la lámpara, que cerrasen las celosías

de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrólogo

Yshac-el-Rumi.

Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y á solas con él.

--Siéntate, le dijo el rey.

El astrólogo se sentó con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.

--¿Sabes lo que me sucede? le dijo.

--Yo lo sé todo, dijo con autoridad el mago.

--Veamos.

--En primer lugar estás cada dia mas embriagado por los encantos de

Bekralbayda.

--Es verdad.

--La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.

--Es cierto.

--Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner á prueba tu amor.

--¿Y me exige grandes sacrificios?

--Sé que á pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta

razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alcázar.

--Es verdad.

--Tú te has puesto esta noche, poderoso sultan, á idear ese alcázar, y

un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lámpara.

--¿Y por qué ese buho?...

--Porque ese buho quiere que ese alcázar se construya en el lugar donde

está construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubíes.

--¡El Palacio-de-Rubíes!

--Sí, en la Colina Roja.

--Esplícame, esplícame eso.

--Escucha.

Reclinóse el astrólogo indolentemente en el divan, y empezó despues de

algun tiempo de meditacion de esta manera:

--Allá en los primeros años despues de la conquista de los árabes sobre

España, era señor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.

Este rey, siendo ya viejo, murió y dejó su herencia, esto es, el señorío

de Granada, á un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y

que se llamaba Aben-Habuz.

Cuando Aben-Habuz vino á Granada á recojer la herencia de su viejísimo

tio, solo halló un negro y carcomido castillo, puesto sobre la cima de

un monte, al pie de las vertientes de una sierra, y en el castillo

algunos cientos de feroces guerreros que miraban el ataud de roble de su

señor, apoyados en las picas con la misma espresion que el perro de

montería que pierde al amo que le arrojaba sobre el rastro.

Aben-Habuz no conocia á Abu-Mozni, y por lo tanto no se entristeció.

Humillóle, sí, que un pariente suyo fuese llevado á la sepultura sin

embalsamar y con un ataud y unos vestidos tan humildes, porque Abu-Mozni

habia gastado el dinero de sus tierras y de sus vasallos, en perros y

murallas, y no habia pensado ni una sola vez en su vida en tener un

alcázar ni un harem, ni en proveerse de un lecho de piedra en donde

dormir el último sueño.

Aben-Habuz mandó á sus médicos que embalsamasen los restos de su feróz

tio: hizo quemar el ataud de roble y el sayo de lana, le encerró vestido

de púrpura en un féretro de brocado, dentro de un sepulcro de mármol

sobre el cual hizo esculpir un pomposo epitafio, largamente meditado por

sus sabios, y despues de estos últimos deberes, satisfechos mas bien que

á la memoria de su tio, á su orgullo de rey, se lanzó con los tostados

africanos que encontró en su herencia y con el ejército que habia traido

de allende el mar, sobre los enemigos, que aprovechándose de la muerte

de Abu-Mozni-el-Zeirita, habian invadido su territorio; y despues de

haber corrido las fronteras tras ellos, de haberles incendiado castillos

y aldeas, y robádoles ganados y mugeres, se tornó á su alcazaba;

repartió el botin entre los soldados, encerró las mugeres en una torre,

y se echó á buscar un sitio donde edificar una residencia mas digna de

un rey, que el ahumado torreon donde habia pasado largas veladas,

tendido sobre una piel de tigre, el primer señor árabe de Granada.

Llamó á sus faquies y á sus astrólogos, y estos, despues de haber

consultado las estrellas, le llevaron á la cresta de la colina poco

distante de la torre de la alcazaba, y le dijeron:

--Aquí señor debes alzar tu alcázar y la atalaya de tu reino; porque

desde esta loma se vén la estendida vega y las distantes fronteras, y

porque un rey debe estar siempre atento á la defensa de su pueblo.

Y Aben-Habuz hizo un alcázar y levantó una torre altísima en el lugar

que le dijeron los faquies y los astrólogos, y sobre la torre puso un

caballero de hierro con la lanza en ristre y girando á todos los

vientos, y en la adarga del caballero mandó pintar un gallo y poner

debajo esta leyenda:

Dice el sabio Aben-Habuz,

que así se defiende el Andaluz.

Porque el viejo rey tenia por una de sus mas preciosas máximas la de

que un guerrero debia ser vigilante como un gallo, ligero como el

viento, para volverse y correr á la parte por donde amenazase el

peligro, y por esto y por otras razones que á nadie dijo, llamó á la

torre de su alcazaba, torre del Gallo de viento.

Y encerrábase en ella el viejo rey, y se dormia al rechinar de la

veleta, y la consultaba cada vez que soplaba el viento de la tormenta, y

allí donde el caballero tenia asestada la punta de su lanza, corria con

sus gentes, y hacia Eblís[26] que siempre encontrase enemigos á quienes

destrozaba volviéndose cargado de presas á su castillo.

Y sucedió que una de estas veces, en vez de encontrar enemigos solo

halló un viejo astrólogo, que al ver llegar al rey entre aquella

muchedumbre de guerreros, se prosternó por tierra, pidió amparo á

Aben-Habuz, y le prometió si le dejaba la vida, edificarle un alcázar

tal, que fuese maravilla de los siglos venideros.

Rióse el rey del temor del astrólogo, hízole cabalgar á la grupa de uno

de sus africanos, le trajo á Granada, y se encerró con él en la torre

del Gallo de viento, sin dar oidos á otras palabras que á las del

astrólogo, ni salir de la torre mas que para hacer las azalaes[27] en la

mezquita.

Y aconteció que el rey olvidó la guerra por la astrología, y pasaron

lunas enteras sin que saliese contra los cristianos; á pesar de que

estos, mal escarmentados siempre, corrian la tierra haciendo talas y

desaguisados, y los habitantes de las villas fronterizas, temerosos de

ellos, corrieron á encerrarse tras los muros de la alcazaba Cadima y de

la villa de los Judios.

Cansóse el caballero de la torre de avisar el peligro, y desde entonces

no volvió á inclinar su lanza al lugar por donde aparecian enemigos, y

perdió su virtud el talisman, mientras el rey pasaba las noches en claro

en la torre del Gallo de viento á la luz del hornillo donde el sabio

hervia en sus vasijas de vidrio brevajes repugnantes.

Al fin una noche el sabio y el rey salieron de la alcazaba por un

postigo del muro, bajaron al valle formado por el Darro, y subieron á la

Colina Roja.

Era la noche oscura y la tormenta hacia rechinar la veleta de la torre

del Gallo de viento: la lanza del caballero señalaba entonces á la

Colina Roja donde estaba el astrólogo con el rey.

Hay quien dice que el astrólogo solo queria vengarse del rey por haberle

este arrebatado una hermosa doncella hija suya de la villa de los Judios

y que habia dado al rey un filtro que habia secado su cerebro tornándole

loco.

Sea como quiera, el astrólogo encendió una hoguera en la parte oriental

de la Colina Roja en el mismo sitio donde estaban las ruinas de una

antigua alcazaba, y arrojó al fuego, pronunciando palabras misteriosas,

unos polvos mágicos fabricados por él delante del rey. Entonces la

tierra tembló, condensóse el aire, tomó formas el humo de la hoguera y

aparecieron cuatro hadas hermosas, apenas cubiertas con velos de seda,

batiendo sus trasparentes alas de mariposa.

Aquellas hadas que por el poder del conjuro del astrólogo habian sido

arrancadas del quinto cielo, eran los genios del Palacio-de-Rubíes.

Llamábase la una Aliento-de-las flores[28], la segunda

Eco-de-las-armonías; la tercera Suspiro-de-amor; la cuarta

Espejo-de-Dios.

Al aparecer las cuatro hadas, se habia levantado como por encanto

alrededor del rey un alcázar de incomparable hermosura: el astrólogo

habia desaparecido: solo quedaban las cuatro hadas revolando alrededor

del rey que corria frenético por las galerías y los retretes y las

cámaras y los patios del alcázar encantado; de aquel magnífico alcázar

fresco, riente y sonoro, con el canto de sus aves, la fragancia de sus

flores, el murmullo de sus fuentes y el eco de sus armonías.

El rey corria, y corria, y lanzaba grandes carcajadas.

Aben-Habuz tenia un alcázar de oro y pórfido, era astrólogo y sabio,

pero habia perdido el juicio.

El judío se habia vengado.

Las hadas giraban alrededor del rey, danzando unas veces, revolando en

las cúpulas otras, perdiéndose en el fondo de los estanques, ó

deshaciéndose en vapores perfumados entre las esbeltas columnatas de las

galerías.

Y Aben-Habuz seguia corriendo con la barba descompuesta, la túnica

flotante, la toca deshecha, riendo siempre, de una manera insensata, y

las hadas repetian su risa de loco; deteníase cansado y las hadas se

replegaban silenciosas en sus lechos de algas y flores; de perfumes y

oro: de repente volvian á aparecer ante el rey y escitado Aben-Habuz por

su hermosura corria en vano tras ellas; y el insensato reia de pena, y

sufria riendo, y en vano queria contener aquella risa fatal que salia á

su pesar de su pecho.

Y tornábase con la aurora á la torre del Gallo de viento, y en vano

pretendia ver desde sus almenas el palacio donde habia pasado la noche;

la Colina Roja se presentaba á su vista escueta y árida, como antes del

ensalmo del astrólogo, y el rey se impacientaba y preguntaba á sus

cadíes y á sus wazires, si veian sobre la Colina las torres, los muros

y los minaretes de un alcázar.

Los sabios de su corte se entristecian y tenian al rey por loco, porque

nada veian.

Todas las noches Aben-Habuz subia á la Colina Roja, y entonces el

alcázar se presentaba ante él soberbio con sus altísimas torres, sus

enhiestas almenas reales, sus cavas profundas y sus puertas de hierro,

que se abrian para darle entrada hasta el Palacio-de-Rubíes, donde

tornaba á su insensata alegría y á su risa cruel.

Y cada noche que el rey penetraba en el palacio encantado parecíale este

mas hermoso, mas diáfano, y mas rico de resplandores y de armonía;

miraba su nombre escrito con oro entre los lazos de las atauxias[29] y

de los alicatados[30] y le enardecian las leyendas de amor, en que

hablaban para él, con el lenguaje del paraiso huríes invisibles.

Y el desdichado sufria, reia y tornaba á su castillo, cada vez mas

insensato, cada vez mas débil.

Su vida se consumia como una lámpara á la que falta pávilo, y aquel

terrible rey tan fiero y justador á su llegada á Granada, solo era ya

una sombra de lo que habia sido: un cadáver animado.

Llegó á hacerse su locura terrible: azotaba á sus mugeres, reventaba á

sus perros, cortaba la cabeza á sus sabios, y se reia siempre; y al eco

de su risa huian todos, porque habia llegado á ser un eco de muerte.

Una noche se ciñó su corona de rey sobre su frente de loco, y salió como

acostumbraba, de su castillo al que, por fortuna de sus vasallos, no

debia volver sino en hombros de los señores de su córte.

Rugia la tormenta y el huracan zumbaba entre las quebraduras de los

cerros.

Aben-Habuz subió impávido el repecho de la Colina Roja, llegó á la

puerta de hierro del alcázar encantado, que se abrió ante él, y llegó

hasta el fondo de un magnífico patio, entre cuyas galerías se habian

refugiado las cuatro hadas huyendo de la tormenta.

Cuando el rey Aben-Habuz las vió á la diáfana luz que alumbraba el

alcázar, emanada del mismo, soltó una sonora carcajada, abrió con

entrambas manos su alquicel para que las hadas no pudiesen escaparse, y

se fué hácia ellas pretendiendo abrazarlas.

Pero Espejo-de-Dios, pasó sobre él deshaciéndose en lluvia;

Aliento-de-las-flores huyó, envolviéndole en perfumes;

Eco-de-las-armonías se deslizó junto á él, rozando sus vestiduras y

haciéndole escuchar cantos perdidos; y Suspiro-de-amor le burló

infiltrando en su corazon ardientes deseos.

Tras esta burla las hadas fueron á posarse en un ángulo distante, y

Aben-Habuz corria tras ellas, riendo siempre y empeñándose en aquel

juego fatal que agotaba sus fuerzas y su vida.

Y desaparecian y tornaban á aparecer, y las columnas y los arcos, los

muros y las cúpulas, parecian girar, uniéndose á aquel baile terrible, y

las leyendas escritas con oro y colores, y los mármoles y los

alicatados, lanzaban lánguidos destellos y repetian enamorados cantares

y parecian exhalar céfiros lascivos impregnados de suavísimos perfumes.

Y el desdichado loco reia, y cada carcajada era mas desgarradora y sus

pasos cada vez mas inciertos y vacilantes: y el alcázar continuaba

girando alrededor de él y acreciendo en destellos, en fragancia, en

armonía.

Al fin, Aben-Habuz vaciló, sentóse fatigado sobre el pavimento, sus ojos

se nublaron, la muerte voló en torno suyo, y volvió á la razon.

Entonces cesó su risa: quiso levantarse y no pudo, y miró á las hadas

con los ojos inyectados de sangre:

--¡Malditos génios! dijo con voz espirante: ¡habeis hecho insensato á un

rey, pero este rey es sabio y se vengará! Dormid aquí, con mi corona y

mis amores, hasta que un rey poderoso, descendiente del compañero del

Profeta venga con el poder que le presta á la ciencia, á despertaros de

vuestro sueño.

Y cayó por tierra, y sus ojos se cerraron y la muerte fué con él.

Al mismo tiempo se derrumbó con estruendo el alcázar, y las hadas

quedaron sepultadas entre sus ruinas.

--Yo soy descendiente del Ansari, dijo sin poderse contenerse el rey

Nazar.

--Sí, sí, tu eres el destinado á mostrar á las gentes el

Palacio-de-Rubíes, dijo Yshac-el-Rumi: por eso, cuando por complacer á

Bekralbayda, has pensado en hacer un alcázar, ese buho ha entrado y ha

apagado tu luz.

--¡Pero ese buho!...

--El rey Aben-Habuz, fué encontrado muerto sobre la Colina Roja: y

conducido á su castillo fué sepultado en una tumba magnífica. Pero el

alma del rey Aben-Habuz, ha quedado sobre la tierra, encantada en el

cuerpo de un buho.

--¿Y quién te ha rebelado ese misterio y esa maravillosa leyenda? dijo

el rey Nazar; temeroso de que aquel relato fuese una impostura de

Yshac-el-Rumi.

--Hace mucho tiempo, señor, dijo el viejo de una manera inalterable, que

he consultado tu horóscopo con las estrellas.

--¿Y mi horóscopo cual es?

[imagen no disponible: y desaparecian y tornaban a aparecer.

La alhambra; leyendas árabes · 第 34 / 311 题