A las cuatro de la tarde entraban las de Pajares en el paseo de la
Alameda.
Era domingo, y la animación ruidosa y expansiva de los días festivos
inundaba la acera izquierda del paseo. El tiempo era hermoso: una tarde
de verano, con el cielo limpio de nubes, y en lo más alto, como un jirón
de vapor tenue y apenas visible, la luna, esperando pacientemente que le
llegase el turno para brillar. Las largas filas de rosales, los macizos
de plantas, toda esa jardinería mutilada y corregida por las tijeras del
hortelano, reverdecía con el soplo cálido de la tarde y se cubría de
flores, uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban
las señoras tras su paso.
Por el arroyo central daban vueltas y más vueltas, como arcaduces de
noria, los carruajes alineados en interminable rosario. Las torres de
los guardas erguían sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los
árboles, y a los dos extremos del paseo, empequeñecidas por la
distancia, destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes
con sus figuras mitológicas ligeras de ropa. Era la hora en que el paseo
adquiría su aspecto más brillante. A todo galope de los briosos caballos
bajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilaban
lentamente, con paso de procesión, las familias endomingadas. Los verdes
bancos no tenían ni un asiento libre. Un zumbido de avispero sonaba en
el paseo, tan silencioso y desierto por las mañanas, y algunas familias
ingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de los
que pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rígidos
sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los
carruajes.
Lo que atraía la atención de todos era el desfile incesante de coches,
símbolos de felicidad y bienestar en un país donde el afán de
enriquecerse no tiene más deseo que no ir a pie como los demás mortales.
Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en torno
el pajizo olor de las cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiaba
a toda la línea de brutos briosos, que parecían contestar con nerviosos
pataleos a este llamamiento de libertad. Los cocheros, enfundados en sus
blancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus caras
afeitadas y carrilludas de cómicos obesos o párrocos bien conservados, y
miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba
a pasar unas cuantas horas de tedio. En la larga fila de vehículos
estaba el antiguo faetón, balanceándose sobre sus muelles como una
enorme caja fúnebre y encerrando en su acolchado interior toda una
familia, incluso la nodriza; la ligera berlina, con sus ruedas rojas o
amarillas; la carretela, como una góndola, meciéndose a la menor
desigualdad del suelo, y la galerita indígena, transformación elegante
de la tartana y símbolo de la pequeña burguesía, que, detenida en mitad
de su metamorfosis social, tiene un pie en el pueblo, de donde procede,
y otro en la aristocracia, hacia donde va.
Parecía existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente que
paseaba a pie y aquellas cabezas que asomaban a las ventanillas,
contrayéndose con una sonrisa siempre igual cuando recibían el saludo
de las personas conocidas. Grupos de jinetes mezclados con jóvenes
oficiales de caballería caracoleaban por entre los carruajes,
tendiéndose algunas veces sobre el cuello de sus cabalgaduras para
hablar al través de una portezuela. Las de Pajares contemplaban con
nostalgia de desterradas el paso de los carruajes. ¡Gran Dios, qué
tarde! ¡Se acordarían de ella toda la vida! Era la primera vez que iban
a pie a la Alameda. Las niñas, a pesar de sus elegantes trajes, creían
que todos se fijaban en ellas para sonreír compasivamente, y doña
Manuela marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco más o menos como
Napoleón en Santa Elena después de la denota. La viuda presentía su
ruina. Ya no eran las deudas y los apuros pecuniarios las amarguras de
la vida; ahora, la fatalidad, según ella decía, complacíase en agobiarla
con nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que la
restaban para sostener su prestigio.
Aquella mañana había sido de prueba para las de Pajares. Nelet el
cochero subió muy alarmado a dar cuenta a sus señoras de que el caballo
estaba enfermo. El suceso no era para tomarlo a risa. No se trataba de
un cólico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente del
prestigio de la familia, revolcábase abajo, en la obscura y húmeda
cuadra, quedando panza arriba y con las patas agitadas por un temblor
convulsivo. La situación fue ridícula y conmovedora. Tantos años de
servicios habían establecido cierto afecto entre las señoras y la brava
bestia, que era considerada casi como de la familia. Doña Manuela,
recogiéndose la cola de su bata teatral, bajó a la cuadra, no pasando de
la puerta por miedo al caballo, que se revolcaba furioso.
Llamaron al mejor veterinario de la ciudad; pero el caballo no mejoraba,
y por la tarde desvaneciéronse las ilusiones que tenían las niñas de
pasear en carruaje. Casi adquirieron la certeza de que el pobre caballo
no saldría de la enfermedad. ¿Qué iban a hacer ellas cuando se vieran
confundidas entre las cursis que paseaban a pie por la Alameda? ¿Qué
dirían las amigas al ver que transcurría el tiempo y la hermosa
galerita, de que tan orgullosas estaban, permanecía arrinconada en la
cochera? Porque las dos, aunque su mamá, por no entristecerlas, las
ocultaba el estado de la casa, tenían pleno conocimiento de los apuros
de la familia y estaban seguras de la imposibilidad de reemplazar el
viejo pero brioso caballo por otro que valiese tanto como él.
Después de comer, la madre y las hijas sentáronse en el salón, y allí
permanecieron más de una hora, silenciosas, hurañas y malhumoradas. El
día era magnífico; pero no, no saldrían: primero monjas que el mundo se
enterase de su decadencia, de sus privaciones tan hábilmente ocultadas.
Pero las tres no podían resignarse a pasar un día dentro de casa.
Además, por los balcones entraba el sol y soplaba un aire cargado de
perfume irritante del verano. Pensaban involuntariamente en los verdes
campos, en el paseo exuberante de gentío, en el placer de andar
lentamente bajo las ladeadas sombrillas, viendo caras nuevas y
contestando al saludo de los amigos; y por fin, la madre y las hijas no
pudieron resistir más y comenzaron a vestirse.
--No hay que ser tan escrupulosas--dijo doña Manuela--. Todos nos
conocen, y porque un día nos vean salir a pie no van a imaginarse que
nos falta el carruaje. Vamos, niñas, ¡a paseo!
Y salieron de casa con el propósito de ir a cualquier parte menos a la
Alameda. Pero el paseo las atraía; no sabían adonde ir, y al fin,
insensiblemente, sin ponerse de acuerdo, encamináronse allá.
¡Qué tardecita pasaron las de Pajares! Exteriormente fueron las de
siempre; las niñas contestaron con mohines graciosos a los saludos de
los amigos, y la mamá, altiva y majestuosa, cobijándolo todo con su
mirada de protección. Pero en su interior ¡cuántos tormentos! Si alguna
amiga las saludaba desde su carruaje con expresión cariñosa, las tres
creían adivinar cierto asomo de lástima, y enrojecían bajo la capa de
blanquete que cubría sus mejillas. Si una persona conocida se detenía a
saludarlas, ellas, a tuertas o a derechas, y muchas veces las tres a un
tiempo, se apresuraban a decir que habían salido a pie en vista de la
hermosura de la tarde; y seguían mirando con nostalgia y despecho la
larga fila de carruajes, experimentando la misma impresión de nuestros
bíblicos padres ante las puertas del Paraíso cerradas para siempre.
Después, ¡qué recuerdos tan penosos! A las tres las obsesionaba la
enfermedad del caballo, como si éste fuese de la familia. Estaban
arrepentidas de haber salido de casa; sentían la falsa esperanza de los
que se interesan por un enfermo y creen que permaneciendo a su lado
aceleran la curación. Saludaban a derecha y a izquierda; deteníanse a
estrechar manos, cambiando palabras sobre el tiempo o sobre los trajes
que más lucían en el paseo; pero sus miradas iban inconscientemente a
detenerse en aquellos caballos que pasaban a pocos pasos de ellas; y en
todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa,
encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria.
Tuvieron en aquella tarde encuentros muy penosos. Andresito, el hijo de
Cuadros, pasó por entre las dos filas de carruajes montando el enorme
caballote que le había comprado su padre. Buscaba a la novia para ir
escoltándola, luciendo sus habilidades hípicas en torno de su carruaje.
El gesto de inocente sorpresa que hizo al verlas a pie, confundidas
entre la cursilería dominguera, fue una verdadera puñalada para las tres
mujeres.
Todo hería su susceptibilidad. Roberto del Campo, que iba con algunos
amigos, las saludó con la más seductora de sus sonrisas; pero ellas
creyeron distinguir en sus labios una irónica expresión. Indudablemente,
aquel trasto de Rafaelito había relatado a Roberto lo del caballo.
Estaban seguras de que todo el paseo conocía el desagradable suceso,
adivinando lo que vendría después. Y cegadas por la vanidad herida,
recordando sin duda las burlas que ellas habían dirigido a otras
familias, turbábanse por momentos, creyendo ver miles de ojos rijos en
ellas y que las señoras desde los carruajes las sonreían desdeñosamente,
como si fuesen criadas disfrazadas. Hasta llegaron a pensar con
escalofríos de terror si a su s espaldas las señalarían irrisoriamente
con el dedo. Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento,
viéndolo con los ojos de la imaginación tal como estaba en su cuadra al
salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas.
Las tres llevaban dentro de sí, como implacable enemigo, su propio
pensamiento, que las hacía ver la burla y la lástima en todas partes, y
hasta creyeron algunas veces que personas conocidas fingían distracción
por no saludarlas.
--Vámonos, niñas--dijo la mamá con una expresión en que vibraban el
dolor y la cólera--; vamos a casa a ver cómo está «aquello». Hoy el
paseo está muy cursi.
Las niñas apoyaron a la mamá con gesto de aprobación. Era verdad, muy
cursi; y las tres emprendieron una retirada desastrosa, anonadadas,
vencidas, como si acabasen de sostener una batalla con la consideración
pública, quedando derrotadas y maltrechas. Al subir la rampa del puente
del Real tuvieron que apartarse del borde de la acera, limpiándose con
los pañuelos de blonda el polvo que levantaban las ruedas de un
carruajillo descubierto que corría con velocidad insolente, arrollándolo
todo.
Era la última sorpresa. El señor Cuadros, tirando de las riendas para
refrenar su veloz caballo y agitando el látigo, las saludaba desde lo
alto de aquella cáscara de nuez montada sobre ruedas.
A su lado iba Teresa, desbordando sus carnes blanduchas sobre el
banquillo de terciopelo azul, moviendo con cierta incomodidad su cabeza,
como si le molestase la capota, recargada de rosas y follaje, regalo de
su marido.
--Hasta la noche.... Adiós, niñas. Esta noche iré a ver a ustedes.
Y Teresa enviaba una sonrisa sin expresión a su antigua señora, como
suplicando que no abandonase la tarea de catequizar a su esposo.
¡Buena estaba doña Manuela para tales indicaciones! Sabía lo que
significaban las asiduas visitas, unas veces por la tarde y otras por la
noche, que la hacía aquel cincuentón; pero no pensaba ahora en eso. El
encuentro había acabado de trastornarla. Sus antiguos criados en
carruaje, ensuciándola con el polvo de las ruedas, y ella, la hija de un
millonario, la viuda del doctor Pajares, a pie y humillada por unas
gentes a las que siempre había tratado con cierto desprecio. Jamás había
imaginado que pudiera ocurrir aquello. Agobiada por las deudas, esperaba
la caída, pero no tan honda y lastimosa para su dignidad.
Esto era demasiado fuerte para poder resistirlo. Y la pobre mujer, toda
susceptibilidad y orgullo, sintió que algo caliente se agolpaba a sus
ojos, y hubo de hacer esfuerzos para no llorar. Su paso acelerado era
una verdadera fuga. Huían del paseo, de aquel lujo que algunos días
antes era su elemento y ahora les parecía un verdadero insulto.
Cuando entraron en la plazuela donde vivían, la vista de su casa, que
con el portalón entornado, los balcones cerrados y la fachada
obscurecida por la última luz de la tarde tenía cierto aspecto fúnebre,
hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo.
--¡Dios mío! ¿Cómo estará el pobre _Brillante_? Tan vehemente era su
interés por la salud de la bestia, que hasta acariciaban la absurda
esperanza de una extraña reacción, de un milagro que las permitiera
tener el carruaje disponible para el día siguiente. Arrastradas por la
rutina, hasta sentían tentaciones de rezar por el pobre animal. Algo
había en ellas de cariño, de agradecimiento por todo lo pasado; pero lo
que predominaba era el ansia de recobrar su categoría de «señoras de
coche», sin la cual se creían deshonradas.
Al entrar en el patio, dirigiéronse rectamente a la cuadra. Pasaron
rozando la abandonada galerita, que, oculta bajo su funda de lienzo,
sólo mostraba las ruedas, ligeras, amarillas y finas como las de un
juguete; y después de asomar su cabeza con cierta zozobra por la puerta
de la cuadra, entraron en el antro obscuro y maloliente, recogiéndose
las faldas y hundiendo sus elegantes botinas en la blanda y húmeda capa
de estiércol.
Era un espectáculo extraño. A la luz de un farolillo colocado junto al
pesebre, los trajes azul y rosa de las niñas, sus sombreritos de flores,
las joyas relumbrantes de la mamá, causaban el efecto de una aparición
sobrenatural, que contrastaba con las paredes sucias, el techo
empavesado de polvorientas telarañas, los montones de estiércol y el
olor punzante y molesto de cuadra sucia. Tan escasa era la claridad, que
doña Manuela se dio un golpe contra la hoz clavada en la pared para
cortar la hierba, y pasaron algunos momentos antes que las tres mujeres
distinguieran a Nelet en el fondo de la cuadra.
El pobre muchacho, a pesar de su rudeza, contemplaba a _Brillante_ con
asombro doloroso, frunciendo el ceño como si quisiera cerrar el paso a
las lágrimas. Los dos habían sido muy buenos amigos. El cochero
celebraba sus picardías de animal viejo y brioso; tenía orgullo en decir
que era muy bravo y sólo por él se dejaba manejar, y ahora estaba allí
tendido de costado sobre el estiércol, inmóvil como carne muerta,
agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un
poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa
mirada.
--¡Lo que somos...! ¡lo que somos...!--decía Nelet entre dientes,
sintiendo que cada espasmo de la larga agonía de su _Brillante_ era una
verdadera puñalada para él. Al ver a las señoritas se adelantó algunos
pasos, hablando con tono compungido. El veterinario se había marchado,
declarándose impotente para remediar el mal. _Brillante_ se moría de
una enfermedad extraña, de un nombre raro que Nelet no podía recordar;
pero lo cierto era que estaba ya en la agonía.
Y el pobre caballo, como si quisiera afirmar las palabras de su amigo o
reconociese a sus amas, levantaba la pesada cabeza, lanzando su estertor
angustioso.
Aquello partía el corazón a las tres mujeres.
--¡_Brillante_! ¡Pobrecito _Brillante_...!
Y las tres se abalanzaron a la pobre bestia, soltando sus faldas, cuyos
bordes barrieron la suciedad del suelo. Doña Manuela, casi arrodillada
en el estiércol, sin acordarse de su elegante traje, cogía la cabeza de
_Brillante_, que se elevaba trabajosamente como para saludar a sus amas
por última vez. Aquella mirada desmayada y vidriosa, fija con expresión
agradecida en el grupo de mujeres, acabó con la falsa serenidad de
éstas, y estallaron los sollozos y las exclamaciones de desconsuelo.
Era ridículo llorar la muerte de un caballo; sí señor, ellas Lo
reconocían. Si les hubiesen contado algo semejante de sus amigas, no
hubieran sido flojas las burlas; pero así y todo, había que reconocer lo
que aquel pobre animal representaba para la familia, las ilusiones que
se llevaba con su muerte.
¡Adiós, compañero de grandeza! La familia sólo tendría para ti grato
recuerdo. Mueres representando la fortuna que se aleja de casa, el
prestigio que se pierde, la altivez que se desvanece; y cuando salgas de
ella a altas horas de la noche en sucio carro para ser conducido adonde
te explotarán por última vez, convirtiendo tu piel en zapatos, tus
huesos en botones y tu carne en abono fertilizante, por la puerta
entreabierta entrará la pobreza, la desesperación de una miseria
disimulada, y quién sabe si la deshonra, eterna compañera de los que se
aferran tenazmente a las alturas de donde les arrojan. ¡Adiós,
_Brillante_! ¡Adiós, fortuna que huyes para siempre!
Y las tres mujeres, con el cerebro embotado por el choque de confusos
pensamientos, arrastrando sus hermosas faldas, que olían a cuadra,
subieron lentamente la escalera, como agobiadas por el dolor.
Amparito, en otras ocasiones la más risueña y juguetona, era la que
ahora lloraba como una niña, Su madre había tenido que sacarla de la
infecta cuadra cogiéndola del brazo.
--¡Ay, _Brillante_...! ¡Pobrecito _Brillante_ mío...!
Y hasta había llegado a unir su linda cabeza de bebé con las negras
narices de la bestia, cubriéndolas de besos.
El desaliento las tuvo hasta bien entrada la noche clavadas en sus
asientos del salón, silenciosas, sin otra luz que el escaso resplandor
de los reverberos públicos que entraba por los balcones abiertos,
produciendo una débil penumbra. Las tres, envueltas en sus batas de
verano, destacábanse en la obscuridad como inmóviles estatuas. Las niñas
pensaban en su porvenir, que adivinaban confusamente; presentían que
desde aquel momento comenzaba para ellas una era nueva, en que no todo
serían alegres risas e indiferencia para el día siguiente.
Los pensamientos de doña Manuela aún eran más obscuros. Miraba en torno
de ella, y nada, ni un mal rayo de esperanza amortiguaba su
desesperación. Necesitaba dinero para reponer esta pérdida, que tanto
podía influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos
compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia; pero
a pesar de ser tan numerosas las amistades, no encontraba, repasando su
memoria, un solo nombre.
¡Y pensar que ella, que había derrochado tantos miles de duros y vivía
con cierta ostentación, pasaba angustias por unos cuantos miles de
reales...! El recuerdo de su hermano se aferraba tenazmente a su
memoria. ¡Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazón para
dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con
algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dormían en el viejo
_secrétaire_ de su alcoba. Pero no había que pensar en semejante hombre.
Bastantes veces la había humillado con rotundas negativas.
Otro de los que no se podía contar para salir de la situación era su
hijo Juanito. Doña Manuela, que le había tenido tanto tiempo a su
voluntad, asombrábase ahora ante sus alardes de independencia. Le habían
cambiado su hijo, según ella decía con el tono quejumbroso de una madre
resignada. Y el tal cambio consistía en haberse negado Juanito varias
veces a darla dinero para salir de pequeños apuros.
Esto indignaba a doña Manuela. Habíase despertado en él la fiebre de la
explotación. Revivía la «sangre comercial» de su padre, el instinto
acaparador de su tío don Juan; y contagiado por la atmósfera de jugadas
victoriosas y millonadas de papel que respiraba continuamente en la
tienda al lado de su principal, había acabado por decidirse,
despreciando los bienes positivos y materiales para lanzarse en la
fiebre de la Bolsa.
El acto de ciega confianza de su novia y su vieja amiga entregando sin
temor los ahorros al omnipotente don Ramón Morte había acabado por
decidirle. ¿Iba a ser él más cobarde que aquellas dos mujeres?
Vendió su huerto de Alcira, y los ocho mil duros que le dieron engrosaron
el raudal de oro que, a impulsos de la más ciega confianza, iba a caer
en las cajas del filántropo banquero. Una parte de su capital lo
invirtió su eminente protector en papel del Estado, y con la otra, que
era la más exigua, comenzó sus jugadas de Bolsa, siempre a la zaga de
Cuadros y sin atreverse a imitar sus golpes de audacia.
Vacilaba algunas veces, sentía misteriosos terrores al pensar que su
fortuna estaba a merced de un capricho del azar, mas no por esto perdía
la confianza, y nada había reservado de su capital para responder a los
vencimientos de los pagarés que le había hecho firmar su madre. ¿Para
qué tal precaución? No había más que oír a su principal y al poderoso
banquero. Sus ocho mil duros se doblarían y triplicarían en muy poco
tiempo, y entonces podría pagar las deudas maternales y casarse con
Tónica. Pero mientras tanto, que no contase su madre con él. La quería
mucho, seguía adorándola con un respeto casi religioso; pero de dinero,
ni un ochavo.
Todo lo sabía doña Manuela, y por esto colocaba a su hijo al mismo nivel
que su hermano. ¡Vaya unos parientes! Podía una morirse en medio de la
calle, bien segura de que nadie acudiría en su auxilio.
Y doña Manuela, enfurecida por lo difícil de la situación, crispaba sus
manos arañando los adornos de su bata. Sólo una esperanza le restaba,
pero no quería pensar en ella, pues en su interior elevábase como una
voz de protesta.
Estaba segura de que cierta persona le facilitaría a la menor indicación
aquel dinero que tantas angustias le producía. Indudablemente, el señor
Cuadros no le era difícil salvar a una amiga por unos cuantos miles de
reales, él que todos los meses contaba sus ganancias por miles de duros;
pero apenas le acometía este pensamiento, renacían en doña Manuela
escrúpulos que creía muertos para siempre.
Conocedora de la vida, comprendía la importancia de aquel favor y lo que
forzosamente había de sobrevenir. Un mes antes no habría vacilado en
acudir a su antiguo dependiente, a pesar de lo mucho que esto lastimaba
su altivez. Pero ahora, al pensar en las audacias que se permitió el día
de Corpus y otras muchas realizadas por el bolsista en sus diarias
visitas, doña Manuela deteníase avergonzada, y a estar iluminado el
salón, se hubiera visto su rubor.
Ella, que hacía tantos años no se acordaba para nada de Melchor Peña,
sentíalo vagar en torno como un espíritu guardián de su honrada viudez.
Del doctor, de su segundo marido, no se acordaba para nada. Aquel buena
pieza, con sus infidelidades, no tenía derecho a exigirla cuentas por
lo que pudiera hacer.
Lo que más extrañeza le causaba era que se mostrasen ahora en ella tan
terribles escrúpulos, cuando a raíz de su primera viudez había caído
fácil e insensiblemente en los brazos de Pajares. El amor había ahogado
entonces todas las preocupaciones; pero ahora se trataba de una
explotación deshonrosa, de una venta que sólo el suponerla le producía
vergüenza y rubor. La altivez le hacía recobrar su puesto. Cuadros, a
pesar de su fortuna, no dejaba de ser el antiguo dependiente, el marido
de la criada Teresa, un pobre diablo al que ella había tratado siempre
con desprecio. ¿Y por tal hombre iba a perder su prestigio de mujer
honrada, sostenido durante tantos años a costa de sacrificios que
guardaba en el misterio? No; antes la miseria.
Y doña Manuela, embriagándose con la energía de su resolución, pensaba
en la miseria como en una cosa desconocida, pero que iba pareciéndole
grata por ser la salvación de su honor. Trabajarían ella y sus hijas.
También duquesas, princesas y hasta reinas se habían visto en la
miseria, arrostrándola con dignidad. Y doña Manuela, repasando sus
escasos conocimientos históricos, halagaba su orgullo y creíase casi
igual a una soberana destronada que cae en la pobreza. Esto bastó para
afirmarla en su resolución.
Cuando Rafael y Juanito llegaron a casa, la familia pasó al comedor. La
cena fue triste. Parecía que el cadáver tendido abajo, en la suciedad de
la cuadra, estaba allí, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e
inmóviles a sus antiguos amos. Al terminar la cena, los dos hermanos
salieron, marchando cada uno por su lado.
Juanito había cambiado de costumbres. No volvía a casa hasta las once de
la noche, y después de hacer una corta visita a Tónica y Micaela, iba a
un café donde se juntaba la gente de Bolsa y podían apreciarse
diariamente las opiniones y profecías de «alcistas» y «bajistas».
A las nueve de la noche recibieron las de Pajares la visita de Andresito
y su papá. Doña Manuela, al ver a su antiguo dependiente, se ruborizó,
como si éste pudiese adivinar los pensamientos que la habían agitado
poco antes.
El señor Cuadros mostrábase gozoso y radiante, como si le alegrase la
noticia que en el patio le había dado Nelet. ¿Conque había muerto el
caballo? Vamos, ahora se explicaba por qué iban aquella tarde a pie por
la Alameda. Era de sentir la pérdida, porque un caballo que sustituyera
dignamente a _Brillante_ había de costar algún dinero; pero ¡qué
demonio! cuatro o cinco mil reales no arruinan a nadie. Y el señor
Cuadros hablaba del dinero con expresión de desprecio echando atrás la
cabeza y sacando el vientre como si lo tuviera forrado con billetes de
Banco.
Las niñas hablaban con Andresito cerca del piano, y doña Manuela, serena
y en posesión de sí misma, miraba fijamente a su antiguo dependiente. La
escandalizaba el desprecio con que aquel hombre hablaba del dinero, y
recibía como un sangriento sarcasmo la suposición de que cuatro o cinco
mil reales nada significaban para ella. Y pensando esto, su mirada iba
instintivamente hacia el mármol de una consola, donde antes se exhibían
unos magníficos candeleros de plata guardados ahora en el Monte de
Piedad; y miraba igualmente los cromos baratos que adornaban las paredes
del salón, sustituyendo a dos grandes cuadros heredados de su padre,
obra de Juan de Juanes, por los cuales le habían dado lo preciso para
vivir durante un mes.
Aquel hombre, cegado por su fortuna, no sabía lo que decía. Igual era
ella algunos años antes, cuando tenía fincas que vender o empeñar y
arrojaba el dinero a manos llenas. Pero ahora la pobreza vergonzante y
cuidadosamente ocultada le había enseñado el valor del dinero.
El señor Cuadros, siempre ignorante de la verdadera situación de la
casa, molestaba atrozmente a doña Manuela. Quería aparecer amable, y
para esto la hacía ofrecimientos que resultaban sarcasmos. El se
encargaba de la compra del caballo. Vería ella cómo le resultaba más
barato; por una bestia tan hermosa como _Brillante_ sólo tendría que
desembolsar unos tres mil reales. Él conocía a los chalanes más
afamados. El caballo que montaba su hijo lo había comprado casi por una
bicoca, y confiaba ahora tener la misma suerte.
--Lo que a usted le conviene, Manuela, es comprar el caballo cuanto
antes, pues si las gentes las ven a ustedes paseando muchos días como
hoy, harán maliciosos comentarios. Los que estamos a cierta altura
debernos mirarnos mucho en nuestras cosas.
Y el afortunado majadero, al hablar de la altura, cerraba los ojos como
si sintiera el vértigo de los que se hallan en la cúspide. Lo que más
efecto causó en doña Manuela fue la afirmación de que la gente haría
comentarios si no se mostraba en público como siempre. Ahora reaparecía
la altivez de su carácter, estremeciéndose al pensar en la mortificante
lástima con que se hablaría de su ruina.
Ella no tenía carácter para sobrellevar con resignación la miseria.
Estaba decidida. Había que sostenerse en la altura, empleando todos los
medios; y después, que viniera todo, hasta aquello que sólo al pensarlo
tanto rubor le producía.
Y la vanidosa señora, para afirmarse en su resolución, buscaba ejemplos
y recordaba lo que tantas veces había oído en las murmuraciones infames
de las tertulias: los innumerables casos de señoras tan decentes como
ella, bien consideradas por la sociedad, y que habían hecho sacrificios
iguales para salvar el prestigio de sus casas. Y sostenida por el
pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto había censurado,
miró a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor
razonado y tranquilo. Al fin--pensaba ella para consolarse--, el señor
Cuadros, aunque ramplón y vulgarote, era un hombre aceptable, y no tenía
que resignarse ella, como otras mujeres, a buscar la protección de un
valetudinario repugnante.
El bolsista adivinaba algo en las miradas de la esposa de su antiguo
principal. Y en su credulidad de calavera viejo e inocente echaba el
cuerpo atrás con cierto orgullo, como si estuviera convencido de que sus
prendas personales habían influido en tan asombrosa conquista.
Terminó la visita a media noche, y cuando el padre y el hijo se dirigían
hacia la puerta, acompañados por las señoras de la casa, doña Manuela
cambió sus últimas palabras con el señor Cuadros.
--Quedamos--dijo la señora--en que usted se encargará de la compra del
caballo. Mañana mismo confío en que habrá hecho mi encargo.
--¡Oh, seguramente...! Ya sabe usted que todas sus cosas me interesan
como mis propios negocios.
--Entonces, venga usted mañana a las tres y le daré el dinero.
--¿Quiere usted callar? Ya arreglaremos cuentas más adelante.... Pero,
en fin, vendré por tener el gusto de charlar un rato.
Y el señor Cuadros salió de la casa satisfecho de sí mismo, bufando de
satisfacción, contoneándose como un joven y mirando con cierta lástima a
su hijo, que caminaba al lado de él tímido y encogido. Un risueño
optimismo le hacía olvidar que era su padre. ¡Ah! ¡Si en vez de los
cincuenta y pico tuviera él los años de aquel pazguato, cuánta guerra
había de dar en el mundo!
Al día siguiente, el señor Cuadros fue puntual A las tres de la tarde
entraba en casa de doña Manuela, y se sorprendió agradablemente al ver
que la señora estaba sola en el salón, vestida con la más elegante de
sus batas y el rostro retocado con los más finos menjurjes del tocador
de las niñas. El bolsista sentía como un renacimiento de la vida, algo
que recordaba sus fiebres de joven, cuando siendo primer dependiente
bromeaba y perseguía a la criada Teresa en la trastienda de _Las Tres
Rosas_.
Las niñas habían sido enviadas por su mamá a casa de «las magistradas».
Juanito estaba en la tienda; y en cuanto a Rafael, no había que
esperarle hasta bien entrada la noche.
En el comedor oíase el ruido de los cubiertos que secaba Visanteta, la
única que se enteró de la visita del señor Cuadros y de lo larga que
resultó. Ella fue la que oyó las risas apagadas de la señora y el
arrastre de algunos muebles, como si fueran empujados con violencia;
pero era una muchacha prudente y reservada, que sólo se ocupaba de sus
actos, sin detenerse a interpretar los ajenos.
Al día siguiente la familia pudo salir a paseo en su carruaje, y un
caballo más joven y de mejor estampa que _Brillante_ ocupó el vacío que
la muerte había dejado en el pesebre. Las amarguras sufridas en aquel
domingo fueron olvidadas ante una abundancia como pocas veces se había
gozado en aquella casa. Doña Manuela tenía dinero; comenzaron a pagarse
las cuentas con regularidad; los proveedores no la molestaron ya
exigiendo el pago de los atrasos, y la modista francesa, después de
embolsarse algunos miles de reales que creía perdidos para siempre, hizo
a las niñas de Pajares nuevos trajes para lucirlos en la feria de Julio.
Todo era dicha y tranquilidad en casa de doña Manuela, y el contento de
la familia repercutía en _Las Tres Rosas_, donde la sencilla Teresa
considerábase feliz. Sabía que su marido había roto definitivamente con
Clarita, aquella «mala piel» que vivía en la calle del Puerto. Ya no le
pagaba los trimestres del entresuelo, ni atendía a sus locos gastos. Es
más: un alma caritativa le había hecho saber que aquella perdida le
engañaba, burlándose de él con los chicos de la Bolsa; y don Antonio
mostrábase arrepentido, dispuesto a no proteger más mujeres de tal
calaña.
La pobre Teresa, al pensar que su antigua señora era la que había
realizado tal milagro, atrayendo a su esposo a la buena senda, sentía
tal gratitud, que no podía hablar de ella sin que se le saltaran las
lágrimas. ¡Qué buena persona era doña Manuela! Ella únicamente había
sabido catequizar al señor Cuadros.
X
Juanito vivía entregado a la agitación y la zozobra del que confía su
porvenir a los caprichos del azar.
Él, tan metódico y cuidadoso de cumplir sus obligaciones, abandonaba la
tienda para ir a la Bolsa en compañía de su principal, o a los lugares
donde se reunían sus compañeros de explotación financiera. ¡Valiente
cosa le importaba _Las Tres Rosas_! Ya no quería ser dueño de la tienda.
Las primeras ganancias, adquiridas con dulce facilidad, le habían cegado
y sólo pensaba en ser millonario, en esclavizar la fortuna, riéndose
ahora de aquellos tiempos en que soñaba con Tónica la existencia
monótona y tranquila de rutinarios burgueses, amasando ochavo tras
ochavo un capital para pasar tranquilamente la vejez.
Su novia, prácticamente, refrenaba sus entusiasmos financieros. No había
que tentar a la fortuna; y ahora que se mostraba favorable, era una
locura no retirarse a tiempo.
Pero Juanito se negaba a oírla. ¿Qué saben las mujeres de negocios? ¿Por
qué había de quedarse en la mitad del camino, cuando podía seguir a su
principal hasta el paraíso de los millonarios? Enamorado cada vez más de
Tónica, le halagaba la idea de casarse inmediatamente; pero este mismo
cariño impulsábale a esperar. Era mejor contener sus deseos durante
algunos meses, un año a lo más; dejar que su capital, volteando por la
Bolsa, se agrandase como una bola de nieve; y cuando poseyera el tan
esperado y respetable millón, hacer que la transformación fuese
completa: gozar viendo cómo la pobre costurerilla se convertía, bajo la
dirección de su vanidosa suegra, en señora elegante, con gran casa,
carruaje y los demás adornos de la riqueza.
El deseo de llegar cuanto antes a este final apetecido era lo que le
hacía audaz y acallaba sus temores de una probable ruina. Los que le
habían conocido en otros tiempos asombrábanse por el cambio radical de
su carácter. Su tío don Juan no hablaba ya con él. Un día dio por roto
el parentesco, faltándole poco para que pegara a su sobrino.
--Juanito, eres un imbécil--dijo el avaro con los labios trémulos por la
rabia, erizándosele el bigote de cepillo--. Siempre creí que en tu
carácter había más de tu padre que de mi hermana, y por eso te quería;
pero ahora veo que me engañé. Te han perdido las malas compañías, esa
atmósfera de mentira en que vives, los ejemplos de tu derrochadora madre
y los consejos del majadero de tu principal, que se cree un oráculo en
los negocios porque gana el dinero a ciegas por una burla caprichosa de
la suerte, y algún día las pagará todas juntas, dándome el gusto de
poder reír al verle sin camisa. Y a ti te pasará lo mismo. ¡Vaya si te
pasará...! Vendiendo el huerto para hacerte dueño de _Las Tres Rosas_ y
casarte con esa chica, que, según tengo entendido, es buena persona,
hubieras dado gusto a tu tío. Y si te faltaba algo, aquí estaba yo para
responder. Conque hubieras venido a decirme: «Tío, necesito esto, lo
otro y lo de más allá», estábamos al final de la calle. Pero ahora no,
¿lo entiendes? No cuentes para nada conmigo. Como si no fueras mi
sobrino. Me has salido igual a todos los de tu familia, y no puedo
quererte. Yo pensaba en ti, quería que fueses el que estuviera junto a
mi cama en la hora de mi muerte, y al recontar los cuatro cuartos que
tengo, me decía: «Esto será para el chico.» Pero ahora estoy
desengañado. Anda, anda, hazte millonario en la Bolsa, y si quedas en
pordiosero, no vengas a buscarme, porque lo que hará tu tío es reírse al
ver lo bruto que eres.
La ruptura con su tío entristeció a Juanito. No había conocido otro
padre; y además, en sus cálculos de comerciante, siempre había figurado
la esperanza de ser el heredero de don Juan. Pero las agitaciones de la
Bolsa, y especialmente las ganancias, amortiguaban en él el pesar del
rompimiento.
Cuando a fin de mes, cobraba las «diferencias», decíase con extrañeza:
«Parece imposible que nos censuren por dedicarnos a una explotación tan
cierta. Pero ¡bah! ¡Quién hace caso de esa gente rancia!»
Y entre, los rancios no sólo figuraba su tío, sino don Eugenio, el
fundador de _Las Tres Rosas_, que también manifestaba al joven gran
descontento. Siempre que Juanito se encontraba en la tienda con el viejo
comerciante, éste le lanzaba miradas tan pronto de compasión como de
desdén. Algunas veces hasta llegaba a murmurar con tono de reproche:
--¡Ay, Juanito, Juanito...! Te veo perdido. Ese demonio de Cuadros te
arrastra a la perdición.... No le defiendas, no intentes justificarte.
Ahora te va muy bien para que pueda convencerte; pero al freír será el
reír.
Y el viejo le volvía la espalda, con la confianza de que los hechos
vendrían en apoyo de sus pronósticos.
Únicamente en su casa encontraba Juanito aplauso y consideración. Su
madre le quería más desde que le veía entregado a los negocios. Su hijo
ya no era un dependiente de comercio; era un bolsista, y esto siempre
proporciona mayor consideración social. Además, sus ganancias eran un
motivo de esperanza para la viuda, que aunque veía satisfechas todas
sus necesidades en el presente, no dejaba de sentirse preocupada por el
porvenir. La buena fortuna de Juanito podía solidificar el prestigio de
la casa.
La proximidad de la feria de Julio preocupaba a la familia. Nunca se
habían pasado veladas tan agradables en casa de las de Pajares. Por la
noche, después de la cena, llegaban el señor Cuadros, Teresa y su hijo,
y comenzaba la alegre reunión.
Por los balcones abiertos penetraba el hálito caliginoso de las neones
de verano, cargado de enervantes perfumes. La plazuela animábase. El
calor arrojaba de sus estrechos cuchitriles a la gente de los pisos
bajos, y las puertas estaban obstruidas por corrillos de blancas sombras
sentadas en sillas bajas y respirando ruidosamente. Arriba, sobre los
tejados, cubriendo la plaza como un toldo de apelillado raso que
transparentaba infinitos puntos de luz, el cielo del verano con su
misteriosa y opaca transparencia. En los obscuros balcones
distinguíanse, entre los tiestos de flores y el botijo puesto al fresco,
confusas siluetas ligeras de ropa. Otros abiertos e iluminados, dejaban
escapar, como los de las de Pajares, el sonoro tecleo del piano,
acompañado algunas veces por el rítmico chorrear de las macetas recién
regadas.
En los corrillos de la plaza partíanse enormes sandías, y las mujeres,
con el moquero sobre el pecho para librarse de manchas, devoraban las
tajadas como medias lunas, chorreándoles la boca rojizo zumo. En una
puerta susurraba la guitarra con melancólico rasgueo, contestándole
desde otra el acordeón con su chillido estridente y gangoso. Y los
ruidos de la plaza, el reír de las gentes, los gritos que se cruzaban
entre los corrillos y la música popular, entraban con el fresco de la
noche en el salón de las de Pajares, sirviendo de sordo acompañamiento a
la conversación de la tertulia.
Las niñas, con Andresito, hacían planes para la próxima feria.
Recordaban los rigodones en el pabellón de la Agricultura y los alegres
valses en el del Comercio; pensaban en los trajes que les había traído
la modista francesa, y que guardaban intactos para dar golpe en la
Alameda en la primera noche de feria, y hasta sentían su poquito de
maligna alegría considerando el efecto que su elegancia causaría en las
amigas.
La calma y la felicidad habían vuelto a aquella casa.
Hasta Conchita, a pesar de su carácter iracundo y malhumorado,
considerábase dichosa al ver que Roberto «volvía al redil», mostrándose
más enamorado que antes. Por las noches, abandonando a su amigo Rafael,
asistía a la tertulia de las de Pajares; y no contento con las largas
conversaciones que allí sostenía con su novia, todavía por las mañanas,
a la hora en que Amparo estaba en el tocador, las criadas en el Mercado
y la mamá en la cama, subía la escalera, y en el rellano, ante la puerta
entreabierta de la habitación, hablaba más de una hora con Conchita,
hasta que se levantaba doña Manuela y comenzaba el movimiento de la
casa.
La gran preocupación de la familia eran las tres corridas de toros,
festejo el más ruidoso de la feria. La tertulia tenía ya ultimado sus
proyectos. El señor Cuadros compraría un palco de los mejores para las
dos familias; y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponíanse
deslumbar al público con su elegancia.
Las niñas tenían preparados sus trajes de «manola», y un sinnúmero de
veces se habían ensayado ante el espejo para aprender a colocarse con
naturalidad y buen gusto la blanca mantilla de blonda. En cuanto a las
dos mamas, pensaban lucir obscuros trajes de seda, con costosas
mantillas negras, regaladas a las dos por el señor Cuadros.
Llegó el día de la primera corrida. La atmósfera parecía cargada de un
ambiente extraño de locura y brutalidad. Por la mañana arremolinábase la
gente, con empujones y codazos, en torno de los revendedores que en la
plaza de San Francisco voceaban las de «sol» y de «sombra»; y como si la
ciudad acabase de sufrir una invasión, tropezábase en todas partes con
gentes de la huerta y de los pueblos: unos con pantalones de pana y
manta multicolor; y otros, los tipos socarrones de la Ribera, vestidos
de paño negro y fino, la chaqueta al hombro, dejando al descubierto la
blanca manga de la camisa, los botines de goma entorpeciéndoles el paso,
y en la mano un bastoncillo delgado, casi infantil, movido siempre con
insolencia agresiva.
El gentío presentaba igual aspecto en todas las calles, como si la
ciudad entera se hubiese vestido con arreglo al mismo patrón. Sombreros
cordobeses de blanco fieltro o marineras de paja, cazadoras de color
claro, corbatas rojas, y en todas las bocas un cigarro de a palmo.
La Bajada de San Francisco era un torrente por el que rodaban sin cesar
las oleadas de gentío. Las jacas pamplonesas, cubiertas con inquietos
borlajes y repiqueteantes cascabeles, pasaban como rayos por entre el
gentío tirando de las tartanillas de colores claros, de los coches
señoriales y de los carruajes ingleses, en cuyos bancos erguíanse como
cimbreantes flores las muchachas vestidas de rosa o azul, con el rostro
realzado por el marco de blanca blonda. La gente menuda, los del tendido
de sol, pasaban en grupos, con la enorme bota al hombro y un garrote de
Liria en la mano, oliendo a vino y vociferando, como si comenzasen a
sentir la borrachera de insolación que les aguardaba en la plaza.
Muchachos desarrapados rompían las oleadas del gentío, ofreciendo la
vida cíe _Lagartijo_ en aleluyas, los antecedentes y retratos de los
seis toros que iban a lidiarse, o pregonaban unos abanicos de madera sin
cepillar y en los cuales una mano torpe había estampado un toro como un
pellejo de vino y un torero que parecía una rana desollada.
Los babiecas ávidos de emociones agolpábanse frente a las fondas donde
se alojaban las cuadrillas, esperando pacientemente la salida de los
toreros para poder tocar con respeto los alamares del diestro. La gente
abría paso con curiosidad cada vez que algún picador empaquetado sobre
la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y
macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero.
Entre los carruajes que velozmente y atronando las calles atravesaban el
centro de la ciudad, pasó el cochecito de Cuadros, y tras él una
carretela de alquiler en la que iban las de Pajares. Doña Manuela en el
sitio preferente, empolvada y retocada con tal arte, que su rostro
producía cierta impresión asomando por entre los festones de la negra
blonda; y frente a ella, las niñas, graciosísimas como un cromo de
revista taurina, con zapatito bajo, medias caladas, falda de medio paso
con red cargada de madroños y mirando atrevidamente bajo la nube blanca
que envolvía sus adorables cabezas, cerrándose sobre el pecho con un
grupo de claveles.
¡Qué tarde tan hermosa! Nunca se sintieron las de Pajares más contentas
de la vida. Al descender de su carruaje frente a la plaza, llovieron
sobre ellas los requiebros; y para todas hubo, hasta para la mamá, que
respiraba ruidosamente y enrojecía, satisfecha del triunfo.
Indudablemente eran ellas las que más llamaban la atención en toda la
plaza. No había más que verlas en el palco abanicándose con negligencia,
mientras una gran parte de los señores del tendido, puestos de pie y
volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de
deseo.
El señor Cuadros estaba orgulloso de su situación. No podía quejarse de
la vida. Ganaba cuanto quería; parecía un muchacho con su trajecito
claro, corbata roja y el enorme cigarro, al que conservaba la sortija de
papel, para que todo el mundo se enterase de su precio. A un lado tenía
a Teresa, tranquila y sin sentir la menor sospecha de infidelidad, y al
otro a doña Manuela, orgullosa de la admiración que ella y sus niñas
despertaban en una parte de la plaza.
Sentíase satisfecho de la situación el señor Cuadros, y las ávidas
miradas fijas en el palco parecíanle un homenaje a él. No se podía pedir
mayor felicidad. Cumplía con la conciencia y con el placer. A un lado la
esposa legítima; al otro, doña Manuela, la satisfacción de la carne, el
alimento de su vanidad; y las dos familias de las cuales era él el punto
de unión, contentas, lujosas, llamando la atención del público, todo
gracias a su buena suerte/ que le permitía tirar a manos llenas los
miles de pesetas. El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba
mentalmente que Dios es muy bueno, y no sabía ya qué desear, pues la
seguridad de que en breve sería millonario teníala por indiscutible.
En el fondo del palco estaban el hijo de Cuadros y los dos de doña
Manuela, con los gemelos en la mano, contemplando el aspecto de la
plaza. En el tendido de sombra, el graderío circular era un
escalonamiento de sombreros blancos que bajaba hasta la barrera. Algunas
capotas cargadas de flores o relucientes peinados, destacándose sobre
los pañolones de Manila, rompían la monotonía de las hileras de puntos
blancos. Las puertas de los palcos abríanse con estrépito, y aparecían
en las barandillas, cubiertas con los colores nacionales, las mantillas
blancas, las caras risueñas, los peinados con flores; toda una primavera
que era saludada a gritos por los entusiastas de abajo, puestos en pie
sobre los banquillos de madera.
Enfrente, bajo el sol que agrietaba la piel en fuerza de sacar sudor,
que hacía humear las ropas y ponía un casco de fuego sobre cada cabeza,
enloqueciéndola, estaba la demagogia de la fiesta, el elemento ruidoso
que aguardaba impaciente, tan dispuesto a arrojar al redondel los
sombreros en honor al diestro, como los bancos y los garrotes en señal
de protesta. De allí partían las palabras infames contra los picadores
que al aproximarse al toro pensaban en la mujer y en los hijos. Esta
mitad de la plaza no tenía la regularidad monótona del tendido de
sombra. Era un mosaico animado, en el que entraban todos los colores y
que al agitarse variaba de composición. Las tintas rabiosas de los
trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de
camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de
seda granate que parecían robados de una antigua sacristía, los
gigantescos abanicos de papel moviéndose con incesante aleteo, las botas
de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas,
los gritos, las protestas porque se hacía tarde, todo daba a aquella
parte de la plaza un aspecto de locura orgiástica, de brutalidad jocosa.
Y arriba, sobre la doble galería, clavadas en la crestería del tejado,
colgaban lacias e inertes las banderítas rojas y amarillas, palpitando
perezosamente cuando un suspiro fresco, enviado por el mar al través de
la vega, arrastrábase sobre aquellas gentes aplastadas por la
insolación, haciéndoles dilatar fatigosamente los pulmones. En lo alto,
como bóveda del gran redondel, el cielo azul, infinito, sin la más leve
vedija de vapor, cruzado algunas veces por una serpenteada fila de
palomos, que aleteaban impasibles, sin dar importancia a la extraña
reunión de tantos miles de personas.
Eran las cuatro de la tarde y se impacientaba la gente. Por detrás de la
barrera iban los chulos de la plaza, con sus blusas rojas, abrumados
bajo el peso de las capas de brega, repugnantes andrajos manchados de
sangre; y por los tendidos, haciendo prodigios de equilibrio,
filtrándose por entre el compacto gentío, avanzaban los vendedores de
gaseosas con el cajón al hombro, pregonando la limonada y la cerveza, y
los _tramusers_ con un capazo a la espalda, llenando de altramuces y
cacahuetes los pañuelos que les arrojaban desde las nayas y
devolviéndolos a tan prodigiosa altura con la fuerza de un proyectil.
Sonó la música, y un movimiento de ansiedad, de emoción, dio la vuelta a
la plaza, haciendo latir sus corazones.
Esto era lo que más gustaba a las de Pajares. La lidia las aburría o las
horrorizaba; pero la salida de la cuadrilla las enardecía, y movíanse
nerviosamente en sus asientos al ver el desfile de jacarandosas
figurillas, que, a la luz del sol, destacábanse sobre la arena del
redondel como ascuas de oro con el brillo de sus alamares.
Pasada la primera impresión de entusiasmo, cuando las doradas capas
cambiáronse por sucios trapos y cesó de tocar la música, saliendo el
alguacil del redondel a todo galope, las de Pajares presintieron el
aburrimiento.
El primer toro... ¡bueno! Todavía les causaba cierta ilusión el arrojo
de los diestros, el valor de aquellos cuerpos esbeltos, nerviosos y
ligeros que escapaban milagrosamente de entre las curvas astas; pero
apenas comenzó la parte brutal del espectáculo y cayeron pesadamente
como sacos de arena los infelices peleles forrados de amarillo, mientras
el caballo escapaba, pisándose en su marcha los pingajos sangrientos
como enormes chorizos, las jóvenes volvieron la cabeza con un gesto de
asco y no quisieron mirar al redondel. ¿A qué iban allí? A lo que van
todas: a ver y ser vistas, a lucirse un rato a cambio de palidecer de
emoción y lanzar angustioso grito cuando la cornuda cabeza bufa en la
misma espalda del torero fugitivo.
Y conforme avanzaba la corrida, la mayoría del público contagiábase del
aburrimiento del espectáculo, y hasta los del tendido de sol, si no por
repugnancia por fastidio, callaban, dejando que los lances en la arena
se desarrollasen en medio de un tétrico silencio, como si desearan no
provocar incidentes para que la lidia terminase cuanto antes. Sólo los
grupos de los aficionados sostenían el entusiasmo palmoteando, aclamando
a sus respectivos ídolos y entablando disputas ruidosas.
La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada,
ruidosa como una invasión. Todos parecían cansados y caminaban con
cierta lentitud y ensimismamiento, como el que acaba de ser víctima de
un engaño o ve defraudadas sus ilusiones. Los únicos que mantenían la
algazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salían por las
puertas del sol golpeándose amigablemente con las arrugadas botas y las
vacías calabazas, dando a entender a gritos que el contenido de aquéllas
se hallaba en lugar seguro y servía para algo. Las dos familias,
sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entre
los jinetes de la Guardia Civil que mantenían el turno en el desfile de
los coches, fueron en busca de los suyos, teniendo las mamas y las niñas
que recoger sus faldas de seda, y manchándose las medias con el barro de
la carretera recién regada.
Por fin vieron a Nelet, que guardaba el cochecito del señor Cuadros.
Vestía de blusa, pues la carretela de las señoras era de alquiler y
tenía cochero propio.
Iba a subir el señor Cuadros en su pescante y empuñar las riendas,
cuando el cazurro muchacho se rascó la cabeza y pareció recordar algo.
--Oiga, don Antonio; don Eugenio me ha dado este papel, encargándome
mucho que no tardase en entregarlo.
Y ofrecía un cuadrado de papel azul con el cierre intacto. Era un
telegrama.
Juanito, al ver el despacho, por un instinto de solidaridad, apartóse de
su madre, colocándose al lado del maestro.
--¡Bah!--dijo el señor Cuadros con indiferencia--. Será un telegrama de
nuestro corresponsal en Madrid.
Pero inmediatamente palideció, dio una patada en el suelo y soltó unos
cuantos pecados gordos, de aquellos que hacían ruborizar a Teresa y
fruncir el gesto a doña Manuela, intransigente con tales groserías.
Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba pálido
también y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos.
--Ya ves, Juanito--dijo con precipitación el maestro--. Acaba de subir
de un golpe cerca de tres enteros. ¿Qué será esto? Hay que ver en
seguida a don Ramón. Lo que es por esta vez, ¡se ha lucido! Pero no; él
no se equivoca fácilmente. Aquí hay gato encerrado. De todos modos,
debemos consultar en seguida a nuestro hombre. ¡Cristo! ¡pues apenas
tiene la cosa importancia...!
Y montó en el cochecillo, nervioso e impaciente, con el deseo de llegar
cuanto antes a casa para dejar a la familia y correr en busca del
infalible protector.
Juanito no tuvo tanta presencia de ánimo. Pálido, sudoroso, hablando y
gesticulando como un sonámbulo, casi echó a correr sin despedirse de la
familia. Iba al despacho del poderoso Morte, a aquella Meca de la
fortuna, y sentía una inmensa extrañeza al ver que la gente no mostraba
la menor impresión, que el cielo estaba azul, que todo se hallaba como
siempre y no surgía la más leve señal exterior para hacer saber al mundo
que el gran genio se había equivocado por primera vez aconsejando la
baja.