Resuene mi voz alta y amorosa,
Sus gozos con gran gozo demostrando,
Los altos con los baxos matizando,
Su gloria nos descubra gloriosa:
¡Oh cielos luminosos, tierra umbrosa!
¡Oh fuegos incorpóreos, mar terrible!
¡Oh tierra, muestra gozo no falible,
Pues gozas tú con ellos de mi diosa!
En tí su cuerpo tienes pincelado,
Su diáfano rostro no terreno,
Ten gozo por haber ansí sacado
Sus lustres y matices de tu seno,
De quien yo solo vivo en su memoria,
Por ser mi suma pena y suma gloria.
_Isab._ Dime, Cecilia, ¿no estás fuera de sentido en oir música tan
atractiva y melodiosa?
_Cec._ Por cierto, señora, que no ménos en oilla estoy espantada que
pesante porque tan presto hizo fin.
_Isab._ ¿Qué sientes de la sentencia del soneto?
_Cec._ Que por más que diga, eres de más merecedora.
_Isab._ Anda, necia, que no te digo sino quán maravillosamente ha
declarado su propósito.
_Cec._ Eso merezco yo, que me llames necia, porque mentí diciendo que
merecias más.
_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia, parécete que tengo razon en hacer lo que
por él hago?
_Cec._ Cierto, señora, que sí, y bien á vuestro seguro, pues vuestro
padre corresponde tambien al negocio.
_Isab._ En pensar eso estoy de gozo casi fuera de sentido; mas
llégate, por tu fe, mira si sube, pues ya la música cesó.
_Cec._ Eso será escusado, que veslo por entre aquellos jardines dó
viene.
_Isab._ Pues, Cecilia, mira que te ruego, y, como señora, te mando
que de mi presencia no te apartes; porque puesto caso que hago lo que
ves por este caballero, en ninguna manera querria que en mí tomase
entera posesion, hasta que habiendo recebido las bendiciones de la
Iglesia, por Dios y por las gentes nos sea concedido lugar.
_Cec._ Ansí lo haré, señora; ¿habeis oido lo que dixo? pues, mejor
me salve Dios, que va de todo corazon, sino con la boca chiquita; mas
pase, que ansí cumple en su honra.
_Selv._ ¡Oh gloria de mi penosa fatiga, y pena de mi deseada gloria!
á tu seráfica hermosura pido humilmente, en señal del dón que por tí
se me ha otorgado, de tus ebúrneas manos se me dé que goce, para que
con las gozosas muestras del corazon enviadas y por los ojos salidas,
el gran huego que de tu parte me consume, en alguna manera con su
contrariedad algun tanto se mitigue.
_Cec._ Mi señora, mira que no se consiente lo que con ese caballero
haces, en tenelle de hinojos en tu presencia tanto tiempo.
_Isab._ Mi verdadero señor, si en lo que mi doncella dice alguna
parte de razon tiene, pídoos que me perdonés; mas si el soberano gozo
que en vuestra vista he recebido considerais, no tendrés en mucho que
llegado hasta el corazon imprimiendo en él su poderío, acudiendo allí
todos los sentidos para más sentille, lo esterior sin sentir dexase;
mas ya que la razon de la causa los ha tornado en sus asientos,
pídoos quanto puedo que os levanteis, si no deseais que yo haga lo
mismo.
_Selv._ En eso como en lo demas, prometo, mi señora, de no salir de
vuestro querer y voluntad.
_Cec._ Eso ha que me contenta, ¿no veis que abrazada la tiene? mi
fe, aunque yo presente estoy, poco valgo para encoger su buena
desenvoltura; mal año para gato romano que tal presa haga con asadura
de neblí, con la garza, que viene más á cuenta como él con ella.
_Isab._ Mi señor, no me parece bien lo que haces.
_Selv._ Descanso mio, si te di paz en pago de la guerra que contino
me haces, fué por cumplir con lo que á generoso ánimo se debe, en dar
bien por mal.
_Cec._ Bien alega de su derecho el magnífico, y áun, por mi vida,
que, segun de las vísperas entiendo, que en el disanto, él de queja
y mi señora de doncella, han de ser libres; por lo qual será bien
del mal no tanto, y hacerme entre ellos teniente y darles las manos,
porque, segun se presume de los gentiles hombres de este tiempo, no
será mucho que diga, andando dias, si te vi no me acuerdo. Ora, mis
señores, bien será que lo que se ha de hacer tarde se haga temprano,
y seais por mí desposados miéntras más á vuestra honra se ordena.
_Selv._ Mi señora, ¿teneis por bien lo que vuestra doncella ha dicho?
_Isab._ Señor mio, por eso fué mi venida en el presente lugar.
_Selv._ Pues, en nombre de Dios, que yo recibo, aunque indigno, las
mercedes.
_Cec._ Alto, pues, dadme las manos; vos, señora Isabela, ¿quereis por
marido y por esposo á Selvago, que presente está? y no aguardeis á
tercera vez, no se canse el zorriote, pues será escusado por faltar
madrina que del trenzado estire.
_Isab._ Digo que sí.
_Cec._ Y vos, señor Selvago, ¿quereis por tal á Isabela?
_Selv._ Sí, con entera voluntad.
_Cec._ Dios os haga largos tiempos buenos casados. Agora no resta
sino que se provea la colacion, y mirad que no os suelto mis
derechos, aunque otrie haga las velaciones, que se lleve las arras.
_Selv._ Buena doncella, por el presente, en pago de lo que decis,
recebid esta medalla que en vuestro cuello os pongais, no perdiendo
la esperanza en lo porvenir.
_Cec._ Mi señor, aunque por el tanto no se dixese, no quiero dexar
de recebir mercedes que con tanta voluntad son ofrecidas; y, por mi
vida, que si de tal manera me pagasen todos, que no dexase de tomar
las manos cada dia á diez ó veinte docenas de personas, y áun les
soltaria lo de futuro; mas ¿qué digo yo? ¿y esa palabra es la primera
que os hablais? tá, tá, tá, no paro más aquí.
_Isab._ ¡Oh mi señor, por Dios os ruego que no hagais tal, porque me
perderéis para siempre!
_Selv._ Mi señora, ántes os tendré más ganada; y por tanto perdonad
mis atrevidas manos, que jamas pensaron os deservir.
_Isab._ ¡Cómo! ¿y tanta desvergüenza ha de pasar y áun delante
testigos?
_Selv._ Así, siendo por ellos certificado, despues tendré por
verdadera la gloria que al presente consigo.
_Cec._ Eso me parece bien, que anden barbas y callen cartas.
_Isab._ ¡Ay desventurada yo! mi honra perdida, mi vida acabada, ¡ay,
ay!
_Selv._ ¿Señora mia, señora mia? ¡ay traidor de mí, que tanto mal he
cometido contra quien de muerte á vida me habia redemido! no será
sino que con esta espada de mí tome rabiosa venganza.
_Cec._ ¡Oh gran Dios! ¿y qué es esto? detente, detente, señor, no
hagas tanto mal, mira que perderás á tí y á tu señora.
_Selv._ ¡Oh traidor de mí, que ya la tengo perdida! por lo qual me
conviene un punto más no vivir.
_Cec._ Señor, sólo te pido miéntras rocío su rostro con agua de aquel
estanque, tengas paciencia, que tú verás cómo siendo en sí tornada,
hago con ella que te perdone.
_Selv._ Pues, buena doncella, sea con brevedad, porque mayor no la
tenga mi vida.
_Isab._ ¡Ay, ay!
_Cec._ Señora, señora mia, vuelve en tí; acorre al tu Selvago si le
quieres ver vivo, que por tu causa se quiere él mesmo en tu nombre
sacrificar.
_Isab._ ¡Qué oigo, triste yo!
_Cec._ Desplega tus ojos y verás que sólo aguarda una palabra de tí
contra él para pagarte la ofensa que contra tí cometió, y si deseas
que viva, vé, desvíale de su propósito.
_Isab._ ¡Oh señor! y ¿qué desvarío tan grande es el vuestro?
_Selv._ Mi señora, no otro sino que si vuestra misericordia me falta,
faltarme ha la vida.
_Isab._ Soltad, por Dios, el espada, que me dais mayor pena en esto
que en la traicion que contra mí cometisteis.
_Selv._ Sabed, señora, que será escusado si de vos el perdon no me es
concedido.
_Isab._ Ora, pues yo tuve la culpa en me fiar en vos, justo es que la
pena padezca; por tanto yo os perdono.
_Selv._ Señora mia, ¿por qué habés hecho tan gran sentimiento en que
yo tomase la posesion en lo que de derecho era mio?
_Isab._ Aunque eso así sea, no era razon que tal pasára hasta que las
bendiciones de la Iglesia se hayan recebido, y si no mirase que éstas
nos serán dadas presto, yo me diera, en pago de mi pena, la muerte.
_Selv._ Ora, señora, ¿no me decis cómo sabés que nuestros desposorios
se celebrarán públicamente presto?
_Isab._ ¿Cómo decis eso, y no os habló hoy el comendador, mi tio,
de parte de mi señor Polibio, en que si queríades hacer comigo
matrimonio? ca sabed que Cecilia estuvo esta siesta á la puerta de
su aposento, y, segun me dijo, habiendo entre sí hablado sobre el
desposorio de vuestra hermana con Flerinardo, trataron en que me
desposasen con vos, sobre lo qual os hablaria el Comendador.
_Selv._ ¡Santo Dios, qué oigo! sabed, señora, que así pasa como
habeis dicho, que hoy me habló, y yo, ignorando la parte de quien
venía, porque no me fué por él dicho, por no despedille luégo, que
fuera mal mirado, dije que hablaria á mi señora Funebra y le daria
respuesta, y pues ya soy avisado, daldo por concluido.
_Isab._ Así me parece, señor, que lo debes hacer; mas, por mi vida,
que no tornés á vuestras pesadas burlas, que me dais grande enojo en
ello.
_Selv._ Bien mio, al que en mí manda, que es el amor, echad la culpa,
pues en mí, por ser dél forzado, ninguna veo.
_Cec._ ¡Qué justicia de Dios! que estén sus mercedes en tales
comedias haciendo pausa tras cada acto, y la pobre Cecilia que la
papen duelos, estando acá á diente, teniendo á su Carduel tan cerca,
no será sino la primera vez que acá vuelva á hacer de modo que
entrando no tenga yo envidia de sus abrazos ni besos, y ahora me
sufro, porque á más andar se viene á nosotros el aurora; por lo qual
será bien los despartir, no los tome allí el dia. Mis señores, aunque
os sea trabajoso, por el presente os conviene apartar por ser ya
cerca la mañana.
_Selv._ Mi señora, no menor pena siento con las palabras desta
doncella que con vuestra presencia alegría; mas, pues de fuerza se
ha de cumplir, dexando con vos el ánima, el cuerpo á muy tenebrosa
cárcel va sentenciado.
_Isab._ Mi verdadero amigo, no con ménos pena que lleveis quedo; mas
con la esperanza de tan presto enteramente gozar de vos quiero en
alguna manera me conhortar.
_Selv._ Ella sola será bastante á me sustentar la vida; y pues así
conviene, el ángel bueno quede, mi señora, en vuestra compañía.
_Isab._ Él guie, mi señor, tus pisadas. Cecilia, anda paso,
entrémonos en nuestro aposento, no seamos sentidas.
_Cec._ Ya estamos acá, señora.
_Isab._ Pues tornea esa puerta y véte á acostar, dormirémos lo que de
la noche queda.
_Selv._ Echa, Carduel, esa escala.
_Card._ Puesta está, señor, mira cómo bajas, que hace oscuro.
_Selv._ ¡Oh mi señor Flerinardo! y qué de cosas os tengo que contar
en siendo en la posada, con que de cierto seréis muy alegre, por
tanto vamos allá si os parece.
_Fler._ Primero deseo que hiciésemos lo que en la venida ordenamos de
Escalion, porque he visto en él, despues que aquí venimos, cosa con
que tengo dubda en su esfuerzo, y querria ser en ello certificado.
_Selv._ Pues, Risdeño, vé donde están Rubino y Sagredo, y decirles
has de mi parte que vayan secretamente por aquella otra calle á dar
do está Escalion, y que sin llegarse cerca hagan muestra de acometer,
desnudas sus espadas; y que hecho, sin se detener, se tornen á sus
estancias sin decir lo que hicieron disimuladamente.
_Risd._ Señor, ya van determinados á cumplir tu mandado.
_Esc._ ¡Oh pésete y no á tal, y aquellos á matarnos vienen! alivia,
Escalion, tus piés y al soto, que no mientes en ello, ¡ay, ay,
desventurado yo, que me matan!
_Velm._ Cómo, Escalion, ¿así me dexas?
_Esc._ ¡Santo Dios, que me matan! ¡confesion!
_Selv._ ¿No veis, señor Flerinardo, qué verdadero salió mi
pensamiento? y qué gritar trae el cobarde.
_Fler._ ¿Qué es esto, Escalion, que has, que así vienes dando voces?
_Esc._ ¡Ay señor! cien hombres de punta en blanco armados nos
salieron á matar, y de los primeros golpes derribaron á Velmonte,
mas entre tanto rebané dos ó tres docenas dellos, en que quebré el
espada; por lo qual, viendo los contrarios ser tantos, arrojándoles
lo que del espada me quedaba, acogíme á los piés, y lo mesmo os
aconsejo que hagais, que más vale decir aquí huyeron que aquí fueron
muertos.
_Fler._ No hayas miedo, vuelve con nosotros.
_Esc._ No, señor, dexáme, que basta el estrago que dexo hecho; que
pienso que voy mal herido, iréme á curar.
_Fler._ Detente, muéstranos la herida.
_Selv._ ¡Oh, qué donoso caso! ¿no veis qué huir lleva?
_Fler._ De cierto que lo veo y lo pongo en dubda, segun la confianza
que dél tenía.
_Selv._ Sabed, señor, que siempre le he yo tenido por lo que aquí
ha mostrado, que todas sus hazañas más consisten en blasonar
desaforadamente que en algo que de hecho fuese; y pues esto ya se ha
concluido, bien será que demos la vuelta á la posada.
_Fler._ Sea, señor, como por bien tuviéredes.