XI

La derrota fue completa.

A los dos días, ninguno de los bolsistas que tenían por oráculo al

famoso don Ramón dudaba de ella. El mismo banquero confesaba que esta

vez se había equivocado, aunque no por ello dejaba de sonreír,

asegurando que lo mismo que había ocurrido una alza contra todas sus

previsiones, podía sobrevenir una baja, pues no todos los tiempos son

iguales.

Y aquellos hombres de fe inquebrantable acogían como risueña esperanza

las ambiguas palabras del banquero, prestándoles esto cierta energía

para sobrellevar el golpe. A todos los admiradores de don Ramón les

había alcanzado la derrota; pero quien más sufría era el señor Cuadros,

que de un golpe veía desaparecer todas las ganancias de su vida de

bolsista.

Pero él no desmayaba, no señor. ¿Qué gran general no sufre una derrota?

Él era soldado fiel de don Ramón y le seguía a ciegas, convencido de que

con un hombre así, de tropezón en tropezón, más tarde o más temprano se

llegaba a la victoria.

Con el error del banquero, quedaba lo mismo que antes de entrar en la

Bolsa: dueño de la tienda y de unas cuantas fincas sin importancia. Pero

esto mismo le animaba y le hacía ser más tenaz en sus propósitos. Al

fin, ¿qué había perdido? Igual estaba ahora que antes de entrar en el

negocio. Lo que había ganado en la Bolsa justo era que en la Bolsa se

perdiese. Además, que le quitasen lo mucho que se había divertido

gastando el dinero a manos llenas.... ¡Adelante! El buen carretero

vuelca muchas veces en un bache insignificante.

Y con tantos ánimos se sentía, que consolaba a Juanito, el cual, sin

perder tanto como su maestro, mostrábase aterrado por el suceso.

--Vaya, muchacho, debes tener más alma o retirarte del negocio, ¿Crees

tú que se pescan millones sin correr peligro? Aquí me tienes a mí, que

me he quedado lo mismo que hace un año: convertido en un tenderillo de

escasa fortuna. Otro se consideraría perdido; pero yo me quedo tan

fresco. ¿Que sigue sosteniéndose el alza? Pues yo a la baja, como antes.

A la baja está don Ramón, y sigo a su lado. No hay cosa que disguste

tanto a la suerte como la inconsecuencia.

Y con estas seguridades, dadas enérgicamente, aunque sin saber con qué

fundamento, el señor Cuadros conseguía serenar a Juanito. No tenía igual

poder sobre don Eugenio, su antiguo principal. El pobre viejo, al saber

el gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraña actitud,

aproximándose a su antiguo dependiente para darle consejos con tono

paternal.

--Estás a tiempo para retirarte. Lo que te pasa es un aviso de la

Providencia. En realidad, nada has perdido. El dinero mal ganado se lo

lleva el diablo. Lo que ahora tienes es lo adquirido honradamente y a

fuerza de trabajo. Créeme, Antonio; a vivir como Dios manda, con

tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de

provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero

hablarte. No tientes a la suerte, que es traidora. Piensa que un segundo

golpe dejaría a tu mujer y a tu hijo en situación de pedir limosna.

Cuadros, a quien la derrota había privado de fuerzas para discutir su

pretendida infalibilidad en jugadas de Bolsa, contestaba afirmativamente

al viejo y parecía aceptar todos sus consejos; mas no por esto se

hallaba menos decidido a seguir a su grande hombre, sosteniéndose a la

baja, como medio seguro de conquistar los soñados millones. Y tanto él

como Juanito manteníanse firmes, a pesar de que continuaba el alza y no

se veía la menor probabilidad de que pudiesen cumplirse las predicciones

de don Ramón.

Algo más que el desgraciado negocio preocupaba a Juanito. Una noche, al

retirarse después de acompañar a Tónica y su amiga en su paseo por la

feria, encontróse en la puerta de casa con su hermano Rafael, que se

llevaba el pañuelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba.

Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y las

narices sucias de sangre. El joven elegante, admiración y orgullo de la

mamá, olía a vino, y con palabrotas de las más soeces explicaba lo que

acababa de ocurrirle. Nada; una cosa de poca importancia. Se había

peleado con un amigo, dándose de bofetadas y palos en medio del puente

del Real cuando iban a la feria a última hora.

No quiso decir más, aceptando con gruñidos de borracho los cuidados

paternales de Juanito, que hizo todo cuanto supo para curarle las

contusiones. El pobre muchacho, al ver a su hermano cruelmente

aporreado, sintió renacer el cariño de otros tiempos, cuando ejercía de

niñera, sacrificándose en el cuidado de sus hermanitos.

Al día siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud lo

ocurrido; y los calaverillas de la Bolsa, que sabían lo de la riña, le

enteraron con una exactitud cruel.

Quien había aporreado a su hermano era Roberto del Campo. Los dos

cenaron en un _restaurant_ para conmemorar los buenos golpes que habían

dado en la ruleta del _Sportsman Club_. Se habían emborrachado

amigablemente, y al dirigirse después hacia la feria, surgió la disputa

a consequencia de ciertas afirmaciones infames del elegante Roberto.

Aquel miserable se había permitido asegurar cosas que hacían enrojecer

al pobre Juanito: intimidades repugnantes con su novia cuando por la

mañana hablaban en la escalera; secretos, en fin, que Juanito tenía por

calumniosos, y que únicamente podía revelar un canalla como aquél. Su

amigo había contestado a las confidencias con una bofetada, y después

ocurrió la riña, de la que Rafael salió tan malparado.

Juanito se conmovió por el suceso. Decididamente, su hermano no era

malo; su prontitud en defender la honra de la familia, castigando la

calumnia, hacíale simpático. Y el sencillo Juanito, olvidando lo de la

borrachera, consideró a su hermano como un héroe. Conmovíale el valor

con que había defendido a Concha, y no pudo callar ante la interesada el

entusiasmo que sentía por Rafaelito.

Su sorpresa fue inmensa al ver el poco caso que Concha hacía de sus

palabras.

--Mira, chico, todo eso que me dices son líos de Rafaelito, y harás bien

no metiéndote en nada. Yo quiero a Roberto, ¿me entiendes? Él me quiere

a mí, a pesar de todo cuanto digas, y eso de que se permitió hablar

ciertas cosas es una mentira de Rafael, que, según me han dicho, iba la

otra noche como una cuba. ¡Vaya que le está bien a ese señorito meter

cisco en la familia! Más le valdría no emborracharse, o por lo menos que

sus borracheras no las pague yo.

Y la joven se expresaba con serenidad, con frescura, como si se tratase

de la honra de otra y aquel Roberto fuese un infeliz a quien

calumniaban.

Juanito no podía contener su asombro. ¡Dios mío! ¡qué gente aquélla! ¿Y

era su hermana la joven que permanecía tranquila ante suposiciones

ofensivas para su dignidad? Insistió, cada vez más escandalizado; pero

Conchita cortó rudamente sus recriminaciones:

--¡Cállate! Como eres un tonto, crees que todos los jóvenes han de ser

iguales a ti. Roberto es como es y basta. Yo contenta, pues todos

satisfechos.

Y le volvió la espalda desdeñosamente.

Entonces acudió a la mamá. Él no podía permitir que aquella loca, por

amor o despreocupación, mirase impasible lo que de tan cerca hería el

prestigio de la familia. Doña Manuela le escuchó atenta; aparentó

indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de

inmensa bondad que tan bien le sentaba:

--Mi pobre Juanito, tú eres muy bueno; no conoces el mundo, no tienes

sociedad y te extrañan y escandalizan muchas cosas que realmente carecen

de importancia. No tuerzas el gesto, que no intento defender a ese

muchacho, aunque me extraña mucho que un joven distinguido y bien

educado haya podido decir tales infamias. Pero ten en cuenta que tanto

él como Rafaelito estaban algo «alegres», y las cosas hay que tomarlas

según está el que las dice. En fin, Juanito mío, no te preocupes de la

casa, que aquí estoy yo para vigilarlo todo. Además, ya he dispuesto que

Conchita no salga más a la escalera. ¿No te parece bastante? Pues hijo,

no hay que echarlo todo a barato. Al fin, Roberto es un buen partido, y

Conchita no va a despedirlo por cuatro palabras dichas como broma

imprudente.

Y doña Manuela, ofendida por la insistencia de su hijo, que tildaba de

«quijotesca», se separó de él casi tan huraña y despreciativa como

Conchita.

Ahora sí que Juanito sentía a su alrededor un triste vacío. ¿Quién

quedaba en aquella casa que pensase como él? Únicamente en los hombres

había que buscar la vergüenza. Rafaelito y él eran los depositarios de

la dignidad de la familia. Por esto, él, que hasta entonces había

tratado a distancia y con cierto despego a su hermano, sentía un

recrudecimiento de cariño fraternal. Pero a los dos días de ocurrida la

riña le dijeron que Rafael y Roberto iban juntos otra vez, apuntando

sobre el tapete verde en fraternal combinación. Los dos se comprendían

y compenetraban; eran la yunta viciosa, ligada por el yugo de la

comunidad de gustos y la mutua posesión de secretos poco limpios.

Este golpe acabó de anonadar a Juanito. También su hermano desertaba.

Nadie; ya no quedaba en su casa un corazón que pudiera colocarse al

nivel del suyo. ¡Cómo sentía ahora su rompimiento con el tío don Juan!

El viejo, a pesar de su tacañería y sus manías, era un hombre puro y

recto.

Juanito pensaba ir en su busca como en otros tiempos, pues sus consejos

eran como un baño de dignidad y rígida honradez, que le hacían resistir

mejor la atmósfera de putrefacción moral de su casa. Cada vez se sentía

más alejado de la familia. Vivía como siempre; comía con la mamá y las

hermanas a la misma hora, pero las escuchaba como si fuesen seres

extraños encomendados a su observación; sonreía interiormente al

apreciar sus preocupaciones, indignábase sin romper su silencio, y

apenas terminaba el motivo de esta reunión de familia, escapaba para ir

en busca de Tónica y de la pobre ciega, sintiendo el anhelo de

purificarse, cual si las palabras de los suyos estuviesen agarradas a su

piel como asquerosas manchas.

El pobre muchacho se sentía sin fuerzas para seguir viviendo con la

familia. Un obstáculo invisible se levantaba entre él y los suyos. Decía

bien su tío don Juan. Él era de otra raza. Formaba aparte en el seno de

la familia. Todos estaban ligados por la vida común; pero los otros eran

la burguesía pretenciosa, corrompida prematuramente por la ambición de

brillar, por el ansia de mentir, encaramándose penosamente a una altura

usurpada; y él era un intruso, el resultado de un encuentro de la

fuerza, cándida y sumisa, con la corrupción moral, hermosa y

deslumbrante.

No; él no tenía madre. Los otros, los de Pajares, eran los legítimos

vástagos de doña Manuela, su fiel retrato en lo moral. Él sólo era el

hijo de Melchor Peña, con toda la inocencia, la hombría de bien, la ruda

dignidad del montañés de Aragón... y Melchor Peña había muerto. Estaba

solo en el mundo; no tenía madre.

Pero a pesar cíe su tristeza, Juanito seguía adorando a aquel ídolo,

ante el cual volvía la cabeza para no ver los defectos, recordando sólo

lo que le parecía bueno.

Doña Manuela podía parecerle en ciertos momentos falta de dignidad; pero

él echaba la culpa de todo a la maldita ambición, que la sumía en los

enredos y trampas, donde dejaba a jirones poco a poco, por sostener el

boato de familia, aquella altivez que tan bien le sentaba.

Además--y esto era lo principal para Juanito--, la viuda, dedicada en

absoluto a sus hijos, buscando por caminos engañosos asegurar su

porvenir, no había dado motivo a la más leve murmuración. Tratándose de

dinero, era capaz de mentir y hasta de estafar, tomando préstamos sobre

fincas vendidas muchos años antes; pero su virtud de mujer aparecía

intachable.

Juanito, como esos desesperados que encuentran todavía en su miseria

cosas agradables, reconocía en su madre grandes defectos, pero se

extasiaba ante su honradez de mujer.

Un suceso vino o sacarle de la triste preocupación que le causaban los

asuntos de su familia. Era el último día de la feria. Por la tarde, en

la Bolsa circuló una noticia que hizo palidecer a todos los protegidos

de don Ramón Morte. En vez de cumplirse los vaticinios de éste, el alza

continuaba su carrera triunfal, ganando nuevos escalones y arrollando

las mermadas fortunas de los que osaban ponerse enfrente de ella.

Esta vez desapareció por completo la confianza que Juanito tenía en la

infalibilidad de su principal y del señor Morte. La ruina era indudable.

El mismo don Antonio le había dicho que si no sobrevenía pronto la baja

saltaría él a fin de mes con todos los jugadores que atendían los

consejos del famoso banquero.

El infeliz joven, poco avezado a los azares del juego, e incapaz de

ocultar las terribles impresiones de la ruina, sintió ganas de llorar en

plena Bolsa, ante los corredores y los «alcistas», que sonreían con un

gozo feroz viendo la agonía de sus contrincantes.

Pero Juanito era de los que en la desgracia aguardan siempre una

inesperada salvación. Pensó que era preciso avisar al señor Cuadros; tal

vez él como hombre experto en los negocios, encontraría el medio de

salir a flote. Extrañábale mucho que no estuviera en la Bolsa, siendo

aquella tarde de agitación y de emociones, y salió inmediatamente en su

busca.

En _Las Tres Rosas_ sólo encontró a don Eugenio.

--¿Qué ocurre?--preguntó el vejete--. Tienes cara de susto.... ¿Que si

está Antonio? No; salió después de comer. ¿Necesitas verle? ¿es urgente

el asunto? Pues entonces...--y se rascó la cabeza como si dudase--,

entonces puedes buscarlo en tu casa; de seguro lo encontarás. No sé qué

demonios tiene que hacer, siempre metido allí. ¿Es que tu mamá juega

también a la Bolsa?

Juanito no quiso oír más, y salió a buen paso con dirección a su casa.

Por el camino preocupábanle las palabras de don Eugenio, la triste

sonrisa con que había acompañado su última pregunta. Subió al trote la

escalera de su casa, dando un vigoroso tirón a la campanilla. Abrió

Visanteta, y al verle comenzó a darle explicaciones antes que él

preguntase. Las señoritas habían salido; estaban en casa de «las

magistradas».

--Bien; pero ¿y el señor Cuadros, no está aquí?

Y Juanito miró angustiosamente a la criada que balbuceaba, no sabiendo

qué responder.

La empujó rudamente y entró. Visanteta sin perder su ceñuda seriedad,

levantó los hombros, hizo un gesto de resignación, como diciendo: «Que

ocurra lo que Dios quiera»; y volviendo la espalda al señorito, se fue

hacia el comedor.

No había nadie en el salón. Bajo el sofá sonaba el juguetón cascabeleo

de _Miss_, la perrita inglesa, que al notar la presencia de Juanito sacó

a medias, por entre los lambrequines, su cabeza de juguete.

La mirada del joven examinó rápidamente el salón, fijándose con estúpida

tenacidad sobre el sofá, como si viese en él algo extraño que le atraía

sin explicarse la causa. Era una chaqueta blanca arrojada con descuido,

y que causaba en el joven la misma impresión de esos rostros que siendo

amigos tardan mucho en reconocerse.

Llevóse la mano a la frente como si fuera a arañarse con cruel impulso,

y sus ojos se dilataron con espanto. Fue un momento, un momento de

vértigo nada más; pero en tan corto espacio creyó que la habitación

danzaba como una peonza, que el techo descendía hasta apoyar en su

cabeza su peso irresistible; vio obscuridad y luces a un mismo tiempo;

experimentó frío y calor; sintió una bola extraña que se le atascaba en

la garganta, y en un instante pasaron por su imaginación, como

relámpagos lívidos, todas las escenas de novela que había leído, con sus

terribles descubrimientos y sorpresas aplastantes.

Bien conocía aquella chaqueta; era la de su principal, la que tantas

veces le había rozado al descansar paternalmente la manga sobre su

hombro. _Miss_, saliendo de su escondite, frotábase contra sus piernas

gruñendo amistosamente.

Pero, en fin, ¿qué era aquello? Nada significaba el pedazo de tela. Pero

¿dónde estaba el señor Cuadros? Insensiblemente se dejó arrastrar por un

espíritu de desconfianza que acababa de despertarse en él, y dentro de

su casa, por una precaución inexplicable, le hacía andar de puntillas

como si fuese un ladrón.

Sin darse cuenta de ello, se vio junto al cortinaje que cubría la

puertecilla por donde entraba doña Manuela todas las noches a la hora de

acostarse. El mismo instinto que le hacía recatarse fue quien hizo

avanzar su mano levantando levemente un lado de la misteriosa colgadura.

Miró, y sin embargo no sufrió la impresión de momentos antes. Todo era

verdad. Ahora comprendía las palabras de don Eugenio, su sonrisa

triste, la mirada de conmiseración con que había acompañado su rápida

salida de la tienda.

Y abrumado por la sorpresa, permaneció erguido, con los ojos

desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si

temiera desplomarse. Debió lanzar un suspiro; tal vez chocó con

demasiada rudeza contra la pared.

--¿Quién anda ahí?

Y tras larga pausa, contestó a esta voz femenil otra de hombre en tono

más bajo, pero que rasgó los oídos de Juanito:

--Será _Miss_, que juega.

No supo cómo salió de allí. Lo único que pudo recordar fue que el

instinto de precaución le dominaba aún, y que al bajar la escalera lo

hizo de puntillas, evitando roces, como si fuera un delincuente y

temiera ser descubierto.

Cuando se vio en la calle sintió un calor insufrible. Ya sabía quién le

apretaba con tanta crueldad la garganta. Era la vergüenza, que hacía

arder en su interior un fuego de infierno, que enrojecía su rostro y

aceleraba la circulación de su sangre. Creyó que todos le miraban, que

los transeúntes ladeaban el cuerpo para evitar su roce, y anduvo

apresuradamente, como si sintiera tras sus pasos el espectro de su

vergüenza que le perseguía.

Aire... espacio... libertad; se ahogaba en las calles tortuosas, con sus

paredes que parecían aproximarse para cerrarle la marcha; necesitaba

horizontes inmensos, para no creerse aplastado, para poder ensanchar sus

pulmones y arrojar la cruel madeja de suspiros que se apelotonaba en su

garganta.

Una sensación fresca le despertó de aquella pesadilla, que le hacía

caminar como un sonámbulo aterrado. Estaba en las Alamedas de Serranos,

y marchaba con la cabeza inclinada, los brazos a la espalda: la misma

expresión de los tipos casi lúgubres que acostumbraban a pasear allí.

A lo lejos, tras las cortinas de los árboles que circuían el verdoso

estanque, sonaba el canto de un corro de niñas confundiéndose con el

juguetón parloteo de los traviesos gorriones:

/*

_Yo me quería casar_,

_yo me quería casar_

_con un mocito barbero_....

*/

Juanito sentía deseos de llorar como cuando escuchaba las romanzas

italianas de Amparo. Pero ahora no era el amor quien ponía en tensión

sus nervios; eran los recuerdos del pasado, que contrastaban penosamente

con su situación actual.

Le hacía daño la inocente melopea infantil. Se veía con la imaginación

vistiendo el trajecito escocés de su niñez, cuando su madre, con tocas

de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las niñas, pues su

timidez y debilidad no le permitían alternar con los revoltosos

muchachos. ¡Cuan hermosa estaba con sus negras tocas! Juanito la veía al

través de los años como una _Máter dolorosa_, acariciando dulcemente su

cabeza de niño y pensando en el doctor Pajares, a pesar de su reciente

viudez.

Ya no creía en su madre. La fe se había rasgado en él como una

virginidad irreparable. Le nacía daño el canto infantil, y para no

llorar salió rápidamente del paseo, siguiendo el pretil del río.

Caminando junto a la carretera polvorienta, sin ver otras caras que las

de los carreteros que marchaban perezosamente tras sus vehículos, o las

de los guardias de Consumos sentados ante sus garitas, Juanito se

encontraba mejor. No tenía miedo, como el poeta, a encontrarse con su

dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando

con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en

ruidosos suspiros.

Sentía en torno de su persona la imagen invisible de un padre que no

había conocido. El recuerdo del pobre Melchor Peña le inspiraba cierta

conmiseración. Aquél también había vivido engañado. Amó locamente a su

esposa sin conocer su verdadero carácter y murió en el error, como

hubiese muerto él, jurando que su madre era la mejor de las mujeres, a

no haberle conducido la fatalidad al salón de su casa para hacer el más

terrible de los descubrimientos.

Su madre era una tramposa capaz de todos los enredos y vergüenzas para

conservar el falso oropel de su vida; su madre despreciaba las

murmuraciones que herían hondamente el honor de la familia; dejaba a las

hijas que se arrojasen en el peligro, arrastradas por la desesperada

audacia de cazar un novio, y al final se entregaba como una perdida en

brazos de un amigo de su esposo, se vendía infamemente cuando estaba

próxima a la vejez, manchando todo su pasado, por una necesidad del

orgullo. ¿Qué era, pues, lo que quedaba a aquella mujer? Nada

absolutamente. Aquel descubrimiento fatal rasgaba el velo de la

credulidad, desvanecía el optimismo del cariño; la madre aparecía a los

ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral; y Juanito pensaba

con rabia en su antiguo ídolo como el devoto que pierde la fe, y en la

imagen milagrosa que antes le arrancaba lágrimas de emoción ve sólo un

miserable leño. ¿Por qué había nacido del vientre de aquella mujer? ¿No

podía tener una madre como lo son todas? Y furioso contra la fatalidad,

que le había dado por madre a doña Manuela, cerraba los puños como si

quisiera estrangular a alguien.

Levantó la cabeza y vio que se había separado del pretil, siguiendo por

el camino de ronda. Ante él alzaban sus pesadas moles cilíndricas las

dos torres de la puerta de Cuarte, con la rojiza costra acribillada por

los profundos agujeros de las granadas francesas y las de las

insurrecciones republicanas.

Contemplaba fijamente los tragaluces angostos y enrejados de los

calabozos donde estaban los presos militares. Pensaba con envidia que

allí dentro, en las mazmorras lóbregas y húmedas, se estaría muy bien,

rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban

la existencia.

Permaneció mucho tiempo mirando fijamente aquellos colosos de argamasa,

hasta que por fin se dio cuenta de que algunos chicuelos del barrio

formaban círculo en torno de él, contemplándolo con curiosidad,

tomándole, sin duda, por uno de esos viajeros que para el vulgo han de

ser forzosamente ingleses.

Juanito huyó de aquella pillería, cuya mirada insolente y burlona nada

bueno presagiaba, y siguió por el camino de ronda, sumiéndose al poco

rato en sus tristes reflexiones. Volvía a caminar automáticamente, sin

fijarse en las personas que pasaban junto a él. Llevaba abiertos los

ojos, miraba a todas partes, y nada veía. Nada, no; lo real, lo

inmediato a su persona no lograba fijarse en su retina; pero en cambio,

veía siempre, con una tenacidad desesperante, la blanca chaqueta

arrugada brutalmente como la sábana del lecho después de una noche de

placer, y luego... luego veía también la cortina alzada revelando una

parte del atentado vergonzoso, de la degradación maternal, que era para

él un golpe de muerte.

¡Oh, cuán execrable le resultaba ahora su antiguo ídolo! Y sin embargo,

estaba convencido de que todo su odio era una impresión del momento, que

se desvanecería apenas se hallase en presencia de la mamá. Es muy

difícil desarraigar un cariño de tantos años; y este convencimiento era

lo que más desesperaba a Juanito. Sentíase avergonzado por tener tal

madre y adorarla, sin embargo, con la dulce ceguera del cariño.

--¡Eh...! ¡a un lado!

Juanito saltó hacia atrás instintivamente, al sentir en su rostro el

bufido ardoroso de dos caballos. Había llegado a la entrada del camino

del Cementerio, y aquellas bestias que casi le atropellaban eran los

jacos huesosos, antipáticos y enfermizos que tiraban de un coche

fúnebre. El tétrico conductor, con su librea negra y mugrienta, pasó,

rociando de injurias al distraído y amenazándole con su látigo.

Juanito apenas si pudo verle. Sus ojos estaban fijos en el féretro

blanco y dorado que se mecía con el traqueteo de las ruedas, dejando en

su memoria la impresión de una nubecilla surcada por rayos de sol.

También debía estarse bien allí. Mejor que en los calabozos que antes

contemplaba con envidia. El silencio para siempre, la amarga

satisfacción del no ser, la grandiosa monotonía de la eternidad libre de

toda alteración. ¿Por qué no iba él dentro de aquella caja? ¿Por qué no

había caído cuatro años antes, cuando sufrió una pulmonía que puso en

conmoción a toda su familia? Al menos habría muerto creyendo en su

madre, y al partir le hubiera consolado un gesto, una lágrima de aquella

mujer. Pero ahora estaba solo. Moriría aislado; lo único que le

fortalecía era la certeza de la muerte como solución para sus males.

El rostro de una joven asomada a la ventanilla de uno de los carruajes

del cortejo fúnebre pareció cambiar el curso de sus ideas. No; era una

locura buscar la muerte. Si no hubiese conocido a Tónica, podría aceptar

tan desesperada resolución; pero siendo amado por ella, era una locura.

Aún había remedio. Una parte de su capital la había entregado a don

Ramón Morte, no para jugadas de Bolsa, sino para la adquisición de

valores públicos. Vendería, aunque fuese con pérdida, esta parte segura

de su capital; pagaría las deudas importantes que había contraído por

salvar a su madre, y con lo que le quedase se establecería modestamente,

sería el dueño de _Las Tres Rosas_ o de una tienda más pequeña,

casándose en seguida con Tónica. Ésta era la verdadera solución. Nada de

buscar millones; la lección había sido dura. Comerciante rutinario y

cachazudo, buen marido y padre virtuoso; ésta era la felicidad, lo que

él ambicionaba para el porvenir.

Y cuando con más entusiasmo forjábase la ilusión de la tranquilidad

patriarcal, un silbido estridente rasgó los aires, como si Mefistófeles,

desde las nubes, contestase con su carcajada chillona a los hermosos

planes de virtud doméstica. Juanito, sin dejar de andar, despertó del

extraño sonambulismo que le hacía correr en torno de la ciudad, agitado

a cada instante por los más diversos pensamientos. Frente a él

perfilábase sobre el cielo de pálido azul la plaza de Toros, con su

contorno de circo romano. Entre ella y el joven estaba el paso a nivel

de la vía férrea, donde comenzaba a palpitar, lanzando mugidos, una

bestia de hierro.

Juanito viose detenido por la cadena que acababa de tender el guardavía.

Este obstáculo pareció irritarle. Sintió otra vez dentro de sí aquel

compañero misterioso que le había guiado en el salón de su casa al hacer

los terribles descubrimientos. Algo le decía ahora con acento imperioso.

Le empujaba, y él obedecía automáticamente. Olvidaba las ilusiones de

futura felicidad que se había forjado momentos antes, y el ataúd

coquetón, aquel féretro de raso blanco y bordados de oro, parecía

brillar ante él, como un astro que le iluminase con su camino. Abríase

su tapa, mostrando el interior mullido y acolchado como el de una caja

de dulces. Unos cuantos pasos más, y se quedaba dentro para siempre....

De pronto, Juanito se sintió cogido por los brazos, zarandeado y

empujado hacia atrás con tal fuerza, que estuvo próximo a caer.

--Pero ¿adonde va usted? ¿Está usted loco...?

El que le hablaba era el guardavía, un mocetón de blusa azul con

iniciales rojas.

Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que,

conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las

válvulas de escape, salía de la estación, abofeteando a los más próximos

con el viento de su rápido paso.

Juanito lo comprendió todo. Había pasado por debajo de la cadena, y el

empleado acababa de detenerle casi en la misma cabeza del tren que

avanzaba.

El guardavía mirábale con ojos interrogantes, en los que era visible la

sospecha de un intento de suicidio. Los curiosos agolpados a ambos lados

de la vía daban a entender lo mismo con sus palabras.

Juanito, avergonzado, siguió a buen paso el mismo camino de antes, como

si después de lo ocurrido le fuera imposible continuar adelante dando la

vuelta completa a la ciudad.

Pasó por el lugar donde había encontrado el fúnebre cortejo, y no pensó

ya en aquel ataúd blanco que le obsesionaba con la más amarga de las

seducciones. Tampoco levantó la desalentada cabeza para contemplar las

torres de Cuarte, cuyos rojizos muros adquirían en su parte alta un

tinte de incendio reflejando la puesta del sol.

La frescura que sintió siguiendo el pretil del río pareció reanimarle.

Comenzaba el crepúsculo. En el cauce del río, las charcas y riachuelos,

reflejando en su fondo el rojo horizonte, brillaban como si fuesen de

encendida lava. En la ciudad, los vidrios de los altos balcones y de las

esbeltas torrecillas destacábanse sobre la masa obscura de los edificios

como placas de fuego. La calma del crepúsculo, compuesta de murmullos

imperceptibles, de lánguidos suspiros que exhala la Naturaleza próxima a

adormecerse, invadía el ambiente. Desde el pretil veíanse rebaños de

obscuras ovejas, que al compás perezoso de las esquilas iban en busca

del corral, mientras que por la parte de arriba, por la carretera

polvorienta, marchaban también en retirada los rebaños del trabajo,

gentes de espalda encorvada y blusa vieja, con la cara sudorosa y el

saco de herramientas a la espalda.

La melancolía del crepúsculo se apoderaba de Juanito. Cuando entró otra

vez en las Alamedas de Serranos, sus piernas flaqueaban, y sintió la

necesidad de dejarse caer en uno de los bancos.

En aquel paseo silencioso, casi desierto, que lentamente se obscurecía,

podía forjarse la ilusión de que estaba en un jardín de su propiedad,

donde nadie vendría a turbar la pereza dolorosa, el anonadamiento triste

en que iba sumiéndose.

En las charcas del río, las ranas comenzaban a templar sus instrumentos

de dos notas para la interminable sinfonía de la noche; en la inmediata

carretera sonaba el chirrido de los carros.

La humedad del sombrío arbolado empapaba las ropas de Juanito,

adormeciéndole. Hubo momentos en que su imaginación, lanzada en el

camino de la insensatez, hízole pensar que, como en los cuentos

fantásticos, un colosal murciélago le abanicaba con sus alas, para

chuparle la sangre después de dormido.

De pronto, vio plantadas ante él, mascullando palabras ininteligibles y

extendiendo vergonzosamente las manos, dos niñas entecas, dos cabezas

con el pelo revuelto y erizado como espantables Medusas, mostrando las

piernas enflaquecidas y desnudas por debajo de los guiñapos que las

servían de faldas. Una profunda conmiseración invadió el ánimo de

Juanito. Aquéllas eran aún más desgraciadas que él. Tal vez no habían

conocido a sus madres, y esto era mil veces peor que tener una aunque

fuese como la suya. Olvidó repentinamente todas las precauciones de su

carácter económico, y dejó el puñado de pesetas que llevaba en el

chaleco en aquellas manecitas, que, asombradas y faltas de costumbre, no

sabían cómo oprimir la lluvia de plata. Las pesetas caían al suelo, y

Juanito no se arrepentía de su generosidad.

Indudablemente, allá arriba había alguien viéndolo todo: lo mismo lo que

pasaba por las tardes en una alcoba, que lo que ocurría por la noche en

un paseo solitario entre dos mendigas pequeñas y un hombre más niño que

ellas.

La desgracia le perseguía. ¿Quién sabe lo que le estaba reservado? Tal

vez algún día, con más vergüenza que aquellas infelices, tendría que

tender la mano a las gentes, sintiendo calor en el rostro y en el

estómago el cruel arañazo del hambre. Y como para sellar su pacto con la

desgracia futura, cogió entre sus manos las desmelenadas cabecitas,

besándolas en las sucias mejillas, en los labios cubiertos de costras.

Esto asombró a las mendigas más aún que la generosidad de momentos

antes. Sus ojos cándidos y virginales deshonráronse con una viva chispa

de malicia; tras la inocencia infantil asomó la precocidad de la vida

aventurera, las lecciones infames aprendidas sobre el barro de las

calles; y las dos, apretando convulsivamente sus puñados de pesetas,

huyeron como si las amenazase un terrible peligro.

Después pasó una mujer pequeña y enflaquecida, una pobre obrera de las

que habitan en la otra orilla del río. Cansada del trabajo, sostenía en

un brazo la pesada cesta y un chicuelo mofletudo que se agitaba con

nerviosa alegría, mientras tiraba con la otra mano de un galopín de

cinco años que se obstinaba en no andar por habérsele desatado el

zapato.

La mujercita saludó con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su

mismo banco el pequeño y la cesta, encorvóse penosamente para atar el

zapato de su hijo mayor. Después de acariciarle su enorme cabeza, volvió

a recuperar lo que había dejado sobre el banco y prosiguió su marcha,

siempre abrumada por la fatiga, poseída por triste desaliento, pero

satisfecha y sonriente al mirar a sus dos pequeñuelos, cruz abrumadora

que arrastraba en el calvario de la miseria.

Juanito creyó despertar ante aquella aparición. Era una verdadera madre

la mujercita de la dulce sonrisa. En aquel grupo de conmovedora miseria

había algo que él no había conocido jamás, y los dos pobres chicuelos,

martirizados por el hambre, destinados a vivir como parias de la

sociedad, gozaban lo que él, criado entre lujo y ostentación, no había

tenido nunca.

Sentía deseos de pedir a Dios que hiciese un milagro, que le convirtiese

en uno de aquellos niños, destinados a ser bestias de carga para el

bienestar de sus semejantes, pero que al menos tenían una madre que los

amaba sin distinguirlos y no se vendía a pesar de su miseria. Sintió de

pronto en sus manos la caída de algo caliente que resbalaba sobre su

epidermis. Lloraba. Al alejarse el tierno grupo, las lágrimas habían

asomado a sus ojos, y no hacía ningún esfuerzo por contenerlas,

sintiendo al llorar una sensación voluptuosa, como si sus pulmones, con

extraordinaria dilatación, hubiesen expelido aquel nudo que le oprimía

la garganta.

Así pasó mucho tiempo: con el sombrero caído a sus pies y la cabeza

apoyada en una mano, dejando que las lágrimas resbalasen a lo largo de

su antebrazo.

Los últimos transeúntes que pasaron fueron unas buenas mozas con la

cesta al brazo, moviendo al andar bizarramente sus fuertes caderas.

Debían ser cigarreras que volvían de la fábrica. Miraron entre

compasivas y burlonas al señorito que lloraba, y se alejaron haciendo

comentarios a toda voz. ¡Un hombre llorando! Indudablemente le había

engañado la novia o había muerto su madre. A Juanito no le hicieron daño

los burlones comentarios de aquellas muchachas. Habían acertado. Su

madre había muerto aquella tarde, y por esto lloraba.

Tras el desahogo del llanto, quedó fatigado, con los miembros

entumecidos, como si acabase de hacer una larga marcha.

No supo si había dormido o si el tiempo pasó con extraordinaria rapidez;

lo cierto fue que al apartar las ardientes manos mojadas en lágrimas y

erguir su cabeza, vio que era de noche. Por entre el ramaje de los

árboles veíase el cielo azul obscuro de las noches de verano, moteado

por el luminoso polvo sideral.

Como un sordo rugido semejante al hervor de lejana caldera, llegaban los

rumores de la ciudad al paseo obscuro y silencioso.

Cantaban las ranas con una monotonía desesperante; reflejábanse las

temblorosas estrellas en el fondo de las charcas; en el inmediato

estanque conmovíanse con estremecimientos voluptuosos las plantas

verdosas que extendían sus palmitos a flor de agua, y a lo lejos, como

un eco, sonaban los ladridos de los perros del arrabal.

Aquel silencio matizado por los ruidos propios de la noche hacía

imaginarse a Juanito que se hallaba en un tranquilo pueblo, lejos de una

vida en la que sólo había encontrado hondos pesares. Su mirada vagaba

errante por entre los puntos de luz, que le parecían impenetrables

jeroglíficos trazados en el cielo. ¿Cómo serían aquellos mundos? Y

pensando en esto, recordaba confusamente la poca geografía aprendida en

la escuela, las innumerables consejas que había oído relatar sobre la

influencia de los astros sobre los hombres.

Creía en lo maravilloso, en la influencia astrológica, sintiendo que la

calma augusta de la inmensidad se filtraba en su ánimo.

Como si le atrajesen aquellos mundos desconocidos, creía elevarse en el

espacio, dejando muy lejos, bajo sus pies, la tierra, llena de miserias.

Su corazón parecía ensancharse, crecer, convertirse en un músculo

gigantesco que ocupaba todo su pecho y lo hacía estallar como un saco

angosto. Ya no odiaba a nadie.

Todos los seres de la tierra le parecían pequeños; y sintiendo la tierna

conmiseración de las almas grandes, sonreía dulce pero compasivamente al

pensar en su madre, en sus hermanas y hasta en la misma Tónica.

Nada le impresionaba ya; todo le era indiferente: amistad, familia y

amor. Él no era de este mundo; su verdadera patria estaba arriba. Y

miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la

mejor habitación para trasladarse a ella.

Pero las impurezas de la realidad le despertaron otra vez de su

sonambulismo. Pasaban misteriosas parejas por detrás de los macizos de

árboles, unidas por dulce intimidad, con paso recatado, cuchicheando

levemente y buscando un lugar a propósito para aislarse de otros a

quienes la cita nocturna llevaba también allí.

Esto sublevó a Juanito. Tenía por suyo el paseo, la calma de la noche,

el puro silencio que le envolvía; la impúdica invasión de libertinos

callejeros y mercenarias ambulantes causábale el efecto de un atentado

contra su propiedad. Un sentimiento de asco le hizo ponerse en pie; y

recogiendo su sombrero, salió de la obscura alameda.

Las campanas de los relojes atrajeron su atención, haciendo que mirase

el suyo a la luz de un farol.

Eran las diez y media. Le sorprendió la rapidez con que había

transcurrido el tiempo y continuó su camino, dispuesto a vagar sin rumbo

fijo; pero los grupos de gente que siguiendo el pretil marchaban en la

misma dirección le arrastraron, haciendo que insensiblemente se

encaminara a la feria de la Alameda.

Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes,

que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los

encarnados y redondos ojos de sus faroles.

El magnífico panorama reanimó a Juanito. Al otro lado del río, millares

de luces de colores, en serpenteantes líneas o marcando el contorno de

los pabellones arquitectónicos, desvanecían la obscuridad, produciendo

un rojizo vaho que se extendía por el cielo coma el reflejo de lejano

incendio. Las charcas del río se poblaban de inquietos peces de fuego.

Atravesó el puente sufriendo los codazos de la multitud. Aquella noche

era la última de feria. Destacábanse los grupos de soldados, con los

roses enfundados de blanco; los huertanos iban en cuadrilla, cogidos de

las manos por temor de extraviarse; y pasaban las labradoras con su

traje de fiesta, arrastrando tras sí un racimo de chiquillos llorones y

cansados, precedidas por los maridos en mangas de camisa, chaleco negro

y el garrote de Liria en la mano, mirando a todos con fijeza, como si

temiesen que los «señoritos» se burlasen de la familia.

Los farolillos venecianos formaban gigantescos pabellones de una

claridad difusa. En la entrada de la Alameda apelotonábase el gentío, y

por entre la masa de espaldas arqueadas y codos en punta pasaban las

floristas con su cesto de mimbres erizado de ramilletes y las chicuelas

desgreñadas, con el cántaro en la cadera y el turbio vaso en la mano,

pregonando: «¡_Al aigua fresqueta_!»

Juanito viose detenido por la masa apiñada ante el tablado de los bailes

populares. Sonaba el agudo cornetín repitiendo monótonamente la

contradanza moruna o acompañando las voces de los cantadores, y a su

compás saltaban sobre el tablado las parejas de bailarines, que de lejos

parecían polichinelas.

En aquel lugar bifurcábase la corriente del gentío. La gente alegre y

ruidosa, los labradores, la chavalería de gorrilla y tufos o de falda

almidonada y pañuelo de seda, seguía por el pretil del río mirando la

larga fila de casetas, en las que se aburrían los feriantes esperando al

comprador que nunca llegaba.

Por el lado opuesto, por la avenida central, donde estaban establecidos

los pabellones de baile, marchaba la gente «distinguida», con

parsimonia, como en una procesión, mirando con el rabillo del ojo a los

que estaban en las compactas filas de sillas, o deteniéndose un instante

para contemplar las parejas que danzaban en los pabellones.

Juanito, confundido entre este público e insensible a las cosas de este

mundo, lo encontraba todo feo y ridículo con su pesimismo feroz.

Aquellos pabellones, que vistos con un poco de buena voluntad a la luz

artificial recordaban los palacios deslumbrantes de las leyendas,

parecíanle ridículas barracas. Y luego, ¡qué asco le producían los

imbéciles que en aquellos salones al aire libre bailaban como monigotes,

sin advertir que el gentío se divertía con sus saltos!

En uno de aquellos pabellones estaría su hermano Rafael. Y el muy

imbécil tal vez se divertiría, tal vez estarían con él las hermanitas, y

todos juntos mirarían con desprecio a la gente que se pasea por bajo,

sin pensar que de allí podría salir un acusador anónimo que les gritara:

«¡Todo ese lujo, esa altivez que ostentáis, son debidos a la trampa, a

la desvergüenza, a que vuestra madre es una...!»

No; decididamente, él no podía seguir paseando por aquella parte de la

feria. Volvían a reaparecer las tristes ideas de la tarde; pensaba otra

vez en su madre. Además, de seguir por cerca de los pabellones, estaba

expuesto a encontrarse con su familia, con el señor Cuadros, con

cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que él tenía empeño en

olvidar.

Huyó de aquellos sitios, dirigiéndose al final de la feria, donde

estaban los _restaurants_ al aire libre, las buñolerías apestando el

ambiente con el aceite frito de sus fogones, y las rifas, cuyos dueños

atraían con furiosos gritos a la gente, prometiendo una fortuna. Más

allá estaban los vendedores de sandías, voceando tras sus montones de

verdes bombas; las mesas de comida barata, donde cenaban chorizos crudos

y morcillas secas los soldados y los labradores; y al final, los

barracones de espectáculos: _El teatro mágico_, _La mujer gorda_, _Los

perros sabios_, con órganos a la puerta que hacían sonar una música

extravagante, propia de una fiesta de caníbales. Juanito, con los

nervios excitados, acabó por huir, refugiándose en los jardinillos a la

inglesa que la gente llama «el Plantío».

Volvió a encontrarse como en las Alamedas de Serranos, en una soledad

relativa, mirando desde su banco la agitación de la feria y contemplando

el cielo a través de las copas de los árboles, cuyas hojas, bañadas por

el reflejo de la luz artificial, cambiaban su tono verde por un plateado

mate.

Allí, por un extraño capricho de su imaginación, pensó en los negocios.

Recordaba las noticias que le habían dado aquella tarde en la Bolsa. La

ruina era indudable. ¡Bien les había dejado el célebre banquero con su

pretendida infalibilidad!

Su principal, el señor Cuadros, podía tenerse por hombre al agua. En

cuanto a él, daba por perdida una gran parte de su fortuna, y únicamente

confiaba en los valores del Estado que por encargo suyo había adquirido

el señor Morte. Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba

encontrar la salvación.

El optimismo tornaba a apoderarse de su ánimo, como una reacción

necesaria tras tantas horas de insufrible dolor. Aún tenía salvación. Se

alejaría de aquella familia que sólo era en apariencia suya, pero a la

cual no le ligaba lazo alguno; se casaría con Tónica, buscaría una

tienda modesta y emprendería otra vez la conquista azarosa y difícil del

dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los

procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua.

No sería millonario, no soñaría con palacios en el Ensanche y brillantes

trenes de lujo; pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda

acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la

prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el

mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los

años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el

arrugado rostro.

Y el pobre muchacho conmovíase ante este cuadro de futura felicidad; y

así como antes el dolor le hacía llorar, ahora suspiraba con angustia a

causa de la alegría.

Cruzó el espacio un silbido rápido, estridente, un ruido semejante al

desgarro de inmensa sábana, y en lo más alto del cielo, después de una

detonación de lejano cañonazo, esparcióse un haz de puntos luminosos de

diversos colores, que descendieron lentamente, dejando tras sí

culebrillas de fuego.

Eran los cohetes voladores que anunciaban el disparo de los fuegos

artificiales. Juanito, con la atención de un muchacho, seguía las

vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro

espacio. Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos

artificiales en un extremo de la feria, él no abandonó su asiento.

Estaba molido; sus piernas entumecidas negábanse a obedecerle, y la

debilidad y el cansancio le producían, en ciertos momentos, algo así

como asomos de vértigo.

Toda la feria adquiría un aspecto fantástico alumbrada por las bengalas,

que tan pronto la coloreaban de alegre rosa como daban a las personas un

tinte lívido.

Un rugido de entusiasmo saludó el principio de la _traca_, diversión

favorita de un pueblo que ha heredado de los moros la afición a correr

la pólvora. Pendiente de los árboles daba la vuelta al largo paseo

aquella envoltura de papel rellena de pólvora, colgando a trechos los

blancos cucuruchos que contenían los truenos.

Durante media hora repitió el eco aquel estruendo de batalla. Las

mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa

curiosidad la nube de humo erizada de relámpagos que se acercaba,

dejando tras sí un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas; y

cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubríanse los rostros con

los abanicos, hundían la cabeza en el pecho, o sin dejar de reír,

llevábanse las manos a los oídos, como si no pudieran resistir el trueno

continuo, cuya intensidad subía o bajaba, llegando en algunos instantes,

con la violencia de la explosión, a hacer el vacío, dejando sin aire los

pulmones.

La fiebre levantina enloquecía a los nietos de los rífenos, y eran

muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudiéndose la lluvia de

pavesas, corrían siguiendo la marcha del fuego, deteniéndose para silbar

al pirotécnico cuando la _traca_ se cortaba, apagándose por algunos

segundos. Con la violencia de las explosiones saltaban hechos añicos los

globos de vidrio del alumbrado de gas; el azufre colábase por todas las

gargantas, llevando al fondo de los estómagos su sabor insufrible; pero

todo entraba en la diversión, y al final, cuando estallaba el trueno

gordo, haciendo temblar el suelo de la feria, la gente menuda prorrumpía

en estruendosa aclamación, despertando de la pesadilla belicosa que la

había enardecido durante media hora.

Al terminar la _traca_, Juanito salió de la feria. Tenía prisa en

llegar a casa antes que su familia. Reconocíase sin fuerzas para

resistir la presencia de su madre. Carecía de costumbre en el

fingimiento, y la expresión de su rostro le haría traición. Además,

sentíase muy débil. Como los seres nerviosos que después de un esfuerzo

extraordinario caen en desaliento mortal, él, tras la tarde de agitación

y la noche pasada en los bancos del paseo, sufriendo el húmedo relente,

sentíase enfermo. Su estómago le atormentaba, recobrando sus funciones

después de la crisis nerviosa.

Cuando llegó a su casa y Visanteta le abrió la puerta, no pudo contener

un gesto de asombro al ver que el salón estaba iluminado.

Entró. Allí estaban su familia y la del señor Cuadros, pero todos

silenciosos, ceñudos, con la cabeza inclinada, como si en la vecina

alcoba hubiese un muerto al que velaban. Juanito husmeó en el ambiente

algo terrible e inesperado, y se olvidó de todo, atento únicamente a

conocer el misterio. Fue a preguntar, pero el señor Cuadros le atajó

poniéndose en pie y avanzando con los brazos abiertos, con expresión

paternal y desesperada.

--¡Ay, hijo mío! Estamos perdidos. Ese Morte es un pillo.

¡Eh! ¿Qué era aquello...? Pero la extrañeza del joven duró muy poco,

pues el señor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperación.

La cosa había ocurrido al anochecer. Primero la noticia circuló

tímidamente por la Bolsa, pero poco después la sabía toda la ciudad. El

célebre banquero don Ramón Morte había desaparecido, produciendo la

consternación en centenares de familias. Unos decían que era un farsante

que había huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus

clientes con la hipócrita comedia de su sencillez y su filantropía;

otros aseguraban que era un desgraciado, un iluso, que, enloquecido por

anteriores triunfos, se había empeñado en sostenerse a la baja,

perdiendo su capital y el de sus admiradores, para huir al fin, pobre y

avergonzado, sin que su deshonra le valiera nada. Lo cierto era que

desde el anochecer, toda una procesión de clientes, anonadados unos y

amenazantes otros, entraban en las oficinas del banquero, no encontrando

otra cosa que las mesas abandonadas y algunos empleados quejumbrosos y

todavía no convencidos de la ruina de su principal.

Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos

desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada. Los

demás seguían cabizbajos, oyendo por centésima vez la relación del señor

Cuadros, que parecía enloquecido por la ruina.

--¡Sí, hijo mío! Yo también he estado allí. Aquello es una desolación.

Estamos a fin de mes y hay que pagar en seguida. ¡Oh, ese hombre! ¡Ese

pillo! ¡Da lástima ver tanto desesperado, tantos padres de familia

dispuestos a matarse o a matar a ese granuja si le pillan! El muy ladrón

debió saber antes que nadie lo de la baja, y... ¡échale un galgo! ¡Dios

sabe dónde estará ahora!

Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible

noticia, pero su principal siguió hablando.

--¿Y yo, Juanito mío? ¿Cómo me quedo yo...? Arruinado para siempre,

perdido, y lo que es peor, deshonrado. No tengo la cabeza para cuentas,

pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la

tienda ni con mis fincas tendré para pagar la mitad. ¿Qué hago, Dios

mío, qué hago...? Para comer tendré que pedir a algún compañero que me

admita de dependiente; y esto, a la vejez, es para pegarse un tiro.

Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a

llorar. No era su próxima degradación lo que más lamentaba, sino la

pérdida de los placeres con que le había tentado la riqueza improvisada.

--Pero ¿y yo?--dijo por fin Juanito--. ¿En qué situación quedo?

--¿Tú...? ¡Pareces tonto! La ruina es igual para todos. Únicamente

tienes sobre mí la inmensa ventaja de ser joven y carecer de mujer e

hijos.... ¡Ay, quién estuviera en tu piel!

--Pero yo--dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una

esperanza--, yo no sólo jugaba a la Bolsa. Don Ramón tenía en su poder

más de tres mil duros míos en títulos del Estado. ¿Qué se han hecho?

Cuadros lanzó una carcajada, que, en fuerza de querer ser irónica,

resultaba espeluznante.

--Espera sentado tus tres mil duros--exclamó con brutalidad--; eso de

los valores públicos es una mentira. Ahora se ha descubierto que el tal

don Ramón no compraba papel, y cuando le daban una cantidad con tal

destino la dedicaba a la Bolsa, cuidando de entregar los intereses al

cliente, como si en realidad existiesen los títulos. ¿Quieres saber que

hay de esos tres mil duros? Pues que los has perdido. ¿No me dijiste que

tu novia le entregó ocho mil reales? Pues los has perdido también....

¡Cristo! Hemos sido unos brutos, y ahora, en justo castigo, nos quedamos

en la miseria, y muchas gracias si en alguna tienda nos quieren admitir

de bestias de carga.

Y Cuadros, furioso, iba de un extremo a otro del salón manoteando,

gozándose cruelmente en pintar a su discípulo toda la grandeza de su

ruina. Juanito estaba inmóvil por el estupor. ¡Dios sabe lo que pasó en

aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente

abiertos como los de un ciego!

De pronto, doña Manuela abandonó su asiento al ver a su hijo vacilar,

llevándose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo.

Intentó cogerlo por los brazos; pero el pobre muchacho se estremeció,

lanzando una mirada a su madre, que despertó en ella vergonzosas

sospechas.

--No, no me toque usted, mamá: ¡lejos...! no necesito a nadie... estoy

bien.

Y cayó como un fardo sobre el mismo sofá en el que por la tarde había

visto la arrugada chaqueta como impasible acusadora del adulterio.

Arroz y tartana · 第 12 / 15 题