BEKRALBAYDA.

Despues de haber atravesado algunas pequeñas habitaciones en las cuales

el príncipe no reparó por efecto de su preocupacion, de haber subido una

estrecha escalera y de haber salido por una pequeña casita á un jardin,

la dama hizo pasar al príncipe al otro lado del rio por un estrecho

puente formado con troncos de árboles.

La dama habia dejado su lámpara en la pequeña casa por donde habian

salido á la parte alta de la cortadura en cuyo fondo corria el Darro.

Solo les alumbraba la fantástica luz de la luna.

Vista á su rayo la dama con su larga túnica flotante, con sus negros

cabellos sueltos, que agitaban las brisas de la noche, tenia algo de

sobrenatural, de estraordinario.

Cuando hubieron atravesado el puente rústico, se encontraron en un

jardin frondosísimo; las copas de los árboles se unian hasta el punto de

no dejar paso á los rayos de la luna; la estrecha calle por donde

marchaban estaba cubierta de cesped, y á uno de sus costados corria un

arroyo que dejaba oir su melancólico y monótono murmurio; el ruiseñor

continuaba cantando.

Las parras y las enredaderas, y la madreselva y la yedra, y los jazmines

silvestres, cruzándose de árbol en árbol, formaban una magnífica bóveda

natural bajo la que solo podian comprenderse el reposo y el amor.

La dama y el príncipe adelantaban bajo aquella enramada en medio de una

luz opaca y lánguida: la tortuosa senda se hizo al fin recta y ancha: se

encontraban á la entrada de una verde sala, ancha, elevada, tapizada de

flores y revestida de un oscuro follage en cuyos mil aromas se

impregnaba el viento.

Al entrar en aquella galería el príncipe se detuvo y dió un paso atrás:

su corazon latió violentamente y lanzó una esclamacion ardiente,

inarticulada.

Al fondo de aquella galería habia visto una sombra blanca iluminada

enteramente por la luna que penetraba por un claro de la espesura.

--¿Qué sombra es aquella? dijo alentando apenas el príncipe á la dama.

--Es Bekralbayda que te espera, contestó la dama.

--¡Bekralbayda! ¡ella! ¡esperándome en medio de la noche y del silencio

en este lugar de delicias! esclamó el jóven que se sentia morir.

Cuando el príncipe se volvió á buscar á su hermosa guia, esta habia

desaparecido.

Estaba solo.

Delante de él, inmóvil, blanca, bajo el rayo de la luna, permanecia

Bekralbayda.

El ruiseñor cantaba: el arroyo murmuraba; el viento agitaba levemente el

follage.

El príncipe adelantó hácia Bekralbayda, dudando de sus ojos, de su

razon; creyéndose entregado á un sueño.

Sin embargo, aquel no era sueño.

Llegó al fin junto á ella.

La jóven estaba al lado de una fuente.

Tenia la cabeza baja, la vista fija en el césped, y el príncipe á pesar

de la luna creyó ver teñido de rubor su semblante.

--¡Alma de mi alma! esclamó el príncipe contemplándola estasiado.

--¡Alma de tu alma! esclamó Bekralbayda levantando sus lucientes ojos

negros y posando su mirada sobre el príncipe: ¡alma de tu alma, yo!

--¡Oh! ¡sí! desde el dia en que te ví no aliento: desde el dia en que te

ví te guardo en mi memoria, como un consuelo y como un infierno: desde

el dia en que te ví, lo he olvidado todo para no pensar mas que en tí:

no he vivido sino para tí: solo por tí he esperado.

--¿Y dónde me has visto, señor?

--¡Ah! ¿has olvidado, sultana, el lugar donde te he visto?

--Solo una vez, dijo Bekralbayda, he visto damas cubiertas de joyas y

galas; caballeros resplandecientes cabalgando en briosos corceles;

soldados y banderas; fiesta régia; alegre música, toros y cañas: me

habian hablado mucho de ello, habia leido poemas en que se contaban

todas estas grandezas, me habian dicho que sería un dia sultana: pero yo

no he salido nunca de aquí; ni he visto nunca mas que...

Bekralbayda se detuvo.

--¿Mas que á quién? dijo con cierto celoso anhelo el príncipe.

--Yo no puedo decir quien es la persona á quien veo junto á mí desde mi

infancia.

--Pero esa persona...

--Es un hombre...

--¿Un hombre viejo?...

--Sí, un anciano.

--¿El que te acompañaba en las fiestas de Alhama?

--Sí.

Tranquilizóse el príncipe.

--¿Y no recuerdas haberme visto en las fiestas?

--No reparé en nada; aquella magnificencia, aquel esplendor, aquella

multitud de damas y caballeros me aturdian.

--Pues en esas fiestas te conocí y te amé.

--¡Amor! ¿y qué es amar? dijo Bekralbayda.

--¡Oh! ¿no sabes lo que es amor?

--¡El amor! le he visto en palabras en los poemas: he comprendido que

amar es morir.

--El amor es la vida cuando el ser que amamos nos ama.

--¿Y cuando no somos amados?...

--El amor es la muerte.

--¡Ah! ¿el amor es muerte y vida?

--Escucha: dijo el príncipe asiendo una mano á Bekralbayda y llevándola

á un banco de cesped donde se sentaron: el amor es la vida, cuando se

satisface: el amor es la muerte cuando se desea sin esperanza.

--No te entiendo.

--Entonces si no me entiendes, ¿cómo has escrito la gacela en que que

llamabas y que me has arrojado con mi flecha?

--¡Ah! ¡tu flecha! esclamó estremeciéndose Bekralbayda.

--¿Por qué tiemblas alma mia?

--¡Tu flecha!... estaba yo reclinada en mi divan: acababa de cantar un

antiguo romance de los amores de una hada.

--¡Ah! ¿con que ese romance no lo cantabas para mí?

--No, hace mucho tiempo que lo sé de memoria, contestó sonriendo

Bekralbayda.

Sofocó un suspiro de despecho el príncipe.

--Acababa de cantar, continuó Bekralbayda, cuando entró precipitadamente

por la ventana Abu-al-abu.

--¿Y quién es Abu-al-abu?

--Es un buho á quien por viejo he puesto yo ese nombre.[9] Tras

Abu-al-abu entró una flecha, que cortó la rosa que yo tenia prendida en

los cabellos y se clavó detrás de mí en la pared.

Estremecióse el príncipe con aquel relato: al querer matar al buho habia

cortado con su flecha la corona de flores de la muger de su amor.

Los moros eran muy supersticiosos, y tenian una gran sutileza para

aplicar una causa á un acontecimiento algo estraordinario: Mohammet

Abd-Allah creyó que no habiendo acertado al buho con su flecha, y

habiendo estado á punto de matar con ella á Bekralbayda, se esponia á

causarla la muerte si mataba no ya á Abu-al-abu, sino cualquier otro

buho.

Los buhos, pues, se hicieron sagrados para el príncipe.

Por nada del mundo hubiera disparado sobre un buho.

Pero el amor y la hermosura de Bekralbayda, le habian inspirado una

consecuencia sumamente lógica, considerada la cuestion bajo el punto de

vista en que su supersticion le habia colocado; la consecuencia era

esta:

Si habia tal paridad, tal union vital y estraordinaria entre los buhos y

Bekralbayda, y siendo los buhos fatales á su familia, Bekralbayda debia

serle tambien fatal.

Tan cierto es que el hombre no vé mas que lo que quiere ver.

Dominóse sin embargo el príncipe, y dijo á la hermosísima Bekralbayda:

--¿Y quién arrancó la flecha de la pared?

Bajó los ojos Bekralbayda como aquel que no estando acostumbrado á

mentir se ruboriza antes de pronunciar una mentira, y contestó:

--Yo arranqué la flecha.

--¿Y pusiste en ella la gacela?

--Sí, yo escribí la gacela, yo la puse en la flecha, yo la arrojé á tus

pies.

--Y dime... ahora que lo recuerdo: ¿quien se rió dentro de la habitacion

donde se refugió el buho?

Fijó Bekralbayda sus grandes y candorosos ojos en el príncipe, los bajó

y contestó sonriéndose:

--El que dió aquella carcajada fué Abu-al-abu.

--¿El buho?

--Sí; ¿no has leido los poemas de Antar?

--Sí.

--¿Y en ellos no hablan los animales?

--Sí, pero...

--Pues bien Abu-al-abu es uno de los animales que hablan como hablaban

en tiempos de Antar.

Las respuestas de Bekralbayda que mas adelante comprenderemos, asustaban

al príncipe.

Para él era indudable, que un alma condenada encerrada en el cuerpo de

un buho perseguia á su familia.

--Y si no conoces el amor, si no me amas ¿cómo en nombre de tu amor me

has llamado? ¿te lo aconsejó acaso Abu-al-abu?

--Sí.

--¿Y fué tambien Abu-al-abu el que llevó tus versos á mi alcazaba de

Alhama?

[imagen no disponible: Te he llamado para ser tu esclava.

La alhambra; leyendas árabes · 第 17 / 311 题