--Sí.
--¿Pero para qué me has llamado?
Bajó los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubrió de un rubor
vivísimo, tembló y quiso en vano pronunciar algunas palabras.
El príncipe insistió, y entonces ella, levantó el bello y purísimo
semblante, miró frente á frente con ansiedad al príncipe y contestó.
--Te he llamado para ser tu esclava.
Y luego se cubrió el rostro con las manos, y procuró en vano contener su
llanto.
--Aquí hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: ¡tú mi
esclava! ¡tú, que eres la señora de mi alma! ¡tú, por quién únicamente
vivo! ¡tú lloras por mi causa! ¿qué misterio es este, sol de hermosura?
¿qué maldicion pesa sobre nosotros que así te aflije mi presencia? ¿Será
acaso que Eblís[10] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo
de Abu-al-abu?
Al pronunciar el príncipe estas palabras sonó á alguna distancia de él,
á sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcástica, burlona,
que habia escuchado antes.
Bekralbayda volvió azorada el rostro á donde habia sonado la carcajada,
y el príncipe se puso violentamente de pie.
--¡Ah! dijo la jóven á media voz, como para sí misma. Ya lo sabia yo.
¡Estaba ahí!
--¿Quién estaba ahí? preguntó el príncipe que habia escuchado estas
palabras.
--Abu-al-abu, contestó la jóven en el mismo tono.
--¡Oh! ¡buho maldito! esclamó el príncipe.
Entonces resonó otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.
Entonces asió con ánsia Bekralbayda las manos del príncipe.
--¡Oh! esclamó con acento ardiente y precipitado: ¡estamos un momento
solos! ¡quien se rió antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es
Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!
--¡Ah! esclamó el príncipe.
--El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él
quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos
versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela... él
quien te ha traido aquí.
--Pero...
--Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me
amas tú; y...
La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita
blanca y esclamó con alegría.
--¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos
sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!
--No te entiendo.
--¿Ves aquel ajimez?
--Sí.
--¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo
de una lámpara?
--Sí.
--Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.
Dicho esto Bekralbayda respiró libremente como quien descansa de una
larga jornada, guardó algun tiempo silencio y luego dijo al príncipe.
--Escúchame, te voy á contar una historia.
El príncipe escuchó con toda su alma.